LOS OLORES DE LA CAÑADA DE LOS INGLESES.

 LOS OLORES DE

LA CAÑADA DE LOS INGLESES.

“Esto se presenta como un ejercicio de rememoración
y no está dedicado a nadie”.
(Charles Bukowsky Revisited)

“Hay en el perfume una fuerza de persuasión más fuerte que las palabras, el destello de las miradas, los sentimientos y la voluntad. La fuerza de persuasión del perfume no se puede contrarrestar, nos invade como el aire invade nuestros pulmones, nos llena, nos satura, no existe ningún remedio contra ella.”
(El Perfume. Patrick Süskind)

“Tiré un limón por el aire
para ver si coloreaba.
Subió verde y bajó verde
mi querer nunca se acaba”.
(Tradicional)

Nota Previa: Las fotos (y sus comentarios a pie de foto en cursiva y color azul) me las ha hecho llegar  mi querido primo Enrique Giménez Huelin.

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(La cuesta y el terraplén (o “chorraera”) de enfrente de nuestra casa tras una granizada que hubo en marzo del 71. En la de la cuesta se puede ver entre los árboles la Casita del Gallo y a la izquierda el algarrobo de casa de Almudena Huelin.)

No sé si se le habrá ocurrido a mi querido primo Enrique Giménez Huelin que después de haberme remitido una impagable serie de fotografías de nuestra niñez (y de tiempos pretéritos) en la Cañada de los Ingleses (donde él vivía y yo pasaba muchas temporadas) no sé si se le habrá ocurrido decía, que además de proporcionarme mediante el sentido de la vista, ese placer irremplazable que es la nostalgia de los más entrañables tiempos en el recuerdo, también iba a despertarme el sentido del olfato.

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(La Portería 1972)

El deleite de volver a recordar y sentir aromas de otros tiempos que, aletargados en la memoria olfativa, estaban esperando –con todo su poder de seducción y atractivo– su oportunidad de volver  a emocionarme. Olores de situaciones vividas. Olores de personas a la que quise y que, desafortunadamente, ya no están aquí.

Las fotos que me ha remitido mi querido primo Enrique, me han vuelto a trasladar a aquel mundo privado –reservado y particular– que fue La Cañada de los Ingleses. Un universo aislado de la ciudad, guardado y disimulado entre árboles y montes, que permanecía dormido en mi cabeza –en absoluto perdido– rendido por la edad que se acarrea y por la flaqueza del recuerdo. Pendiente de la oportunidad de la rememoración más placentera y complaciente, como así ha sucedido.

LA CAÑADA-CASA CHICA-1969-0001(CASA CHICA-1969). Otra vista de mayo del 69 con Marita Revenga y Christian Frunken, su marido, a los que Tacún les dejó la casa cerca de un año. El inicio del túnel, al que me acabo de referir, queda ya integrado en la casa .

Con esas imágenes, me ha vuelto aquel olor a agua pútrida de los jarrones atiborrados de flores –mezclado con el aroma de las mismas– que vendía Carmencita en la portería de la Cañada. El de los hinojos recién arrancados, y mordisqueados, frente a casa de Tío Quique y Tía Lolilla. He recuperado otra vez la tierra húmeda; la turba y el compost de un cementerio inglés cubierto por un manto inacabable de tréboles y vinagretas; de hojas tan muertas como aquellos que lo habitan.

5658996292_e00a6e1089_n(Tumba donde reposan los restos de Enrique Giménez Ramos. Concha Huelin García de Toledo y Lola Huelin García de Toledo en el Cementerio Inglés)

Viendo esas fotografías, me vuelvo a sentar en la cocina de Tioma y Tía Lourdes junto a la ventana. He vuelto a sentir el aroma inolvidable de aquellos tazones de Eko caliente por la mañana. Aroma sólo amortiguado (ese sentido) por el otro del sabor de la Mantequilla Lorenzana untada en una enorme rebanada de pan cateto comprado en Cártama y tostada directamente al fuego vivo. Vuelvo a oler a horno lleno de vol–au–vent comprados en Bresal y rellenos de bechamel y gambas por Tía Lourdes.

El olor a ese mismo pan cateto de tres días regado con un chorreón de aceite de un verde tan intenso cómo inmenso. El maremágnum aromático de la alacena con los chocolates y las especias. Mermeladas de naranja amarga y Jamón de York comprado en La Federica. A vino dulce de Cómpeta y a galletas María de Fontaneda. A Hojaldres de la Confitería La Española. A mantequilla Breda y queso de bola holandés comprado a las estraperlistas del puerto frente a la estación de los autobuses de Alsina Graells…

Llano Cañada(Lourditas Souvirón García Huelin, sentada en el poyete del llano. Se pueden observar las losetas de chinos que entre todos los sobrinos y Tio Matías construimos)

… Sienro el olor embriagador de la yerbabuena de los macetones de Tioma en la ventana que daba al llano y que, a manojos, echaba Tía Lourdes en las cazuelas de fideos. A huevos al plato o revueltos con mantequilla. Que mañanas! Qué días más llenos de luz y de color. De sentimientos de hospitalidad y de amor. De sabores y de olores que ya no existen en este mundo actual vencido (y aburrido) por los añadidos y conservantes de los sosos e insustanciales alimentos que ahora ingerimos.

caballos tioma(Caballos pintados por Tío Matías)

Rememoro viendo estas fotografías, el peculiar y característico hedor a mierda del pozo negro y el de los montones de estiércol de caballo, recogido por los sobrinos, y amontonados en el llano del horno de pan. Y si! se puede añorar el pestazo a mierda. No se extrañen ustedes.

Pero también vuelvo a sentir, el óleo de Marita Revenga pintando las flores de Tio Matías, y el pegunte horroroso del Vicks Vaporub que Tía Lourdes me untaba en el pecho cuando estaba resfriado. El perfume de las hojas trituradas en mis manos del falso pimentero antes de las escaleras de rampas que subían hasta la casa grande. El otro perfume de la alhucema y de los trompitos quemados en la chimenea del salón de Tioma. El aroma del bizcocho que acompañaba al té. Y, más tarde, ya por la noche, el de las hojas añosas de los ejemplares del Reader’s Digest que yo me leía con fruición antes de irme a dormir al apartamente de Tío Josemaría…

12651072_10155174558622228_1016211828636318693_n(Una pequeña parte del jardín de los Giménez Huelin)

… El de la colonia Álvarez Gómez (que aún uso diariamente) que enmascaraba al otro del Jabón Lifebuoy. El olor a limpio de la lejía Conejo y del Vim. El del Politus y el de la cera Johnson’s. La fragancia que emanaban Isabel y Lola; vecinas de calle Los Negros en la Cruz Verde y a las que yo adoraba.

