EL RÓTULO DE LA MEMORIA

1960

EL RÓTULO DE LA MEMORIA

“Un amigo es la mano que despeina tristezas”.
Gustavo Gutiérrez Merino, Filósofo y teólogo peruano.

“Amigos. Nadie más. El resto es selva”.
Jorge Guillén, Poeta español.

.
Uno vale tanto, como los buenos y valiosos amigos que tiene. Y yo –que estoy completamente de acuerdo con eso– me considero un tipo muy, muy, rico. Rico en afectos y en consideraciones; rico y acaudalado en cariño y en ternura. Un hombre es, Father Gorgonzola, que se siente enormemente satisfecho (y feliz) con ese hatajo de maravillosas personas que le rodean. Se me permita la vanidad del uso de la tercera persona.
Ayer, sin ir más lejos, mi más que querido amigo Diego Cumpián, me /nos regaló a Santa y a mí un perfecto gazpachuelo en Benagalbón y una posterior tarde de tocada musical. Ambos dos regalos, difícilmente superables.

IMG_20160224_175747

(Diego Cumpián con Father)

Pero al margen de lo tangible y de lo palmario –vuelvo a generalizar– mis amigos me aportan una riqueza instructiva y una inestimable ganancia en lo intelectual; un adorado dividendo en cultura, ilustración y en saber, que es muy difícil de encontrar con tantísima abundancia, como yo –y afortunado me siento– lo encuentro en todos ellos. En todos.

IMG_20160224_175718

(Ángel Céspedes)

Particularicemos otra vez. Entre esos muchos amigos enriquecedores que tengo la fortuna de manejar, se encuentra mi muy querido Pedro Rojano; escritor y articulista que es. Una extraordinaria y magnífica persona. Alguien que, escribiendo, hila las palabras de una manera tan ejemplar y acertada, que leer cualquiera de sus textos resulta un inevitable y profundo placer. Este bloguero que os escribe, se jacta de que, en este sitio, casi nunca inserta textos completos corta–pegados de otros autores; salvo contadas excepciones en que dichos textos, poseen o la belleza incontestable de lo escrito, o la más indiscutible coincidencia con la opinión del citado bloguero. Dueño y Señor de este sitio que es.

Por ese motivo, inserto el articulo de Pedro Rojano publicado hoy en el diario “La Opinión de Málaga”.

pedro rojano

(Pedro Rojano)

Leedlo y ya me contaréis! A ver si no se están cargando los comercios tradicionales de los centros históricos de la ciudades. Los rótulos que son, de la memoria.

Este es:

EL RÓTULO DE LA MEMORIA

Una ciudad se recorre tres veces: La primera en la ensoñación del viaje. Inspirada por sus monumentos, por el glamuroso nombre de sus calles, por la huella histórica de lo verídico. La segunda vez con inevitable sorpresa. En el callejeo por calles anónimas, en el café escondido, en la plaza deshabitada o en el atestado mercado. Y la tercera se recorre en la memoria, momento en el que la ciudad cruza la íntima frontera. Un espacio recreado por el recuerdo, anclado en los días en el que lo fotografiamos. Detenido para siempre en el óleo de la evocación. Y entonces la ciudad, esa ciudad, deja de ser la misma que muestran las enciclopedias, las guías de viajes, los portales de internet o las fotografías de los amigos. Esa ciudad nos pertenece.

escanear0001
Cuando eso ocurre, descubrimos que la identidad de una ciudad también está escrita con el rótulo de sus comercios. Singulares escaparates donde además del género se expone la cultura y tradición de un pueblo. Recorrer la estancia, sentarse en sus mesas, aspirar el aroma de la mercadería? Todo forma parte indivisible de la ciudad, porque solo a ella le pertenece.

La globalización ha infectado las calles de las ciudades con la vulgaridad de lo repetido. Ha repintado de franquicia las fachadas históricas, convirtiendo en un dejá vu el paseo por cualquier capital. La verdadera ciudad está sepultada bajo esa capa de rótulos multiplicados. Visitable tan solo en horario de madrugada, cuando el recuerdo y el sueño son en blanco y negro.

cereria-zalo_7559829
Málaga sigue amenazada por las aguas del progreso, aunque aún quedan remansos donde admirar lo antiguo. Lugares en los que comprar es una mera excusa para perderse entre los expositores, para deleitarse con el olor de las paredes, para reconocer que los años perdidos están escritos en las vigas que sostienen el tejado. Por eso me gusta pasear por mi ciudad como un extraño. Hacerme el olvidadizo y perderme por sus calles como un buceador frente a un pecio de adoquines. Tomar una caña en La Campana, Casa Guardia o el Pimpi. Oler las especias en El Reloj, probarme unos zapatos en Calzados Alas, embriagarme con el olor a tocino de Zoylo o ajustar el reloj en la relojería Miguel Heredia. Tomar un sombra en la terraza del Bar Central y entrar en la ferretería El Llavín de calle Santa María recordando el arreglo de casa que aún espera. Disfrazarme de comedia en Carrasquilla. Decidir entre los churros de Aranda o el sabor de lo antiguo de Aparicio.

Confitería Aparicio. Málaga

Acomodarme unas alpargatas en Hinojosa de calle San Juan, saborear el helado de Casa Mira e inventar algún motivo para entrar en la cerería Zalo Y así seguir caminando hasta que la noche comience a encender el neón de mi memoria y pueda salvar del naufragio mi ciudad interior.

La semana pasada cerró sus puertas La Veneciana. Horadada en sus cimientos por un gusano perezoso que no acaba de llegar al Centro y que ha devorado la fragilidad, la paciencia y la ilusión de pequeños comerciantes. Las aguas precipitadas de la modernidad han inundado las cubetas donde se fabricaban helados sorprendentes al paladar que sólo eran posible degustar en Málaga. La góndola de helados quedará sepultada bajo las precipitadas aguas de la modernidad. Como un pecio hundido por los cañones de la globalización, su stracciatella de carnaval, su antifaz de tutti frutti y el chocolate de murano quedarán al pairo de bancos de peces atraídos por su deliciosa mercadería. La heladería La Veneciana sólo estará al alcance del recuerdo.

veneciana--575x323

(Alberto Murante)

.

81

Anuncios

Un buen día para morir

scan0001 - copia

UN BUEN DÍA PARA MORIR

Lazarus wartetEDGARENDE

El pasado día 1 de Octubre de este que acaba, tuve el privilegio de ser invitado, personalmente por mi querido amigo el escritor Pedro Rojano, a la presentación de su tercer libro –escrito en colaboración con otros escritores que junto a él, conforman el grupo literario “Punto y Seguido”– en el Ateneo de Málaga.

(http://puntoyseguidoescritores.blogspot.com.es/)

El acto, al que asistimos –cómo no podía ser de otra manera– la élite de la guardia pretoriana del Negro Anaranjado, fue un rotundo éxito de asistencia y de apreciación posterior. No sólo por las acertadas palabras de todos los autores, sino por el buen gusto mostrado en las diferentes partes que constituyeron el conjunto de esta presentación literaria: Música, locución e imágenes.

El libro –que contiene un total de quince relatos– se llama “Maneras de Desandar el Tiempo” y junto al citado amigo Pedro Rojano, escriben Andrea Vinci, Inmaculada Reina, Loli Pérez, Miguel Núñez, Isabel Merino y Mauricio Ciruelos.

Un libro absolutamente recomendable y del que ahora, a continuación, inserto uno de los relatos de mi amigo Pedro llamado “Un buen día para morir”.

Este es… Disfrutadlo. Un relato que no deja indiferente. Una historia de amor y desolación inacabable.

tumblr_lx33uuYE841qarjnpo1_500

Un buen día para morir

Pedro Rojano

“El tiempo lo único que hace es

pintar de cal las paredes de la memoria”

Si hubiese podido elegir, habría muerto el día de mi setenta cumpleaños. Estábamos todos en el restaurante: mis sobrinas, mis amigos…, faltaba Amalia, eso sí, pero seguro que ella hubiese estado de acuerdo.
Desde que me quedé viudo consumo las mañanas jugando al dominó. No me tengan lástima, al menos no todavía, eso del dominó despeja bastante la cabeza y no te deja pensar en otras cosas. Cuando se cumplen setenta años no es bueno pensar demasiado. Todo se vuelve un poco absurdo, lo que creíamos importante deja de serlo, y lo que pensábamos que no lo era, pues eso, que tampoco. Pocas cosas importan cuando a uno ya no le quedan ni tiempo ni ganas para afrontarlas y todo lo que ocurre a nuestro alrededor es como si hubiese ocurrido ya. Son acontecimientos viciados, repletos de lugares comunes. Esas dos palabrejas son de Sebastián, mi pareja de dominó. Sebastián es un tío culto, de esos que leen todos los días. Y escriben. Mi amigo Sebastián escribe. Un día me dijo, todo lo que sucede a nuestro alrededor, los fraudes de los políticos, las catástrofes, las crisis económicas, el argumento de las películas, el famoseo, los matrimonios, los divorcios… todo eso es como si ya lo hubiésemos vivido decenas de veces, por eso sabemos que no tienen importancia, porque el tiempo lo oculta para destaparlo después. Son lugares comunes, me dijo, y a mí aquello se me quedó bien grabado porque no lo había escuchado en mi vida, y eso sí que era importante. Sebastián es un tipo culto. Se plantea cosas, a pesar de que cuando jugamos al dominó no hacemos nada más que contar las fichas sobre la mesa y las que faltan por salir… seis pito, pito tres, cierro.

