UN PASEO POR LAS CONFITERÍAS Y PASTELERÍAS ANTIGUAS DE MÁLAGA

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UN PASEO POR LAS CONFITERÍAS
Y PASTELERÍAS ANTIGUAS DE MÁLAGA

“Pero que emperador fuera del todo
y vitalicia majestad del uno,
que fuera el éter y que habitara el todo
y la Torta Ramos de mi desayuno…”
(Juan Miguel González del Pino)

Todo lo que escribo en este blog, tiene un génesis, una chispa que inicia el proceso mental e imaginativo que le da cuerda a los dedos y les ordena, a estos, que bailen la danza de las letras en el teclado del ordenador.

La chispa en este caso me la proporcionó –en forma de cariñosa sugerencia– mi querido amigo Juan Carlos de León y Paz (que nombre tan bonito!) pidiéndome que lo llevara de gira por las Confiterías (un nombre ya cuasi desaparecido) y Pastelerías de la Málaga de nuestra niñez. Hablamos de las décadas de los Sesenta y los Setenta, que no fueron – gracias a estos establecimientos –tan grises y amargos a pesar del bajito de cuerpo.

Pero había un problema con el encargo. No se trataba de relacionar todas las pastelerías y confiterías de la ciudad; pues hubiese sido un trabajo ímprobo; una suerte de tesis doctoral sobre la glucosa que me hubiese reportado un trabajo de investigación insufriblemente largo además de un coñazo. Y una cosa es una cosa y otra es otra. Así que decidí, al fin y al cabo, eso era realmente lo que me pedía Juan Carlos de León y Paz (que nombre tan bonito!), rememorar un paseo por los barrios que me criaron y en los que –como no podía ser de otra manera– abundaban las confiterías y dispensadores de pasteles y bombones. Así que no se crean que olvido ninguna en concreto. Olvido, citar muchas que tengo en mente, adrede. Pero eso es lo que hay. Uno tira para lo suyo…

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Lo que viene ahora, creo que para su mejor lectura, junto con el pequeño prolegómeno que acabáis de leer, está en un documento PDF en el cual, junto a imágenes iliustrativas, viene esa ruta que he elaborado además de un listado de los nombres de los dulces más comunes de la ciudad de Málaga y el planning que elaboré para realizar este paseo que me pidió el amigo.

Saboreadlo, teniendo en cuenta dos cosas, que no están las Confiterías y Pastelerías actuales, porque de eso no se trataba, y que cada barrio es un mundo particular y que contiene sus propias confiterías que a mí, cómo se comprenderá facilmente, se me escapan.

Este es el artículo completo:

CONFITERÍAS Y PASTELERIAS ANTIGUAS DE MÁLAGA

Disfrutadlo!!!

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***

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DE LA PÉRFIDA ALBIÓN Y EL BROWN’S HOTEL DE LONDRES

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DE LA PÉRFIDA ALBIÓN Y

EL BROWN’S HOTEL

DE LONDRES

Lo sé. Últimamente estoy muy irritado con todo lo que se menea; cabreado a tope. Y eso, se nota en los artículos que cuelgo en este blog. Porque todos ellos -a los artículos me refiero- tienen un deje de protesta y descontento. De contrariedad y desagrado.

Ese enfado indeseado, me tributa que, como resultando que generalizo mucho, no a todo el mundo le gusta lo que escribo. Y, algunos, se sienten en cierto modo, agraviados, agredidos y lo que es peor: aludidos in personam. Pero bueno eso es lo que hay; no se puede contentar a todo el espectro.

Tengo que reconocer sin embargo, que últimamente, repito, no me salen demasiado a menudo y con la fluidez deseada, esos relatos humorísticos y divertidos que antes eran tan habituales en este sitio. Será porque, involuntariamente, estoy cercado por una panda de mamones y sinvergüenzas que me impiden la inspiración jocosa y sólo me quedo, resignada e impensadamente, en esa parcela irónica, mordaz y malévola.

 Pero bueno, vayamos al tema, no se me vaya a enfadar alguien.

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Hoteles de Londres.

 Empezaremos con el sermón y con la reprimenda. Vayamos pues a por los de la pérfida Albión.

 Sentimientos encontrados son los que tengo con los rubicundos hijos de la Grandísima Bretaña; ejemplo mundo-mundial de colonialismo, opresión y pillaje. Por un lado, un sentimiento de admiración  -y cierta envidia- hacia esos latifundistas de las tierras altas que viven en sus casas de campos señoriales y palaciegas.

Nada me gustaría más el vivir en mi casa de la campiña de Souvir on Huelin. Que mi mayordomo Archibald me despertase cada mañana con el Diario Sur planchado, una taza de café humeante y -a falta de tejeringos- unos deliciosos scones con manteca colorá y zurrapa de lomo desde la balconada de mi dormitorio sobre las verdes praderas de Worcestershire. Ya sabéis, donde se hace la imprescindible Salsa Lea & Perrins de mis amados Bloody Maries mataresacas.

 Nada me gustaría más.

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Por el contrario, nada me disgusta más que esa juventud inglesa maleducada, desaliñada y grosera; aupada a lomos de no se que ínfulas, que ahogada en alcohol, pueblan nuestras costas en verano y sus propios territorios durante todo el año.

 Resumiendo pronto y rápido. Cuando un amigo me comentó lo que le hubiese gustado vivir en la época romana, yo le contesté que sí; que claro, que a mí también; pero de patricio, maifrén, de patricio.

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Pero, dejemos de divagar. Vayamos a lo que vamos -vuelvo a decir-que son los hoteles de Londres. A uno en concreto: El Brown’s Hotel en Mayfair.

