LA CAJA DE HERRAMIENTAS

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LA CAJA DE HERRAMIENTAS.

“Heaven,
Heaven is a place,
place where nothing,
nothing ever happens.”
 
David Byrne.

Parafraseando a David Byrne -ex líder de Talking Heads- una caja de herramientas es un lugar donde nunca encuentras nada. (Y menos lo que necesitas).

 Mi querido amigo Inuit me sugiere, desde el retiro de su iglú, referencia escrita hacia las cajas de herramientas; pues él anda moderadamente desesperado con la instalación de un ventilador de techo. Que, por cierto, no se que cohoness hace montando un ventilador en un iglú a menos que quiera morir o congelado o decapitado. Pero en fin, ¿Que se puede esperar de un pueblo en que la mayor muestra de afecto consiste en restregarse los hocicos?

 Vayamos al lío.

 Reminiscenciando -que es un palabro que me acabo de inventar- la caja de herramientas, concluyo, es el símbolo indiscutible del “homínido apañatis”. El actual manitas.

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No sé por qué extraña e injusta razón, se le achaca al hombre la destreza sin igual  y sin parangón en cuanto a la  perfecta realización de chapuzas, arreglos y/o reparaciones caseras. Debe de ser por los atributos que le cuelgan, o por la injusta, irrazonable e improcedente inoperancia que se les supone a las que también, con el tiempo, les cuelgan cosas, pero más arriba.

 Pongamos por caso a mí y a mi familia, porque no hay mejor empatía que la propia de uno.

 La hembra; la hermana mayor; con decir que ésta creía (es rigurosamente cierto) que un albarán era una lámpara, está dicho todo. No tenía caja de herramientas alguna. Tampoco de costura. Sí de bombones.

 Después viene otro hermano que piensa que todo es solucionable a base de pegamentos (también es cierto que dispone de una absoluta predisposición al taladro y  a los tacos de mil colores y tamaños, pero lo suyo es el pegunte). Siempre tiene a mano un tubo de pegamento; con ese último invento que es el llamado “No más clavos” llega al paroxismo del gozo y al orgasmo bricolajero. Su caja de herramientas, es un enorme e inabarcable muestrario de tubos, tarros y botes de colas, gomas y adhesivos, que le procuran un placentero viaje lisérgico cada vez que abre el armario que los contiene.

 Pegamentos

Tenía otro hermano, que hoy habita en el  desolado páramo de la indiferencia, que era como muy preparado y metódico. Muy así.

 Disponía siempre -para la chapuza en cuestión- las herramientas a utilizar en perfecta formación, estructura y colocación; -por material, tamaños y orden de utilización- junto a la escalerita que le procuraba la altura justa: siempre el boquete a la altura de los ojos; y como es natural para mente tan abyecta, no podía faltar el sempiterno trapito que le proporcionaba la limpieza, pulcritud e higienización que tanto escasea en este mundo de manitas y apañaos.

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Su caja de herramientas fue tomada como modelo por la Nasa por detentar la mayor proporción número/espacio para el mejor aprovechamiento de objetos destinados a reparar el Transbordador Espacial STS 135, si se diese el caso.

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Bueno… Y después…Después estaba yo.

 Yo. Estaba yo.

 Tenía mi amada madre dos frases pertinentes, convenientes y oportunas, destinadas hacia mi persona en cuanto me mandaba -por poner el mismo ejemplo- de colgarle un cuadro que se había descolgado por motivo imprevisto y  harto desconocido. Misterios inesperados de las casas humanas.

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Esas dos frases (Preguntas en realidad) que me definían perfectamente en cuanto a mi destreza en el uso y manejo de las herramientas, eran:

  1. ¿Se puede ser más inútil?
  2. ¿Pero cómo se puede clavar una alcayata con una mano metida en el bolsillo?

 Tal y cómo te lo digo, Rodrigo!

 Algo tremendamente descorazonador -esos comentarios críticos- para mi, porque lo que es uno, le dispensaba a la chapuza el interés justo y necesario. Aunque debo de reconocerlo, en mi caso, alcanzaba -ese interés- altísimas cotas de absoluta ineficacia e incompetencia.

 Pero hete aquí, que un día me caso. Con mi Santa. Y es a partir de ese momento, y por mor de un suegro súper eficiente y apañao -el “Abuelo Tornillo”, le llamábamos los pérfidos yernos- que no tengo mas cohoness que ponerme las pilas y aprender “grosso modo” el arte del arreglo, la restauración, la reforma, la reconstrucción, y el saneamiento integral en todas sus formas, procedimientos, modos y maneras. Una puta e inesperada monería.

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Primer e imprescindible paso: Hacerme con una caja de herramientas; y a ello me puse: cogiendo un poco del orden del ausente, y de la buena intención del adicto al pegamento,  me hice con una pesadísima caja metálica de herramientas de dos pisos, la cual atiborré hasta el vómito de artilugios, trastos y artefactos; amén de multitud de cajitas conteniendo tacos, tornillos, clavos y alcayatas, que me confería -todo el contenido y la caja- un aspecto entre Mario Bros y un componente de los Village People versión cañí. Pesaba más que zu puta madre. La caja digo.

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Tal destreza e imaginación tenía el “Abuelo Tornillo” que disponía en cada una de las estanterías de madera de su taller de cantidad de tapas de tarro clavadas en la parte inferior de cada una de estas tablas; de modo que, para almacenar la pequeña ferretería, solo tenía que enroscar cada tarro en su tapa correspondiente y estos quedaban colgados, a modo de jardín vertical, a la Frank Lloyd Wright manera

 Recuerdo con estupor, y a modo de anécdota, como mis suegros se presentaron de súbito en mi casa a la cruel e intempestiva hora de las tres de la tarde de un sábado, para amablemente y una vez sacados de la siesta a golpe de timbrazos, instalarnos una encimera en la cocina. Mientras Santa y su madre Carmelita “La abuela Arandela” charlaban animadamente en el salón, yo, siguiendo órdenes e instrucciones del “Tornillo”, me metía a duras penas y refunfuñando para mis adentros -tal si fuese el escapista Houdini- debajo del hueco del fregadero para apretar una maldita y puta tubería de PVC que Thor Dios del Martillo y patrón de los fontaneros, maldiga para siempre y ahogue en silicona.