4122150379_f5bc7f9947_z
El dominó, una de las cosas más importantes que tuve a los setenta. Recuerdo bien aquella partida del día de mi cumpleaños. Sebastián había pasado y yo intuía que tenía el seis doble en la cartera. Estábamos perdidos, pero hice una jugada maestra. Yo sabía que con el cinco cerraba, pero me arriesgaba a perder a los puntos, así que opté por el cinco pito, a pesar de que le ofrecía a mi contrincante la posibilidad de colocar la última ficha. Pero pasó y ganamos. ¡Qué satisfacción me produjo! Sebastián y yo nos abrazamos y apuntamos la cerveza a los otros. Ahí podía haber sido. Morirme, digo. Allí mismo, con la victoria en la mano, agarrando el triunfo justo en el último momento. Pero no.

Regresé a casa por el camino de siempre, no es el más corto, pero es al que estoy acostumbrado. ¿Para qué regresar por otro sitio? Pepa y Olivia dieron muestras de conocerme y me esperaban apostadas en mitad del camino. Me alegró verlas. No suelen visitarme, pero aquel día habían venido a verme. ¿Mi cumpleaños? Yo ni me acordaba. A esa edad ya se ha soplado toda la cera que arde. Estaban tan ilusionadas que sospeché que me pedirían algo, pero se agarraron de mi brazo, una a cada lado, y seguimos caminando hacia mi casa. Qué orgullo llevar a esas dos prendas colgadas de mi brazo, como en mis tiempos mozos en que paseaba con dos morenas camino de la Feria de Abril. ¿Y allí en la feria? También podría haber sido en la feria, ¿por qué no? Algunos vecinos bromeaban al verme con aquellas bellezas. ¡No vas a poder con las dos!, me gritó Carmelo desde el kiosko y me recordó con un gesto que ya no estoy para esas historias. Quise gritarle que eran mis sobrinas, pero ¿para qué? A veces damos más explicaciones de las necesarias. Eso es otra cosa que se aprende cuando se llega a viejo. Explicaciones y excusas las mínimas, que ya no hay tiempo para tanto engaño.

1221343890_der_gefesselte_sturm
Al llegar a casa me cambié de zapatos y salimos hacia un restaurante cercano. Allí me esperaban los compañeros del dominó, quienes tuvieron que darse prisa para llegar antes que yo. También estaban Héctor y Enrique, los dos únicos amigos que conservo del colegio. Ambos me conocen tan bien como yo a ellos, por eso me gustan. Después de tantos años, no necesitamos hablar para pasar el rato. Ellos crecieron conmigo, comparten todos los acontecimientos buenos y malos que nos tocó lidiar en todos estos años. Estaban allí para ser testigos de un nuevo cumpleaños, una nueva década que se me antojaba más corta que las demás, y a pesar de ello comenzaba a considerarla más jugosa, porque cuando se es viejo cualquier tiempo presente tiene más cuerpo que los recuerdos del pasado, y por supuesto mucho más color que el futuro. El presente es como un buen vino descorchado, listo para servirlo y bebérselo a sorbos. Ya no queda tiempo para bodegas. Eso también es de Sebastián, el bribón se las sabe todas.

Der_dunkle_und_der_helle_Engel_1946_leo_sobre_lienzo_69_x_94
También había venido Teresa, menuda belleza era cuando la nombraron Miss del barrio en 1962. Algo tuve con ella, poca cosa, por aquella época no se pasaba de un beso y tres o cuatro manos despistadas, pero después se quedó en nada y los dos seguimos por nuestro camino. Ella encontró empleo en una tienda de novedades que acababan de abrir en la Plaza Nueva y se echó un novio que la llevaba y la recogía en una novedosa Vespa. Yo me marché a la mili, y me olvidé de Teresa y de su Vespa. Pero la casualidad quiso que muchos años después nos encontrásemos. Ella, con sesenta y cinco años tan guapa como siempre, y yo recién viudo. Después de aquello nos vimos muchas veces; muchos cafés, y mucho hablar. Ella más que yo, porque a mí me gustaba oírla. Por algún motivo recuperaba vida estando a su lado. A ella le hacía bien hablarme y a mí escuchar sus anécdotas, tan ingeniosas y divertidas que nos hacían reír, y eso es una virtud. Una virtud que podría sustituir a cualquier concurso de belleza que se precie, por muy joven que uno sea. Teresa y yo nos encontramos al principio y final del camino, y eso da para mucha conversación, que se lo digan a ella; aún quedan retales de su vida que desconozco.

100900107
Y qué voy a decir de mis queridas sobrinas. Olivia es la más pequeña: extrovertida, independiente y descarada. La cara siempre encendida de ánimo, y su sonrisa deslumbrando la calle. Nerviosa como una libélula en plena noche de perseidas. Caprichosa, protestona, presumida como un cimbreante tallo, pero sobre todo muy cariñosa. Ha tenido más de mil novios, pero ninguno le convence, y yo le decía, aprovecha mujer que los años no esperan, pero ella erre que erre, que no. Para Olivia la primavera siempre va después del invierno. Yo siempre he pensado que salió a mí, aunque ella es mucho más valiente.
Pepa es la mayor, servicial y trabajadora. Con los ojos más oscuros que el reverso de una ficha de dominó, y con una injustificada responsabilidad de la que no se ha descargado. Discreta y humilde, puede que un poco reprimida por culpa de los asuntos religiosos. Quiso ser monja, pero entre todos le quitamos las ganas y ahora no es más que una monja sin hábito. Venía acompañada de Arcadio, su marido. Hombretón bueno y un poco tontorrón, aunque eso no se lo digo. Siempre sonriendo con la expresión de que todo está bien. Yo creo que si se derrumbara el suelo a sus pies seguiría sonriendo con esa mirada boba de quien jamás ha sufrido. Pero es bueno con Pepa y ella le quiere, y yo también ¡diantre! Sobre todo porque es a la única visita que soporto. Solo Arcadio continúa mirándome con la misma sonrisa de antaño, con idéntica expresión de infinita credulidad y aceptación. Nadie, excepto él, ha vuelto a ser el mismo.

Begegnung33
En el restaurante solo faltaba ella, mi Amalia. La muchachita que me robó las ganas de explorar el mundo, porque desde el instante en que la conocí, ya no hubo mundo que explorar más allá que el suyo. Ella fue mi continente, mi mar, todas las ciudades. Me abandoné a su cariño desde el primer momento y ella no lo soltó hasta el último suspiro, aquel día en que la mala suerte decidió que a partir de entonces me quedaba solo jugando la partida. Podría haber sido allí mismo, junto a ella, acostado sobre la colcha para no estropear el embozo. Algo me advirtió de que se iba. Me miró con la compasión de la madre que nunca fue y me besó en los labios con un beso seco y débil. Su rostro parecía marchito y sin color. Yo la besé en la mejilla, dos veces. Y entonces se marchó. Así de fácil. Estábamos en la cama de nuestra casa. Solos, como siempre nos había gustado estar, disfrutando de nuestra compañía, que a esas alturas de la vida era como estar uno con uno mismo sin estar solo, porque los viejos que han estado mucho tiempo juntos forman tanta parte el uno del otro que es como si no hubiera dos. Cuando uno se resfría, lo hace el otro, cuando le duele el lumbago, al otro le duele la ciática, cuando uno tiene ganas de reír, el otro no puede parar de hacerlo y cuando se trata de llorar no hay otra forma de hacerlo que juntos. Pero cuando uno se muere no ocurre lo mismo, al menos no fue así conmigo, y así tenía que haber sido. Ya lo creo. De todas las cosas que tuve en mi lista como imperdonables, la única que sobrevive es esa. Haberla dejado sola en la muerte. Aunque, en el fondo, no es algo de lo que me arrepienta del todo, pues me quedé como fiel guardián de su recuerdo que es la mejor manera de homenajear a los muertos.