 He visitado la ciudad del Támesis muy repetidas veces. Y me he alojado en distintos y variados sitios: un par de semanas al menos en un piso en el barrio donde operaba Jack el Destripador -Whitechapel- acompañando a mi cuñado y amigo Maxi cuando prestaba sus servicios como médico en el London Hospital de la City. Con mi querido amigo Leo Abril en  su piso de Candem Town. Él era residente allí en Londres.

 Después he pernoctado -en las diferentes temporadas pasadas en la ciudad- en hoteles de todo tipo de categoría. Desde los hotelitos de putas (preciosos su canalones exteriores llenos de condones usados de colores) en las cercanía de Victoria Station, St. Pancrás, hasta  el YMCA Hotel, una especie de residencia tipo Opus Dei inglés para estudiantes de alto standing. Y muchos más. Muchos más.

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Donde nunca he estado, es en un hotel de la categoría del Brown’s Hotel. Sobre éste, me remite docto artículo mi admirado y querido Maestro Rafael de la Fuente.

 Rafael de la Fuente, sigue descubriéndome –y yo ahora lo hago, al que lee esto- preciosos hoteles que él ha visitado en su dilatada carrera -como director de este tipo de establecimientos de 5 estrellas- por todo lo largo y ancho de este mundo que diría el inefable Capitán Tán.

 Cada artículo del Maestro de la Fuente, es una lección magistral de buen gusto; de elegancia, refinamiento y distinción.  Ahora nos pasea por los interiores y por la historia del Brown’s Hotel de Londres y nos guía la visita para que -como Oscar Wilde, Agatha Christie, Sir Arthur Conan Doyle, Bram Stoker o Robert Louis Stevenson- nos sintamos huéspedes privilegiados de estas instalaciones.

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 Este es el artículo de Rafael de la Fuente.

  opi – Rafael de la Fuente – BROWN’S, Londres

 Disfrutadlo!!!

…///…

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LOS PELAPATATAS, LA CÓNSULA Y LAS GAMBAS DE HUELVA

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LOS PELAPATATAS, LA CÓNSULA

Y LAS GAMBAS DE HUELVA.

 Nota preliminar:

 “Ahora, cuando he finalizado el borrador de este post que escribo, me entero apenado del cierre de la Escuela de Hostelería  “La Cónsula” de Málaga. Estoy triste por dicho cierre; un establecimiento que tantos buenos profesionales ha dado y con algunas Estrellas Michelin a sus espaldas.

 La Junta de Andalucía -entretenida en no se sabe que proyectos centralistas- está dejando morir, poco a poco, la industria malagueña. Si hace lo mismo con el segmento del turismo y de la hostelería en nuestra provincia…”Jéchate a dormir, mi arma!!”

 Me encantará saber la opinión de mi querido amigo y Maestro Rafael de la Fuente acerca de este dislate.”

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 Este era el texto. No me digáis que no era ciertamente premonitorio.

 Hoy, cualquier mercachifle es cocinero. Cualquiera que haya hecho un cursillo de cocina, CCC,  se siente preparado para ejercer de Chef Magnificat; se pone la máscara de cocinero,  y se siente capaz de desempeñar el autodesignado cargo de Chef- Director de establecimiento gastronómico que se precie. Y eso Señoras y Señores, no solo es un error. Sino que es una temeridad. Y además…una imbecilidad.

 La osadía -que a veces se alía con la falta de preparación- de muchos de nuestros hosteleros- y por consiguiente- la enorme proliferación de negocios del ramo- va en detrimento de los que sí se han preparado, ardua y concienzudamente, durante años, estudiando en escuelas gastronómicas avaladas por su prestigio y seriedad; va también  en  menoscabo hacia los que han pasado años en los fogones de los mejores restaurantes ganando sueldos irrisorios con tal de recoger  y asimilar la experiencia única que da el trabajar  con los mejores.

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Hoy en día, señoras y señores, cualquiera que se haya comprado un delantal en Makro,  unas Crocs en un chino, y haya tenido una suerte de aprendizaje y/o afición a esto de combinar adecuadamente los alimentos, monta un negocio de restauración con la fecha de caducidad anunciada. Pagando altísimos alquileres y dando por hecho una clientela que en la mayoría de los casos, se les resiste. Esto es sencilla y llanamente una sentencia de muerte empresarial.

 De ahí la innumerable cantidad de pelapatatas -profesionales con la boca chica de la cocina- que proliferan por esos establecimientos de Dios. O de Paul Bocuse; que es lo mismo.

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Entiendo que no se puede ser tan injusto -como lo estoy siendo- con la generalización. Pero también estarán de acuerdo conmigo, que los restaurantes y taperías que están llamados a permanecer, son los que se distinguen por su excelencia, calidad, trato, servicio y precio. Pero sobretodo, sobretodo, por la diferenciación. Aquel que no se diferencia de la mayoría, está condenado a hacer una fiesta de celebración cada vez que haga una recaudación mediana que le permita cubrir los gastos de ese día.

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Y esto lleva, si no se es propietario del local, y si no se tiene , solamente, el personal justo y preciso,  esto irá encaminado -sin más remedio- a la quiebra más rápida e irremediable.

 Ya dije en un artículo anterior que la clientela de estos locales, está hartísima de los mismos clichés. En todo tipo de restaurantes, no falta -y seamos reiterativos- ni el patedefuá ni la reducción de lo que al chef le venga en gana.

 Aquellos que se especializan; los que tiran de las nuevas tecnologías en la Red, los que se reinventan, los que investigan, los que se rodean de personal preparado, aquellos que no se precipitan y no se lo juegan todo a esa tirada de dados fatal que son los créditos imposibles…esos, esos, son los que sobresalen. Esos son lo que sobreviven en este mundo de sobreoferta y escasez de demanda.