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Tuvieron, para sacarme, que rescatarme a tirones mi suegra, mi suegro, mi mujer, mi incipiente hija, y nuestra perra Olivia; y a base de jalones, sacarme del infame escondrijo en el que me había metido; todo eso, en un mar de gritos y lamentos producidos por mil calambres que me torturaban tan cruel como insistentemente.

 Después de aquel episodio -nada más irse mis suegros, tres o cuatro horas más tarde- arrojé la caja de herramientas desde el balcón de mi casa (16 pisos de altura) hasta un derribo situado justo abajo del edificio al grito de ¡Que te jodan, puta! Y me fui dolorido y atormentado, a acostarme en la cama con la sola, triste e indiferente compañía de dos Ibuprofenos y un Espidifén.

 Málaga. Circa 1984

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CRÓNICAS DE CAPILEIRA 2013. TERCERA DE LAS PARTES.

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CRÓNICAS DE CAPILEIRA, 2013

Tercera de las Partes con Alitas de Pollo.

Diecisiete del mes de Agosto del Año del Señor de 2013

 “El pueblo parecía

un grito de luciérnagas. La brisa

acariciaba, hería.

¡Cuánta emoción! ¡Enhiesta la sonrisa!

Y fueron generosas

las celindas, las dalias y las rosas.”

Romancero Alpujarreño

 

 

Nos desperezamos en La Neverita cuando el sol llevaba puesto en su sitio natural al menos un par de horas. Father y Santa, decidieron salir de su fresquito cubículo para echar algo sólido al coleto que permitiera digerir, a este Santo Varón, el benefactor e imprescindible  Omeprazol combinado con cierta dosis de Ibuprofeno reparador, tonificador y vivificante que se acababa de tomar como preventivo.

Al salir, observamos la guarida de Girilín que permanecía abandonada y vacía. Yerma de habitante. Nos encaminamos pues hacia la Casa Cuartel -con la vana esperanza de encontrar vestigios de vida humana y/o inteligente- donde reposaban los restos de la noche anterior: Luról- Li, Diegóptero, Oía y Labios. Desmayados, desfallecidos y faltos del aliento vital mínimo exigible para considerarse personas. Salimos pues a la calle buscando un refectorio matinal tonificante; lo que por aquí se llama: Una cafetería.

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Llamamos a Girilín para ver donde se encontraba la única persona que nos inspiraba cierta confianza a esas horas de la mañana. Bueno…Y a todas. Se encontraba en el Restaurante Ruta de la Nieves: Dirección: Carretera de la Sierra, 18413 Capileira, Granada.Teléfono:958 76 31 06  donde nos zampamos unas reparadoras y gigantescas tostadas con aceite y tomate y unos cafés dobles absolutamente deliciosos. Tres vasos de agua helados cayeron. Girilín, generosamente me había prometido comprarle a mis hijos unas Máquinas de Tormentas Aborigen y me propuso ir a comprarlas después a la tienda de Al Khaler. Ya os contaré más tarde que es eso de la Máquina de Tormentas.

 Sigo con el desayuno… Nos invitó Girilín a Santa y a mí. Llegaron Luról-Li y Cangrejo. Más tarde Labios, y así, de esa manera, ya estábamos casi todos al completo. Faltaba Berrinche que roncaba en Fa # Mayor.

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Durante ese momento del desayuno, alguien del grupo , ya lo dije anteriormente, tuvo una perentoria y extrema necesidad intestinal. “Eske yo ssoy común reló!!” y se pegó tal evacuada, que desde aquel momento, la propiedad del establecimiento, cambió el nombre del local por “La Cagarruta de las Nieves: Majada del Mulhacén”

Nos fuimos en un mar de risas hacia la casa para las abluciones mañaneras, descanso necesario  y “tiraera”. Primera fase de lectura del día.  A eso de las 13:00 horas, se decidió acudir a local adecuado para la primera toma de aperitivo (Father y Girilín Coca Cola y agua) y nos encaminamos hacia el Restaurante Botanic en la  Calle de Barranco de Poqueria, Capileira. Teléfono 689587756. donde nos pegamos un par de refrigerios acompañados por regalos gastronómicos consistentes en un delicioso salmorejo y una fantástica tosta de calabacines confitados. Riquísimos. Absolutamente recomendable. La camarera, amabilísima aunque un poco reiterativa y concienzuda en la descripción de los platos, nos atendió de una manera tan impecable como informativa.
 
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 Por ejemplo, cuando nos puso la primera tapita, nos indicó amablemente: Esto que van a tomar, es una crema fría servida habitualmente como primer plato; se trata de una preparación tradicional de Córdoba (Andalucía)  Se elabora mediante un majado (machacado, triturado) de una cierta cantidad de miga de pan (denominado como telera)  a la que se le incluye además: ajo, aceite de oliva, vinagre (opcional), sal, y tomates Debido al empleo del pan, su consistencia final es la de un puré, o el de una salsa, se suele servir con pedacitos de otros alimentos en su superficie como: virutas de jamón, picatostes, o con migas de huevo duro. Y un shorrito d’Aseite. (Cómo fue el caso.)
 
PORRA? le dijimos al instante. NO! Salmorejo. Y se fue tan pancha. Esto fue así mas o menos. Creo. Masssomenosss.
 
 
48 HORAS ANTES.
 
El ansia insaciable y desmesurado hacia el consumo desaforado de alitas de pollo por parte de Santa, había propiciado que dos noches anteriores, hubiésemos encargado en el Restaurante El Asador – y para callarla de una puta vez- cantidad suficiente de estas cómo para calmar a mi querida alitófaga durante un par de lustros.
 
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THE PRESENT DAY.
 
Así que, después del aperitivo en el Botanic, nos dirigimos al Asador para dar cuenta del encargo y de algunas cositas ricas más para los demás. Llegamos al restaurante que se encontraba bastante lleno llenísimo; menos mal que habíamos reservado mesa junto con las alitas de marras: El Asador Dirección: Barranco de Poqueira, 16. Municipio: Capileira. Código Postal: 18413. Teléfono: 958763109. Días De Cierre: Lunes y domingo noche.