Olores como los de la humedad del rincón –siempre habitado por decenas de cochinitas amontonadas– en la entrada al patinillo del apartamento de Tío Josemaría; y el de los eucaliptos de detrás de la casa grande que inundaba de olor a infusión el cuarto de baño del citado apartamento…

0fb517f06337c5925bc29c329bdbed29(Generación del 27. Casa-apartamento en la Cañada de los Ingleses (Málaga) donde José Mª Souviron Huelin pasaba temporadas. Disponía de una pequeña biblioteca, (la principal la tenía en Madrid), donde celebraba reuniones literarias con Bernabé Fernández Canivell, Pérez Estrada y Alfonso Canales.)

… La resina de los pinos. El polvo de los tinaos abandonados y que servían de trasteros donde un niño se podía encontrar multitud de tesoros. La tetas de las negras de tribus recónditas de los National Geographics antiguos. Un bombín de quien sabe quién o aquel cuchillo de calidad incierta –que Tioma me regaló– pero que tenía una magnífica funda de cuero y las cachas de nácar…

… La fragancia a limpio del ropero de Tía Lourdes; donde en cestillas, guardaba multitud de monedas y que nunca jamás –a pesar de la confianza dada– jamás nos atrevíamos a tocar y que constituían nuestra recompensa diaria por los trabajos realizados. Cómo olía ese dormitorio!! …

Tioma niños(Tío Matías con Margarita, Joaquín y Gustavo Giménez Huelin)

… Recuerdo ahora también, el olor del arcón donde guardaba mantas y cobertores. Naftalina y bolsitas de tela llenas de trompitos de eucaliptos. Vuelvo a recuperar el perfume de los rosales de Pascual Bejarano. Vuelvo a recuperar también, el olor cariñoso, educado y elegante; amable y confortable de Tacún y de Tía Lily.

El del Morris de Tioma. El que te traías pegado al cuerpo desde el vestuario del Cajón. El olor del campo húmedo; a manchas en las culeras de los pantalones de aquel barro peligroso cubierto de agujas caídas de los pinos. Lleno de babosas y de alúas; de pizpitas y de hormigas cabezonas. De saltamontes y ciempiés. Y aquellas enormes bolsas de orugas colgando, como lámparas viejas y olvidadas, encima de tu cabeza.

Vuelve el olor fuerte del agua blanqueada de jabón lagarto y azulete en los lebrillos del llano del horno. El del césped recién cortado y el del tarro abierto a destiempo de las semilla ya secas de las Llagas de Cristo que esparciamos por la ladera del gallinero. Las algarrobas machacadas y el limón cascarúo…

venta del tunel

(En la Venta del Túnel. De izquierda a derecha: Matilde García Lampérez; Matías Huelin García de Toledo; Ignacio Souvirón Huelin; Lourdes Souvirón Huelin: Lourditas Souvirón Garcia Huelin)

… Vuelve el olor a familia querida y amada; a hogar cálido; a humo al refugio de la lluvia y del frío. Cuando había lluvia. Cuando había frío. Cuando la familia estaba feliz y completa. Olores que me hacen daño, porque sé que, si no es por lo efímero, nunca los volveré a tener a mi alcance. Porque las cosas se van y no vuelven muy a menudo; y cuando vuelven, como es el caso, tengo que contener la emoción –pero también el orgullo- de haber vivido plena e intensamente, entre los árboles y montes del paraíso perdido que fue la Cañada de los Ingleses.

monte gibralfaro expropiacionEstas, que ahora vienen, son una muestra de las fotos remitidas (y comentadas) a este bloguero, por Enrique Giménez Huelin. Espero que sean de interés para algunos de los lectores que tiene a bien visitar este sitio. Para mí, ya lo he expresado, ha sido un verdadero ejercicio de entrañable añoranza, nostalgia y melancolía.

Ah! y al final, una curiosidad! Vamos allá; dice Enrique:

Antes de nada, una pequeña Introducción: La Cañada la compraron nuestros abuelos, Matías Huelin Müller y Margarita García de Toledo Clemens, una parte el 7/06/1902 (la parte alta del monte) y el resto el 25/08/1925 (la parte baja). En 1925 encargaron construir la Casa Grande ( y no sé si la chica) al arquitecto Fernando Guerrero Strachan. El camino de acceso no existía y lo hicieron también en los años 20, previa conducción de las aguas pluviales por los túneles que todos conocíamos. Las fotos que adjunto son de la época en que se construyen las casas.

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LA CAÑADA-CASA GRANDE Y TINAO0001

CASA GRANDE TINAO, destaco la ausencia de árboles en el monte y el tinao para vacas que hay detrás de la casa, donde después construyeron su casa Tío Matías y Tía Lourdes. La vacas venían de Las Cuarteras, una finca de la vega que vendieron antes de comprar La Cañada.

LA CAÑADA-CASA GRANDE0001(CASA GRANDE 001), destaco también la ausencia de árboles, la ropa tendida junto al pozo y el propio pozo que parece estar en construcción, puesto que no aparece la bóveda que lo remataba. Junto a ése pozo estaba la duchita , una especie de pequeña alberquita y una máquina de hierro con complicados engranajes que algun día sirvió para sacar agua, según decían. La máquina era tan pesada que quedó enterrada en los cimientos de la casa de Prioleau cuando se construyó a principios de los 70.

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LA CAÑADA-CASAS CHICA Y GRANDE0001

(CASAS CHICA Y GRANDE) quiero destacar la escalera-rampa de acceso y que aún no estaba hecho el garaje que, al parecer, construyó tío Juan años más tarde.