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Hay mucho pichafloja en esto de las cocinas. Gente que se tira al ruedo de la gastronomía amparándose en ciertas habilidades. Verán Uds.: las habilidades se consiguen con la práctica. A fuerza de años y preparación de platos. Unos y unas, cualquiera, consigue dale un toque personal a la elaboración gastronómica si a ello se pone. A base de tesón, de habilidad y presteza, y  también, porqué no decirlo, de necesidad.

 Pongamos dos ejemplos que me son muy, muy, muy cercanos a la par que ilustrativos:

 Cuando Santa y yo nos casamos, tuvimos que hacernos -por mas cohoness- profesionales de la cocina; de inmediato; pues la necesidad perentoria de alimentarnos (nos casamos muy jóvenes) así nos lo imponía. O aprendes o desfalleces maifrén!

 No fueron tiempos fáciles para el paladar, aunque eso sí, nos reíamos muchísimo; pero a base de meteduras de pata aprendimos a sobrevivir en la cocina.

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Las recetas e indicaciones de las respectivas suegras y los socorridos platos a base de pastas y arroces, permitieron que no cayéramos en la inanición o en la infalible, pero desalentadora solución del bocata triste, infausto y huérfano de cubiertos. Que también, para que negarlo, acompañaron muchas cenas de aquellas fechas ya lejanas.

 De aquellos guisos, a estas lorzas.

 El primer arroz frito chino que me atreví a hacer en mi vida, fue para unos ocho comensales. Con un par de huevos! Literalmente.

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Ingredientes empleados en el suplicio: un kilo de arroz. Un enorme montón de cebolla, pimiento y  zanahoria todo finamente picado y frito. Una tortilla francesa de dos huevos debidamente cortada en daditos, y por fin, y como colofón artístico, cuasi medio  kilo de jamón de York cortadito en juliana. Como debe de ser.

 No puedo olvidar el tarro de salsa de soja marca Kikkoman.

 Todo preparado. Llega el momento de la elaboración. Empiezo por  la cocción: pongo a calentar como medio litro de agua. (Sí! he dicho medio litro!!!! Repito…medio litro de agua para un kilo de arroz!!!) Espero a que ésta hierva; puñado de sal. Comienza el gluglú de la ebullición y es ahí, donde cometo el crimen imprudente….Kilo de arroz padentro! Toítontero!

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Al minuto, el engrudo era apabullante, notabilísimo; insoportable.

Pero uno -en su ignorancia supina- pensaba que esta masa inconmensurable e inerte, como después se freiría, y que al contacto con el aceite hirviendo y las verduritas refrititas; con el huevo en daditos y el deshilache del jamón… dicha masa, decía, se tornaría suelta, excarcelada del pegunte y redimida de lo más insoportablemente denso y espeso, el plato, oh milagro! se salvaría para loor y gloria del Chef.

 Plooop!!! Sonó el mazacote de arroz al caer en la sartén dispuesto para sufrir el mismo tormento que los siete hermanos Macabeos;  El resultado, lo podéis imaginar: comida para perros y que me perdone el conjunto total de los cánidos y otros carroñeros.

 Eso si, absoluta y patéticamente negro figuraba éste debido a los chorreones de Salsa de Soja Kikoman que no hicieron sino empeorar el aspecto, y vestir de luto el desenlace.

 Sigamos…

 El plato estrella y primero de Santa, fueron unas patatas con salsa de tomate frito. Puso el tomate a hervir, cortó las patatas en gajos y así, crudas, las echó sobre el tomate ahogándolas de inmediato. Quince minuticos de cocción y a la mesa. El resultado… Patatas al Crunch. Cada vez que yo me metía en la boca una tenedorada de patatas con tomate, sonaba al masticarlas… Crunch… Crunch… Crunch… por la noche, como es natural, lombrices.

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 En fin, que al final y después de más de treinta años de amor, convivencia y experimentos gastronómicos, nos hemos transformados en unos verdaderos artistas de la cocina. Ella cocinera fantástica; yo en chef de pacotilla y pijotaditas. Un soplachef de plato cuadrado.

 Ella, ejecutando unos inigualables platos de de cuchara: Berzas, coles, potajes, callos, arroces, lentejas y habichuelas…Domina como nadie la fritura de pescado y es maestra contumaz en el difícil arte del gazpachuelo perfecto. Las sopas frías: Porra antequerana, el ajoblanco y el gazpacho…deliciosos! Una excelente cocinera, ya te digo.

Potaje de Cuaresma

 Yo, por mi lado, me he especializado en la menudencia y la fruslería; es decir en las conchitas, cucharaditas y vasitos de menús degustaciones: el tartar de salmón y el guacamole; las salsas de queso y los aperitivos de primavera; el cocktail de mariscos y las salchichas encebolladas en amarillo; los  pasteles de jamón y queso. El patedefuá con mermelada de naranja amarga (se me perdone la poca originalidad) las habitas baby con foie… chalaurítas; pero que me quedan resultonas y me procuran el halago de mis invitados.

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Es decir;  que digo yo, que cualquiera -tras años de entrenamiento- llega a alcanzar una excelencia en el manejo de los alimentos y su posterior transformación en platos decentes de comida. En la elaboración de recetas ricas y presentables. Pero eso -y es a lo que voy- no te capacita para unirte a ese ejercito mercenario de la mesa que infecta la ciudad de locales dedicados al condumio. Más que nada, porque hay muy poca madera para tanta hoguera. Para tanta tontería.

 Por último se preguntarán Uds.…y a que viene en el título eso de las gambas de Huelva?

