LA MÁLAGA DE LOS BARES PERDIDOS

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Muy raramente suelo insertar en este mi blog, artículos copiados –literal o parcialmente– de otros autores. Así que siempre que publico algo de otro – ya os digo, muy de vez en cuando– lo hago con su consentimiento o tras su propia petición.

Esta vez me voy a dejar llevar por la pasión y por la vehemencia; por la nostalgia más irrefrenable; y voy a asaltar impunemente al Diario La Opinión de Málaga que en la edición de hoy, inserta un reportaje tremendamente melancólico y apesadumbrado por la Málaga que fue y que ya nunca volverá a ser.

Una Málaga –la de los bares perdidos– donde los platos que se servían están hoy, o ridículamente proscritos ( los pajaritos fritos) o caídos en el desuso. Muchas de esas tapas y raciones, están hoy ridículamente “reinventadas” o ” deconstruidas” (dos palabras que me fastidian soberanamente) por chefs de nueva hornada o propietarios que son de esa proliferación cansina de taperías, tan uniformes y coincidentes en sus contenidos, como llenas de ineficaces platos cuadrados de pizarra donde el sopón está vedado por las propias leyes de la física.

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Este es pues el paseo, que por los bares de ayer, nos proporciona –y ahora vais a poder leer íntegramente– Guillermo Jiménez Smerdou.
Lo recomiendo a todos los malagueños que ya han flanqueado el medio siglo de edad; no hace falta que vistan calva o las disfracen de blanco. A mí, que ya supero esa edad, y a algunos de estos esteblecimientos los veo con una cierta lejanía temporal, sinceramente, que queréis que os diga, me ha emocionado verdaderamente.

Este es:

Ruta de la tapa por los bares de ayer

Guillermo Jiménez Smerdou, ex redactor de Radio Nacional de España en Málaga y premio Ondas, hace un repaso a los bares y restaurantes tradicionales del Centro y los barrios hace décadas, la gran mayoría ya desaparecidos

De los bares que poblaban Málaga hace cincuenta años no queda ninguno. El único superviviente era Orellana, que cerró hace poco. Se salva también el restaurante El Chinitas.
Sin circunscribirme al centro de la ciudad, o Centro Histórico como gusta denominarlo ahora, y sin orden ni concierto, y recurriendo a la memoria porque pasé por casi todos en distintas etapas de mi vida, voy a recordar los siguientes. No hay preferencia alguna. Cada uno tenía su personalidad, su clientela, sus especialidades…

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La Alegría, bar y restaurante, tenía una larga barra donde las bebidas más solicitadas eran los vinos de Montilla y Jerez, aparte la cerveza. Tenía la particularidad de ofrecer una larguísima lista de tapas que se iban sirviendo a medida que se consumían las bebidas. Los camareros reclamaban de la cocina ¡una primera!, para la primera copa. Si se repetía, el camarero cantaba ¡una segunda!… y así hasta que los clientes dejaban de trasegar. Eran tapas pequeñas que iban incluidas en el precio de las bebidas. Fue famosa la ensaladilla rusa.

Enfrente estaba La Hostería, con un mostrador diseñado para los jugadores de baloncesto porque el ciudadano medio tenía que sentarse en el taburete para ponerse a la altura del mostrador. ¿Tapas? Muchas. Pero la más apreciada eran los búsanos.

En la otra esquina de La Alegría estaba la Vinícola Cordobesa, con vinos de aquella tierra y bien surtido de tapas. No lejos, ya en la calle Mesón de Vélez, estaba Guerola, con vinos de la Mancha y con calamares fritos de platos estrella. Toda la calle olía a calamares.
Si uno se desplazaba hacia el sur encontraba la oferta de la Cafetería Granada, con personalidad propia. Era cafetería o bar de copas pero preferido para meriendas al aire libre en la calle Antonio Baena. Pero si se le apetecían gambas sobre otras viandas a dos pasos estaba El Boquerón de Plata, con generosas tapas de gambas para acompañar la cerveza. No lejos estaba Casa Antón, con una oferta distinta a la de los establecimientos citados. Ofrecía huevos de codorniz, croquetas, pajaritos fritos…