OhxIgFLU0e115iaoymZKVSNxo1_500

Las misas, penas y llantos solo sirven para enterrar aún más al que se ha ido. En su sepelio no dejé que se hablara de otra cosa que no fuera de ella, de sus recuerdos, de sus manías, de su manera exquisita de preparar las lentejas, o de su enconada lucha para que los sobrinos se lavaran las manos antes de sentarse a la mesa. Que se hablara de su afición por las novelas baratas de amor. Del cariño que siempre tuvo a sus buganvillas y al jazmín que brotó, sin que nadie supiese por qué, de uno de los macetones de la terraza y que regaba siempre con lo que me sobraba de la cerveza porque decía que era buena para que oliesen bien. Quise que se recordase también su terrible sentido de la orientación que nos hacía pelearnos en medio de una algarabía de tráfico y ruido. De su ilusión por los niños que nunca pude darle, y de su miedo a morirse antes que yo. Pues así fue. La gente dice que el tiempo lo cura todo, pero no es exactamente así.

El tiempo lo único que hace es pintar de cal las paredes de la memoria, pero la lluvia de noviembre agrieta la cal y desconcha las paredes, y algunos recuerdos salen a la luz. Luego regresa la primavera y se vuelve a blanquear, y parece que todo es nuevo, y los jazmines vuelven a florecer y los jilgueros se dejan oír, escondidos entre las ramas de los olmos de la Plaza Nueva, pero las grietas siguen ahí, como un mal recuerdo. El tiempo lo cura todo, eso dicen, pero no es verdad. Yo aún llevo a Amalia grabada en mi piel con la fijeza de cientos de tatuajes, uno por cada día que pasé con ella, y tres por cada día desde que se fue. Pero eso no lo sabe nadie, porque ya procuro yo que no lo noten, es fácil cuando se tiene un buen compañero de dominó que además es poeta. Amalia y yo nos debimos haber marchado de la mano un 5 de noviembre de hace cinco años, cuando aún teníamos fuerza en el corazón para mandarlo todo a freír espárragos. ¿Antes dije que habría elegido morirme el día en que cumplí setenta años? Pues me equivoqué.

Bild 720
Pensándolo bien, tampoco importa mucho. Cualquier día puede ser bueno, siempre y cuando uno pueda despedirse. Porque es necesario despedirse. Nadie se marcha a un viaje sin besar a aquellos a quien quiere, sin abrazarse justo antes de embarcar. Las despedidas tienen que ser cortas, pero han de celebrarse con emoción y con alegría, ¡diantre! Porque a los viajes se lleva la ilusión en el rostro y no esta ictericia de mierda con la que amanezco todos los días. Yo no tendré despedida. Me marcharé cualquier día sin número y sin mes, y será un alivio para todos. Más aún para mí.
A las seis de la mañana entra la luz por la ventana de la habitación. Una enfermera se acerca al cabecero de mi cama y posa su manota sobre mi frente. Me toma la tensión sin preocuparse si aún estoy dormido, y después saca un termómetro y me lo introduce debajo del sobaco elevando con brusquedad mi brazo. Se va.
Pepa llega a las ocho de la mañana, suele ser muy puntual, descorre los visillos de la ventana y suspira. Suspira tres o cuatro veces antes de comenzar a limpiar la mierda que se ha acumulado durante la noche. Lo primero que hace es destaparme y dejar que mi cuerpo viejo, fofo y repleto de pústulas, se muestre a los ojos de quien vi nacer. Pepa se arremanga, separa mis piernas con dificultad, porque aunque ella no puede darse cuenta, aún conservo migajas de energía para mantener cierta dignidad.
Los médicos dijeron que un ictus había paralizado una parte de mi cerebro. Dijeron que me había salvado gracias a un milagro. ¡Un milagro! Dijeron que a partir de ese momento no podría hablar, ni moverme, y que probablemente no me enteraba de nada. Un milagro, dijeron. Tampoco puedo gritar, ni llorar, ni decirle a todo el que entra sin permiso en mi habitación que no quiero verle, porque hace tiempo que no debería estar aquí, hace tiempo que debería haberme ido. Un milagro es lo que necesito ahora.
Los trapos manchados de excremento van brotando como flores muertas de las manos de Pepa, quien con un rostro resignado pero aún afable, realiza su trabajo entre suspiros. Pepa ha encontrado al fin su vocación, y yo diría que se ha valido de mí para reafirmase en ella. Pepa, al igual que mi Amalia, no tiene hijos, y por muy absurdo que parezca ha entendido como responsabilidad suya todo lo que está haciendo por mí. ¿Por mí? Por mi viejo y podrido cuerpo. Todo eso lo pienso mientras la veo repasar con un paño húmedo de agua tibia cada palmo de mi piel, como si mantenerme limpio pudiese refugiarme de la humillación. A veces le acompaña Arcadio, comprensivo, servicial, estúpidamente risueño, quien me observa desde la distancia como antes lo hacía, con aquella sonrisa bobalicona que parecía soportar cualquier esperpento que ocurriera delante de sus ojos, la humillación más grotesca. Se sienta en una silla en la esquina de la habitación y observa a Pepa lavarme los brazos, el pecho, las piernas, el culo, y mis partes. Arcadio sonríe puerilmente, y las horas se le van derramando bajo el sombrero. Quizás por eso le aprecio: compartimos el mismo estado vegetal. Supongo que ahora debería entenderlo. Puede que si alguien me mostrase un espejo vería la misma sonrisa estúpida debajo de mi nariz.

Sturm30
A lo largo de los meses que llevo aquí tumbado, he visto desfilar ante mí a todos aquellos que aprecié y de los que nunca pude despedirme. Ahora ya solo preguntan por lo que como, si he dormido, cuántas veces he cagado y el color que tienen mis heces. Mis amigos se han hecho acreedores del tono de mis heces, y es importante que sepan al detalle el volumen y la consistencia. También Teresa, también. Ella viene dos veces en semana, habla mucho con Pepa, ahora es a ella a quien le cuenta aquella parte de su vida que me perdí. Lo hacen susurrando, como si fuese un insulto para los muertos oír cómo fluye la vida. Antes de marcharse, mira hacia la cama con una mirada lastimosa que pretende ser compasiva, pero no dice nada. Besa a Pepa y se marcha recordándole lo bien que se está portando con su tío y todos aquellos bienes a los que se está haciendo acreedora cuando llegue al cielo.
De igual forma, me hieren las miradas piadosas de mis compañeros de dominó, que vuelven a ser cuatro, e incluso el poema estúpido que leyó Sebastián mientras una enfermera me cambiaba la sonda en su presencia. Soy testigo del olvido a cuentagotas de mis vivencias, sustituidas por la cruel letanía de síntomas, diagnósticos, medicaciones y cuidados paliativos a los que me veo sometido. La enfermedad ha devorado mi cuerpo, y ahora se ceba con los recuerdos.

aHyNHMV3lkatco7e9YVVXiK4o1_500
Olivia nunca ha venido a verme.
Todos hablan mal de ella. Susurran que tan solo vendrá cuando haya que repartir el poco dinero que me quede. No es verdad. Olivia siempre supo que yo me despedí de ella aquel día de mi setenta cumpleaños. Recuerdo muy bien su rostro, su mirada viva, luminosa. Su entusiasmo al hablar, sus manos inquietas. Recuerdo muy bien a Olivia, y no quiero volver a verla. Supongo que algo así le ocurre a ella. Una vez me dijo que si tuviera que elegir un día para morirse escogería el día en que se enamorase de alguien con la misma pasión que yo sentía por Amalia. Ese día, me dijo, ya no querría vivir más. Se despediría de todos sus amigos con una gran fiesta y estaría haciendo el amor durante toda la noche. No dije nada, y ella creyó que no la había oído. Sí la oí, pero yo estaba pensando en Amalia, en la noche en que supe que estaba enamorado de ella. Si hubiera muerto ese día, me habría perdido muchas cosas.
Puede que ya no esté tan seguro de elegir el día en que hubiese querido morir. Juzguen ustedes y elijan por mí, pero hagan el favor de darse prisa.

5216889287_d29a733b50_z

(*) Todas las imágenes que ilustran esta entrada son obra de Edgar Ende

diseno-floral-retro_23-2147486730

TUNO VIEJO

Certamen_de_Tunas_-_imagen_del_cartel_anunciador

TUNO VIEJO

Hace unos días, (en mi anterior post en este blog) escribí acerca de las indeseadas circunstancias que nos acompañan en el último trayecto de nuestra vida. Ese artículo, estaba escrito de forma jocosa y exagerada como correspondía a mi propio deseo de desdramatizar esa etapa vital en la que se van escondiendo –acobardados y contritos–, los reflejos y las aptitudes; las prebendas que el simple hecho de nacer regala cuando se empieza la senda y que la edad, cuando va creciendo –cicatera que es cómo nadie– se encarga de arrebatarnos. Hoy, miren Uds. por donde, les voy a hablar de otra de esas facetas que va perdiendo fuelle por eso del inevitable transcurrir de la vida. La salud. En realidad, me refiero a la mala salud final. Y esto, cómo se comprenderá, no resulta ni tan jocoso, ni tan agradable de leer.

silueta
Vamos a ir por partes (en este caso puntualizaciones) que como es habitual –y no sé realmente el porqué– son siempre tres. Después, como los ingredientes de una buena mayonesa, las ligaremos todas para conformar el final deseado que no es otro que un relato que voy a adjuntar de un querido amigo. Póngale ajo a la salsa, al que así le apetezca, para que pique con razón.