 Pues viene a que, como recompensa por haber aguantado este tocho, aquí os regalo un recetario cuyo principal ingrediente es la Gamba de Huelva.

 Este es:

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Que os aproveche.!!!

 

CON AMOR DESDE EL LADO OSCURO DE LA LUNA

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Con amor,

desde el lado oscuro

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En España han desaparecido muchas cosas bonitas en los últimos años

 y la Costa del Sol está irreconocible por las barbaries urbanísticas.

Pero, como decía Gerald Brenan,  sigue siendo

“Una nación de 35 millones de reyes”

John J. Healey

Sé que soy muy recurrente con el pasado. Y eso, se puede confundir a veces con nostalgia. No es que crea que la nostalgia sea mala; en dosis razonables, no lo es. Es más creo que es buena para el espíritu y para la mente. Para que sirva  -la pequeña dosis- de patrón comparativo con lo que nos acontece en la actualidad. Aunque, debo de darle la razón a John J. Healey en el articulo que me recomienda -y leo con interés- mi Maestro y amigo Rafael de la Fuente (“El pino caído ya no está en Málaga”)  que dice:

 “A medida que uno se hace viejo —salvo en el caso de que se hayan vivido unas circunstancias verdaderamente horribles—, tiende a idealizar el pasado”.

 

Tiendo yo -haciendo a lo mejor, un exagerado uso de esa dosis de nostalgia- a quejarme en exceso de la actual Costa del Sol.  Quizás porque añoro aquella  Costa que  viví de niño. Esta que ahora veo -a través del prisma del tiempo transcurrido entre aquella lejana niñez y esta edad adulta que me observo- que no es que los tiempos hayan cambiado mucho, que sí;  sino porque  los intereses envilecidos de algunos especuladores -de dentro y fuera de nuestras fronteras- han desposeído a esta tierra de unas raíces y principios que ya  -muy a pesar nuestro- serán irrecuperables. No voy a hablar otra vez de mis meriendas en el Hotel Artola o Los Monteros. No lo voy a hacer tampoco de los encantadores Hoteles San Antonio y Amaragua de la Carihuela. Tampoco -no temáis-  de aquellos Álamos y del Restaurante Frutos. Ya lo he hecho en este  blog alguna que otra vez,  y las viejas heridas, no hay porqué  abrirlas continuamente. Porque se infectan.

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 Pero si tengo que decir, que la hostelería en este momento de crisis y otras circunstancias inevitables, los empresarios, los dueños de hoteles, están cambiando -seguro que por necesidad y mera subsistencia- la calidad y el buen servicio para, en una no me atrevería decir incruenta guerra de precios, bajarlos de una forma casi suicida a sus proveedores;  aún a costa de ofrecer una servicios mermados y nada cualificados a sus clientes. Y ya no digo más que me alargo y no soy yo el que debe de hablar en este artículo. Pero sé de lo que hablo y algún día lo haré.

A través del periodista Domi del Postigo, me llega nuevo y soberbio artículo del Maestro de Maestros, y querido amigo, Rafael de la Fuente. Y no puedo contener la tentación de publicarlo en este blog, donde el admirado amigo dispone de suite propia con vistas y desayuno continental incluido desde hace ya mucho tiempo. Más que nada, por lo que le reporta  a éste sitio de categoría y distinción. De estilo y diferenciación.

 Este es el artículo. Leedlo que no tiene desperdicio. Es buenísimo. Te asoma a la historia primera de un Torremolinos todavía no oculto entre mamotretos urbanísticos, aunque debo de conceder, que últimamente, está mucho mas bonito y cuidado que hace unos cuantos años. Todo hay que decirlo.

 El Artículo:

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Con amor, desde el lado oscuro de la luna

                                                                                                Rafael de la Fuente

 

 

“The wonderful thing about Spain is that it is so Spanish”

(Lo maravilloso de España es que sea tan española).

Esta declaración de amor se publicó en los años treinta en un artículo (Spain again) en Vogue, la legendaria revista británica. Se la debemos a Harold Waldo Yoxall, un ilustre escritor y enólogo inglés. Obviamente era un observador original e inteligente, fascinado por España, «ese extraño y bello país», a la que consideraba infinitamente más interesante que los otros países europeos.

Terminé la lectura de las últimas líneas del reciente artículo de John J. Healey (El País, 11 de mayo) con auténtico pesar. Me pareció demasiado corto. «El pino caído ya no está en Málaga» no solo era un ensayo prodigioso, perfecto, sobre muchas cosas que nuestros amigos de otros países siguen llevando en el corazón. Es ese texto una luminosa elegía ofrecida por el autor a la España que conoció. Escrita con amor y respeto y –¿por qué no?– con algún que otro brote de irritación, templado por el afecto y la complicidad. Creo que ese artículo no ha dejado a ninguno de sus lectores españoles indiferente. Y ha sido bueno que así sea.

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Mientras lo leía, me vino a la memoria el texto de otro escritor, también norteamericano, James Michener, en Iberia. En aquel libro maravilloso, publicado por Random House el 6 de mayo de 1968, hay una introducción a la realidad de España entendida como una poderosa experiencia vital para los lectores norteamericanos. Que queda prendida en la misma red de finas mallas que acoge el artículo admirable de John Healey. Especialmente cuando en las primeras páginas de Iberia nos relata Michener su llegada a bordo de un viejo carguero escocés a un lugar del litoral cercano a Burriana, en tierras de Castellón. Allí fondearon para recoger un cargamento de naranjas destinado a las fábricas de mermelada de Dundee. Supongo que sería en la playa de El Arenal. Es un inicio homérico para un libro obsesionado por España. Y sin duda un buen comienzo aquel friso en el que los bueyes pugnan con las olas para acercar aquellas frutas doradas al mugriento carguero, guiados por unos hombres curtidos por la mar y el sol, mitad faunos, mitad centauros.

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John Healey se imaginaba que el pino tumbado por los vientos de su artículo le daba la bienvenida desde las montañas cercanas cada vez que su avión aterrizaba en el aeropuerto de Málaga. Para Michener, aquellos hombres de Burriana también lanzaban un mensaje, mientras llevaban las naranjas de sus campos a aquella embarcación. Como los que hacen una ofrenda sagrada en el altar de viejos dioses medio olvidados. La ausencia de un puerto les obligaba a utilizar sistemas que aprendieron hace muchos siglos de los romanos, sus antiguos amos. Los que llegaron desde su otra península a la no siempre dócil colonia, la correosa Iberia. Con el nuevo idioma de los conquistadores latinos, el que fue pariendo con el paso del tiempo las palabras con las que estoy escribiendo.

No muy lejos del pino caído de John Healey hay un lugar donde se encontraron huellas de un asentamiento de los tiempos de los romanos, además de otras cosas. Era evidente la presencia de algo mágico en aquel promontorio marino de la costa malagueña, al que llamaban los cartógrafos decimonónicos la Punta de la Torre de los Molinos. Separaba aquella elevación rocosa las dos playas de Torremolinos. La del Bajondillo y la de La Carihuela. Para mejor defensa de la estratégica bahía de Málaga, la Corona otorgó escritura el 18 de mayo de 1763 autorizando allí la construcción de un castillo con batería de costa. Serviría la fortaleza para proteger las marinas de levante y poniente contra el ataque de naves enemigas. Se dispuso que el fuerte tendría seis cañones de 24 libras, con cuarteles para caballería e infantería, viviendas, capilla y almacenes. Era un edificio singularmente atractivo, en el que su función militar aparecía bastante desdibujada.

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La fortaleza fue abandonada cuando el progreso de la ciencia militar la hizo irrelevante. En 1898 la compró –con la finca aledaña de Santa Clara, propiedad de doña Luisa Darrién–un militar retirado inglés. El comandante George Langworthy, de los Dragoon Guards de la caballería colonial británica en la India del British Raj. El comandante Langworthy era un «gentleman» bondadoso y de profundas convicciones religiosas. Era obvio que tenía un excelente buen gusto, además de modales impecables. Y por encima de todo deseaba complacer a su bella y joven esposa, Annie Margaret.

 Ambos se sentían muy felices en España. Y por supuesto estaban convencidos de que su Santa Clara (así se llamaba la finca) se podría convertir en una de las residencias más bellas y acogedoras del Mediterráneo. Por supuesto, Torremolinos y Andalucía eran más exóticos que el sur de Francia o las costas de Italia. Y además todo era allí más barato. Los nativos eran algo ruidosos, pero muy amables, honestos y siempre parecían estar de buen humor. A los Langworthy les fascinaba que la gente más humilde de aquellos parajes tuviera un sentido tan elegante de su propia dignidad. Y además aprendían rápidamente.

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Crearon los Langworthy un hermoso jardín subtropical, muy mediterráneo, alrededor de su nueva residencia. Fue aquella casa un elegante ejemplo de buena arquitectura colonial inglesa. De amplias verandas y espaciosas y frescas habitaciones, muy apropiada para climas cálidos y preparada para protegerles a ellos y a sus invitados de la presencia de curiosos o visitantes inoportunos.

El recinto de la vieja fortaleza se dejó respetuosamente como una reliquia pintoresca, sin ningún uso concreto. En las dependencias que rodeaban el patio de armas se guardaban todo tipo de cachivaches. Además allí tenían sus aposentos los perros, los caballos y los dos automóviles de la casa. Con muy buen criterio, mandó George Langworthy que se construyeran caminos ajardinados para bajar cómodamente hasta ambas playas o incluso hasta el final del acantilado, donde rompía el oleaje. Un día decidieron Annie Margaret y George Langworthy levantar también unos pequeños pabellones o templetes roqueros en ese camino que bajaba al mar. Recintos para la lectura solitaria o para otear el horizonte, donde los anfitriones podían también tomar el té o el aperitivo con sus invitados. Y donde el buen gusto de los Langworthy parecía haber querido incluir la bahía malagueña, cercada por interminables cadenas de montañas, de tonalidades cambiantes, dominadas por las nieves eternas de la Sierra Nevada granadina.

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Como no podía ser menos con unos anfitriones en estado de gracia, se esperaba de los amigos venidos desde la lejana Inglaterra que se quedaran varias semanas en aquel paraíso. Donde además la presencia tranquilizadora de Gibraltar les servía como el lugar donde podrían obtener cómodamente todo lo que la civilización ofrecía a los súbditos acaudalados de Su Majestad Británica. Además la cercanía de un enclave del Imperio bien podría representar una garantía de seguridad en el poco probable caso de disturbios y revueltas de los nativos.

En 1909 el matrimonio Langworthy estuvo en Egipto, en el otro extremo del Mediterráneo. Fue un viaje maravilloso. A finales de junio de 1912 se terminaron las obras de la última ampliación de la casa principal. Los albañiles y carpinteros locales habían hecho un excelente trabajo. Igual que los fontaneros y otros oficios menores. Los Langworthy expresaron su satisfacción con especial generosidad. La vida discurría para los dichosos residentes de Santa Clara como una sucesión de armoniosos y plácidos ritos. Que podían ser también una elegante representación teatral en un decorado siempre perfecto. Sin sobresaltos ni sorpresas.

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Pero un día para el comandante George Langworthy el cristal que protegía aquel paraíso saltó en mil pedazos, roto para siempre. El 28 de enero de 1913 falleció Annie Margaret, víctima de una neumonía. Dispuso el viudo que su esposa fuese enterrada junto a la entrada de la capilla de San Jorge en el Cementerio Inglés de Málaga. Y reservó junto a ella el espacio para el día en que le llegara a él la muerte, esa vieja e imprevisible amiga. En la lápida podemos leer: «In loving memory of Annie Margaret. The dearly loved wife of Major George Langworthy of Santa Clara, Torremolinos» (En el recuerdo lleno de amor de Annie Margaret. La muy amada esposa del comandante George Langworthy de Santa Clara, Torremolinos).

Nada fue lo mismo después de la muerte de ella. El comandante cayó en una profunda depresión. Hasta cierto punto fue un descanso en medio del dolor cuando en plena Primera Guerra Mundial las autoridades militares británicas le aceptaron como oficial voluntario. Fue destinado al frente occidental. En las trincheras encontró consuelo en sus inquietudes religiosas, cada vez más intensas. Con el tiempo se convirtió en una especie de misionero. Con el apasionado objetivo de llevar a los nativos las enseñanzas de la evangelista norteamericana Mary Baker Eddy.

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Después del cataclismo de la bolsa de Wall Street y la Gran Depresión que siguió, las cosas no iban muy bien para las finanzas del ascético y desconsolado comandante Langworthy. Sus amigos le aconsejaron a principios de 1930 que convirtiera su casa y la fortaleza en un hotel. Así fue. Encontró un eficaz director de hotel norteamericano, Mark Hawker. Lo llamaron el Hotel Santa Clara. Pero los lugareños siempre se referían a él como El Castillo del Inglés. Así nació el que podría ser hoy uno de los hoteles más irresistibles del Mediterráneo.

 Entre sus primeros huéspedes estuvieron Salvador Dalí, Gala y Luis Cernuda, además de lo más florido de la nobleza británica. Gracias a aquel espartano y curioso hotel, donde la mayoría de las habitaciones no tenían cuarto de baño privado, y su emplazamiento bellísimo, el nombre de Torremolinos empezó a sonar en los salones más distinguidos de Europa. Se contaban anécdotas maravillosas de los miembros de la nobleza esperando en el patio de armas de la antigua fortaleza su turno para usar las cabinas de ducha comunes. Eso sí. Estrictamente separadas las de las señoras y los caballeros, aunque fuesen parejas unidas en sólida coyunda por la bendición del Arzobispo de Canterbury, Primado de la Iglesia de Inglaterra.

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Fue aquello el comienzo del lanzamiento turístico de las costas del sur de España, flamante fenómeno limitado hasta entonces a las grandes ciudades históricas de Andalucía. Nuestra guerra civil y después la Segunda Guerra Mundial impusieron un paréntesis de diez años. En 1957 fui admitido en el Santa Clara como recepcionista, botones y bodeguero. Tenía 16 años. Fui muy, muy afortunado. No solo por encontrar en aquel hotel mágico una biblioteca deslumbrante, en la que el nuevo director, Fred Saunders, nos permitía al personal entrar en horas determinadas. Además, para colmo de las perfecciones, la alemana Frau Wilma, la jefa de cocina, practicaba una generosa cocina muy sabrosa, tanto para los clientes como para los empleados. Algo de agradecer en aquellos años durísimos. Era evidente que el hotel provocaba potentes pasiones. Lo comprendí cuando vi en los ojos de una jovencísima y aparentemente frágil Brigitte Bardot la tristeza y la desilusión por no poder obtener alojamiento en aquel hotel tan peculiar del que tanto le habían hablado. Lo que lamentaré hasta el final de mis días. Pero obtener una habitación en el Santa Clara, donde las listas de espera eran interminables, no era entonces empresa fácil.

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George Langworthy falleció el 30 de abril de 1946 con 83 años de edad. El pueblo se echó a la calle para llorar su pérdida. Le nombraron por aclamación popular Hijo Predilecto de Torremolinos. Fue un buen hombre que se sintió en España mejor que en su propia casa. En cuanto a nosotros, una vez más el pueblo supo ver más lejos que sus propias y a veces inquietantes élites rectoras. En el Cementerio Inglés de Málaga reposan los restos mortales del comandante George Langworthy, junto a su esposa, Annie Margaret. En la lápida podemos leer: «RIP. Su servidumbre no lo olvida». En realidad sus empleados españoles fueron al final de su vida su única y muy querida familia.

Se lamentaba John Healey en su artículo de que durante los últimos 43 años había visto desaparecer demasiadas cosa bonitas que nunca volverán. «El pino caído ya no está. Málaga y la Costa del Sol, arruinadas por la codicia y los proyectos urbanísticos alimentados de esteroides, están irreconocibles. Pero hay otras cosas que sobreviven y me hacen volver». Es verdad y además tiene razón. Hay otras cosas que sobreviven y que nos harán volver. A unos y a otros. Pero el viejo Hotel Santa Clara, el Castillo del Inglés, ya no existe. Tampoco existen los caminos roqueros que llevaban a los Langworthy y a sus invitados hasta el mar.

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Ni aquel jardín encantado. Y han desaparecido los vestigios de aquel asentamiento romano. Todo fue laminado y barrido de la faz de la tierra. Como decía Paul Theroux, con más brutalidad y violencia que en una guerra. Y en su lugar la barbarie y la codicia levantaron, como en tantos otros lugares de la geografía española, un monumento atroz en honor de aquel siniestro triunfo. Muchos españoles que todavía no han nacido nunca nos lo perdonarán.

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Y nos acusarán un día –con razón– de haber perdido al mismo tiempo la decencia y la razón.