Sigue Enrique contando anécdotas:

Antes de nada, decir que en el e-mail anterior, al comentar la foto 7ª, de la portería, empecé a hacer un comentario que no terminé. Decía que “Tanto en esta foto, como en la anterior,…” (y esto lo añado ahora) se ven las dos columnas antiguas de la entrada . Más tarde, a finales de los 60, creo, la entrada se hizo más ancha y las dos columnas, más sólidas, sostenían un portón de dos hojas de madera, que se verá en alguna foto posterior. La columna de la izquierda, según se entra, recibió varios golpes de vehículos que se descontrolaron en la bajada. El primero que recuerdo fue un carro con uno o dos mulos, cargado de madera de una tala de eucaliptos, que terminó empotrado contra la columna y el pobre mulo o los mulos reventados. Más tarde, una pareja de guiris (creo que americanos) inquilinos de la Casa del Gallo, que se bebían más de una botella de Fundador al día (gracias a lo cual nos hicimos con una colección de discos de lo más variopintos que te regalaban por cada 5 o 10 tapones que entregabas), bajaron a toda velocidad, chocaron contra la misma columna, que hizo de lanzadera y terminaron empotrados en el murete de la entrada del Colegio de las Teresianas. El matrimonio murió en el acto y la asistenta que iba en el asiento de atrás, aunque herida de gravedad, pudo salvar la vida. Yo ese día venía del colegio y subía por la escalera de piedra de mi casa y vi perfectamente bajar el coche a toda velocidad y al momento oí el ruido de los dos golpes. Mi madre no nos dejó bajar hasta que habían sacado a la herida y levantado los cadáveres. Recuerdo, yo muy chico, impresionado al ver el coche destrozado y los rastros de sangre todavía fresca. Pero más me impresionó o me repugnó, si cabe, el comentario de uno de los mirones que dijo: “¡qué pena de coche!”.

LA CAÑADA-ÁRBOLES 1919-0001

(ÁRBOLES 1919) es un peculiar inventario de árboles, que hace un tal Gallardo, del primer trozo de finca que compran los abuelos (la parte alta). Por ej: “garrobos” “ensinas”…

LA CAÑADA-CASA CHICA0001

(CASA CHICA). Otra vista de esta casa. Se puede ver el lavadero, el depósito de agua,el llano, el inicio del túnel sobre el que había una plataforma de cemento que nos servía de guarida en el poli-ladron, las dos pequeñas columnas que había en el arranque de la escalera a la Casa Grande, en las que se contaba y “salvábamos la valla por mí primero y por todos mis compañeros” …

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(CASA GRANDE) es muy parecida a otra u otras anteriores. Simplemente la pongo porque se ve arriba a la derecha una pequeña construcción en la ladera del monte. Allí creo que vivió alguien, cuando compraron la finca (no sé si Gallardo el del inventario). Las ruinas de esa casita la vimos después muchas veces cuando jugábamos por allí.

LA CAÑADA-CASA GRANDE-RAMPA 2º PISO-0002 (CASA GRANDE RAMPA). La rampa (no escalera) que servía de acceso al piso superior.

LA CAÑADA-COMEDOR CASA GRANDE0001

(COMEDOR CASA GRANDE)LA CAÑADA-ENTRADA TERRAZA DESDE POZO0001

 (ENTRADA CASA DESDE POZO). Entrada principal desde la rampa de acceso.

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Una vista de la Casa Grande ya abandonada en el año 73

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Una vista del monte tomada en 1948 desde una ventana de la Casa Grande. Se pueden ver pinos piñoneros, alguno de los cuales conocimos, y la repoblación de pinos todavía pequeños.

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La Portería.

Y ahora, la curiosidad:

Nada tiene que ver con la Cañada, pero creo que os puede gustar porque aparecen muchos parientes. Se trata de una foto del Colegio de San Estanislao (El Palo) a principios del S.XX. Según aparece al dorso…

COLEGIO SAN ESTANISLAO

En la 1ª fila de arriba y de izquierda a derecha: Avilés, Eduardo Shaw, Pedro Esteban Beyle, José y Fernando Pérez del Pulgar, Valdecasas, Torres, José Antonio Nuñez de la Barca, Carlos Huelin Gª de Toledo.

En la 2ª fila: G. Bentabol, Jorge Huelin GT., Carlos Huelin López, Ravé, Jacinto del Río, Arturo Shaw, Isidro Escobar, Gabriel Garrido, Perico Núñez, Sebastián Portillo, Perico Huelin (¡López?), Narciso Suárez, Ricardo Suárez.

En la 3ª: Perico Pérez del Pulgar, F.Cuberta, Chinchilla, Juan Huelin García de Toledo, del Río, A. Luque, Matías Huelin García de Toledo, Evaristo González, Dominguez, Torres. En la 4ª: R. Maury, Rosendo Rodríguez, José María Souvirón Huelin, Carlos Werner, Joaquín Huelin García de Toledo, R. Caffarena, A. Werner, P. Olson, Luis Suarez, L. Maury. En la 5ª: Javier Huelin García de Toledo, Paco Pérez del Pulgar, R. Suárez, Alcalá del Olmo, __________, J. Krauel, Roldán, ________, J.P. Mangas, José Montero- Ríos Souvirón.

Esperamos que os haya gustado.

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CONSIGNAS FAMILIARES.

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CONSIGNAS FAMILIARES.

(Para Fernando)

“Dijo que no estaba equipado para la vida
porque no tenía sentido del humor”.
(J.D. Salinger)

Tengo la inmensa fortuna de haber nacido en el seno de una familia con un prodigioso y fantástico sentido del humor. Un sentido del humor que nos ha regalado multitud de momentos inolvidables de risas y sus posteriores réplicas en forma de anecdotario. Pero que también no pocas veces, y por lo inoportuno lo digo, nos ha proporcionado muy malos ratos puntuales e indeseados. Aunque he de reconocer, sin embargo, que estos “malos ratos” a la postre resultaron, una vez pasados, los más hilarantes y los más disfrutados. Los más comentados a posteriori, ya te digo.

1
Tendría que dejar de lado la modestia, la vanidad y la autocomplacencia; pero debo de indicar, no tengo más remedio, que la familia Souvirón siempre dispuso de una chispa especial y una ironía fina, sagaz y muy personal (a veces al filo de la inconveniencia); y sobretodo, una prolija imaginación rápida e ingeniosa. Pido disculpas por la presunción que raya la soberbia; pero consideren lo que acabo de decir acerca de lo del dejar de lado, al principio de este párrafo.