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Pedimos -a la espera de las susodichas- una imprevista e inmoderada montaña de comida: tres consomés, un gazpacho andaluz, una ensalada gigantesca coronada con melón y jamón. Diversos solomillos de ternera, chuletas y solomillo de cerdo con enormes guarniciones de huevos fritos, patatas a lo pobre y pisto. Platos de comida que nada deberían de envidiar -en cuanto a tamaño y cantidad- al Applebees o al Dallas BBQ de Nueva York. Nos quedamos un poco acojonados por lo que estaba poniendo delante de nuestras mismas narices. Pedimos también, que se me ha olvidado, una ración de morcilla de cebolla para probarla y nos trajeron una enorme bandeja de piedra ardiente con una morcilla entera y más patatas a lo pobre. Una deliciosa y prohibitiva barbaridad. Nos encomendamos al Dios Gula, y rezamos.

Mientras tanto, Santa rajaba inmisericordemente porque imaginaba que las alitas iban a ser servidas en salsa cuando ellas las quería asadas.

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Y llegaron. Vaya si llegaron! Dos enormes fuentes con incontables alitas;  unas empanadas y fritas y otras preparadas en el horno de piedra del Asador. Salimos del restaurante como bolos. Inflamados apóstoles de obesidad. Por daros un solo dato: mi solomillo de cerdo, era el mismo reflejo del Árbol del Ahorcado. Lo que yo te diga!!! El Árbol del Ahorcado.

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Después del chupito de cortesía, Girilín me llevó a comprar para mis hijos las Máquinas de Tormentas, y de allí, fuimos para la casa a pasar la tarde entre chascarrillos y digestiones pesadas .

“La Máquina de Tormentas es un curiosísimo artilugio de origen Aborigen que consta de un tubo hueco, cerrado en uno de sus extremos por un parche plástico con un muelle colgando de su punto central. Al moverlo -primero suavemente- hace un ruido semejante a una tormenta lejana. Después de un par de veces, haces un movimiento más brusco con la mano, y se produce un chasquido semejante a un trueno. Verdaderamente real.”

TORMENTA

En fin, ya está bien por hoy; he creído mejor dejar la parte final del viaje para la siguiente y última entrega. Pues habrá que dedicarle el tiempo y literatura  suficiente a la llegada de “El Fiera “ y al “Baile de Virkiki” y podría – y no lo quiero así- alargarse este post demasiado.

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Así que aquí se termina la tercera y penúltima entrega…

To be continued!

mairena

…///…

 

 

 

 

 

 

MIGUEL ÁNGEL CUMPIÁN. COSAS QUE DECIR

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COSAS QUE DECIR

 

¿Te acuerdas las veces que te dije que no me lo dijeras?

 Y tu me lo dijiste.

¿Te acuerdas las veces que me dijiste que yo te lo dijera?

Y yo no te lo dije.

Ya no te acuerdas. Ni yo tampoco.

¿Sabes amor? … ¡Hay tantas cosas que decir!

¿Te acuerdas de aquello que tal vez no nos dijimos o dijimos tantas veces,?

¿Que era aquello que teníamos que decirnos y no nos dijimos?

Lo dijimos tantas veces, que de tanto decirlo, no sabemos si nos lo dijimos o no.

Ya no te acuerdas. Yo tampoco.

¿Sabes amor? … ¡Hay tantas cosas que decir!

El tiempo es un desierto donde no hay nada que decir

Por eso, nunca encontramos el oasis.

Estábamos al alcance de las manos.

Pero las palabras nos perdieron

¿Me lo dijiste tu? ¿O yo no te lo dije?

Ya no te acuerdas. Ni yo tampoco.

¿Sabes amor? … ¡Hay tantas cosas que decir!

EL HOMBRE QUE PINTABA DESAYUNOS

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EL HOMBRE QUE PINTABA

DESAYUNOS

Los tiempos están cambiando (que es una barbaridad) decía mi amigo Roberto Dylan.

Y con ellos, con los tiempos, son también muchas cosas las que están cambiando; unas para mal, otras para bien; tampoco seamos catastrofistas que de todo hay.

 Una de ellas, los alimentos –y por consiguiente, la alimentación, para muy mal. Aunque ese tema lo dejaremos para otro día, porque da bastante de sí y hay mucho que decir de la pitanza.

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A lo que sí vamos a referirnos hoy, muy someramente -porque ya digo que el tema de la alimentación tendrá otro sitio en este blog- es a los desayunos: Esos chutes de energía -indispensables para afrontar el día- que las madres, amorosamente, elaboraban antaño a sus hijos estudiantes para que se los jalasen en el recreo. Cuando iban al colegio para prepararse debidamente para ser futuros, provechosos y resignados parados de larga duración. Sin derecho a pensión retributiva que llevarse a la faltriquera cuando les tocara que va a ser nunca.

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 En mis ya lejanos tiempos, los desayunos de recreos iban desde el probo y huérfano bollito de pan con Margarina Tulipán (los más humildes), hasta el más coqueto de Jamón de York en dulce de La Española y Mantequilla Lorenzana, reservado a la élite. En medio de ellos, el que mas me gustaba a mi, era el sencillo y discreto de Mantequilla Breda (comprada a las estraperlistas del puerto) con Mortadela Mina. La de toda la vida. Esa que ahora los afectados llaman Lunch y al bollo panecillo.

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Los tiempos posteriores y más modernos, trajeron a los colegios las impersonales maquinas expendedoras de bocadillos, que sustituyeron la manos primorosas de las madres por las monedas contantes y sonantes de los padres. Tiempos nefastos para la salud futura por la incontrolada tragadera de bollería industrial colmada de triglicéridos y colesterol hasta lo desaconsejado, lo imposible, y lo enfermizo. Eso si, traían todos, un par estampitas coleccionables. De puta madre, primo!

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 Hoy, que ya está mas educado el corral en cuanto a la ingesta de guarreria diversa y perversos potenciadores del sabor, los sándwiches bajos en calorías, altos en Omega 3 y pintados de rojo tomate  y verde lechuga, se han impuesto sobremanera en la dieta actual. De una manera -a mi glotona manera de ver- de una forma un poquitín  desabrida y descorazonadora; aunque mucho más sana ¡donde va a parar! que los implacables y pertinaces Bollycaos, Tigretones y adláteres.