Mientras escribía sobre estos paraísos perdidos descubrí que mi impresora se estaba quedando sin tinta. En la calle, un joven buscaba en un contenedor de basuras domésticas. Nos miramos. Recordé las palabras de George Langworthy. Había tanta dignidad, tanto espíritu que no se rendía en aquel joven, que le saludé con respeto y gratitud. No todo estaba perdido. No todo es basura. Y por supuesto ellos vencerán.

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RAFAEL DE LA FUENTE Y EL MUSEO PICASSO DE MALAGA

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Rafael de la Fuente y

el Museo Picasso de Málaga.

Debo de reconocer con vergüenza, que aún   no conozco ni el Archivo Municipal ni el Palacio Arzobispal de Málaga. Por no conocer -y sigo fustigándome- no conozco ni el Museo Municipal. Sí en cambio  -y sírvame de disculpa-  Alcazaba y Catedral, Gibralfaro y el Centro de Arte Contemporáneo; multitud de iglesias y casi todas las tabernas habidas y por haber, todos estos lugares, si que forman parte de mi libro de visitas. Pero lo que mas me sonroja, en cuanto a mis carencias culturales -y eso,  en cierto modo me deshonra- es no conocer, teniéndolo tan cerca, el Museo Picasso de Málaga. Lo siento profundamente, pero es así.

Es eso, algo impensable e injusto para alguien que, como yo, ha visitado  museos, galerías y monumentos desde Londres a Nueva York. De Sevilla a Ámsterdam. De Lisboa a Berlín. De Algeciras a Estambul, que diría el ilustre Joan Manuel. Museo del Prado y Thyssen Bornemisza. Reina Sofía y Museos de Historia.. Tate Gallery,  British Museum y grandes Bibliotecas…por conocer, hasta un Museo  del Sexo y otro de la Droga en lo años 80 y situados ambos en pleno Barrio Rojo de la citada Ámsterdam.  Aunque, es verdad que cuando antes cité Ámsterdam, me refería al Museo Van Gogh que también conozco.

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Pero eso de no conocer la pinacoteca dedicada a unos de los paisanos mas ilustres de esta mi ciudad, como que es un delito de los mas punible y deberá de ser reparado lo más pronto posible. Es deuda que tengo pendiente conmigo mismo, y que pienso pagar en breve. Porque uno – al igual que los Lannister- siempre paga sus deudas. Y también las hace pagar si hace falta, no nos equivoquemos.

Seguí de cerca la transformación del Palacio de Buenavista y de todo su entorno. Viendo con agrado como sus alrededores se iban redecorando con negocios exitosos como teterías. restaurantes, vinotecas y tiendas de souvenirs que le aportaban el debido ambiente al referido Palacio que es donde se ubica el Museo Picasso. Todos ellos vigilados de cerca por la única torre de la Catedral, por el Patio de los Naranjos y por El Pimpi de Calle Granada.

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Ahora os voy a proporcionar un documento en pdf que me ha remitido mi querido amigo -y cada día más Maestro- Rafael de la Fuente con una gira, no por el Picasso en sí, que para eso hay mil guías, sino por la evocación, el recuerdo de una época que vivió en aquella  judería de Málaga en los territorios de la Calle de San Agustín. Esa calle que le vio crecer como persona siendo estudiante en ese colegio  -ancestral enemigo de mis Maristas- .que era el de los Padres Agustinos. Mariscos contra Langostinos; Romanos contra Cartagineses. Tirios contra Troyanos.

Un texto lleno de floridas referencias que te proporcionan  -ya lo he dicho- una tournée por los alrededores del Centro Histórico y por el mismo Museo Picasso de Málaga

Me he preguntado, a veces, porqué personas de la categoría de Rafael de la Fuente, no pasan a limpio ese valiosísimo cuaderno de bitácora que guardan -si no en referencias escritas- sí en los anaqueles de sus recuerdos. Sería un testimonio inapreciable, una vez publicado, de una época irrepetible de esta ciudad, de esta Costa del Sol, que el contribuyó a crear. A mi, particularmente me encantaría leerlo y guardarlo debidamente en mi memoria. Y en mi biblioteca.

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Si queréis, podéis tener acceso a esta reseña con el Museo Picasso de Málaga de excusa.

Aquí la tenéis:

https://skydrive.live.com/redir?resid=9B5AD4B7DBD9E872!2477

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 Que lo disfrutéis.

FOLLET, DE LA FUENTE Y EL HOTEL ADLON DE BERLÍN

HOTELES EN LA MEMORIA:

 Hotel Adlon de Berlín

***

“Volodia gruñó. El Adlon era el hotel más chic de Berlín. Estaba en Unter den Linden, en el distrito gubernamental y político, por lo que su bar era el lugar de encuentro predilecto de los periodistas, que lo frecuentaban con la esperanza de hacerse con algún chismorreo”

 Ken Follet (The Century: El Invierno del Mundo)

Últimamente parece que mis lecturas, van casadas -en un “matrimonio de coincidencia”- con las entregas de sus “Hoteles en la Memoria” que me proporciona tan dadivosamente mi querido amigo y Maestro Rafael de la Fuente.

Hoy, más Maestro y admirado que nunca.

Ya me pasó con el Hotel The Pierre de Nueva York en “Lugares que no quiero compartir con nadie” de Elvira Lindo, y ahora vuelve a sucederme mientras estoy con la segunda entrega de la serie The Century de Ken Follet y el Hotel Adlon de Berlín.

Nada más leer el párrafo que encabeza este articulo, recordé lo que en su día me había enviado Rafael. Así que, presto y ligero, lo desempolvé de la sala de espera de las futuras publicaciones y volví a leerlo.

Descubrir  recordando, que el admirado Maestro cuando era niño, paseó por los mismos lugares -y en la misma época- que algunos de los personajes de Follet : Vladimir “Volodia” Peshkov, Heinrich Von Kessel y Werner Franck, me produjo un a inesperada sensación de importancia y orgullo por compartir amistad con una persona que ha vivido momentos históricos e interesantísimos en su vida Y que tiene la inmensa generosidad de compartirlos con nosotros.

No recuerdo especialmente si yo habría caído en la cuenta, cuando visité la ciudad de Berlín, de observar y admirar el Hotel Adlon;  sus restos más bien. Estos, quedaron tras la división de la ciudad en la parte oriental. Y aunque yo visité los dos lados (pasando la pertinente e impresionante doble frontera  americana-soviética), fueron pocos años después ((en 1984) cuando fue reconstruido y ya había desaparecido el llamado Muro de la Vergüenza.

Lo que si recuerdo con toda claridad, es haber paseado por la principal calle de Berlín la Unter den Liden para cenar;  otra mágica noche, un notable codillo con chucrut acompañado de champán Môet & Chandon invitado por mi inestimable y muy querido amigo Carlos Gil Passolas que en paz descansa todavía trabajando. Estoy seguro.

Esta es la fantástica entrega que ha realizado Rafael de la Fuente sobre el Hotel Adlon de Berlín. A los lectores de la última entrega del Follet, les recomiendo que no se pierdan la anécdota primera del articulo del Maestro. Les emocionará y les hará sentirse un poco tentados por Volodia para hacerse espías -como Heinrich Von  Kesse- para derrotar al nazismo.

Esta es la entrega:

Hotel Adlon Berlin

Que la disfrutéis!!

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HOTELES EN LA MEMORIA. GLENEAGLES EN ESCOCIA

Rafael de la Fuente.

Hoteles en la Memoria:

Gleneagles en Escocia.

 

Y sigo (pero sólo hago un inciso) con Elvira Lindo y con esos lugares que ella no quiere compartir con nadie. Y debo de continuar, porque leí que, entre otros, uno de esos sitios que ella cita en su libro era el Hotel The Pierre y el otro el restaurante La Côte Basque, ambos establecidos en Nueva York; aunque mucho me temo que el restaurante está cerrado desde el 2004. Sinatra lo echaría de menos. Y la Duquesa de Windsor también.

No puedo dejar de acordarme, por consiguiente, de mi querido y admirado Maestro Rafael de la Fuente.

Primero, porque fue él  quien me proporcionó una preciosa entrega de sus Hoteles en la Memoria dedicada al  Hotel The Pierre de Nueva York; y segundo, porque recuerdo imperecederamente, esa memorable anécdota que conocí -mediante aquella preciosas letras que me regaló generosamente con motivo del millón de visitas en mi blog- y que tuvo lugar en el magnifico restaurante que es La Côte Basque.

No puedo sino estar muy orgulloso de haber sido el destinatario de un regalo tan particular como curioso. Que experiencias no habrá vivido este amigo!! Me pregunto.

Contaba en esa anécdota, que una vez él -Rafael de la Fuente- cedió una mesa en La Côte Basquea la esposa de Aristóteles Onassis y unos amigos. Una mesa junto a una ventana con vistas al lago artificial más grande de Central Park. Ese mismo que más tarde se llamaría -como homenaje a la propia dama- The Jacqueline Kennedy Onassis Reservoir.

Tengo el privilegio de haber paseado por las orillas del Reservoir después de haber subido -con el resto de los Gorgonzola- a los más alto del Belvedere Castle y haber salido después por el Imagine de John Lennon camino del edificio Dakota donde Polansky rodó su terrorífica Rosemary’s Baby. La Semilla del Diablo, para entendernos.

Asombra muy mucho que los recuerdos y las experiencias puedan llegar a juntarse en un puñado de memoria, y que salgan -sin pretenderlo- en un lugar tan intangible como es este post: la Lindo, la Kennedy, mi querido el Maestro de Maestros y este humilde, (e inmerecidamente incluido en el grupo) Father Gorgonzola.

Así que, para celebrarlo, elaboro esta entrada con otra entrega que me ha proporcionado Rafael de sus Hoteles en la Memoria…esta vez,  viajamos a las  Tierras Altas de Escocia; al  Gleneagles Hotel.

Un hotel  del que, por ejemplo, dice su Web: “Es un lugar donde ocurren cosas sensacionales: Gleneagles se enorgullece de haber albergado la Cumbre del G8 de los líderes mundiales en julio de 2005 y será la sede de la 40ª edición de la Ryder Cup en 2014”

 Rafael dice mucho más que eso en su artículo. Muchísimo más que eso!

 

 Disfrutad de esta crónica. Transportaros mentalmente -es gratis- a las Highlands de Escocia. No hace falta que asumáis el reto de jugar los dieciocho hoyos del Kings Course, uno  de los campos mas apasionantes que existen. Tampoco es necesario -quien pudiera!- comer en el restaurante con dos estrellas Michelin de Andrew Fairlei. Tened en cuenta que El Maestro es un experto en estrellas Michelin!

Yo, la verdad… yo solo me conformaría con poder tomarme un par de whiskies de avanzada edad (esos que traspasan la edad adolescente que son los que más me gustan) -después de haber contemplado la sobrecogedora belleza del paisaje donde está enclavado el Gleneagles- sentado cómodamente en The Bar.

 

Rafael de la Fuente; Hoteles en la Memoria:  Gleneagles en Escocia.

 

Aquí:

 OPI RAFAEL DE LA FUENTE – GLENEAGLES

 Disfrutad de esta entrega. Otra maravilla.

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