0
La primera parte y/o puntualización:

Es el protagonista central de todo este artículo, mi querido y admirado amigo Pedro Rojano o lo que es lo mismo Pedro González Caraballo, o lo que es lo mismo, el Caraladrillo, o lo que es lo mismo, el Papilla o lo que es lo mismo –y cerremos el círculo vicioso– mi querido y admirado amigo Pedro Rojano. Pedro Rojano, es un fantástico y laureado escritor malagueño; este año sido el ganador –también de otros muchos anteriores– del primer premio del XIV Certamen de Declaraciones de Amor que convocó la Red de Bibliotecas Públicas del Área de Cultura del Ayuntamiento de Málaga. Entre más de cien trabajos literarios, él ha sido el galardonado; ahí es nada.

Y es este querido amigo, el autor del texto –precioso texto con final inesperado– que ahora, al final, vais a tener la oportunidad de leer. Si así lo queréis.

La segunda parte y/o puntualización:

Situemos al lector en el escenario adecuado: Tanto Pedro como yo formábamos parte in illo tempore de la Ilustre Tuna de Económicas de Málaga; hoy, en la Sección Emérita; es decir, retirados. Aunque eso de retirados (en mi caso sí que lo estoy completamente, salvo de las periódicas reuniones bimensuales y algún acto preciso) en el caso de Pedro, es un decir. Y es un decir, porque Papilla, sigue en activo; Y, se preguntarán Uds.… ¿Cómo es eso, disponiendo de las edades que se maneja? Pues lo voy a explicar:

Estudiantina_Espagnola_-_Le_Monde_Illustré_-_16_mars_1878
Y lo explico: Porque hoy, impensadamente y desde hace unos años, hay un renacimiento insólito y excepcional (a mi modo de ver) en cuanto a las Tunas Universitarias Clásicas. Y ese renacimiento ha sido posible gracias a una nueva especie llamada “Cuarentunos” que no son otros que los ex componentes, de Tunas Universitarias, entrados en décadas: Los Cuarentunos, son erróneamente llamados así; porque la mayoría rondan (que apropiado) y/o superan el medio siglo de edad y –en muchos casos– se acompañan de algún lustro más cómo guarnición. Así que estos deberían –por cuestiones temporales y semánticas– pertenecer a cincuentunas y/o a sesentunas. Generalizando: Tunosaurios o Antidiluvitunos. Debo de aclarar que Pedro no se siente en absoluto perteneciente a ninguna de estas especies mencionadas. El sigue siendo Tuno activo por derecho. No de Derecho, de Económicas, volvamos a aclarar.

fadosweb
No obstante para gozo y regocijo del segmento, esa especial e inacabable predisposición que tienen estos amigos a seguir divirtiéndose y disfrutar de la música, proporciona una nueva vitalidad, un nuevo vigor y empuje en una institución que –hubiese sido una pena–se podría haber diluido en ese piélago execrable que es el olvido o lo que es peor: denostada por el injusto desaire y menosprecio de pamplinas fanáticos e intolerantes “modelnos tontosajones” que no saben de qué va la cosa de la tradición y lo presuponen todo.

Gracias al empeño y a la determinación de estos antiguos Tunos (ya todos no sólo situados, sino casi entrando en la meta final de su vida laboral) se ha desencadenado (aclaremos que no me refiero a los Tunos oficiales en activo, que esos llevan, como siempre, su tarea de serie) lo antes mencionado: un renacer, un resurgir del arte del buen trovar y del mejor cantar, de la indiscutible solvencia en la disciplina del disfrutando y libando someramente (en casos, no) divertirse. Del perseverar y afianzar amistades que vienen de muy lejos. Y también, de camino, contribuir a no perder un tipo de música que – manque le pese a muchos snobs– tiene más historia y solera que bastantes de los estilos actuales de música.
Y estos viejunos ayudan –y muy mucho– a perpetuar este estilo de vida.

tuno-antiguo
Y la tercera parte y/o puntualización, y ya terminamos:

El querido amigo y escritor antes citado, me remite un relato –yo conozco bien esa situación que narra– en el que se cuenta sobre una reunión de antiguos componentes de la Tuna Universitaria de Económicas y en la que –con la excusa de no se sabe bien qué– volver a compartir mesa y mantel; volver a contar otra vez mil recuerdos y anécdotas otras mil veces contadas; rememorar exagerando hasta lo chocante chascarrillos y viejas aventuras que ya –desafortunadamente– no volverán con toda seguridad a producirse. Siempre, malamente acompañados por alguna ausencia irreparable y, sobretodo, con las decadencias físicas aportadas por las antiguas amistades que perduran en el tiempo.
Es este, un relato tan tierno cómo desolador por su inapelable viso de evidencia y veracidad. Una crónica bien situada en el tiempo y en ese lugar común que todos los del gremio tenemos en nuestra memoria y que nos lleva –sin quererlo ni poderlo evitar– a la triste realidad de las facultades perdidas. A las capacidades dormidas. Al inevitable desenlace del viaje existencial que a todos nos ha de llegar.
Un relato apesadumbrado y afligido que sólo nos alegra un final imprevisto. Inesperado; muy a la Roald Dahl manera. Y que desde aquí os recomiendo leer encarecidamente. Sin nostalgia de lo pasado. Sin la morriña y la melancolía de lo que fue o de lo que, por tu bisoñez, pudo ser. Porque no hay mayor martirio que soñar –sin renunciar a él– con un pasado que es imposible volver a vivir con la misma intensidad e ilusión que fue vivido.

Este es; se llama El Regreso del Profeta y está incluido en un libro de relatos llamado “La naturaleza del ladrido”:

EL REGRESO DEL PROFETA

Disfrutadlo. es de Pedro Rojano.

bailando

separador***

**

*

 

EL CORREDOR Y LA BAILARINA

(I)

EL CORREDOR EN EL OLIMPO

Para Carlos

 

Hoy me ocupan el ánimo dos circunstancias distintas. Dos sensaciones. Una dicotomía que dicen los tontopollas.

Estas son: una profunda alegría por un lado y la percepción de faltarme algo por el otro. Y las dos circunstancias, las dos percepciones, las dos sensaciones, tienen un nexo común: Mi querido y alejado amigo Carlos Gil Passolas. De viaje por esos Olimpos de Dioses.

La alegría me viene por la  justa concesión -y entrega ayer- del Premio Andalucía de Turismo. Sí que me ha dolido ver en la prensa a sus hijos Christian y Cler recogiéndolo en su nombre. Aunque por otro lado, también respiro con alivio al no tener que haber asistido y oír las palabras de Cathy -su mujer- por medio de vídeo desde Nueva York. Suelo ser cobarde antes las emociones; cosa, que por otro lado, me importa un bledo. Que me la trae al pairo, vamos. No soy persona que se avergüence de sus afectos y sentimientos.

La percepción del faltarme algo, viene dada, por que este año nadie me hablará, con el énfasis y la vehemencia habitual, de su participación -como cada primer Domingo de Noviembre- en la Marathon de la ciudad que tanto amó (y que tanto amo yo): New York City. Tampoco nadie -a la vuelta- me enseñará fotos (¡¡¡ en papel !!!) de la carrera.

No hace mucho, un amigo común, el escritor Pedro Rojano me remitió una narración escrita con el corazón -como no podía ser de otro modo- con Carlos Gil como protagonista corriendo el Marathon. Ese Marathon suyo de cada año. Acordamos los dos que no se publicaría este articulo, que ahora estáis leyendo, hasta que no estuviese encima la fecha de dicha carrera. La fecha es el próximo Domingo.

En estos días, Nueva York hace honor a su fama de ciudad catastrófica (en el cine) y hace realidad una de sus pesadillas en forma de tormenta perfecta; me imagino que George Clooney aún no se ha recuperado de la última. Y Godzilla, el meteorito, los extraterrestres y el tsunami están libres de guardia.

Tan fuerte ha sido este meteoro que se ha inundado Brooklyn Heighths, ha ardido parte de Queens, han cerrado la Grand Central Station y todos los transportes incluido el Metro. El Top of the Rock, El Empire State, no se podían visitar; y lo que es mas peor y elocuente: Los McDonalds de Times Square… También permanecían cerrados!!! Inequívoca y palpable demostración del desastre sufrido.

Por llevarse para adelante, se ha llevado -por primera vez en su historia- hasta  el New York City Halloween Parade: el tradicional desfile de los Zombies que  se celebra por estas fechas.