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Así que ya me dirán Uds. la enorme diferencia entre los desayunos del pasado y los actuales. Aquellos de albardillas, con agujero en medio, lleno de perfumado aceite de oliva y su pizca de sal. Mi amigo Ángel Céspedes -como no podía ser de otra manera- hasta arriba de azúcar. Hasta el fatídico coma diabético.

 Yo, como desayuno perfecto, seguiré defendiendo y abogando por los tejeringos de toda la vida (aunque sólo para algunos domingos, claro). No churros, mucho cuidado!  Los tejeringos: Esos círculos caprichosos e irregulares de masa frita traspasados por un junco para el transporte y -si se tiene buena malasuerte- una bolilla de estaño, como guarnición improvisada, procedente del martirio de la sartén, para practicar el tiro al plato.

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Copio directamente este texto que viene ahora -para qué intentar mejorar  lo inmejorable- que hace referencia a un padre de Massachusetts : David LaFerriere; propuesto para mejor padre del año, por una ocurrencia que tuvo en su día para con los desayunos de sus hijos y que hoy, le está reportando pingües beneficios.

 Una estupenda idea que ahora, a través de las palabras de Mikel López Iturriaga, vais a conocer. Tiene su gracia. Tiene su aquel.

 Disfrutadlo! A mi me ha gustado mucho.

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El hombre que ilustra

los sandwiches de sus hijos

Por: Mikel López Iturriaga

Existen dos tipos de críos: los estándar y los afortunados cuyos padres son hábiles con los lápices y les hacen dibujos molones. Dentro de este segundo grupo también hay clases: están los que reciben garabatos convencionales en papel, y luego los que se van al colegio con el almuerzo ilustrado. Evan (15 años) y Kenny (14) LaFerriere son (¿los únicos?) miembros de esta casta privilegiada, puesto que su padre, David, lleva cinco años pintando cada día en las bolsas en las que les envuelve los sandwiches.

3898039_origLa obra bocadillera de este diseñador gráfico estadounidense se compone de más de 1.000 ilustraciones de peces, pájaros, monstruos, laberintos, robots, gusanos y toda clase de criaturas maravillosas dibujadas con rotuladores indelebles de colores. Todas se pueden admirar en su página de Flickr, que al menos a mí me produce sentimientos encontrados: por un lado, admiración y ternura, y por otro, envidia cochina por no haber tenido un David LaFerriere en mi vida que me mandara todas las mañanas al cole con un bocata personalizado. A este buen hombre le han llamado “el padre más guay de la historia”, y no es para menos.

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¿Cómo empezó esta locura? “En mayo de 2008 trabajaba como diseñador para un periódico local y quería arrancar las mañanas de una manera creativa”, cuenta LaFerriere por e-mail desde Attleboro, Massachusetts. “Intenté dibujar directamente sobre el pan con colorante alimentario, pero me llevaba mucho tiempo, y la superfície del pan es terrible para dibujar. Tengo un rotulador en la cocina y un día intenté pintar con él directamente en la bolsa. No he parado desde entonces”.

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David comenzó a fotografiar las bolsas y a colgar las fotos en Flickr por un motivo muy simple: al final acababan en la basura, y necesitaba un registro gráfico para no repetirse. Era un juego entre él y sus hijos, y no esperaba que las imágenes fueran a interesar a nadie. Pero poco a poco fueron difundiéndose viralmente por internet, hasta que en 2009 le dedicaron una entrada en el blog de Sharpie, la marca de rotuladores que usa. A partir de entonces, la bola ha ido creciendo: tras múltiples apariciones en webs, medios impresos y televisiones, sus fotos han pasado de tener 100.000 visitas en cuatro años a 600.000 en un mes.

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Además de para conseguir trabajos como freelance, LaFerriere cree que los dibujos probablemente hayan servido para que sus hijos coman más y mejor. “Como padre, intento darles algo de la tierra en cada comida, incluyendo el almuerzo. Ser constante con esto ha ayudado. Comen más frutas y vegetales. Cada niño se lleva un bocadillo, zumo, fruta y un snack, que suele ser yogur o una barra de granola”.

A Evan le gustan “el jamón, el pavo o el atún con queso y lechuga”, y su dibujo favorito es “un Creeper, del juego Minecraft”. Kevin está enganchado al “sandwich de mantequilla de cacahuete y jalea, desde el jardín de infancia”, y “le gustan los gusanos saliendo de los bocadillos”. En el hipotético caso de que David hubiera sido mi padre, a mí me habrían encantado los vegetales con monstruos peludos cocineros.

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LaFerriere está trabajando en estos momentos en un libro que recoja toda esta creativa demostración de amor hacia sus hijos. También habrá pósters, cuenta. Lo que no parece tan claro es que se lleve a cabo la derivación más obvia, que sería fabricar envoltorios decorados para sandwiches con sus ilustraciones. “Imprimir en bolsas”, asegura, “ha resultado ser una pesadilla técnica”.

 Esto la ha escrito:

Mikel López Iturriaga es un periodista y bloguero con cierta afición por la comida, que escribe en EL PAÍS y habla en el programa ‘Hoy por hoy’ de la Cadena Ser. Antes trabajó en Canal +, El País de las Tentaciones, Ya.com y ADN. Aprendió algo de cocina en la Escuela Hofmann, pero se sigue considerando un advenedizo más que un experto.

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GO HOME MR. AZNAR.

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GO HOME MR. AZNAR.

Las últimas noticias- esas crueles y diarias puntillas de muerte que nos da la actualidad cada día- hablan, ¡Oh destino cruel e ignoto! de la posible vuelta a la política (si es que algún día se marchó) del amigo personal e intransferible de Mr. George Washington Bush. Jorge (dobleuve) Arbusto para los hispanos parlantes.

 Ante ese espanto, muchos nos hemos echado las manos a la cabeza – aunque en realidad nos deberíamos de echar a la calle a protestar por tan terrible amenaza- ante ese espanto, digo, me pongo a pensar en cual sería la alternativa, si se diera el pavoroso caso. Ninguna.

 Esa es la respuesta. Ninguna. Bueno, tampoco exageremos, siempre tendremos a Tony Cantó!