En el mismo sector, hacia la calle Marín García, uno podía buscar otras ofertas diferentes, como La Valdepeñense…
Más bares desaparecidos
Exceptuando Lo Güeno, que sigue en la brecha, todos los citados han desaparecido. En la calle Larios, en el mismo sector que iniciamos la ruta de la tapa y bares que solo están en la memoria de los que los frecuentamos, nos tropezamos con La Cosmopolita, más cafetería que bar, y enfrente La Chavalita, solo para matrimonios de cierta edad y por los general acomodados. El primer director que el Banco Santander tuvo en Málaga, que como buen bancario tenía ojo para captar potenciales clientes de sólida economía, comentaba que en La Cosmopolita se daban cita gente de todas clases…, pero los que tenían dinero de verdad frecuentaban La Chavalita. Ninguno de los dos existen.

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Como tampoco está el primer Refectorium, sito en la calle Liborio García, donde salvo los albondigones y las perdices servían el jamón y queso –todo de calidad exquisita– en papel de estraza. El nombre no se ha perdido porque la marca fue adquirida después por un nuevo empresario. Antes de instalarse en La Malagueta estuvo en calle Granados.
Strachan

En la calle Strachan se instalaron dos bares–restaurantes que alcanzaron gran prestigio con una clientela numerosísima. Estaba a tope todos los días. Cada uno tenía características propias. Estoy aludiendo a Los Faroles y Los Camarotes, el primero regido por Federico Torres Cuesta, que después se encaminó hacia el camino de la fotografía, cine amateur y vídeos, y el segundo por Eugenio Aichman, de origen alemán y que antes regentó o estuvo en Gambrinus en la calle Denis Belgrano.

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El alemán, aparte de las especialidades de su país como el Mettwurst, Lewerwurst, Bratwurst y otros embutidos de origen germano, ofrecía a su variopinta clientela boqueroncitos victorianos, rape, ensaladilla rusa… Él atendía al público y su esposa se cuidaba de la caja, aquellas mastodónticas cajas registradoras con campanillas que sonaban cuando se accionaba la apertura del cajón en el que se depositaba el dinero. Era un negocio familiar, y al desaparecer la pareja, el establecimiento cerró. Auf wiedersehen (adiós).

Los Faroles no era su competidor sino su complemento, o al revés: los dos se apoyaban mutuamente porque ofrecían tapas y platos diferentes. Gambas, merluza, las indispensables empanadillas, gazpacho que llegó a envasar para su venta en el mismo local, otros mariscos… eran los más populares. Y para completar la oferta, una bolera, la primera que se instaló en Málaga que se sumaba a la oferta de ocio.

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A la entrada de Strachan, haciendo esquina con la calle Salinas, estaba El Gallo, primero café a secas, y después rebautizado como Granja El Gallo. Cuando era solo café era el más popular de Málaga con los precios más bajos. Recuerdo que un empresario bastante rácano, de vez en cuando, premiaba a uno de los empleados más fieles con un café de pie en El Gallo. Le decía, «toma, Enriquito, para que te tomes un café de pie en El Gallo». Desprendido que era el gachó.

La ruta de las tapas

Sin salir del Centro se podía seguir la ruta de las tapas, por ejemplo, por el pasaje Marmolejo, donde estaba Las Baleares, cervecería y oferta del marisquero con sus búsanos y conchas finas crudas con limón o calientes con un aliño propio; muy cerca, en la calle Santa Lucía, estaba el Bar Pombo, cervecería decorada con elementos arábigos. Era uno de los lugares donde mejor se tiraba la cerveza. Y a dos pasos, el Bar Campos, famoso por sus pajaritos fritos.
Y no lejos, en la plaza Mitjana, El Rincón, donde la cazoletita de angulas con su salsa picante era el plato estrella.

No había que alejarse mucho porque la oferta seguía en la Cafetería Viena, en la calle Granada, donde el surtido de canapés invitaba a no abandonar el local hasta agotar la gama de la oferta. En la calle Ángel estaba el Bar Regio, con sus típicos soldaditos de Pavía, o bacalao rebozado. Y si uno quería degustar pulpos fritos, a tiro piedra como dicen en los pueblos, en la calle Capitán, se encontraba La Pilarica, con la particularidad de servir los pulpos con vino Málaga.
Pero había más, de los que no queda más que el recuerdo de los que los frecuentábamos. En la plaza de Uncibay, donde sigue Doña Mariquita con sus meriendas, se encontraba La Reja, con un plato muy solicitado porque era el típico del establecimiento: gambas fritas.

