LA PROMESA.

LA PROMESA.

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Me la cruzo casi todas las mañanas cuando los dos nos encaminamos a nuestros respectivos trabajos. Y de esas “casi todas”, todas, me fijo en ella. A veces casualmente; a veces de sopetón en el último momento del cruce. También, a veces, después de haberla buscado con la vista. Es casi como un juego matinal de a dos pero donde sólo uno sabe que se juega, porque yo soy el único que se sabe las reglas y tira los dados.

No es difícil encontrarla; la vista, en este caso, está sometida por la memoria. Y la memoria, está a su vez domeñada por el uso; por la costumbre; por el hábito. El hábito. No saben Uds. que a propósito viene esta palabra.

Viste siempre igual. Invariablemente. Unos pantalones muy pegados –casi leggins– un jersey de manga corta y unas zapatillas deportivas, también negras, que le deben de procurar la única comodidad en su camino. En la espalda una mochila para sus efectos personales. Todo negro. La vestimenta, la mirada, y el reguero de melancolía y desconsuelo que va dejando, todo es negro.

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Siempre va andando. Siempre; los cuatro kilómetros que al menos le calculo yo cada día más otros tantos de vuelta. Siempre con el mismo ritmo de marcha, obligada supongo, por la costumbre. Balanceando acompasadamente los brazos cómo para ayudarla a avanzar más cadenciosamente. Desoyendo insensatamente la advertencia sin palabras que le lanza –como a todos– la temperatura cambiante de cada estación del año. Da igual si es una mañana primaveral agradable; da igual que sea otra calurosa de terral en verano. En otoño camina, imperturbable, arrastrando sin querer hojas a su paso; pero en los días de invierno –es en la temporada en que más me fijo en ella– en esas mañanas en que el mercurio casi no se levanta debido al frío, esas mañana, sin cambiar de vestimenta, (las más frías se permite la indulgencia de unos guantes) sigue andando y desandando su camino cómo si la cosa del tiritar no fuese con ella.

Yo –con esta mente tan calenturienta, cómo imaginativa que tengo– observándola cada día, ya le he puesto causa y razón a su forma de vestir y proceder; y si se me apura, hasta la he situado como funcionaria en un edificio oficial que nos pilla de camino. Ella andando aterida de frío; yo –acomodado en mi coche al amparo de una calefacción tan gratuita como injusta– le he buscado trabajo y motivo de actuación.

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Viste así, pienso yo, porque es esclava de una promesa. De una de esas promesas que se realizan en un momento de angustia a un Dios tan intangible cómo falsamente misericordioso. Un Dios que –tras el compromiso del pago de lo prometido– accede a la petición desesperada; más que nada, para para distraerse viendo como te las arreglas. Dios mío!!! Si se cura mi hija… Si mi marido sale de ésta… –cosas asi– iré de por vida al trabajo siempre andando, siempre con manga corta, siempre desafiando al tiempo. Siempre agradecida.

Y si por mor de la ciencia o del destino –Dios suele estar muy ocupado para ocuparse de nimiedades– su hija se cura o su marido sale de donde estaba metido, esta mujer, será esclava de por vida de su propia superstición. De su propia maldición. Así que sigue andando con una certidumbre y una fe inquebrantable en una providencia roñosa y cicatera que le exige el pago diario por la gracia concedida. Con una paciencia infinita, camina; con una perseverancia sólo comparable a la resignación más obligada.
Me da frío cuando la veo –cómo hoy– andando rítmica, decididamente. Con la mirada al frente fija en un punto imaginario; refugiada en sus pensamientos. Alimentada por una gratitud equivocada que la mantiene viva, y también, muertecita de frío.

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NIDOS PARA LOS ESTORNINOS

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Está un poco enclenque y bastante escuchimizado; moreno y arrugado de piel; maneja una desgreñada melena al viento cubierta, a veces, por una gorra de visera de publicidad incierta. También, y para arreglarlo ya del todo, posee una tristísima mirada que le proporcionan dos ojos profundos y oscuros. Apenas levanta –ese de quien hablo– un metro cincuenta del suelo y si pesara más de cuarenta kilos ya serían muchos y demasiados. Podría ser la definición perfecta del descorazonamiento y del desánimo, pero no se lo vayan Uds. a creer del todo.

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Todos los días paso junto a él y ni tan siquiera lo saludo. Maleducadamente. Por no hacer nada, tampoco lo miro a la cara cada día que me lo cruzo, que son todos. Y esa circunstancia, no tengo más remedio que admitirlo, me abochorna soberanamente.

Y saben Uds. porqué no lo saludo? Saben Uds. porqué no lo miro a la cara cada día que me lo cruzo que son todos? Pues porque no nos ha intervenido esa formalidad convencional, precisa y necesaria, que es la presentación. Nadie nos ha presentado. No lo conozco absolutamente de nada. Si no fuese porque todos los días lo veo allí sentado, en la acera o en un escalón, esperando no se sabe bien el qué. Ya sé que nadie nos ha presentado, nadie; pero cada día nos encontramos, él sentado en la diminuta atalaya de su escalón, y yo pasando junto a él como si fuese un inmenso y antipático fantasma.

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Para mi descargo y justificación, me digo que yo no puedo ir saludando a todas las personas con las que habitualmente me cruzo. Por ejemplo: Hay un par de tiendas vacías con sus aburridos dependientes apoyados en la puerta a los que veo siempre; hay también un carrillo de chuches que no es el oficial (el que regenta mi amiga María la gitana) a cuyo propietario también le evito la mirada porque nunca le compro nada; jamás entro en unos cuantos bares tristes –porque no llegan a despegar del todo– y, porque, además, tengo el mío de cabecera. No somos amigos entre nosotros, puesto que, a pesar de vernos cada día que son todos, nadie nos ha presentado y, por consiguiente, ninguno nos saludamos. Pero extrañamente, cada día que me cruzo con el de la mirada oscura –y lo ignoro– se me cae la cara de vergüenza.

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Ya os digo que es enjuto y canijo y además añado que se busca la vida a base de una enorme paciencia –adornada de frío y humedad o de un intenso calor– en una interminable e improductiva tarea. Me lo encuentro cada día en la puta calle que es su lugar de trabajo. Una calle en medio de un polígono industrial sin presente ni futuro y con un pasado seguramente nada glorioso.

Se sienta este hombre, ya lo he dicho, en el escalón de una puerta lateral de una nave de una enorme cristalería al por mayor, y se sienta –y se siente– el gobernador representante de su particular trozo de acera. Más que nada, porque lo es. También vigila –y hace suyo– un enorme contenedor de desechos por lo que pudiera caer. Allí, sentado casi en el suelo, con la ayuda de una pocas herramientas (un destornillador y un martillo, y poco más) va desguazando con infinita parsimonia los muebles y los electrodomésticos que el resto de los mortales tiran al contenedor cuando ya están absolutamente inservibles. El canijo, con una meticulosidad exasperante, va sacando los pocos despojos que le procuran los cadáveres metálicos para venderlos y sacarse muy pocas monedas que le servirán para el sustento diario. Tornillo a tornillo; lamento a lamento; día a día que son todos.

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Tiene tiempo de sobra mientras llega el botín. Incluso para tejer–con tiras de plástico que él mismo elabora y saca de garrafas de plástico– diminutos nidos que cuelga en los ficus que jalonan la calle para que los estorninos, que pululan por la zona, aniden más cómodamente.

Mañana, sin falta, voy a empezar a saludarlo; aunque nadie nos haya presentado. Porque ya no me hace falta. Y estoy seguro, que el agradecerá mi saludo, y yo, agradeceré aún más el suyo. Porque me encanta, sobretodo, que en sus muchos ratos libres –y sin que nadie le obligue a ello– fabrique nidos para los estorninos y los cuelgue de los árboles para que aniden.

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EL OCASO DE LAS FIGURAS LITERARIAS

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EL OCASO DE LAS FIGURAS LITERARIAS

Aquello, más que una casa de retiro y de descanso, era una casa de locos. Lo que debiera de ser un remanso de paz, un oasis de tranquilidad y de buenos recuerdos, era algo parecido a un centro de obligada reclusión donde la insania y la demencia campaban por sus respetos. Ya nadie allí se sentía útil porque casi nadie les requería sus servicios. Todas, apenadas y afligidas, melancólicas y abatidas, soportaban el descanso obligado e indeseado que les procuraba la oscuridad de la dejadez, el descuido y el abandono.