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Triste. Porque si algo le falta a este país -en cuanto a dirigentes que cuenten con la confianza del ciudadano- son alternativas. ¿Y que tenemos? ¿De que disponemos en España?  “Rien de rien “que dicen los franceses. Que también andan apañaos

 José María Aznar “Ánsar” para los amigos y para los aficionados a las anátides, no cuenta con mis simpatías. Nunca las ha tenido. Ni siquiera cuando este país crecía por encima de un añorado tres o cuatro por ciento en aquellos tiempos de Alicia en el País de los Enladrilla. Yo, ante estos rumores, me echo a temblar. Porque  -observo acojonado- cómo este país se está yendo a la gran puñeta. O mejor dicho: A la gran Peineta!

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Mi querido amigo el escritor y  execrable pianista Jotapunto Rebuscá, me ha remitido una nueva entrega de su serie  “Políticamente Incorrecto” que define preclaramente lo que sucede en la caverna de las intenciones del ex presidente de gobierno español

 Aquí lo tenéis. Disfrutadlo!

 

GO HOME MR. AZNAR.

                                                                             J. REBUSCÁ


Un inesperado albur, de confirmarse el rumor, se cierne sobre el desolado panorama celtibérico: vuelve Aznar. Algunos ponen en cuarentena la noticia, más bien un comadreo provocado por una de las típicas bravuconadas del ínclito, y que ha sido glosada como una amenaza, o propiamente escrito, una «aznarada», versión de amenaza farfullada en un engreído tono chulesco y con su inimitable imitación del acento vallisoletano de los rancheros de Texas. (¡Que tontito es!)

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Las opiniones sobre el «agringado» ex-presidente se mueven en extremos opuestos; el de quienes exaltan su figura declarándolo prócer de una virtuosa neocasta de seres superiores, frente a quienes lo demonizan allende lo políticamente correcto. Para los primeros, su retorno aseguraría la salvación de la patria, en tanto que para los segundos representaría un puyazo definitivo. Para unos, el caudillo Aznar asumiría su responsabilidad histórica acudiendo en auxilio de una colectividad que lo necesita; para otros, reaparece para impedir que sigan aflorando testimonios que ponen en tela de juicio la honestidad y la eficiencia de las que hizo repetida gala en los discursos que le subieron al poder.


«Si sigues enredando con Alberto le doy un puntapié a tu mujer en la Alcaldía». Estas palabras, puestas en boca de Mariano Rajoy por el periodista Raúl del Pozo, evidencian que no cabe hablar de vuelta puesto que nunca se marchó; cuando dejó la presidencia de Gobierno se granjeó la presidencia de honor de su partido, el control de FAES, y se garantizó el mantener los contactos de alto nivel sentando a su señora en la Alcaldía de Madrid, en una bochornosa maniobra propia del bananerismo ortodoxo. Este entramado le viene al pelo para ejercer de “lobbysta”, profesión para la que se preparó concienzudamente bajo la tutela de Bush, y que le reporta pingües beneficios -muy por encima de los percibidos al frente del Ejecutivo-  sueldo que se dice mantiene.

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Aunque los ocho años de ZP en la Moncloa le confinaron fuera del ámbito del poder, esta situación ha cambiado tras la victoria de Rajoy, si bien los analistas creen que ya se planteó su reingreso tras el cicatero apoyo, que a su modo de entender, recibió de la cúpula del partido en las reiteradas tentativas por colocar a Florentino Pérez en el puente de mando de Iberdrola (la jocosamente llamada enmienda florentina). Para Aznar ya fue la gota que colmó el vaso, un vaso ya colmado por el caso Endesa, que le supuso una sensible pérdida de prestigio en el remunerado mundo “lobbysta”.

 Este prestigio, además, podría hundirse definitivamente de proseguir el cúmulo de escándalos que a diario salpican a lo que fue su entorno de confianza, en particular al que se generó en la época de las privatizaciones, fecha en la que comenzó a tejer la telaraña que sirve de soporte a su negocio de compraventa de influencias.

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Y para evitar este naufragio prepara una operación de acoso y derribo a su sucesor, aprovechando el descontento que provocan las medidas anticrisis. Así, pasaría del «márchese Sr. González» al «márchese Sr., Rajoy», una maniobra perversa, pero creíble en quien, sin recato alguno, osó casar a su hija en el Panteón de los Reyes de España, una boda financiada con dinero sucio, como tantas cosas en las que aparecen él, si mismo y su impertinente soberbia.

 Comentaba un veterano republicano, que se había convencido de la necesidad de proteger a la Corona ante la eventualidad de que en una república española la presidiera un matrimonio a lo «Aznar-Botella»; sólo pensarlo se ponen los vellos de punta, aunque siendo la esperanza lo último que se pierde, tal vez alguien le haga recapacitar y recule hasta el discreto y silencioso lugar que corresponde a los ex – presidentes. Aunque siga forrándose con cargo a su presidencia. Go home Mr. Aznar.

 (Serie: POLITICAMENTE INCORRECTO j. rebuscá. A.D. MMXIII)

…///…

 

CON AMOR DESDE EL LADO OSCURO DE LA LUNA

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Con amor,

desde el lado oscuro

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En España han desaparecido muchas cosas bonitas en los últimos años

 y la Costa del Sol está irreconocible por las barbaries urbanísticas.

Pero, como decía Gerald Brenan,  sigue siendo

“Una nación de 35 millones de reyes”

John J. Healey

Sé que soy muy recurrente con el pasado. Y eso, se puede confundir a veces con nostalgia. No es que crea que la nostalgia sea mala; en dosis razonables, no lo es. Es más creo que es buena para el espíritu y para la mente. Para que sirva  -la pequeña dosis- de patrón comparativo con lo que nos acontece en la actualidad. Aunque, debo de darle la razón a John J. Healey en el articulo que me recomienda -y leo con interés- mi Maestro y amigo Rafael de la Fuente (“El pino caído ya no está en Málaga”)  que dice:

 “A medida que uno se hace viejo —salvo en el caso de que se hayan vivido unas circunstancias verdaderamente horribles—, tiende a idealizar el pasado”.