Han cerrado los túneles que unen los distritos de la ciudad. Por cerrar, hasta el Puente de Brooklyn entre otros, ha estado dispensado de asistencia a clase justificado por el South Street Seaport también inundado. Pier 17.

Pero lo que no han podido ni el ciclón ni el tornado, ni las lluvias, ni los vientos huracanados, ni los devastadores incendios de Queens, ni las inundaciones. Ni tan siquiera la inhóspita soledad de centro del mundo -anegado esta vez de agua en vez de luz de neones- ha sido, cancelar el Marathon de Nueva York. Con el beneplácito de los Dioses del Olimpo. Convencidos estos – estoy seguro- por uno que yo me sé.

Porque yo, desde aquí hago responsable, ante todos, y para que así conste, a Carlos María Gil Passolas.

Porque nadie -aún estando en el Olimpo- tendría tanta vitalidad (sí, he dicho vitalidad y además, en presente) e insistiría tanto en que se celebrase.  Nadie como él, dispondría de tanto poder de convicción y razonamiento para que los Dioses le complazcan y agachen la cabeza. Aplacando a las tormentas, por muy perfectas que sean . Todo con tal de que el humano se callase de una vez.

Así que dándolo por imposible, Eolo y el Titán mamón de turno, tiraron la toalla.

Poseidón, Ares y Fobos y cualquier otro Dios catastrófico, dejaron  de importunar a la ciudad con tal de que el díscolo mortal, les dejase en paz.

Por eso, van permitir que el Marathon de este año, se vuelva a celebrar. Para que este pesao -dicen ciertamente agobiados- nos deje en paz!. De una puta vez.

Yo, con Baco y su primo el griego Dionisos, como es natural, celebraré este nuevo éxito del amigo. Aunque sea sin fotos en papel.

Este es el relato de mi amigo Pedro Rojano dedicado a su otro amigo Carlos. El llamado Gil Passolas. El que todo lo consigue. Esté donde esté. Aunque sea en el Olimpo.

 

Nota de última hora: Los Dioses de la maldad, para hacer honor a su calificativo, han incumplido la palabra dada a Carlos, y multiplicando víctimas y daños, se ha suspendido la Marathón

 ***

(II)

EL CORREDOR Y LA BAILARINA

 

Para mi amigo Carlos Gil

que aún corre maratones

 

Siempre que viajaba a Nueva York le gustaba alojarse en Tribeca: un barrio tranquilo y deliberadamente bohemio que aún conservaba el sabor del Manhattan de los setenta. Nada parecido a los elegantes barrios del Upper West Side, donde la gente pudiente y envejecida vivía apartada de las nuevas tendencias.

A pesar de sus sesenta y cinco años, Carlos no faltaba a su cita con la maratón de Nueva York. «Para correr cuarenta y dos kilómetros –decía­–, solo hay que mentalizarse». En eso influía su enfermizo entusiasmo por hacer cosas.

Llegó con una semana de antelación. Era imprescindible hacerlo con tiempo y entrenar todas las mañanas. El sábado cruzó por Hudson St. para llegar a la parada de metro de Franklin. Con las primeras zancadas se alegró de usar las cómodas New Balance, las mismas con las que había corrido la última edición. El año pasado completó la carrera en cinco horas diecisiete minutos, una marca muy lejos de las tres horas treinta y cuatro que alcanzó en el 99, pero entonces eran otros tiempos, con menos años y más interés por la conquista.

Al salir del Subway en la 42st, comenzó a ascender por la séptima. Respiraba a ritmo, uno dos uno dos, inspirar espirar, repasando en su mente el programa del día: comprar vitaminas en la herboristería del 156 de Buxter; buscar el objetivo 55/180 en el B&H junto a Penn Station; llamar a Cathy; recoger la ropa de la lavandería; escribir un correo con instrucciones para la oficina. Uno dos uno dos, inspirar espirar. Mientras su cabeza se organizaba, se abría paso a través de la apagada imagen de Times Square, inusual a esa hora de la mañana: con intenso tráfico pero sin bandadas de turistas. El ejército de luces, pantallas y anuncios gigantes sobre los edificios aún no destacaba, como una actriz sin maquillaje.

Al pasar junto al edificio del Hotel Plaza, uno dos uno dos, inspirar espirar, giró a la derecha para recorrer la 59st frente a las relucientes calesas que se alinean a orillas de Central Park. En la esquina se detuvo junto al semáforo que acababa de cambiar a “DON’T WALK”. Mantuvo el trote para no enfriarse. Una chica se detuvo a su lado, vestía un plumón que le cubría hasta la cintura, las piernas enfundadas en una malla negra de bailarina y unos calentadores de rayas naranjas y verdes que le abrigaban las pantorrillas. Tenía el pelo recogido con una cola, y el rostro maquillado como si fuese a salir al escenario. Mientras aguardaba en el semáforo, aprovechó para estirar el cuello a izquierda y derecha, se puso de puntillas, apuntó los brazos al cielo un instante y los desplegó hacia los lados con las muñecas flexionadas como alas de águila. Los agitó suavemente en el aire con los ojos cerrados y en perfecto equilibrio.

Carlos pensó que aquella bailarina era una señal inequívoca de buen augurio.

En Columbus Circle ya lucían las pantallas donde el domingo los corredores podrían contemplarse agigantados por unos segundos. Carlos atravesó la plaza y enfiló uno de los senderos. Los pitidos de los taxis se fueron disolviendo en el aire, y al cabo de unos minutos pudo escuchar la fanfarria de una banda cuyos músicos ensayaban sobre la hierba. Carlos sonrió. Con aquel sonido, tan familiar para los corredores de la maratón, percibió los primeros nervios. Uno dos uno dos, inspirar espirar. Imaginó que se encontraba en la línea de salida, un punto incierto del puente de Verrazano, rodeado de corredores, con la imagen empequeñecida e inalcanzable de Manhattan más allá del mar. ¡Cuánto le fascinaba esa silueta, marcada sobre el gris brumoso del amanecer, desafiándole un año más a alcanzarla!

Uno dos uno dos. Al pasar por Stramberry fields sintió una débil punzada en la pierna. Uno dos uno dos, inspirar espirar. Otras veces le había venido un dolor a la altura de las ingles, un dolor muy intenso, como un pellizco, pero no hacía caso. El sabía que era su propio cuerpo que trataba de desanimarle. Al cabo de cierta distancia volvió a notar el pinchazo, esta vez un poco más doloroso, aunque ahora en la otra pierna. Uno dos uno dos, inspirar espirar. Hizo ademán de pararse, pero no lo hizo. Por nada del mundo iba a dejar de correr.

De pronto, uno dos uno…, su cuerpo se detuvo en seco.

Fue un frenazo repentino y tan brusco que ni siquiera produjo inercia, como si se hubiesen fundido los plomos de un tiovivo. Si no fuera por la puntera de su pie izquierdo anclada en la tierra, Carlos se hubiese quedado en el aire. El brazo derecho estirado hacia adelante, paralelo a la pierna izquierda que a juzgar por la tensión del gemelo, parecía tirar de todo el cuerpo. La cara de Carlos también había quedado detenida en ese instante en un gesto de esfuerzo, los ojos ligeramente desencajados y la boca componiendo una violenta forma de u.

Al principio no fue del todo consciente, durante unas décimas de segundo pensó que continuaba corriendo, que tan solo se trataba de su imaginación, pero fueron sus brazos y sus piernas detenidos en ese escaso metro cuadrado los que le revelaron que aquello no era normal. Cuando asumió su absurda postura, quiso cerrar los ojos para concentrarse en lo que le había ocurrido, pero no pudo hacerlo porque también habían quedado estáticos. «Está bien Carlos, no desesperes, es solo un tirón» trató de convencerse, sin embargo por más que lo intentó, los músculos de brazos y pies no respondieron.

Carlos no lograba liberarse. Hizo incontables esfuerzos por moverse tirando de su brazo izquierdo que debía de actuar de palanca para el resto del cuerpo, o de sus abductores para lograr la flexión de los muslos. Quiso gritar, quiso golpear el aire con los brazos, doblar la cabeza en cualquier dirección, pero todo fue en vano. «La perfecta estatua humana», ironizó, «solo falta que alguien pase y eche una moneda.» ¿Qué había pasado?, todo iba normal, no era la primera vez que corría, «¡Por Dios!», se lamentó en silencio, y comenzó de nuevo a tirar con violencia de las neuronas, que en ese momento eran las únicas que respondían.