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Cada vez más arrinconadas y desahuciadas del lenguaje y de la escritura, las figuras literarias esperaban resignadas la muerte anunciada y definitiva provocada por un nuevo y cainíta idioma implementado, por trágala, por los nuevos tiempos. Unos nuevos tiempos, cada vez más reacios a tomarse la molestia que supone el tener que escribir las palabras completas, de forma correcta y entendibles. Acomodados como están en la ignorancia y en el desuso del uso de los signos y de los modos ortográficos y literarios.

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La casa de retiro de las figuras literarias, ya hacía mucho tiempo que había dejado de ser un lugar apacible desde donde cada una de sus moradoras, relajadamente, contribuían a la supervivencia y al enriquecimiento del idioma; prestándose –con su innata y connatural cualidad– a limpiar, fijar y dar esplendor – antes del apocalipsis de la mensajería instantánea– a nuestra más útil y extendida manera de comunicación: el habla y la escritura.
Por allí deambulaba la Reiteración regañándole siempre al Epítome: ¡Que me dejes!, ¡Que me dejes!, ¡Que me dejes!, decía esta. Mientras el otro le contestaba: Tú sigue así… que verás! No me molestes más… que verás! Déjame tranquilo… que verás!

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La Alegoría se quejaba acre y amargamente –usando Símbolos y Sinécdoques– de lo enriquecedor, de lo lírico, que había sido su trabajo antes del gran cataclismo lingüístico: “Allí van los señoríos… Allí los ríos caudales… Allí los otros medianos… Mientras la Ironía y el Sarcasmo se reían cruelmente a carcajadas de la desdicha y el sentimiento de fracaso que mostraba su compañera. La Aféresis era provisional antes de pasar a Teniente. Y la Diéresis se las veía y deseaba para evitar la Sinalefa que estaba a punto de liarla parda con la Métrica por un quíteme allá esta sílaba.

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La Prosopopeya seguía intentando comprender la mutilación del lenguaje; y la Hipérbole se moría de absoluto e irremediable aburrimiento. La Metáfora era casi la más feliz de la casa; siempre sacaba el lado bueno de las cosas; mientras que la Onomatopeya, no paraba de quejarse a gritos desentonados propinándole un buen soplamocos a la Metonimia: Plás! Plás! Plás!. Vamos! salgamos! luchemos! acosemos y derribemos! pronunciaba vehementemente el Asíndeton acompañado del Énfasis mientras afeaban al Oxímoron su cobarde valentía. El Epíteto pedía reflexión y juicio a la Paradoja; y la Alusión le decía a todos, sin nombrar a nadie en particular, que algo habría que hacer. El Eufemismo, le señaló la puerta, y el Sarcasmo le preguntó amargamente si él sabía dónde estaba. Igual! Siempre igual! comentaba la Epanadiplosis. Lo mismo! Siempre lo mismo! reiteraba el Retruécano apoyándola. Por fin, acabó con todo aquel sufrimiento el Pleonasmo; asombrado y desesperado, acabo con todo, pues todo, incrédulamente, lo estaba viendo con sus propios ojos.

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Observando atribulado, y sin apenas creérselo, que aquella casa –antaño ordenada, estructurada y metódica– más que una casa de retiro y descanso, era ya una casa de locos, donde la insania y la demencia, campaban por sus respetos, ya sabéis; perdida la batalla, y la guerra, contra un enemigo sin piedad, sin reglas y sin honor llamado SMS.

* Todas las esculturas realizadas con libros, que adornan esta entrada, son obras del artista Jodi Harvey Brown

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PODREDUMBRE POLÍTICA

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PODREDUMBRE POLÍTICA

Mira tú que no quiero “empringarme”. Mira tú que no quiero entrar al trapo… Miiiraaa tuuuu… Pero es que esta caterva de hijos de la grandísima desvergüenza no paran de provocarme. Y ya estoy llegando a un punto de cabreo de no retorno, que como esto siga así, voy a tener que votar en las próximas a Don Vito Corleone. Para que se quite toda la competencia de encima, que es mucha, y que por lo menos nos dirija un profesional de probada experiencia.

A ver, nada hay más peligroso que un pueblo desencantado y cabreado a la vez. Nada más peligroso; porque en el mejor de los casos –y a través de su voto– puede elegir al grupo menos idóneo para gobernar este país. Eso es lo que está pasando ahora en esta España nuestra; que tenemos tantísimos sinvergüenzas por metro cuadrado que lo mejor que se le viene al ciudadano a la cabeza –que ironía– es cortárselas a los mamones trincones; es mandarlo todo a tomar por el culo, engrasar la guillotina -ya te digo- y usar el voto (poco recapacitado) como arma vengativa pero sin creérselo del todo.

Lo más desesperante, es que lo más esperanzador –otra ironía– es que el grupo que aglutina la perspectiva de un futuro medianamente honrado (la totalidad no se la presumo ni al Tato) es un grupo sin bagaje político alguno ni experiencia. Un grupo aun muy joven en esto de la política y que en cuanto, sus individualidades, se enfrenten a los lobos, caerán cómo moscas en la trama de la dialéctica. Cuando no en la tentación del dinero fácil. Y a Pablo, le costará mucho expulsar a los mercaderes de su propio templo. Si no, y si se diera el caso, al tiempo.

Habría que dejar a Podemos en barbecho gobernante durante un tiempo hasta que adquiera la experiencia que todos sus simpatizantes le deseamos. Peroooo… Y de mientras que decía el gitano?

Pues de mientras – es una idea- un gobierno elegido por listas abiertas; un gobierno con lo mejor de cada partido –tampoco veo yo a Toni Cantó de Ministro de Cultura– pero sobretodo, mano muy dura con los golfos apandadores. Lo primero, devolver hasta el último euro (aquí en este país, con unos meses en la cárcel, se sale con la vida resuelta). Que el cumplimiento de las penas sea íntegro (lo del Jaume Matas tiene cohoness) y al que lo pillen… fuera de la política; inhabilitado de por vida. Y de por vida, significa para siempre.

El pueblo, nosotros, estamos completamente desanimados y desencantados a causa de un rebaño de malditos ladrones sinvergüenzas. A causa de la podredumbre política. Y esto no puede seguir así. Porque de seguir así, te lo digo yo, primo, algo muy gordo va a pasar. Algo muy, muy, muy gordo va a pasar.

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CASAS DE ANTAÑO

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CASAS DE ANTAÑO.

No se crean Uds. que no contemplo, en unos años, el mudarme a vivir al centro histórico de Málaga. Ahora no, porque aún sigo disfrutando de esa tranquilidad que me procura el vivir en la falda de una montaña; y el despertarse uno con los trinos de los pájaros es una gozada muy de agradecer aunque eso te obligue a estar viviendo en las alturas.

También considero volver, una vez que entre en esa edad provecta de la jubilación (ya no me queda tanto; algo más de un lustro)  a ese centro histórico donde me crié para disfrutar de una apacibilidad bien merecida. A esas alturas, supongo, tratarán de obligarme a abandonar los vicios que afortunadamente aún mantengo y que me proporcionan esta vida de diversión los fines de semanas y fiestas de guardar.

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Cuando ya maneje achaques, supongo otra vez, seré conminado por esos déspotas autócratas de bata blanca, que en aras de tu salud, intentarán quitarte la alegría. Y de fumar. Y de beber. Y de comer. Y de que te coman… de todo. Seré obligado –continúo- a llevar una vida plana (no he dicho plena) de frugalidad, moderación y templanza. Tal si fuese un anacoreta, o un puto fraile solitario.

Aún así y todo. Aún con esa perspectiva de restricciones hedonistas, aún así, tengo ánimos y ganas para querer mudarme al centro y vivir una ciudad (que cada día está más bonita) paseando y tratando por todos los medios –escondido en sus rincones- de engañar a los absolutistas batiblancos que tanto se preocuparán por mi salud de hierro mohoso.

Pero no deberá de ser, si me voy, una casa cualquiera. No. Deberá de ser antigua, con un punto decadente. Una casa cómo las de antes. Con balcones a la calle. Y si desde ellos, puedo ver las procesiones, ya sería el súmmum de los «súmmumes».

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Echo de menos aquellas casas de antaño. Casas, aquellas de las de antes; parcelas íntimas de convivencia. Territorios unifamiliares gobernados siempre por una madre directora general.