 

Tiendo yo -haciendo a lo mejor, un exagerado uso de esa dosis de nostalgia- a quejarme en exceso de la actual Costa del Sol.  Quizás porque añoro aquella  Costa que  viví de niño. Esta que ahora veo -a través del prisma del tiempo transcurrido entre aquella lejana niñez y esta edad adulta que me observo- que no es que los tiempos hayan cambiado mucho, que sí;  sino porque  los intereses envilecidos de algunos especuladores -de dentro y fuera de nuestras fronteras- han desposeído a esta tierra de unas raíces y principios que ya  -muy a pesar nuestro- serán irrecuperables. No voy a hablar otra vez de mis meriendas en el Hotel Artola o Los Monteros. No lo voy a hacer tampoco de los encantadores Hoteles San Antonio y Amaragua de la Carihuela. Tampoco -no temáis-  de aquellos Álamos y del Restaurante Frutos. Ya lo he hecho en este  blog alguna que otra vez,  y las viejas heridas, no hay porqué  abrirlas continuamente. Porque se infectan.

 Castillo de Santa Clara

 Pero si tengo que decir, que la hostelería en este momento de crisis y otras circunstancias inevitables, los empresarios, los dueños de hoteles, están cambiando -seguro que por necesidad y mera subsistencia- la calidad y el buen servicio para, en una no me atrevería decir incruenta guerra de precios, bajarlos de una forma casi suicida a sus proveedores;  aún a costa de ofrecer una servicios mermados y nada cualificados a sus clientes. Y ya no digo más que me alargo y no soy yo el que debe de hablar en este artículo. Pero sé de lo que hablo y algún día lo haré.

A través del periodista Domi del Postigo, me llega nuevo y soberbio artículo del Maestro de Maestros, y querido amigo, Rafael de la Fuente. Y no puedo contener la tentación de publicarlo en este blog, donde el admirado amigo dispone de suite propia con vistas y desayuno continental incluido desde hace ya mucho tiempo. Más que nada, por lo que le reporta  a éste sitio de categoría y distinción. De estilo y diferenciación.

 Este es el artículo. Leedlo que no tiene desperdicio. Es buenísimo. Te asoma a la historia primera de un Torremolinos todavía no oculto entre mamotretos urbanísticos, aunque debo de conceder, que últimamente, está mucho mas bonito y cuidado que hace unos cuantos años. Todo hay que decirlo.

 El Artículo:

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Con amor, desde el lado oscuro de la luna

                                                                                                Rafael de la Fuente

 

 

“The wonderful thing about Spain is that it is so Spanish”

(Lo maravilloso de España es que sea tan española).

Esta declaración de amor se publicó en los años treinta en un artículo (Spain again) en Vogue, la legendaria revista británica. Se la debemos a Harold Waldo Yoxall, un ilustre escritor y enólogo inglés. Obviamente era un observador original e inteligente, fascinado por España, «ese extraño y bello país», a la que consideraba infinitamente más interesante que los otros países europeos.

Terminé la lectura de las últimas líneas del reciente artículo de John J. Healey (El País, 11 de mayo) con auténtico pesar. Me pareció demasiado corto. «El pino caído ya no está en Málaga» no solo era un ensayo prodigioso, perfecto, sobre muchas cosas que nuestros amigos de otros países siguen llevando en el corazón. Es ese texto una luminosa elegía ofrecida por el autor a la España que conoció. Escrita con amor y respeto y –¿por qué no?– con algún que otro brote de irritación, templado por el afecto y la complicidad. Creo que ese artículo no ha dejado a ninguno de sus lectores españoles indiferente. Y ha sido bueno que así sea.

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Mientras lo leía, me vino a la memoria el texto de otro escritor, también norteamericano, James Michener, en Iberia. En aquel libro maravilloso, publicado por Random House el 6 de mayo de 1968, hay una introducción a la realidad de España entendida como una poderosa experiencia vital para los lectores norteamericanos. Que queda prendida en la misma red de finas mallas que acoge el artículo admirable de John Healey. Especialmente cuando en las primeras páginas de Iberia nos relata Michener su llegada a bordo de un viejo carguero escocés a un lugar del litoral cercano a Burriana, en tierras de Castellón. Allí fondearon para recoger un cargamento de naranjas destinado a las fábricas de mermelada de Dundee. Supongo que sería en la playa de El Arenal. Es un inicio homérico para un libro obsesionado por España. Y sin duda un buen comienzo aquel friso en el que los bueyes pugnan con las olas para acercar aquellas frutas doradas al mugriento carguero, guiados por unos hombres curtidos por la mar y el sol, mitad faunos, mitad centauros.

 Carguero

John Healey se imaginaba que el pino tumbado por los vientos de su artículo le daba la bienvenida desde las montañas cercanas cada vez que su avión aterrizaba en el aeropuerto de Málaga. Para Michener, aquellos hombres de Burriana también lanzaban un mensaje, mientras llevaban las naranjas de sus campos a aquella embarcación. Como los que hacen una ofrenda sagrada en el altar de viejos dioses medio olvidados. La ausencia de un puerto les obligaba a utilizar sistemas que aprendieron hace muchos siglos de los romanos, sus antiguos amos. Los que llegaron desde su otra península a la no siempre dócil colonia, la correosa Iberia. Con el nuevo idioma de los conquistadores latinos, el que fue pariendo con el paso del tiempo las palabras con las que estoy escribiendo.

No muy lejos del pino caído de John Healey hay un lugar donde se encontraron huellas de un asentamiento de los tiempos de los romanos, además de otras cosas. Era evidente la presencia de algo mágico en aquel promontorio marino de la costa malagueña, al que llamaban los cartógrafos decimonónicos la Punta de la Torre de los Molinos. Separaba aquella elevación rocosa las dos playas de Torremolinos. La del Bajondillo y la de La Carihuela. Para mejor defensa de la estratégica bahía de Málaga, la Corona otorgó escritura el 18 de mayo de 1763 autorizando allí la construcción de un castillo con batería de costa. Serviría la fortaleza para proteger las marinas de levante y poniente contra el ataque de naves enemigas. Se dispuso que el fuerte tendría seis cañones de 24 libras, con cuarteles para caballería e infantería, viviendas, capilla y almacenes. Era un edificio singularmente atractivo, en el que su función militar aparecía bastante desdibujada.