Un grupo de corredores pasó junto a él sin reparar en su extravagante postura. Carlos trató de llamar su atención, pero su cuerpo le negó cualquier gesto de auxilio, el más mínimo sonido. Al sobrepasarlo, el joven que cerraba el grupo le miró con un aire extrañado, como aquellos que ven practicar taichí por primera vez. Luego volvió la vista e hizo un balanceo con la cabeza que a Carlos le pareció una burla. Cuando les vio alejarse, cayó en un profundo desaliento. Comenzó a plantearse la remota posibilidad de no recuperar su estado normal, pero no quiso rendirse, no era su estilo. Se propuso continuar tirando de aquel cuerpo que no parecía ser el suyo. Fueron muchos minutos de violenta desesperación los que le acompañaron, hasta que el cansancio le obligó a dejarlo. Se dejó llevar por una especie de sueño, aunque con los ojos abiertos. Tanta adrenalina le sumió en una flaccidez mental que relajó su musculatura.

El frío le rescató del abotargamiento. La posición estática no propiciaba una buena circulación y comenzaba a sentir un leve hormigueo. El sol caía vertical sobre su figura. Habrían transcurrido tres horas desde que salió del hotel. Recuperó cierto ánimo y decidió buscar alternativas. Tuvo que ser algo que comió, o quizás algo que hizo, un mal gesto, una incorrecta posición al andar. Se esforzó por recordar todo lo que había hecho el día anterior. Había estado trabajando en el centro de negocios del hotel, concertando las citas para la próxima promoción de Febrero. Había tenido tiempo incluso de acercarse en metro hasta el W hotel de Union Square donde se celebraría el workshop para los participantes. Todo había ido bien, sin complicaciones. Recordó incluso la impresión que le causó al gerente del hotel, cuando éste le invitó a visitar el salón y tuvieron que subir por la escalera hasta la segunda planta porque un grupo de japoneses recién llegados estaban acaparando los ascensores. Subieron los escalones de dos en dos. El gerente era un chaval que no tendría más de cuarenta años y aún así llegó jadeando. Bromeó con Carlos porque no podía creer que con sesenta y cinco años tuviese esa agilidad. Carlos sintió una íntima satisfacción, pero no hizo nada por demostrarlo, únicamente, cuando estaba a punto de marcharse y tras cerrar el acuerdo con un apretón de manos, no pudo resistir la tentación de decirle que dentro de dos días participaría en la maratón. El joven directivo le miró sorprendido, con una sonrisa que escondía una leve sensación de culpa.

Un cosquilleo en el pie derecho interrumpió su repaso. No podía verlo, pero por el jadeo y el impaciente movimiento alrededor de su pie, intuyó que se trataba de un perro. Pensó que al menos un animal había percibido su petición silenciosa de auxilio. El perro comenzó a ladrar. Carlos dedujo que se trataba de un chihuahua, o un caniche, algo por el estilo. Notó entonces un hilillo que le humedecía el calcetín, caliente al principio pero a medida que se adentraba en su zapatilla se hacía más y más frío. Luego escuchó corretear al animal hacia el prado que se abría a su espalda con sus ridículos ladridos apagándose en la lejanía. Tras él no escuchó a nadie. Intentó descalzarse, pero una vez más, fue consciente enrabietado de su nuevo estatus de impotencia. Trató de gritar de nuevo, de lanzar improperios al perro y al dueño del perro, insultar a cualquiera que pasase por su lado. Pero era imposible, Carlos sintió el deseo de golpearse, acabar de una vez con la pesadilla, reventar su estatua de sal sobre el pavimento. «¿Por qué yo?» , se preguntó varias veces seguidas, «hay miles de corredores». Y no pudo evitar lamentarse por el truncado futuro. El sol ya no calentaba, tenía los músculos entumecidos y los ojos irritados.

De repente sintió un aliento en su cuello, sigiloso como un susurro. Iba y venía intermitentemente. No sabía de quien procedía, pero no dudaba de que alguien le soplaba en la nuca, podía percibir el calor de su cuerpo en la espalda. Trató inconscientemente de volverse, pedir socorro, pero de nuevo su paralizado cuerpo no se inmutó. Se concentró entonces en su cuello, al menos podía sentir el aire. No todo estaba perdido. Minutos más tarde volvió a percibir la soledad del parque. Quizás no había sido una persona, pensó, sino una pista para resolver la situación sin obsesionarse por el movimiento. De esa forma se dejó caer sobre su inmovilidad, liberando toda la tensión de sus músculos. Su mente comenzó a percibir variaciones del paisaje a su alrededor, como el canto de los vencejos cuyas sombras planeaban por la hierba, o el débil griterío de un partido de béisbol. Respiró profundamente para captar el aroma de los tulipanes repartidos junto al sendero, o la humedad del río que calaba los troncos de los olmos. Se concentró con los ojos en un punto lejano, una ventana del Huley Center de la 5ª que, desde allí, se divisaba a partir de la planta 17. «¡Si pudiera sentir el tacto, un leve contacto para comprobar que todo marcha bien por ahí!», pero sus dedos, los que veía desde su posición, estaban atascados. Uno de ellos sobresalía levemente hacia el interior de la mano: el dedo corazón, que en el instante de la parada se había quedado rezagado, y Carlos podía distinguir la falange como un enorme almohadón. Se concentró en él como si fuera una ventana en la lejanía.

Desde hacía rato nadie había pasado por allí, cada vez hacía más frío, aún quedaba luz, pero los rayos habían dejado de calentar. Tenía algunos compromisos antes del almuerzo que no había podido cumplir, le hubiese gustado llamar, excusarse. Le hubiese gustado no pararse estúpidamente en mitad de Central Park. Recordó que Cathy llegaba esa misma tarde a Nueva York. Además de otras muchas cosas, con su mujer compartía el amor por esta ciudad de líneas discontinuas, de blues subterráneos y encuentros fugaces.

La tarde doraba las hojas de los olmos. Podía sentir escalofríos a lo largo de su cuerpo. Pronto anochecería y Central Park quedaría a oscuras. Jamás se hubiese atrevido a adentrarse en la nocturnidad del parque, pero ahora lo valoraba como una opción: exponerse al ataque de algún delincuente y terminar de una vez por todas con aquella situación absurda. Estaba cansado de pensar, cansado de buscar una salida ante lo ocurrido, pero no había sido capaz de hacerlo en las horas que llevaba allí, detenido como una estatua. «¿Cuántas han sido?», se preguntó. Ocho, nueve… no podía saberlo, porque desde su posición era imposible consultar su reloj. Pero podía calcularlo por la luz, aún quedaban 30 minutos para que se ocultara el sol por completo, de modo que serían las 4 y quince. Probablemente Cathy, al no encontrarle, preguntase en el hotel. Se sorprendió de pronto como si hubiese movido las cejas. En el hotel le habían visto salir muy temprano con ropa deportiva, algún recepcionista se preguntaría por qué el huésped de la 905 no había regresado. Aún quedaba una vaga esperanza a la que agarrarse. No todo estaba perdido. Por un momento, en aquella posición de discóbolo, Carlos sintió correr por sus venas un hilo de victoria. Muy débil, pero cualquier movimiento de su cuerpo, por mínimo que fuera, se convertía en júbilo. En esto pensaba cuando volvió a sentir en el cuello el aliento que le había conmovido una hora antes.

Esta vez más suave, más discreto. Se quedó aún más petrificado. En esta ocasión no tuvo la intención inútil de volverse, de pedir ayuda: permaneció atento al dibujo imaginario que el aliento trazaba sobre su nuca, y que aventurándose aún más, comenzó a recorrer su cuello por un lateral. Carlos la tuvo entonces a la vista. Podía percibirla de reojo por su lado derecho, y poco a poco la imagen se fue haciendo más nítida hasta tenerla de frente. Era la bailarina del semáforo. Ahora tenía el pelo suelto, pero pudo reconocerla. Había desaparecido el maquillaje de su cara, y mantenía la mirada inexpresiva, como de muñeca. Ella lo observaba de cerca, los ojos se detuvieron en los suyos, ladeó la cabeza. Con su mano le acarició la mejilla y Carlos percibió aquel tacto como un cálido abrazo. Ella recorrió el contorno de su cuerpo con sus brazos de bailarina, recortando en el aire la figura del hombre en movimiento. Se detuvo un instante en la mano adelantada, donde se concentraba la voluntad imperiosa de Carlos de seguir avanzando, de no detenerse aún. La chica repasó sus dedos con los labios resecos.

Carlos fue testigo de este ritual, preso como estaba en su inmovilidad, sin intención de llamar su atención, de gritarle, de pedir auxilio. Estaba hipnotizado por el movimiento de aquella mujer, le deleitaba contemplar su danza, como le ocurrió por la mañana junto al semáforo. Su boca, inexorablemente abierta, dejó escapar un hilo de baba que recorrió su altura hasta el suelo. Estaba tan cansado que era incapaz de desbaratar el cuadro. Quiso dormirse en los brazos de aquella chica y dejar que la noche le convirtiera al fin en una estatua de piedra, en un símbolo de la anónima lucha diaria, una imagen que honrara Central Park y que convirtiera aquel rincón en lugar de peregrinación para tantos y tantos corredores. Quiso, en ese momento, convertirse en todo eso y acabar.