3
El sarcasmo, el doble sentido, la mordacidad y el saber, casi siempre, cuando es el momento oportuno de soltar la chuscada, fueron siempre los invitados perennes en nuestras reuniones de familia. De modo y manera que cuando algún invitado compartía velada con nosotros –fuese amigo o pretendiente a entrar en la parentela– debía de estar al loro, súper atento y rápido con la oreja y la risa dispuesta para no quedarse más colgado que una percha, pues si se distraía, le era imposible sumarse a la “demencial conversación”; porque los chascarrillos y las bromas fonéticas iban siempre, hilvanadas y estrechamente unidas la una con la siguiente; y la siguiente con la que tocaba. Debo de indicar, que una vez empezada la demostración surrealista, esta podía durar más de lo humanamente soportable para aquel no acostumbrado a la verborrea sin control y a la locura colectiva.

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Había en la familia, diversas consignas familiares. Estas consignas, en forma de palabras inventadas, en gestos ya consolidados en nuestro entendimiento por la costumbre, o en ruidos ininteligibles (una verdadera lástima la imposibilidad de reproducirlos por escrito) nos permitían un lenguaje personal e intransferible que nos proporcionaba, tanto en público (los más hilarantes y exasperantes ) cómo en privado, incontenibles y maravillosos ataques de risa.

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Pongamos ejemplos:

Cuando en una reunión externa, alguien cometía un “lapsus linguae” es decir, un desliz del lenguaje tipo: ” Y claro, como no había comido, pues al pobre le dio una lipotómia”. Inmediatamente, cualquier miembro de la familia, alzaba el cuello cual perrito de la pradera; miraba de soslayo al que estaba al lado y doblando el labio superior hacia la izquierda y el inferior hacia la derecha, hacía un mohín perfectamente reconocible y que nos indicaba a todos los que estábamos “El palabro”. Palabro, que por supuesto, todos habíamos cazado al momento.

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Si el desliz de lenguaje era de los llamados de “rima grosera” o, sobretodo, de doble sentido, jamás se decía eso de “Premio!” o se le contestaba de forma “mal asonante”. Nunca. Nunca, nunca. Sólo se pronunciaba una palabra: “morse”. O su variedad más sonora “samorsa”. Por ejemplo: Un conocido (y refiriéndose a su mano vendada a causa de un golpe… le decía a mi padre: ” Y entonces, Don Fernando, al meterla, se me puso gooorda, gooorda, gooorda y tó morá!” El señor herido, se extrañaba, y fruncía el ceño al oír espontáneamente y por lo bajini, algo así como un “samorsa” y una incontenible retahíla de gruñidos producidos por la risa irreprimible con las bocas apretadas como puños y las venas de las sienes hinchadas y a punto de estallar.

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Otro: Cuando alguno de nosotros – no siempre voy a poner de ejemplo a alguien extraño– decía pontificando o indicando algo de manera auto elogiosa, solíamos ponernos la servilleta encima de la cabeza (algo habitual) pero acompañando el gesto con otra exclamación. En este caso, un sonoro… “wachu wachu wachu”. El hablante, sabía en ese momento que debía de cambiar el discurso, porque intuía lo que se le podía venir encima. Los invitados, ante esta unánime reacción, flipaban en colores.

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Había palabras especiales que explicaban de manera concisa cuando una cosa era gustosa y primorosa; confortable, cómoda y acogedora. Una de esas palabras era “senne”. Decir “senne” (y su superlativo “senenne zacatín”), era indicar de una forma rápida y aclaratoria, todos los sinónimos que acabo de nombrar.
“!Que senne se está aquí!” Decíamos cuando en días de lluvia, estábamos en casa echando una partidita de Póker o de Continental, al amparo del tormentón con estufa catalítica, té y sándwiches de lechuga, pepinillos y mahonesa preparados para la ocasión. Después, dejémonos de mariconadas, nos abrazábamos al noble arte de la libación en su variante escocesa.

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Sigamos.

También se podía describir una acción cotidiana de una forma culta o de una forma directa y basta. Bastante basta, diría yo. Pongamos otro ejemplo; ahora conmigo mismo: Si estábamos sentados en la mesa almorzando, y a mí me encantaba algo muchísimo y no paraba de tragar, mi Tío Ignacio –que vivía con nosotros y era un intelectual– exclamaba, “Que barbaridad, Alvarito! comes cómo Heliogábalo” (un emperador romano preso de la gula) pero también mi madre, para ahondar más en la observación, completaba la especificación de una manera absolutamente descriptiva: “El niño éste se come el desperdicio de un tinao” menos sutil que Tío Ignacio, pero mucho más gráfico sabiendo que un tinao es el sitio donde se guardan las vacas. Y los desperdicios… pues ya se imaginarán ustedes cuales eran los desperdicios.

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En fin… un montón de palabras y de situaciones tales cómo: “A poblemate” era que debíamos ponernos a estudiar. “La Pedorreta” el primer coche que tuvo mi padre. Dicho nombre era debido al ruido que hacía éste cuando arrancaba. “Muerde mi prima” cualquier chica mona que pasara a nuestro lado y en la que había que fijarse; y “La Roulotte” (vulgo la ruló) el culo que manejaba “Mi prima”.
Cualquier niño no avezado en el retozar caprino por los montes de Málaga (yo, a pesar de lo que me decía mi Tío Matías, tengo titulación por los montes de Gibralfaro, Tres Letras y San Antón) cualquier niño no avezado en eso del triscar, decía, era llamado “Señorito de Piso”. Los modernos muy extravagantes en el vestir, “Chicos descarriados” ; los sombreros grandes “Castrojas” y los Pictolines “Caramelmus”. Y en mis largos paseos por la playa con mi padre, íbamos siempre en busca del “Gran Cipotudo” No porque éste estuviese muy bien dotado (que también) sino porque iba siempre armado de un largo palo acabado en punta. (Las historias inventadas por mi padre eran tan surrealistas cómo divertidas).

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Bueno… Y ustedes –si pacientemente han llegado leyendo hasta aquí– se preguntarán… ¿Y a mí que me importa y a qué viene esto? Pues verán, viene a que cómo este blog es mío, y hoy me ha intervenido la añoranza familiar, inserto esto porque me sale del “nípero” y que lo que escribo, lo escribo tranquila y pausadamente, porque ni tengo prisa, ni quien me la meta. “Samorsa!!”. La prisa digo.