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La fortaleza fue abandonada cuando el progreso de la ciencia militar la hizo irrelevante. En 1898 la compró –con la finca aledaña de Santa Clara, propiedad de doña Luisa Darrién–un militar retirado inglés. El comandante George Langworthy, de los Dragoon Guards de la caballería colonial británica en la India del British Raj. El comandante Langworthy era un «gentleman» bondadoso y de profundas convicciones religiosas. Era obvio que tenía un excelente buen gusto, además de modales impecables. Y por encima de todo deseaba complacer a su bella y joven esposa, Annie Margaret.

 Ambos se sentían muy felices en España. Y por supuesto estaban convencidos de que su Santa Clara (así se llamaba la finca) se podría convertir en una de las residencias más bellas y acogedoras del Mediterráneo. Por supuesto, Torremolinos y Andalucía eran más exóticos que el sur de Francia o las costas de Italia. Y además todo era allí más barato. Los nativos eran algo ruidosos, pero muy amables, honestos y siempre parecían estar de buen humor. A los Langworthy les fascinaba que la gente más humilde de aquellos parajes tuviera un sentido tan elegante de su propia dignidad. Y además aprendían rápidamente.

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Crearon los Langworthy un hermoso jardín subtropical, muy mediterráneo, alrededor de su nueva residencia. Fue aquella casa un elegante ejemplo de buena arquitectura colonial inglesa. De amplias verandas y espaciosas y frescas habitaciones, muy apropiada para climas cálidos y preparada para protegerles a ellos y a sus invitados de la presencia de curiosos o visitantes inoportunos.

El recinto de la vieja fortaleza se dejó respetuosamente como una reliquia pintoresca, sin ningún uso concreto. En las dependencias que rodeaban el patio de armas se guardaban todo tipo de cachivaches. Además allí tenían sus aposentos los perros, los caballos y los dos automóviles de la casa. Con muy buen criterio, mandó George Langworthy que se construyeran caminos ajardinados para bajar cómodamente hasta ambas playas o incluso hasta el final del acantilado, donde rompía el oleaje. Un día decidieron Annie Margaret y George Langworthy levantar también unos pequeños pabellones o templetes roqueros en ese camino que bajaba al mar. Recintos para la lectura solitaria o para otear el horizonte, donde los anfitriones podían también tomar el té o el aperitivo con sus invitados. Y donde el buen gusto de los Langworthy parecía haber querido incluir la bahía malagueña, cercada por interminables cadenas de montañas, de tonalidades cambiantes, dominadas por las nieves eternas de la Sierra Nevada granadina.

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Como no podía ser menos con unos anfitriones en estado de gracia, se esperaba de los amigos venidos desde la lejana Inglaterra que se quedaran varias semanas en aquel paraíso. Donde además la presencia tranquilizadora de Gibraltar les servía como el lugar donde podrían obtener cómodamente todo lo que la civilización ofrecía a los súbditos acaudalados de Su Majestad Británica. Además la cercanía de un enclave del Imperio bien podría representar una garantía de seguridad en el poco probable caso de disturbios y revueltas de los nativos.

En 1909 el matrimonio Langworthy estuvo en Egipto, en el otro extremo del Mediterráneo. Fue un viaje maravilloso. A finales de junio de 1912 se terminaron las obras de la última ampliación de la casa principal. Los albañiles y carpinteros locales habían hecho un excelente trabajo. Igual que los fontaneros y otros oficios menores. Los Langworthy expresaron su satisfacción con especial generosidad. La vida discurría para los dichosos residentes de Santa Clara como una sucesión de armoniosos y plácidos ritos. Que podían ser también una elegante representación teatral en un decorado siempre perfecto. Sin sobresaltos ni sorpresas.

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Pero un día para el comandante George Langworthy el cristal que protegía aquel paraíso saltó en mil pedazos, roto para siempre. El 28 de enero de 1913 falleció Annie Margaret, víctima de una neumonía. Dispuso el viudo que su esposa fuese enterrada junto a la entrada de la capilla de San Jorge en el Cementerio Inglés de Málaga. Y reservó junto a ella el espacio para el día en que le llegara a él la muerte, esa vieja e imprevisible amiga. En la lápida podemos leer: «In loving memory of Annie Margaret. The dearly loved wife of Major George Langworthy of Santa Clara, Torremolinos» (En el recuerdo lleno de amor de Annie Margaret. La muy amada esposa del comandante George Langworthy de Santa Clara, Torremolinos).

Nada fue lo mismo después de la muerte de ella. El comandante cayó en una profunda depresión. Hasta cierto punto fue un descanso en medio del dolor cuando en plena Primera Guerra Mundial las autoridades militares británicas le aceptaron como oficial voluntario. Fue destinado al frente occidental. En las trincheras encontró consuelo en sus inquietudes religiosas, cada vez más intensas. Con el tiempo se convirtió en una especie de misionero. Con el apasionado objetivo de llevar a los nativos las enseñanzas de la evangelista norteamericana Mary Baker Eddy.

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Después del cataclismo de la bolsa de Wall Street y la Gran Depresión que siguió, las cosas no iban muy bien para las finanzas del ascético y desconsolado comandante Langworthy. Sus amigos le aconsejaron a principios de 1930 que convirtiera su casa y la fortaleza en un hotel. Así fue. Encontró un eficaz director de hotel norteamericano, Mark Hawker. Lo llamaron el Hotel Santa Clara. Pero los lugareños siempre se referían a él como El Castillo del Inglés. Así nació el que podría ser hoy uno de los hoteles más irresistibles del Mediterráneo.

 Entre sus primeros huéspedes estuvieron Salvador Dalí, Gala y Luis Cernuda, además de lo más florido de la nobleza británica. Gracias a aquel espartano y curioso hotel, donde la mayoría de las habitaciones no tenían cuarto de baño privado, y su emplazamiento bellísimo, el nombre de Torremolinos empezó a sonar en los salones más distinguidos de Europa. Se contaban anécdotas maravillosas de los miembros de la nobleza esperando en el patio de armas de la antigua fortaleza su turno para usar las cabinas de ducha comunes. Eso sí. Estrictamente separadas las de las señoras y los caballeros, aunque fuesen parejas unidas en sólida coyunda por la bendición del Arzobispo de Canterbury, Primado de la Iglesia de Inglaterra.