La chica estaba ahora frente a él. La luz era escasa, pero podía definir su silueta enmarcada sobre el camino. Ella bailaba de puntillas, girando sobre sí misma a la vez que sus brazos iban arriba y abajo dibujando suaves trayectorias. Su cabeza se inclinaba hacia las primeras estrellas, e imperceptiblemente se fue encogiendo hasta formar un círculo. Permaneció así unos segundos, tras ellos se estiró, consultó su reloj y se apresuró a recoger la mochilita del suelo. Antes de irse volvió a mirar a Carlos, se acercó y besó sus labios.

Él sintió el roce desde lejos, cubierto ya por la noche. Los ojos estaban tan irritados que no pudo darse cuenta. Sin embargo, ese beso fugaz le rescató del sueño que comenzaba a envolverle, los escalofríos volvieron a recorrer su inmovilidad y pareció como si una nueva savia circulase por sus arterias emplastadas. Volvió a concentrarse en el dedo corazón de su mano derecha, le pareció por un instante que se movía. Al principio una sola falange, uno dos uno dos, pero era un leve impulso para comenzar a tirar de todo su cuerpo. Quiso hacerlo ordenadamente, sin parar, para no dejar espacio a la angustia. Uno dos uno dos. Había olvidado todo, la carrera, los amigos, Cathy, la bailarina, su mente únicamente concentrada en un solo punto, el más avanzado, el dedo corazón se movía al completo hacia un lado y hacia otro. Todos sus músculos comenzaron a desentumecerse como una corriente viscosa y Carlos, en la oscuridad absoluta, volvió a moverse.

Le dolía el cuerpo como sin acabase de cruzar la meta de la maratón. Comenzó a caminar sin rumbo, y pronto se sintió más ligero. Probó a correr por el camino de tierra ahora que sus pasos le parecían distintos, y disfrutó de manera infantil con el avance del pie derecho y el izquierdo. Uno dos uno dos. Extrañamente el parque parecía no tener fin, pero a Carlos no le importó, quiso seguir corriendo con su recuperada vitalidad. En el horizonte, las luces de los rascacielos parpadearon como inciertas balizas sobre el firmamento. Carlos echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. Se imaginó sobre los poderosos brazos del puente de Verrazano al comienzo de una nueva carrera. Cuarenta mil corredores calientan a la espera del pistoletazo de salida; uno dos uno dos inspirar espirar. Carlos pudo visualizar el recorrido resumido en aquella imagen que tanto le fascinaba: la silueta de Manhattan insinuada con trazos de ceniza.


Pedro Rojano. Octubre 2012

UN MILLÓN DE MIRADAS.

I

UN MILLÓN DE MIRADAS.

Autor: Álvaro Souvirón Jr. “In the dark”

En su día, solicité una colaboración a mis amigos “Los Artistas” –para revestir de realce y prestigio este articulo de agradecimiento -con motivo de celebrar el inesperado e ilusionante hito del millón de visitas a este blog.

Un millón de miradas. ¡Que se dice pronto!

Nunca -y digo bien eso de nunca- supuse la enorme generosidad  que iban a desplegar estos amigos tras mi petición. Una generosidad que me demostrarían con el envío desinteresado de una muestra de sus trabajos para ser alojados en este artículo que ahora mismo tenéis delante de vuestros ojos.

Inesperadamente, tuvo esta petición, una impresionante capacidad de respuesta y de compromiso para con este blog, y por consiguiente, para con su creador y administrador.

Así que he decidido -sin tener que deliberarlo mucho- que, ya que ellos han tenido el altruista detalle de remitirme esos retazos de su arte, son ellos en exclusiva, los que van a configurar este post. Ellos van a ser los auténticos autores.

Yo, como me indica la sensatez, voy “solo” a aparecer “In the dark”. En la oscuridad.

Una anecdótica aparición voluntaria al comienzo de esta entrada. Ya estoy suficientemente citado (y bastante abrumado) hasta la mas inevitable vergüenza -esa que se debate entre la torera y la ajena- por las aportaciones de los amigos. Pienso que ya acaparo bastante, muy mucho, demasiado protagonismo.

No obstante… más adelante, realizaré un post de agradecimiento a todos los que hoy aquí figuran . Para contar el Making Off de esta historia tan emotiva de esplendidez, amistad y cariño.

Hoy, tengo el privilegio de teneros reunidos alrededor de mi blog. Y de consideraros, más que nunca, AMIGOS. Un millón de gracias por cada visita. Por cada mirada. Habéis -entre todos- hecho que este día sea absolutamente mágico y especial para mí. Un día perfecto. A perfect day!

Estos son los trabajos que me habéis remitido; Os estoy enormemente agradecido. A todos. A todos y cada uno de vosotros…

II

Los Trabajos:

Autor: Ángel Idígoras. Dibujante. “Para Álvaro”

Acertijo:

Bitácora de emoción

con nombre de padre y queso

que regala Souvirón.

¿Dime tú, listo sabueso,

qué visita hará el millón?

Si aciertas te doy un beso…

Autora: Mariví Verdú. Poeta. “Acertijo”

Autor: Joaquín Hidalgo “Quino. Fotógrafo. “Amanecer en el Espigón”

Ahora vivo a costa… De un millón de muertos, un millón de tumbas, un millón de espectros , de un millón de cuerpos, un millón de sombras, un millón de sueños.

Cecilia

Ahora vivo a costa…

De un millón de risas, un millón de llantos, un millón de gozos; de un millón de sosiegos, un millón de alegrías, un millón de festejos; de un millón de veladas, un millón de albas, un millón de tiempos; de un millón de acordes, un millón de poemas, un millón de versos; de un millón de colores, un millón de paisajes, un millón de lienzos; de un millón de ofrendas, un millón de halagos, un millón de pretextos; de un millón de moradas, de un millón de casas, un millón de techos; de un millón de lumbres, un millón de campanas, un millón de braseros; de un millón de tierras, de un millón de lagos, de un millón de cielos.

Ahora vivo a costa…

De un millón de amigos que vuelan con el viento.

Autor J. Rebuscá. Escritor. “Un millón de lectores”

Autor: Miguel Ángel S. Lucena. Fotógrafo. “Selfportrait”

# Una

Un millón de veces llamaron a su puerta,
un millón de veces entraban y salían.
Y él y todos… Así se complacían

# Dos

Un millón de veces a su puerta llamaron,
entraban y salían cada uno,

a la hora que mas les convenían.
Y él y todos… Así se complacían
# Tres y última
De un satélite a otro saltaban

y en su portal alegres entraban.
Un millón de veces fueron, y así,

como siempre, él y todos… Así se complacían.

Autor: Miguel Ángel Cumpián. Poeta. “Asi se complacían”

Autor: Gonzalo Martínez. Fotógrafo. “Bryant Park”

No he conocido a nadie más entusiasta con su blog que este hombre. Ni que pueda concitar tanta expectación ni aglutinar a tanta gente distinta, tampoco. Yo llegué a él por Nueva York, donde vive además, un amigo común; pero otros llegaron intentando aprender inglés y se encontraron con una ciudad vibrante, o unos cuadros, o tebeos y superhéroes, o unas poesías. Hasta relatos eróticos ha habido en este blog.

La posesión más preciada de mi librería me la regaló este hombre, junto con una mañana frente al mar, algunas conchas finas con vino malagueño y muchas risas y achuchones.

Felicidades, Gorgon.

Autora: Olga Ayuso Barreto. Periodista.  “Para Gorgon”.

Autor: Noni Gaviño. Pintor. “Sin Título” (In Absentia)

Un millón.

Un millón de palabras,

Un millón de miradas,

Un millón de risas,

Un millón de silencios.

Un millón de copas,

Un millón de caladas,

Un millón de lágrimas.

Un millón de “Te quiero”

Un millón de kilómetros,

Un millón de ciudades.

Un millón de personas,

Un millón de recuerdos,

Un millón de nostalgias,

Un millón de futuro.

Un millón de tí,

Un millón de nosotros,

Un millón de teclados

Que te siguen en este millón

De las libertades

De tu millón de amigos.

Un millón de poetas,

Un millón de escritores,

Un millón de fotógrafos,

Un millón de pintores…

… Un millón.

Un millón de abrazos

De quien, a lo mejor,

Ni te conoce.

Un millón de mí.

Autor Luís Centeno. Actor. “Un millón de mí”

Autor: Javier Rico. Dibujante. “Entre Millonario y Rico”

Acabo de llegar a Nueva York después de un duro día de trabajo. Bajo por la Quinta desde Central Park hasta St. Patrick, pero antes desvío la vista hacia el escaparate de Tiffany donde aún se reflejan las sugerentes gafas de Audrey Hepburn. Giro en la 47th y dos manzanas después, al llegar a Times Square, mi mujer me llama desde el salón para cenar. Apago el ordenador y una noche más dejo correr mi imaginación por los blues subterráneos de Gorgonzola.