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Nota: Las imágenes que ilustran este relato,

son obra del artista belga Ben Goossens

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LA FANTÁSTICA HISTORIA DEL FAMOSO VENTORRILLO DE LA PERRA

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LA FANTÁSTICA HISTORIA DEL FAMOSO
VENTORRILLO DE LA PERRA

“Un calañés por penacho
por cesión de una medusa
y por lambrequines usa
dos remos y dos cenachos.
Estas son, por real bigote,
las armas de El Jabegote.”

No me cabe la menor duda de que los gustos y las apetencias culinarias –con el paso de los años– no solo van cambiando sino que además ¡Loor y gloria al buen sabor y al refinamiento del paladar! se van ajustando a lo razonable y a lo sensato; pues vamos adquiriendo, en cuanto a las recetas ancestrales de nuestras madres, la justa y necesaria cordura. Lo platos que antes nos producían aborrecimiento y repulsión, ahora, con una edad moderada y un carácter más o menos lógico y racional, nos parecen la mar de apetitosos. ¿No les suena?

Pongamos ejemplos personales tan ilustrativos cómo absurdos y disparatados.

A mí, en mis años mocitos, mozo y poyetón, me resultaba un quinario insufrible el ingerir determinados platos maternos tales cómo el gazpachuelo, las lentejas, la cazuela de fideos, las sopas de ajos y las de naranjas agrias cachorreñas; no hablemos del horrendo y martirizante puchero… una serie de platos de cuchara que hoy, con el pasar de los años resultan , ya lo he indicado, que son los que más me apetecen. Pero no se crean Uds. que la cosa quedaba ahí; también desaprobaba y reprobaba las comidas de ventas y paradas de los caminos; de restaurantes más o menos refinados. Un perfecto maharón estaba hecho, tiene que admitirlo, el que suscribe.

cachorreñas

Recuerdo muy bien cuando, con mis padres, íbamos a comer a un pequeño restaurante en Los Boliches, llamado “Le Fiacre”, y allí, yo me negaba rotundamente a comer los deliciosos platos que servían y tomaba la actitud obstinada y tozuda del hijo del caudillo hispánico Sopalajo de Arriérez y Torrezno (René Goscinny dixit); es decir, cerraba la boca y amenazaba con morir asfixiado antes que doblegarme ante el terrible suplicio de comerme una (ahora me parece absolutamente apetitosa) sopa de cebolla con su huevo cuajado, su tostada de pan semiahogada en el caldo y un buen puñado de queso Gruyére sometido al martirio de San Lorenzo. Toda ella, servida –como es pertinente, necesario y oportuno– en cazuelita de barro ad hoc, que quemaba como los mismísimos demonios.

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Y no! No transigía. El imbécil gastronómico que me poseía, no transigía y prefería comerse una hamburguesa y un crêpe en “El Goloso” (también delicioso)) sito en el pasaje del mismo nombre junto a la Plaza de La Gamba Alegre de Torremolinos. Justo donde mis tíos Jorge Huelin García de Toledo y Tía Yiyí –gracias a mi prima Margarita por refrescarme la memoria– tenían un pequeño y coqueto anticuario. Cómo anécdota diré que aún conservo en el salón de mi casa un sofá de caoba de estilo isabelino adquirido por mis padres en aquella preciosa tienda.

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Bueno, sigo que se me va la olla. Ahora, a lo que vamos:

A principios de los años 70, mi tío Sebastián Souvirón, también conocido en el ámbito periodístico con el alias de “El Jabegote”, toma las riendas de un histórico restaurante (antigua venta) llamado “El Ventorrillo de la Perra” situado en el Arroyo de la Miel de Benalmádena. Allí se citaba lo mas granado de la familia Souvirón Huelin y adláteres; y distraídos por el verbo interesantísimo e inacabable de Tío Sebastián, degustábamos (yo poco, ya os digo) las afamadas sopas del Tío Cachorreñas; los ajoblancos, zoques y gazpachos. La Sopa Quitafollones o una carne al estragón y al hinojo según receta del propio Alfonso de Hohenlohe. Amén de otros platos y postres que ahora mismo vais a conocer. Después, la enriquecedora tertulia de la sobremesa que llegaba, en casos, hasta el oscurecer.

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Esto que ahora podéis leer es la Verdadera Historia del Ventorrillo escrita por mi tío el periodista y abogado Sebastián Souvirón Utrera, y que gracias a la oportuna cesión temporal de mi querido amigo El Cónsul de Portugal Rafael Pérez Peña, vais a tener la oportunidad de poder leer.

Que la disfrutéis!!!

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elemento-decorativo-floral_23-2147486718 ex libris Álvaro(Ex-Libris creado para sí mismo, por Father Gorgonzola, para prevenir posibles casos de saqueos, ratería y pillaje por parte de amigos poco dados  al dispendio dinerario y a la obligatoria costumbre de devolver los libros prestados)

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PALABREJAS

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“PALABREJAS”

“El que me baya quitáo la tobaya…
baya sío porque le baya hesho farta”

En mi familia, el adjetivo “palabrejas” se usaba para designar a determinadas personas que usaban términos incorrectos y equivocados en las conversaciones. Ese es un “palabrejas” decíamos cuando oíamos cualquier barbaridad.

Tres son los tipos de errores que solemos cometer en la representación del idioma: el error escrito (o lapsus calami) el error oral (lapsus linguae.) Y también está –no se crean que no he hecho los deberes– otro tipo de error que yo ignoraba: el lapsus mentis; (el olvido ocasional). Lapsus viene del latín y viene a significar “resbalón”, aunque yo creo que es más apropiado expresarlo cómo “patinazo”.

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Verán Uds. en mi rama familiar –puedo asegurarles, que era algo muy cruel para nosotros mismos– teníamos la costumbre de que si estábamos hablando con alguien, y ese alguien cometía un “patinazo”, mi madre, que era un portento en detectarlos, doblaba los labios exageradamente para hacernos caer (a los que no lo hubiéramos hecho) en el tropiezo del interlocutor. El disimular la risa, era un verdadero acto de coraje y contención. Uno de los suplicio más placenteros que se puedan sufrir.