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Fue aquello el comienzo del lanzamiento turístico de las costas del sur de España, flamante fenómeno limitado hasta entonces a las grandes ciudades históricas de Andalucía. Nuestra guerra civil y después la Segunda Guerra Mundial impusieron un paréntesis de diez años. En 1957 fui admitido en el Santa Clara como recepcionista, botones y bodeguero. Tenía 16 años. Fui muy, muy afortunado. No solo por encontrar en aquel hotel mágico una biblioteca deslumbrante, en la que el nuevo director, Fred Saunders, nos permitía al personal entrar en horas determinadas. Además, para colmo de las perfecciones, la alemana Frau Wilma, la jefa de cocina, practicaba una generosa cocina muy sabrosa, tanto para los clientes como para los empleados. Algo de agradecer en aquellos años durísimos. Era evidente que el hotel provocaba potentes pasiones. Lo comprendí cuando vi en los ojos de una jovencísima y aparentemente frágil Brigitte Bardot la tristeza y la desilusión por no poder obtener alojamiento en aquel hotel tan peculiar del que tanto le habían hablado. Lo que lamentaré hasta el final de mis días. Pero obtener una habitación en el Santa Clara, donde las listas de espera eran interminables, no era entonces empresa fácil.

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George Langworthy falleció el 30 de abril de 1946 con 83 años de edad. El pueblo se echó a la calle para llorar su pérdida. Le nombraron por aclamación popular Hijo Predilecto de Torremolinos. Fue un buen hombre que se sintió en España mejor que en su propia casa. En cuanto a nosotros, una vez más el pueblo supo ver más lejos que sus propias y a veces inquietantes élites rectoras. En el Cementerio Inglés de Málaga reposan los restos mortales del comandante George Langworthy, junto a su esposa, Annie Margaret. En la lápida podemos leer: «RIP. Su servidumbre no lo olvida». En realidad sus empleados españoles fueron al final de su vida su única y muy querida familia.

Se lamentaba John Healey en su artículo de que durante los últimos 43 años había visto desaparecer demasiadas cosa bonitas que nunca volverán. «El pino caído ya no está. Málaga y la Costa del Sol, arruinadas por la codicia y los proyectos urbanísticos alimentados de esteroides, están irreconocibles. Pero hay otras cosas que sobreviven y me hacen volver». Es verdad y además tiene razón. Hay otras cosas que sobreviven y que nos harán volver. A unos y a otros. Pero el viejo Hotel Santa Clara, el Castillo del Inglés, ya no existe. Tampoco existen los caminos roqueros que llevaban a los Langworthy y a sus invitados hasta el mar.

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Ni aquel jardín encantado. Y han desaparecido los vestigios de aquel asentamiento romano. Todo fue laminado y barrido de la faz de la tierra. Como decía Paul Theroux, con más brutalidad y violencia que en una guerra. Y en su lugar la barbarie y la codicia levantaron, como en tantos otros lugares de la geografía española, un monumento atroz en honor de aquel siniestro triunfo. Muchos españoles que todavía no han nacido nunca nos lo perdonarán.

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Y nos acusarán un día –con razón– de haber perdido al mismo tiempo la decencia y la razón.

Mientras escribía sobre estos paraísos perdidos descubrí que mi impresora se estaba quedando sin tinta. En la calle, un joven buscaba en un contenedor de basuras domésticas. Nos miramos. Recordé las palabras de George Langworthy. Había tanta dignidad, tanto espíritu que no se rendía en aquel joven, que le saludé con respeto y gratitud. No todo estaba perdido. No todo es basura. Y por supuesto ellos vencerán.

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STELLA MARIS

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STELLA MARIS

 

La boca de Stella se adivina tan fresca y lozana, que su sola conversación te consuela, con su aliento, de los calores más inclementes y despiadados que ya se aproximan.

 No debe de haber resuello mas refrescante en todo ese territorio que abarca desde lo más arriba del Hemisferio Norte, hasta la punta mas abajo del abajo Hemisferio Sur. Lindando éste, con esa Ushuaia que ella tan bien conoce y añora. Su aliento, te confirmo, podría tener el aroma de un gigantesco gin tonic preparado con hierbabuena y limón; enfriado con cachos de hielo arrancados sin misericordia al glaciar Vinciguerra de la Isla Grande en la Tierra del Fuego.

 De esa manera, cuando te habla, ya te digo, expele -sin quererlo ni buscarlo- involuntariamente, vaharadas de menta fresca, albahaca y Pictolín.

 Stella es una muy buena amiga. También lo está; muy buena, digo. Estas cosas, no son por que ella se lo crea -que debiera- sino porque sus amigos y sus amigas (fíjate que extraño) estamos hartos de pensarlo y de decírselo; que es muy buena; que tiene un gran concepto de la amistad, de la generosidad y de la entrega desinteresada; que ella, aparentemente, no se lo cree. Y digo aparentemente, porque cada uno sabe indudablemente, como es cada uno; y Dios en la casa de todos. Que cojones!

 A Stella, solo le han faltado en esta vida -que a veces es hermana pérfida y malvada- veintialgunos Abriles más que llevarse a la boca. Veintialgunos Abriles más que, añadidos a su agenda, la hubiesen liberado del enorme dolor de haber perdido un amor imposible y utópico. Aún a sabiendas -pues no es celosa, ni falta que le hace- que lo que ella añora -el amor del amigo- también estaba demandado y requerido por todos sus adictos. Y comparte, menos mal con ellos, el dolor de la ausencia.

 Stella dispone de un cuerpo de doce trastes esculpido a base de genética y escalas pentatónicas. Blues del sentimiento y la pasión. Capaz (será por convivencia y connivencia con su JoseLito) de cantar como pocas arrastrando el alma a la par que la voz. De tocar la guitarra como casi ninguna que, acomodadas, ni lo intentan. Y es por eso, por lo inusual que parece -que quieres que te diga- por lo que me encanta esta niña..

 Stella detenta la boca más fresca que se pueda disponer entre los dos hemisferios. El de arriba y el de abajo. Y cuando habla, expele sin quererlo ni buscarlo -involuntariamente- vaharadas de menta fresca, albahaca y Pictolín.

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