Para mí, el blog de Álvaro es como viajar a Nueva York cada noche, salir de la rutina y dejarme llevar a través de sus palabras claras y certeras por su paraíso neoyorkino. Siempre he pensado que Antonio Muñoz Molina debió esperar un poco más para editar su magnífico libro acerca de esta fascinante ciudad, y es que, sin lugar a dudas, el blog de Father Gorgonzola es una de las ventanas de Manhattan.

Autor: Pedro Rojano. Escritor. “Para celebración”

Autor: Salvi Laporte. Fotógrafo. “Groucheando”

El olor de la biznaga

con espetos de sardina

en la noche de moraga

y el potaje la vecina.

El olor de Casa el Guardia

(A vino agrio)

A las conchas finas,

y a la grifa “el lejonario

El NH3 del váter de la Campana,

A los pollos de San Juan.

Y como es naturá…

El cuscús de calle (es)Camas.

Recuerdo…

El olor a la tienda del estraperlista,

Y a los mistos cachondeo

a bronceador de las turistas

y a cazuela de fideos.

Recuerdo…

Con flores a María

en el mes de Mayo,

el romero de la Esperanza,

y el meao de los coches de caballo.

Recuerdo…

La dama de noche y el azahar,

Recuerdo…

El atardecer junto al mar.

Recuerdo…

El perfume después de amar.

Autor: Salvi Laporte. Artista de la Vida. “Los olores que compartí con Álvaro Souvirón”

 

Autor: Jose Luis Zambrano. Artista. “Figura en barro”

 “ Y yo por los aleros

qué serafín de llama busco y soy”

García Lorca

Los violinistas conocen esta música

que el poeta escribe en el cielo con un puñado de agua.

Sólo ellos saben dónde una vez estuvo el aire

y cantan a la puerta desprendida del alma.

Te quise, entre espumas y nubes; te he perdido:

una alegre llama en los tejados se baña.

Me llamaste, canción del agua que un gorrión trae en el pico.

Te he visto: la vida de manzanas se empapa.

Los violinistas inventan el escote de las rubias muchachas

y van por la lluvia que llega,

pintada de abril, incendiando el agua.

Autor: Manuel Salinas. Poeta. “La música inventa”

Autor: Eduardo Guille. Pintor y fotógrafo. “Niebla en el Balneario”

Un blog malagueño que lleva el nombre de EL  BLOG DE FATHER GORGONZOLA  – si  pronuncias lo del Father con acento de Brooklyn, suena más que  genial –  es probablemente lo mejor que navega en estos momentos por el ciberespacio.

Su autor, un malagueño rabelesiano, brillante  e irreverente, se llama Álvaro Souvirón. Sus antepasados llegaron a Málaga desde el otro lado de los Pirineos hace mucho tiempo. Como es un genio le llamo maestro. Espero que no se enfade.

Me ha permitido su blog algo que siempre le agradeceré: volver, a través de su reino, a mi  Málaga con unas claves insospechadas. Y regresar a mi N.Y., también alojada en mi  alma compartida. Gracias a Álvaro, sé ahora que fue una buena acción cederle mi mesa en La Côte Basque a la señora Jacqueline Kennedy Onassis y a sus simpáticos amigos hace muchos años. Al fin y al cabo no muy lejos de allí, su nombre fue dado a lo que siempre fue el Central Park Reservoir. Creo que fue lo correcto.

Me dicen que el  blog del Father Gorgonzola se acerca al millón de visitas. No me sorprende. The sky is the limit, Álvaro!

Autor: Rafael de la Fuente. Articulista. “Para el millón”

Autor: Frank Ramos. Fotógrafo. “La mirada de Picasso”

Autor: Fco Javier López Navidad. Escritor y Poeta. “A Don Álvaro de Souvirón”

Autor: Antonio Ruiz-Molero. “Noche en la Merced”

Mi admirado y además amigo, Álvaro Souvirón, me ha pedido le escribiera un soneto para festejar que su blog, ha superado la cifra de un millón de visitas. No es un aniversario, pero si una fecha a recordar, y yo, que jamás me he autoescrito un soneto al llegar al millón de años, (algo que espero hacer dentro de 999.941 febreros) no quiero dejar de pasar la ocasión de que Álvaro tenga su soneto al millón de visitas, su soneto millonario, y cuando llegue al billón (que será seguramente antes de salir de esta jodida crisis) le escribiré otro.

“Soneto millonario”

El llegar a un millón no es tu tragedia.

Visitas por juzgar. Pierde la cuenta

de veces que cantaste las cuarenta

o te pasaste de las siete y media.

Tu blog no va  palmar. Palmar de Troya.

Jesús que disparate. Sube al carro,

al carro de combate y un cigarro

fúmate a mi salud. Que gilipollas.

Mas cuando solo quede un coito anual

y sea la  ley de vida, mala ley……. (que desengaño)

la que ponga el fin a la condena

entonces tirarás de la cadena.

Que llegar a un millón no es el final.

La vida sigue. Tu sigue siendo el rey……….(por muchos años).

Autor: Luis Bravo. Sonetista. “Soneto millonario”

Autor:Paco Aguilar. Pintor y Grabador. “Babel”

Málaga a 2 de mayo de 2012

Querido amigo Alvaro:

Con ese hidalgo gesto pudoroso del que da  mucho más de lo que , honesto, solicita, me sugieres que escriba unas líneas para tu Blog, en conmemoración del millón de visitantes alcanzado. Y esto hago ahora, contagiado del entusiasmo y la perseverancia  con los que has logrado cumplir felizmente tu tarea. Por lo que a mí respecta, no puedo por menos que reiterarte mi agradecimiento por la exquisita acogida de mis colaboraciones a las que siempre ilustras con tanta distinción, que a veces se ven superadas por tu prodigalidad. Espero que algún verso, que alguna nota irónica mía, hayan alcanzado su modesta misión: ayudar a encontrar el camino de vuelta a casa…

Como el viernes pasado regresó la lluvia fecundante, y aguaceró en la falsa pátina de esta ciudad encaramada en la petulante vanagloria de su turismo museístico y cultural, como llovió, repito, e incluso la redimió el granizo, he cambiado el aguafuerte de las páginas humorísticas que te prometí, por esta pequeña elegía a la niñez. Por un instante, el pequeño diluvio entreabrió el paraíso,  momento que aproveché para llenar mi sombrero de luciérnagas, de las que te hago llegar un ramo encendido.

Buenas noches, amigo. Gracias una vez más ¡Ánimo, salud y enhorabuena!

Autor: Juan Miguel González. Poeta. “Carta para Álvaro”

Autor: Antonio Abril. ” Sin Título” (In Absentia)

Cuando vemos bailar a la necia abundancia,

cuando el agua salada esperando está el tren,

sacamos los paraguas del país de la infancia,

y, felices, saltamos las tapias del Edén.

Cuando llorar sentimos a San Jorge en el pozo,

y sacar a las niñas de su chistera el mar,

impacientes volamos al domingo ventoso,

y a llover por las calles, y a coser y cantar.

Cuando por los rincones donde escarban los gatos,

al Diablo escuchamos maldecir y reír,

es porque desde el fondo de los secos regatos

los grillos y los muertos se alegran de vivir.

Cuando despierte el ángel de los viejos graneros,

y el arroyo, cantando, se asome al torreón,

ladrarán las cachimbas, piarán los sombreros,

y brotarán del árbol las habas con jamón.

( Del libro inédito “ El Carrusel de Hiedra”)

Autor: Juan Miguel González. Poeta. “Cuando vemos bailar a la necia abundancia”

III

Autora: Beatriz Taillefer. Pintora. “Balneario de noche”


Todos los amigos:

Juan Miguel González (Poeta), Mariví Verdú (Poeta), Rafael de la Fuente (Articulista), J. Rebuscá (Articulista), Javier L. Navidad (Escritor y poeta), Eduardo Guille (Fotógrafo), Joaquín Hidalgo (Fotógrafo), Salvi Laporte (Artista de la vida), Antonio Ruiz Molero (Fotógrafo),  J. Luis Zambrano (Artista). Beatriz Taillefer (Pintora), Frank Ramos  (Fotógrafo), Paco Aguilar ( Grabador y Pintor), Ángel Idígoras (Dibujante y Pintor), Miguel A. Lucena ( Fotógrafo), Álvaro Souvirón Jr (Hijo), Antonio Abril ( Pintor “In Absentia”), Gonzalo Martínez (Fotógrafo), Miguel Ángel Cumpián ( Poeta), Luis Centeno ( Actor y Poeta), Manuel Salinas (Poeta), Olga Ayuso ( Periodista), Pedro Rojano ( Escritor), Noni Gaviño (Pintor “In Absentia”), Luís Bravo ( Sonetista), Javier Rico (Dibujante),

A %d blogueros les gusta esto: