Y DICE CORTÁZAR…

celeste© Fotografía y posado: María Celeste Barba

Y DICE CORTÁZAR…

Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.
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Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.

Julio Cortázar.

1385878_10202039059556580_1112945143_n© Fotografía y posado: María Celeste Barba

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CUERPO A LA VISTA

IF         © Fotografía y posado: Isabel Fillola

CUERPO A LA VISTA

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«Las uñas de los dedos de tus pies están hechas del cristal del verano».

Y las sombras se abrieron otra vez y mostraron un cuerpo:
tu pelo, otoño espeso, caída de agua solar,
tu boca y la blanca disciplina de sus dientes caníbales, prisioneros en llamas,
tu piel de pan apenas dorado y tus ojos de azúcar quemada,
sitios en donde el tiempo no transcurre,
valles que sólo mis labios conocen,
desfiladero de la luna que asciende a tu garganta entre tus senos,
cascada petrificada de la nuca,
alta meseta de tu vientre,
plata sin fin de tu costado.

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Tus ojos son los ojos fijos del tigre
y un minuto después son los ojos húmedos del perro.

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Siempre hay abejas en tu pelo.

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Tu espalda fluye tranquila bajo mis ojos
como la espalda del río a la luz del incendio.

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Aguas dormidas golpean día y noche tu cintura de arcilla
y en tus costas, inmensas como los arenales de la luna,
el viento sopla por mi boca y su largo quejido cubre con sus dos alas grises

***
la noche de los cuerpos,
como la sombra del águila la soledad del páramo.

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Las uñas de los dedos de tus pies están hechas del cristal del verano.

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Entre tus piernas hay un pozo de agua dormida,
bahía donde el mar de noche se aquieta, negro caballo de espuma,
cueva al pie de la montaña que esconde un tesoro,
boca del horno donde se hacen las hostias,
sonrientes labios entreabiertos y atroces,
nupcias de la luz y la sombra, de lo visible y lo invisible
(allí espera la carne su resurrección
y el día de la vida perdurable)

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Patria de sangre,
única tierra que conozco y me conoce,
única patria en la que creo,
única puerta al infinito.

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Octavio Paz (1914-1998)

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LAS NUEVAS MARICONERAS

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En los últimos tiempos oprobiosos del señor bajito y de bigote recortado, púsose de moda entre los hombres de bien, un horrendo y ominoso adminículo llamado «Mariconera». Un espantoso y execrable bolso de mala piel despojado, eso sí, de cualquier connotación femenina (pues sólo se le permitía un asa correa, que ya era bastante cantoso y mosqueante cuando se balanceaba inpensadamente en la mano) y que permitía, al otrora elegante caballero, llevar debajo del sobaco algunas pertenencias necesarias y muchísimas otras más –tan inútiles como inservibles–que prevenían el impredecible y accidental «porsi».

Ni yo, ni mis amigos, fuimos nunca de utilizar «mariconeras»; más que nada porque no nos pilló la aterradora moda y porque, además, nos parecían trasnochadas, poseedoras de un feísmo chocarrero y de una patente connotación chabacana y ordinaria. Lo digo yo, que en mis tiempos hippies llevaba colgada del hombro bolsa azurronada para todos mis aparejos, que en aquellos tiempos de fumaradas y humazos, no eran pocos. Y me refiero al tabaco y al mechero; no se me piensen otra cosa. O sí.

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De aquellas mariconeras de antaño, estos bolsos bandoleras de hoy que todo organismo viviente lleva colgado –para su comodidad y desahogo– de su hombro o de su cuello. Las nuevas mariconeras, que al fin y al cabo son, estos bolsos bandoleras, y que dan título a esta entrada.

djrjVerán Uds. yo distingo –generalizando mucho– dos tipos de bolsos bandoleras; y eso, basándome especialmente en los modelos usados por dos íntimos amigos: Angelín y Shati.

Veámos:

Está la Bandolera Embutida («Bandolens atiborradii at Extremum Cespediensis») cómo es la que lleva mi querido amigo Angelín. Dicha bandolera es –de atestada que la lleva– la viva imagen de un morcón de morcilla y lomo de la Carnicería Mariloli de Casabermeja. En ella, someramente entreveo (tengo que reconocerme una impenitente curiosidad por saber que transporta) entreveo digo, que lleva todo lo que le pudiese hacer falta en caso de sufrir un inesperado naufragio en medio del Atlántico Norte o una devastación catastrófica en la misma Plaza de la Merced si se me apura. Todo ello –el contenido– ordenado y cuidadosamente distribuido en la multitud de departamentos de que dispone el morral y con una guía del usuario escrita en Word «Times New Roman» tamaño de fuente 12, en la que se indica los avíos depositados en cada uno de estos receptáculos.

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Entre las cosas que mi amigo Ángel lleva en la faltriquera colgante –y que yo he podido adivinar– puedo citar: Las llaves de la casa. Las llaves de la moto. Las llaves del coche. Las llaves de las llaves. La cartera. El monedero. El móvil. La libretita de direcciones y de teléfonos. El mechero. El tabaco. Las gafas, la toallita para limpiarlas. Un paquete de Kleenex con un solo Kleenex arrugado y con visos de maldad. Un paquete de chicles aplastado y caliente hasta el tormento de San Lorenzo y por fin, y de forma previsora, Un Tampax sin usar. Jabón líquido, gel anti bacterias y crema hidratante, (en mini botellitas procedentes de amenities hoteleras). Papel sanitario, pintalabios de distintos colores, un lápiz de cejas, un delineador, polvo traslúcido, una lima de uñas, pinzas depiladoras, un espejo de dos aumentos, un perfume de bolsillo o crema perfumada y un paquete de tabaco de liar marca «Camel» con sus libritos de papel y su cargamento de filtrillos. Todo ello, por si le hiciese falta en algún momento del día, a la Oíaporculo que todo lo pierde. Ah! y unas tijeritas, un pendrive de Coca Cola, un peine, unas últimas voluntades y un condón (caducado en 2011) también sin usar, que nunca se sabe.

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Después, y ya termino, está la Bandolera Tarambana («Bandolens Impenitentummenti Extraviata in Rúa ut Dondesei») que es la que utiliza mi otro querido amigo «Shati» Cumpián. En ella, Shati lleva todo lo que pudiera o pudiese ser susceptible de ser perdido irremisiblemente y pretende infructuosamente –si no fuese por la generosidad ajena– controlar.

Suele perderlo este amigo, todo a la vez; muy frecuentemente. De modo y manera –que cuando esto le pasa–  se encuentra completamente desasistido  y desamparado a menos que envíe un SOS a RadioTaxi para que le recoja en la última dirección indicada –que es calle Pepita Jiménez, 23– y por la que él no pasa desde el año 97. Shati, al contrario que Angelín, es bastante somero en cuanto a contenido: Gafas, cartera, móvil, llaves, tabaco y mechero conforman su particular bagaje. Pero… Nada de eso pierde de forma independiente. Sólo pierde la bandolera en sí; con lo que eso conlleva de fatalidad y de problemático.

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Otro día, contaré yo más tranquilamente, cómo me compré –a precio irrisorio en una página Web china– una mochila de pecho. Tan inesperadamente pequeña, que en vez de mochila era pin. Mundo intrincado y confuso éste el de las mariconeras,  que –como las hojas del árbol caídas– juguetes  del viento son.

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¡ALGO PASA CON TÁPERGÜER!

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¡ALGO PASA CON TÁPERGÜER!

Corría el año de 1944, cuando el químico estadounidense Earl Silas Tupper inventa un demoníaco artilugio llamado Tupperware. Mueren en breve espacio de tiempo –inmerecida e injustamente– las denominaciones imperantes hasta aquel momento tales fueron: Tartera, fiambrera o portaviandas; a partir de aquel nefando año de 1944, ya te digo, todo el mundo llamaría a los recipientes de plástico –reyes del almacenamiento alimentario de los picnics camperos y de las jornadas playeras– con el indigno calificativo de Tápergüer y –para fastidiarla aún más– acortando ignominiosamente su nombre por el exiguo remoquete de Táper. Tócate los cataplines.

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También, y desde ese atribulado momento, la vida conyugal de los hombres de bien, se nos complicó de una forma inexplicable y terrible por mor del maldito contenedor de manduca.

Pero vamos a remontarnos al génesis de esta historia:

Acudimos hace unas noches a una cena invitados por nuestros amigos Kuky y Marori a su casa. Dos entrañables y viejos amigos que tuvieron a bien el sentarnos a su mesa acompañados del artista plástico Tato Zambrano y del eximio letrado Romero. Ambos dos, a su vez, muy bien escoltados por sus respectivas caimanas. Casualmente (o no!) nos sentamos juntos, los hombres en el ala izquierda de la mesa, mientras las mujeres, lo hacían –qué remedio les quedaba!– en el ala conservadora de dicha mesa. Preciosa y muy bien surtida, todo hay que decirlo.

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Entre los muchos chascarrillos y conversaciones varias, surgió entre los mozos el atribulado y penoso tema de los recipientes Tupperwares; de ahora en adelante Tápergüer o simplemente Táper. Los cuatro muchachos, continúo, señalamos prácticamente al unísono, lo inoperante y exasperante que resultaba el fastidioso recipiente en cuanto a un almacenamiento cómodo, fácil y manejable. Porque sobre todas las cosas, anhelábamos un almacenamiento que no causase –su inoperancia– episodios de ansiedad, congoja y abatimiento.

Verán Uds. llegamos a la conclusión los cuatro (con la boca pequeña y un tono de voz más que sometido) que las mujeres tienen una predisposición especial y una inclinación atávica y hereditaria (las madres son muy culpables de este vicio confesable) hacia eso del guardar porciones insignificantes de restos alimenticios en la nevera; amparados todos ellos (los alimentos) por el secretismo más absoluto y añadiéndoles una dificultad insoportable –en cuanto a la identificación– para las mentes simples y llanas de sus esposos que no ven más allá del cajón de los embutidos y de las cervezas.

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De modo y manera, decíamos –que por este cruel sistema de guarda y custodia culinaria– cuando un hombre abre una nevera después de una cena, se encuentra de sopetón con una especie de «highline manhattaniano» de plástico mate, perladillo de humedades, y coronado con multitud de tapaderas de colores que ríanse Uds. de los más afamados conjuntos arquitectónicos neoyorkinos a lo Mies Van Der Rohe o a la Roberto Foster manera.

Pero no íbamos a eso; íbamos al desconsuelo que nos produce a los machos alfa, esa inoperancia, esa incapacidad e ineptitud intrínseca que poseemos, en cuanto al coger un Táper del armario en el que están almacenados, sin causar una descontrolada catarata de tapaderas y un chorreo incontenible y desmandado de recipientes contenedores hacia el suelo para intentar sacar el que creemos más idóneo (nunca escogemos éste de entre los diez primeros) para guardar el obligado mínimo despojo sobrante de comida.

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Verán Uds. hay mil tipos y modelos de tapergüéres imposibles de entender: Tapergüéres herméticos o tapergüéres al vacío. Tapergüéres con compartimentos para verduritas cortadas en juliana menuda; tapergüéres cilíndricos y tapergüéres redondos. Troncocónicos y rectangulares los hay; isósceles invertidos, con forma de paralelepípedos y hexagonales. Los hay altos, bajos y pícnicos. Lo de pícnico no es que sean para los picnics; es que son anchos de cintura y estrechos de hombros. Los hay con apariencia de botellas, con biberón para los mamones; para huevos duros y para huevos pasados por agua. Tapergüéres con tapadera apitorrada y semitapadera en jarras. De rinconera haylos (metidos para adentro) y también de morterete (estos salidos hacia afuera) tal y como otras cosas que yo me sé y que no me atrevo a indicar no se me vaya a enfadar un cofrade que yo, también me sé.

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Los hay –en el más improbabilísimo de los casos– apilables. Y los hay con palitroque vertical y con unos huequecitos monísimos e insuficientes para poner distintos tipos de salsas que nunca, jamás de los jamases, elaborarán sus propietarios. Con molinete picador, colador para vegetales o con rallador para los quesos. Un mundo inaccesible e intratable.

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Todo esto lo sé, fehacientemente, porque mi hermana era distribuidora (hace mil años) de estas extraordinarias y engorrosas fiambreras que Alá maldiga y que –en reuniones financiadas por mi madre– intentaba vender a la familia primero; a las amigas después, y por fin, a las vecinas esas apenas conocía. Estas reuniones, resultaban lo menos provechoso en cuanto a ganancias; pues –en el improbable caso– de que el costoso ágape dispensado a la horda de gorronas hubiese sido asumido por mi hermana, esta, se hubiese arruinado indefectiblemente debido a la reducida comisión que se llevaba. Más aún, si tenemos en cuenta que dicha «ganancia» la invertía en su totalidad en adquirir más Tapergüéres para su colección privada. Una de las mejores de la antigua España y parte del Reino de Aragón, hoy llamado Catalunya. Aunque eso, lo de arruinarse, pasó cuando se hizo distribuidora de Avon por aplicar la misma estrategia comercial que con los plásticos.

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Volvamos a la realidad. A la mañana siguiente de la cena mencionada anteriormente y ya en nuestra casa, tras el almuerzo, hubo de guardarse un resto de judías verdes con patatas cocidas y huevos duros en la nevera. Me tocó a mí guardar dicho resto. Así que abrí el armario de los putos tapergüéres y cogí un cacharrito rectangular que me pareció el más idóneo ; se me cayeron otros tres. Elegí una tapadera que, por la forma, creí apropiada y esta vez fueron siete primas hermanas las que rodaron por el suelo. Las probé todas; una a una y nada de nada. Decidí pues, con la desesperación más absoluta, (17/10 de tensión arterial calculo yo a bote pronto) volcar las habichuelas en un plato hondo, y las tapé (mirusté que apropiado!) con otro plato igual de hondo boca abajo que es cómo se ha hecho toda la reputa vida antes del suplicio de los Tupperware (Marca Registrada).

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Después recogí las tres fiambreras rebeldes y las siete indomables tapaderas (todo esto a espaldas de mi mujer) y las metí de cualquier manera en el armario que les servía de mausoleo. Al cerrar la puerta, con no poca dificultad y con su pertinente dosis de presión, creí ver unas sonrisas quedas pero fanfarronas desde el fondo del armario, como emplazándome de nuevo a la próxima batalla perdida contra mis nervios. Sabiéndose ganadoras de antemano, las hijas de la grandísima puta, como cada una de las mil veces anteriores. Como cada una de todas las veces anteriores.

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