Añoro las casas de mi niñez. Y las echo de menos físicamente, porque ya hoy no veo por ningún lado (sólo en Casa Cumpián) aquellas enormes puertas proporcionales a los altísimos techos. Evoco suelos geométricos multicolores que ya no están -porque el mercado no lo permite- y las distribuciones lógicas de los espacios. Ya no hay salones «para las visitas» ni habitaciones enormes donde fácilmente dormíamos varios hermanos. Ni despensas llenas de baldas, ni altillos fascinantes donde las mantas y cobertores ocultaban tesoros imposibles. Ni cuartos trasteros para jugar a las tinieblas de la noche. Tampoco hay ya «ojopatios» llenos de aspidistras y de helechos. Frescores de botijo y moho en los tiestos. Ya no se llaman a los niños desde los cierros porque vivimos encapsulados en un ilusorio mundo de comodidades donde la electrónica, es muy culpable de esta circunstancia.

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Mundo moderno lleno de materiales fríos y transparentes. De remedos de materiales naturales. El metacrilato fue el principio del fin de la calidez y de lo acogedor de los hogares. La máquinas de frío han sustituido a las corrientes de aire proporcionadas por las ventanas abiertas, también han acabado con el baile monótono y aburrido de los ventiladores de mesa. El olor a alhucema de los braseros y el calor blanco de las catalíticas Buta Therm’x han perecido por el sofoco sin alma de las bombas de calor.

Casas y hogares; ambiente familiares aquellos que perduran en nuestra memoria, de una manera afectuosa y añorada, y que hoy solemos bastardear con el mecanismo de la «fusión» poniendo algún mueble heredado que nos exculpa de los remordimientos.

No se crean Uds. que no contemplo en unos años el mudarme a vivir al centro histórico de Málaga. Ahora no, pero cuando llegue el momento… Ya lo verán Uds. Ya lo verán Uds. cómo sí!

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LA FUTUROFOBIA Y EL CARPE DIEM

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LA FUTUROFOBIA Y

EL CARPE DIEM

Nada me inquieta más que el NO tener los acontecimientos y los sucesos venideros de mi vida más o menos controlados. Medianamente previstos, o por lo menos, someramente contemplados en la mente para poder pronosticar o adivinar sus efectos –y obrar en consecuencia– cuando estos lleguen.

Ya, ya sé yo que eso es imposible porque no hay máquina del tiempo homologada y tampoco tengo una bola de cristal debidamente certificada; pero, qué queréis? Tenerla, eso es lo que a mí me gustaría. Y por qué? se preguntará el respetable. Pues porque me horrorizan las incertidumbres, los imprevistos; me horripila lo fortuito y lo accidental. Las sorpresas inesperadas (incluso la buenas) no las digiero bien.

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De entre todas esas incertidumbres, la que peor llevo, sin dudarlo ya os lo he dicho, es la del desconocer lo qué nos deparará (tal y cómo están las cosas) el futuro inmediato. A mí y a mi familia. El ignorar lo que nos concederá ese incierto mañana –aún sin alma– que tiene que venir. Incluso pudiéndolo intuir, sabiéndolo condicionado cómo está, por los actos realizados en este efímero presente.

Sabemos que lo venidero (y lo que trae de equipaje consigo) es muy difícil de predecir. El tiempo meteorológico, la Bolsa. los resultados deportivos, y lo que va a robar impunemente determinado político, son claros ejemplos. En fin, que todo eso, lo del atinar con un porcentaje alto de acierto, es muy complicado. Yo, en mi caso, poseo cantidades ingentes de vacilación y de recelo acerca de lo que ha de venir Y no ya por mí, que peino páramos según la zona, (y me ahorraré esa ordinariez del cagarse dentro y lo del convento, aunque sea bastante significativo) sino por los vástagos que dejaré en este mundo cada vez más intolerante y mercantilizado. Más miserable y farisaico, donde el “Tanto tienes, tanto vales” es la premisa y el salvoconducto.

ssgweyrthdrEsa enorme cantidad, de desconfianza, de desazón y de perplejidad, me viene dada, seguramente, por mi “culillo de mal asiento”; por mi incapacidad de disfrutar la vida más reposadamente; con una cierta tranquilidad. Pero, quede claro, que no me gusta ese estado continuo de actividad mental y nerviosismo, esa fijación inevitable por la inmediatez –cuasi perenne– que me atosiga, que no me deja relajarme ni demasiado ni debidamente.

Pero que se le va a hacer, asi soy yo. No lo puedo remediar.

Sin embargo, tengo un amigo –al que envidio soberanamente– que tiene como lema vital el ripio… “Tiene arreglo? No te preocupes. No tiene arreglo? No te preocupes”.
Este, con esa manera de pensar, ni se me agobia ni se me amarga; por casi nada. Y del mismo modo –con esa filosofía de paz y placidez– pasa la vida flemática y pachorramente. Con la despreocupación y la parsimonia por bandera.

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A mí, como a casi el todo el mundo, me preocupa mucho ese futuro incierto que se nos viene encima a cada minuto que pasa. Pero también hay mucha gente, como es el caso de mi amigo, –y los envidio, otra vez, enormemente por ello– que hacen uso del “Carpe Diem”. Que viven el momento. Que ese es su mantra espiritual.

Ojalá tuviera yo esa disposición. Sería mucho más feliz. No lo duden Uds. de que yo, si no fuese tan desasosegado, sería muchísimo más feliz.

Será porque NO soy funcionario.

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Interrogante

INCOHERENTISSIMUS. PROSA INFAME

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 INCOHERENTISSIMUS.

PROSA INFAME

 

“Todo el mundo escribe bien.
No hace falta que se enteren
pon palabras en papel,
alguno abrá que las pondere.”
(F.G.)

El hierático, inexpresivo y concupiscente antropomorfo Ambrós, zascandileaba  trastabillando vehementemente, por un injusto acceso de irrefrenable y estereotipado frenesí. Provocado este, parece ser, por una severa indigestión de números primos y judíos ortodoxos de Williamsburg en Brooklyn. New York. Pensaba que esas horribles túrdigas que le atormentaban –todos los viernes primeros de mes– empezaban a remitir (debido a la enorme falta de confianza que nadie había depositado en él)  coincidiendo con el comienzo del alborecer de las principales fiestas de guardar ropa y compostura.

Sin embargo, y para poder medrar consetudinariamente, Ambrosio Piñar de los Petulantes, había salido de odalisqueo; pues a causa de su repentina concomitancia, penaba un insoportable e irresistible dolor de muelas –que por animadversión extrema– le había colgado del cuello un licántropo maricón oriundo de una población de la provincia de Cádiz que lindaba mismamente con Sevilla. Tomó un trozo de aligustre para que le sirviera de refrigerio, y para que además, le refocilara el ánimo candente que le había proporcionado el consumo inveterado del aquel agrio  manjar, de verdísimo tono y superficie convexa, que había sido recogido del suelo. ya pútrido e infecto, aquella mañana temprana de las Calendas.

Se encontraba asaz exasperado, ya que casualmente, se notaba apenas muerto. En pleno acto de  apostasía, refrendó el badulaque de horario esquivo pensando en como justificarse ante Yoko Ono Matt O’peya, soberana del alarido penetrante y emperatriz del chillído más irrefrenable. También, dicen, dejó de consumir  –muy a su pesar– los circunspectos langostinos vírgenes procedentes de Addis Ameba, por parte de madre, pasados por agua, cómo es natural y preceptivo.

LOCO

Ambrosio Piñar de los Petulantes, sufría de Isquimiosis Varicosa Simultánea y Concurrente; contraída esta, parece ser, en unos de sus múltiples periplos por las partes nobles del Asia Menor. Dicha enfermedad le impedía la consolidación de los refrendos necesarios para yuxtaponer sus efluvios de forma consecuente, a su edad biológica. Así que ni Corto Maltés ni Pérez del Oso, sino todo lo contrario, tomó la inoportuna decisión de consultar al oráculo jefe la Sección de Hachetas de la Cofradía de las Defuncionadas de San Martín del Tesorillo; cuyo Hermano Mayor, Píndaro Cinoscéfalo Martínez, era proxeneta, aficionado al coito interruptus  y a la eyaculatio précox;  también, o eso decían al menos, coleccionaba soldaditos de plomo confeccionados con pan de higos de Alejandría previamente ingerido y expulsado por vía anal.

El estrafalario comulgante, prevé enjundiosas asintonías capitidisminuyentes conculcadas al alcaide de Dalmacia que se encuentra hospitalizado por unas fiebres tifoideas de enorme grandilocuencia y de un aspecto innegablemente deplorable. Fiebres estas, que son irremediablemente atractivas para las moscas del intestino grueso y ácaros del Tibidabo procedentes del Alt Ampurdá.

(Se terminó de escribir este relato en el Hospital de San José (Sala XXI) de Málaga en el mes del Funicular del año 2014.
Justamente antes de los Tiempos del Clítoris del Fermento Potrásico.)

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