Establezcamos también una diferencia bien notable y necesaria: nuestra risa (o no risa) dependía de que, si el autor de la barbaridad dialéctica era una persona modesta y de pocos estudios que trataba de usar palabras que carecían del suficiente significado para ella, entonces, en ese caso, siempre era tratada con todo cariño, tolerancia y respeto. Pero, si por el contrario, era una persona suficientemente preparada la que – tratando de impresionar y sorprender, con un deje de pedantería– cometía el gazapo, entonces, el cachondeo estaba asegurado y esa palabra pasaba a usarse formando parte del argot particular de la familia con el consabido peligro de que la palabra se “normalizase” y corriésemos el riesgo de deslizarlas en las propias conversaciones involuntariamente. “Tito Pepe” al vino de Jerez por ejemplo, más de una vez lo hemos dicho para nuestro sonrojo y fatiguita.

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Voy a ponerles algunos ejemplos de palabrejas tan reales como la vida misma. Todas son aportadas por mi propia experiencia y por las de un montón de amigos que han tenido el detalle de ayudarme.

Ahí van:

Teníamos un portero en casa, que cada día saludaba a mi padre comentándole el tiempo.
– Buenos días, Don Fernando…
– Buenos día Felipe.
– Hoy parece que vamos a tener una buena “churrasca”.
– Erm… Psí! Me temo que psí, Felipe.

Otro día un amigo familiar, estando con nosotros en la playa hablando de los tiburones, de los marrajos y de las tintoreras, éste, el amigo –tratando de entrar en la conversación con una aportación docta y entendida– exclamó, en voz más que alta, indicando la especie a la que pertenecían estos bichos: “los escuálidos!!!” y se quedó tan pancho. Debería de referirse a los que estaban muy delgados y enclenques.

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Después viene otro gran amigo; éste, era el rey de las palabrejas y de las frases malheridas: Era partidario siempre de seguir los “protocólogos”. Cuando algo no podía ser, siempre echaba mano al “Eso es pedirle peras al horno” y muchas otras veces, se sentía “Contra la espalda y la pared”. Una señora que venía a limpiarnos las oficinas nos comentaba que su hija recién casada había puesto una cocina con unos muebles de una “Fornica” linda. Y otra, un día, le comunicó a mi madre –con mi medio dólar de plata en la mano– que se había encontrado un “duro del Príncipe Kennyde”.

La rama sanitaria es un verdadero e inextinguible filón: Que decir de las “tortículis” y del hueso “kuky”. Un buen amigo responsable de una afamada y conocida Mutua Médica, me indica que muchas veces le preguntan ¿Cuanto “degrada” el seguro médico? Y unas amigas enfermeras, me hablan de las hernias “fiscales” de algunas pacientes a las que atienden. Los “análises” solicitados y la masiva ingesta de Aspirinas “flourescentes”. Los “gitanales” en vez de los genitales; los “vestíbulos” en vez de los testículos y de, asombrense!! “tener hígado” y un poco de “diabetis”.

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¿Y el “esparatrapo” y el “Espidifrén” y otras “medecinas”? Una sobrina, directora de una entidad bancaria, me cuenta que de vez en cuando, tiene que contener la risa porque se ve obligada a hacer “transfusiones” entre cuentas a petición de algún cliente con haberes pero poco ilustrado.

Hay gente que habla con mucho “Rintintín” que por cierto no es un perro y se queda en lo “anedóctico”. Y alguna decoradora (sic) que yo me conozco, la caga con eso del “sinfonier” de marras y el uso inadecuado de la palabra dicotomía. No me puedo olvidar de las inefables “cocletas” y de sus inefables amigas las “armóndigas”. Del sempiterno “Lejonario” ni de mi queridísima amiga que está harta de que la llamen “Grabiela”.

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El año de las inundaciones de 1989 en Málaga –y para evitar una mayor catástrofe– me indica el amigo ecónomo, hubieron de abrirse las “compresas” del Pantano del Limonero para desalojar volumen debido a la “trompa” de agua. Un problema añadido para esas pobres mujeres de vida fácil que se buscaban la vida en las “redondas” de los “polígamos”. Tan altas y “esterilizadas”. Pero ya se sabe “No todo es lo que reluce”. Ah, perdona, “No todo el oro es lo que reluce”.

Hay que ver cómo ha subido el barril de “pretóleo”, dicen las noticias; y comentaban otros dos, que ayer “juguemos” un partido y “empatéremos”. En fin vamos a terminar esta interminable retahíla con otros dos clásicos las “mondarinas” y los “caramales” porque para entender todas estas palabras hay que tener, como los motores “Wobagen”, mucha “comprensión” y no estar demasiado “arquerotipado”.

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ISABELITA.

ISABELITA

mecanógrafa

Hace un millón de años, trabajaba con mi padre –en un organismo oficial– una chica pizpireta y recortadita llamada Isabelita.

Isabelita era, ya os digo, una mocita alegre y jacarandosa; bajita de cuerpo y entradita en carnes que estaba siempre risueña y predispuesta a alegrar a sus compañeros de trabajo con su chispa y su gracejo. Un verdadero portento de conversación fecunda e inagotable.

Aconteció que por aquellos tiempos –hablo ya de hace muchos años– la jovial e hiperactiva (antes se llamaba a eso “culillo de mal asiento”) Isabelita, realizó un curso de mecanografía rápida y a “mano completa” para prosperar en su trabajo subiendo de cargo y categoría. Así fue; Isabelita, con su titulito debajo del brazo, pasó a desempeñar en la oficina de aquel estamento oficial, el cargo de Administrativa Mecanógrafa.

Después de un par de años de darle a la tecla, en la acreditada Academia Almi, Isabelita estaba loca por demostrar a cada uno de sus compañeros su habilidad y rapidez; su perfecta e impecable ejecución en aquella negra Remington Standard Nº 12 de carro, papel de calco y campanita. Cada compañero que se le acercaba, caía en sus redes y se tenía que someter –más por complacencia y educación, que ganas– a la demostración “in situ” que manifestaría la perfección de Isabelita manejando la máquina escribidora.

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A todos y a cada uno. Menos al Jefe. Cada vez que mi padre pasaba por su lado –y advertido por los otros empleados– trataba de librarse de la tan temida exhibición.
Hasta que el destino –inevitable y cruel cómo es– le preparó una encerrona a mi pobre padre e Isabelita lo cogió de improviso de una manera ineludible e inexcusable.

  • Don Fernando! Don Fernando! Sabe Ud. que he hecho un curso de Administrativa Mecanógrafaaa?
  • Anda, que bien guapa! Estupendo, vaya!!. Buenoooo… Te dejo Isabelita que me tengo que ir a una reunión.
  • Don Fernando! Don Fernando! –insistió la novata mecanógrafa– espere Ud. que le voy a hacer una demostración!!! Dícteme Ud. algo muy rápido y largo! –le dijo–.
  • Isabelita, mujerrr que me tengo que irrrrr…
  • Don Fernandooo, por favoorrr…

Así que mi padre, un poco conmovido por la carita de pena que le ponía la muchachita, le dijo:

  • Vale. A ver, escríbeme tu nombre

Isabelita puso un folio en el carro de la Remington Standard Nº 12; rrrááss… rrrááss… rrrááss… bajó el papel. Desperezó el cuello. Cruzó los dedos de las manos y los estiró. También los brazos. Y en un santiamén, y con un rapidísimo tecleteo, ejecutó: tlac–tlac–tlac–tlac–tlac–tlac–tlac–tlac–tlac. Para, sin dejar de mirar a los ojos a mi padre, y con una pizca –todo hay que decirlo– de indisimulado orgullo, arrancó de un tirón el papel donde ponía, escrito en mayúsculas, su nombre: ISABELOTA.

Las carcajadas inevitables e incontenibles de mi padre se oyeron en todo el edificio; y, por supuesto, desde aquel día, la ínclita Administrativa Mecanógrafa, llevó el nombre de ISABELOTA hasta la tumba.

Aconteció en Málaga. Circa 1945

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CLEMENTE. EL NIÑO DEL SILVA

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CLEMENTE: EL NIÑO DEL SILVA.

 Conozco a Clemente Pérez Acosta desde los tiempos del blanco y negro en el cine, desde las treinta tres revoluciones por minuto en el picú, desde los yogures naturales (no había de sabores) tapados con celofán y cerrados con gomilla elástica de las lecherías. Conozco a Clemente Pérez Acosta de toda la vida. La de los dos. Desde que él era un mozalbete y yo un niño repelente. Y desde aquellos tiempos, ya muy lejanos, aún hoy mantengo y perpetúo una amistad fraternal con él, basada en una suerte de herencia respetuosa, de la cual ambos estamos orgullosos: Nuestros respectivos padres.

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 Antonio Pérez Silva, fue Sargento del Real Cuerpo de Bomberos de Málaga en los tiempos en los que mi padre Fernando Souvirón Huelin, ocupaba el cargo de Comandante Jefe. Estos, los dos, siempre mantuvieron un fuerte lazo de amistad y compañerismo avalado por la fidelidad, la lealtad y la nobleza. Por la más inquebrantable  y mutua confianza. Antonio Pérez Silva “El Silva” era un hombre que sabía ser rudo con la indisciplina y con la insubordinación; pero a la vez –como todo buen jefe- desplegar una enorme corriente de empatía, de afecto y de aprecio entre sus subalternos. Siempre dije y digo, que yo -que pasaba muchísimo tiempo en el Parque de Bomberos- al Sargento Silva, lo sentía como de mi propia familia. Por esa deferencia y ese cariño que él me profesaba y que me demostraba continuamente por ser el más chiquitillo de los hijos del que manda: El baranda.

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Los “Silva” eran dos hermanos de lo más distintos. Estaba Manolo, serio y adusto, y un poco arisco, que era Jefe de Mecánicos, con el cual yo mantenía interminables conversaciones. Después, estaba el citado Antonio y más después aún, llegaron los hijos de estos: Clemente, Miguel y Salvador. Clemente, que es al que me voy a referir en este relato, era  -me atrevo a calificarlo por eso de la amistad- un noble bruto. En el sentido más literal de las palabras: Noble; por esa lealtad sencilla y espontánea que regalaba; eso sí, a quien le entraba por los ojos; porque con quien no le entraba… Con quien no le entraba por los ojos, era lo que él mismo se autodenominaba: un hijo de la grandísima puta. Y cito sus propias palabras. Cómo te lo digo y cómo te lo cuento.

 Y era un bruto, continúo, porque su vehemencia y su ímpetu natural, le llevaba a realizar verdaderos disparates físicos –tan irracionales cómo insensatos- que, como no podía ser de otra manera, le pasaron factura en la vida proporcionándole una mala salud de hierro que al final, terminó por quebrarse. Y por ahí anda; vivito y cojeando.

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Clemente. Mi fraternal amigo Clemente, fue compañero de trabajo durante no pocos años. Y durante ese tiempo, compartimos amistad y multitud de anécdotas.  Sobre todo las de él. Era Clemente Pérez un dechado inacabable de historias y sucesos que él – en primera persona- había sido si no el protagonista, si uno de los actores principales. Y esos hechos, pesar de su truculencia y su manifiesta siniestralidad, a pesar de ser terriblemente trágicos, oyéndolos de boca de Clemente, pasaba –por el enorme surrealismo que destilaban- a ser tremendamente jocosos; porque dichas anécdotas, obviaban las pertinentes buenas costumbres y las debidas virtudes que se nos suponen a los correctos y sensibles seres humanos. Pero no era este el caso, maifrén. No lo era para nada.

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Porque aquella distensión en las reglas éticas, nos proporcionaba a sus oyentes, tardes descacharrantes y desternillantes entre chupitos de Whisky DyC de cinco años y paquetes agotados hasta el estruje de Lucky Strike: A partir de las ocho siempre, que era cuando terminábamos de trabajar.

 No sabéis cómo añoro esos años en que las aguas corrían por los cauces debidos!!

 Así que no lean estas líneas que ahora vienen los atribulados meapilas y soplacirios; los melindrosos, blandengues y remilgados: Absténganse gazmoños y timoratos. Pánfilos, escrupulosos y aprensivos;  porque los cuentos, las anécdotas, las historias de Clemente Pérez Acosta, eran y son, para hombres que se visten por los pies. Para mujeres curtidas; no para adoradores del buen rollito y lo políticamente correcto. Estos relato ( el de hoy y los próximos que pueden venir) son para gente que no se para a pensar en lo apropiado o no de los actos; para los que se rigen en el acatamiento estricto de las normas de urbanidad.  Porque para el que no lo sepa,  quiero aclarar que –como decía mi padre- a los bomberos, nunca los llaman para ninguna fiesta ni para ningún acto agradable. Siempre que son llamados, acuden a incendios donde se pueden  -y se encuentran- personas abrasadas. Descuelgan suicidas de los árboles, sacan de ataúdes de metal destrozado a víctimas de accidentes de tráfico. Tienen un trato continuo y cercano con la muerte; y a veces, muchas veces, rozándola, la esquivan engañándola cómo pueden.

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Un trabajo durísimo y muy difícil de sobrellevar; y  más en la época de Clemente, con muchísima más voluntad y cojones que medios materiales. Así que estas carencias las compensaban –por eso de la mala costumbre- con un macabro sentido del humor que les distanciaba, aparentemente, de la locura y la insania que les procuraba su trabajo. Un trabajo no apto para estómagos delicados ni para conciencias impolutas.

 Esta, es una de ellas; quedan algunas en el tintero que aún estoy decidiendo si sacarlas a la luz o no. Ya se verá.

 A modo de poner en situación al lector:

 Clemente al igual que su padre, pertenecía al Real Cuerpo de Bomberos de Málaga; por esas “cualidades” que he citado anteriormente era el compañero perfecto para meterse en cualquier boca de lobo que se presentase. Y pobre lobo si se presentaba! Si un compañero lo llevaba al lado en un fuego, en un rescate, en cualquier servicio, si llevaba al lado a Clemente, se sentía afortunado y sabía que algo tenía ganado.. Los novatos…menos.

 Esta vez referiré la anécdota que he dado en llamar:

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LOS FAROS DEL DOS CABALLOS Y GILDA.

 (Quedan, ya te digo, un par de pendientes para más adelante. El Muerto que
Perseguía a los Bomberos, y Un Pulpo y su Docena de Flanes.)

 Vamos a por la de hoy:

 Ya te digo; a los veteranos les encantaban llevar a Clemente al lado, pues era tan “echao p’alante” como resolutivo. “Esostáclaro” le gustaba decir. Pero los bomberos de nueva hornada se rilaban nada más pensar en lo que les podía caer, a modo de bautizo profesional, llevando a este experto de lo más peor y lo más duro en la cuadrilla.

Sucedió que un día hubieron de acudir a una calle muy céntrica –junto a la plaza de la Merced- para entrar en un piso donde vivía una anciana a la que no se le había visto el pelo en días y que, además, para más señas y sospechas del vecindario, el piso despedía un poderoso, dulzón e inaguantable olor a podrido.

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Llegó el retén de bomberos a la citada dirección:  un “pronto socorro” que era un jeep chato de apoyo con material y escalines, y una ambulancia. Subieron por la escalera del edificio el Cabo Martos –otro cachondo apodado el Periquito- el  ex Guardia Civil y experto en recoger vísceras Ballesteros, mi amigo Clemente y un bisoño y novato recién llegado al cuerpo al que llamaremos Gabino para disimular.

 Llamaron a la puerta del domicilio de la anciana. Nadie contestaba. Insistieron. Nadie contestaba. Imperaba el más absoluto silencio de los corderos. Un insoportable y  pestilente fuky salía en vaharadas por las rendijas de la puerta. El novato, Gabino, empezaba –ante la atenta mirada de refilón de los veteranos – a contener las arcadas y la respiración. Decidieron pues, para minimizar daños, entrar por el balcón, pues era un primer piso. Pusieron el escalín, llegaron a la balconada, rompieron un cristal y entraron. Ricardo -el chófer- esperaba abajo junto a la ambulancia.

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Un insufrible pelotazo de peste les rodeó de inmediato. Una fetidez, un tufo, un hedor imposible de soportar; sobretodo, si llevabas poco tiempo en el Cuerpo, como era el caso del novato y no estabas acostumbrado a incidencias de este tipo. El rostro de Gabino pasaba del blanco roto al marfil. Y de éste, a un gris ceniza que le daba un aspecto verdaderamente enfermizo y compungido.

 Los más aguerridos: Clemente, Ballesteros y el Periquito se adentraron en la casa cómo si tal cosa seguidos de Gabino sabiendo lo primeros, con la certeza de la veteranía, lo que se iban a encontrar.  Minutos después, uno de ellos llamó en voz alta a los demás desde la salita de la casa…

 –        Venid pacá!!! Akistá!!!

 Habían encontrado a la anciana muerta sentada en una mecedora. Todavía llevaba la toquillita puesta sobre los hombros.

 –        Niño! –me contaba Clemente entre chupitos muerto de risa-“La viea, tenía toa la cara de un Dos Caballos. Con los ojos salíos y saltones como si fueran los faros de un Dos Caballos, niño!”

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Se miraron los tres ante la anciana; se pegaron un codazo, y llamaron al macilento novato que estaba aterrado y asqueado en la puerta de la habitación al borde del soponcio y con la esperanza de no tener que intervenir.

 –        Mira, Gabinillo ío, cógela tú anda,  que así aprendes! Le dijeron al incauto.

 Éste, intentando sobreponerse a la situación, sacando fuerzas de las pocas flaquezas que le quedaban, se acercó a la anciana. Los otros miraban atentos al percal. Le dijeron el modo y manera del cómo cogerla y así, con esas indicaciones,  se dispuso el novato a  intentar levantar el cadáver. Se acercó a ella tratando de evitar las arcadas, y cogiéndola de los brazos a la altura de los codos, tiró con fuerza para arriba, con tan mala fortuna, que la despellejó tal si fuese Rita Hayworth en la escena del baile de Gilda quitándose los guantes. Los dos a la vez.

 El Novato lanzó un alarido. Hiiiiiiii!!!! Y se pego una culada. Pegó tres arcadas y se fue corriendo a vomitar a la cocina, mientras los otros tres se miraban con gesto de resignación y empezaron a hacer el trabajo que les había llevado allí.

 Ay! ezú por Dioss se dijeron entre risas; y llamaron a Ricardo para que les ayudara..

 Nota aclaratoria:

 Durante mi niñez, y no tan niñez, por el cargo que ocupaba mi padre, tenía que oír a menudo chistes y chanzas acerca de que los bomberos estaban todo el día jugando al parchís, que si cuando llegaban a un siniestro lo rompían todo… y demás imbecilidades.

 Nadie sabe – si no se pertenece al Cuerpo o se es allegado- a las terribles situaciones que se tienen que enfrentar estos hombres y mujeres en su trabajo y lo que tienen que hacer para sobreponerse en determinadas circunstancias y a sus propios sentimientos.

 Dignos son todos ellos de mi más admirado respeto y consideración.

***…***

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