Sin abandonar la zona, el Bar Luna con sus biberones –vino de Jerez en botellas de 333 decilitros– el lugar de encuentro de personajes de la vida cultural de Málaga. La puerta de acceso era de cristal esmerilado que impedía ver desde la calle los clientes que saboreaban buen vino y tapas de jamón y queso. También estaba la Cafetería Santander, muy frecuentada por los futbolistas del Málaga.

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Y curiosamente, la tienda de ultramarinos El Aeroplano, en la esquina de Méndez Núñez con Granada, cuando echaba el cierre metálico a las siete de la tarde, dejaba entornada la pequeña puerta de salida para que accedieran unos asiduos amigos del propietario que convertía el mostrador de la barra y servía vino y toda clase de embutidos de los que vendía al público. En un rincón frecuentado por algunos periodistas, dibujantes y pintores. En la Buena Sombra, en la calle Sánchez Pastor, se citaban a diario muchos artistas que acompañaban la cerveza o el vino con guarritos, curiosa denominación de un bollito de pan con carne de cerdo.
Más lejos

En otros puntos de la ciudad existían igualmente bares y restaurantes frecuentados por los residentes en la zona; pero la fama sobrepasó las fronteras o límites de los barrios hasta el punto de incorporarse a la nómina del Centro, como los casos de El Trompi, en la plaza Montaño, que se hizo muy popular con sus gambas al pil–pil que se servían al diez, veinte, treinta y hasta el cien por ciento, que eran las dosis de picante que solicitaban al cliente. Al diez eran las menos picantes y las del cien eran el no va más. En los primeros tiempos había que hacer cola para acceder al pequeño establecimiento donde las ristras de ajos y guindillas decoraban el local.
Para tomar caracoles el lugar recomendado era el bar de la plaza Montes, en el barrio de la Trinidad. Era una taberna más entre las muchas que se repartían por la ciudad. Pero los caracoles con su salsa picante eran únicos. Para secarse las manos después de saborear el rico molusco de la tierra se colocaban en el mostrador rollos de papel higiénico.

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En la calle Monserrat, en el sector de Capuchinos, una calle terriza, con una gran variedad de baches y desniveles, empezó un bar dedicado a mariscos que respondía al nombre de Los Delfines. Pese a la odisea que suponía llegar en coche hasta el lugar elegido por el promotor del establecimiento, durante algunos años fue lugar de cita para consumir y deleitarse con gambas, cigalas, conchas finas, almejas… a precios mucho más bajos que en el resto de los del Centro. El local era frecuentado por personas del Centro de Málaga a través del boca a boca, que es la publicidad más efectiva y directa.

Poco tiempo después cambió de ubicación. Eligió una esquina de la Alameda de Barceló, mejoró la instalación con nuevos refrigeradores, mejor servicio y los mismos precios. Al fallecer el industrial en un accidente automovilístico en una curva del Paseo de Sancha (creo que fue atropellado) el negocio ya no funcionó igual. Creo que se estableció en El Palo.
Y más lejos todavía, en la rotonda Suárez, estaba Los Peroles, con sus discos de flamenco a todo trapo y almejas salteadas como nadie preparaba en Málaga en aquellos años. Siempre había tertulias discutiendo si el Príncipe Gitano cantaba mejor que Manolo Caracol. Pero la máxima figura del cante era, para aquella tertulia, Farina.

Después de este paseo por los bares malagueños algún lector pensará que el autor del reportaje se pasaba el día de taberna en taberna. Nada más lejos de la realidad. Es que sesenta y tantos años de ir de acá para allá frecuentaba los establecimientos citados y otros que recuerdo y no recojo para no cansar a mis posibles lectores. Pero echo de menos los pinchitos de Yudi en La Marina por poner punto final a este paseo gastronómico cultural que tengo en el baúl de los recuerdos de Málaga.

Autor: Guillermo Jiménez Smerdou–
Fuente: Diario La Opinión de Málaga

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LA TABERNA DEL CULPABLE

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LA TABERNA DEL CULPABLE

“La amistad es un comercio desinteresado entre semejantes”

(Oliver Goldsmith)

Siempre he sido más Botero que Sílfide. De satélite más que de estrella. Más humano que sujeto. Más copulativo que predicativo. Mas izquierdo que derecho (nunca viceversa)  y si la Tierra Media habitase, mejor ser Montaraz del Norte que Elfo de Rivendel. Antes lobo que Caperuza. Gigante malvado antes que guisante hervido.

 Siempre, siempre he sido, en fin, mucho más hombre tabernario que petimetre de restaurante.

 Mucho más de mesa basta de madera desmantelada que de otras cubiertas de lienzos y de paños; porque éstas últimas, las vestidas, suelen ir con guarnición incluida de servilismo decantado y falsedad marinada. Con eneldo, claro está. He adorado -y sigo adorando- esos locales decadentes donde todavía se sirven medias botellas de Cerveza Victoria vestidas de escarcha; con raciones de boquerones – también victorianos- agrupados en manojitos de a cinco. De a cinco, como las buenas bandas de Rock’roll.

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Hombre de las tabernas sigo siendo. Tabernas… Locales singulares esos donde se te dispensa del miremeusté y de la falsa apariencia. De  lo afectado y la obligada complacencia. Las tabernas, esas que te llevan de la mano hacia la conversación fraternal y a la francachela; del… Ponme otra, Manolo!  Al…  Corre por mi cuenta!

 Bodegas y tabernas; antros destartalados donde aun se pueden comer costillas fritas metidas en orzas de manteca y chorizos al infierno requemados por el sol que más calienta. Callos con garbanzos y estofadillo de carne de Babieca. Ensalada malagueña abacalá y caldito picante de pintarroja. Sopa de tomate y pan migao, con  aroma de hierbabuena. Siempre he sido, ya lo he dicho, menos de restaurantes; y más amigo de bares y tabernas.

 Mi querido amigo el poeta Miguel Ángel Cumpián, me remite un trabajo llamado La Taberna del Culpable. De ahí esta sarta inconexa de confesiones subjetivas.

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Mí querido amigo El Pelúo… Me doy cuenta, y quiero pensar bien, para ayudarme, solicita puntualmente servicios de escribiente que reduzca el ímprobo trabajo que acostumbradamente realizo en cuanto a traducción, limpieza y la siempre enojosa tarea, de dar más brillo a sus -últimamente escasos- trabajos literarios.

 Pues bien; como quiera que ahora me ha hecho llegar uno nuevo -llamado La Taberna del Culpable- con una inusitada limpieza en el texto;  buena y bonita letra, y con una parquedad exquisita de tachones- sólo los justos que le reportan la viveza y naturalidad propia de la impronta peludiana- he decidido colgar este trabajo tal cual. A pelo.

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Con imágenes escaneadas para que se aprecie meridianamente, el apego y el cariño de su dedicatoria hacia éste que os escribe -esta sí manuscrita- y la belleza singular de las palabras que me dedica.

 Esto es.

 Disfrutadlo. Es obra de un querido amigo, a pesar de él.

  MIGUEL CUMPIAN

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MICUÍDEFUÁ. LA INVASIÓN DEL PLATO CUADRADO

Micuídefuá.

La Invasión del Plato Cuadrado.

 

Me ha remitido mi querido Pepe Hurtado -ese que siempre va acompañado perennemente del adjetivo “amable”-  un video de Youtube muy ilustrativo que se llama así: La Muerte del Bar Español y la Invasión del Plato Cuadrado.

Un título absolutamente precioso no me diréis. Precioso y que da mucho que pensar.

Visualizar ese video, que recomiendo -y cuyo link, pongo al final- me ha hecho recapacitar acerca de los bares de nuestra vida. De aquellos que nos acompañaron y que se fueron o están a punto de fenecer por mor de la Invasión del Plato Cuadrado.

Mi amigo Cristóbal Marmolejo, me dijo en una ocasión algo así como que en esta tierra, siempre se acaba hablando de los bares de cada uno. Pues voy a darle la razón.

Da mucho que pensar, decía, acerca de los bares que hoy, apenas sobreviven y que frecuento de vez en cuando.

También, acerca de los actuales y más modernos; de esos de nueva implantación por toda ciudad que se precie y que, haberlos, haylos a patadas, oigan! Lo que yo les diga!

Esta época que nos acontece -dura  e interminable-  de crisis, tanto de valores como de dineros, está dando pie a una epidemia incontenible como son las nuevas taperías gastronómicas. Que -salvo honrosas excepciones, (que también las hay, mucho cuidado con las susceptibilidades) y salvo contados casos, y salvo también, en Catedrales como el País vasco y algunas más del Norte- están llenando cada rincón, cada esquina de nuestras ciudades. A un ritmo desmesurado e incontrolado.

Con portalillos que, en pos de una modernidad gastronómica absurda y casi agotada, nos están metiendo, a base de nombrecitos imposibles, toda una suerte de tapas –pintxos le llaman ahora los fisnos por aquí en Málaga- que nada tienen que ver con nuestra idiosincrasia del papeo y del tapeo.

He dicho idiosincrasia. Que el indio sin gracia, era el larguipìri de los Tres Sudamericanos.

Hoy, un bar, una tapería, no es nada si en su menú no figura, pongamos por caso, un foie Micuit de pato (o de oca) con una reducción de Pedro Jiménez. O unas Milhojas  de lo que sea… O, unos frescos canónigos danzando entre su queso de cabra y vinagre balsámico de Módena;  esos mismos que le dan la tonalidad verde adecuada al blanco impoluto y aburrido del plato cuadrado.

Que decir de un  cordero al horno con ragout de caracoles, hongos confitados y aceite de trufa? O no digamos de los arroces cremosos con setas y langostinos (también confitados, que aquí se confita todo) de a 18 levros el platito cuasi degustación; ese mismo que viene situado justo en medio de, ya te digo, de otro enorme plato cuadrado.

Shalauritas!

Fíjese Ud. que yo, desde los tiempos del Puto Pedro y del Lengua, dos locos insignes, ya me tomaba -en Casa Guardia- unos Pajaretes con unos mejillones al vapor que partían el alma por la combinación (hoy se llama maridaje) y no había ni que poner ni  tieso el meñique, pa cogerse el mejillón, ni chapurrear el francaise para solicitarlos al Jefe de Sala, que tampoco existía. Camarero y s’acabó!

Y además, te lo juro, carburo, te costaban cuatro duros. Literalmente; a pesar del pareado.

Hoy bajas al centro de Málaga, y los bares antiguos, esos de toda la vida, o están relegados al más injusto e inmisericorde olvido -cuando no al desdén de los majarones- o, por más trágala, están dolorosa e indefensamente rodeados de locales dirigidos por potenciales maltratadores de hígados de anátide. Los del  Micuit con manzana caramelizada; ya se sabe.

Soy del parecer -como mi querido compadre el actor Centeno- de que la esencia de una ciudad se masca –fitetú que apropiado- en los bares clásicos; más aún, en aquellos que conservan un cierto deje decadente.  Esos bares donde puedes seguir saboreando las especialidades de antaño, sin que te saquen el consabido ojo de la cara por servirte un trozo de tortilla de papas con cebolla y su mihita de mayonesa.

Esa misma tortilla, que en otros sitios te sirven, porque no han sabido sacarla con la suficiente destreza de la sartén, y la llaman “deconstruida”. Tócate los cojones. (Es broma, joer! Que me perdone el Adriá)

¿Y a que viene esta plaga interminable de nuevos negocios de hostelería de línea tan selecta como plana?… (Sigo insistiendo que hay muchas y  honrosísimas excepciones)

Pues voy a explicar mi teoría- y que mi amigo y Maestro, Rafael de la Fuente, me perdone la intromisión, el desconocimiento y mi torpeza por -a lo mejor- no saber separar casos y casas. Restauración y negocios mercantiles. Por no explicarme adecuadamente.

Hace ya algunos años, una espléndida Escuela de Hostelería llamada La Cónsula, dio origen a una saga de enormes y preparadísimos cocineros y profesionales que son hoy mitos y ejemplos a seguir en la cocina española. En todo lo concerniente a la gastronomía.

Cocineros que hoy disfrutan en los anaqueles de sus restaurantes de alguna que otra estrella Michelin. Los dos García – Dani y Jose Carlos- y Celia Jiménez, valen de ejemplo.

Fueron unos principios gloriosos de una cocina que hoy es referencia mundial. No nombro a nadie más; no se me acuse de querer ser invitado a sus mesas.

Pero… ¿Que es lo que pasa diez años atrás de esos ejemplares comienzos? Pues que, tanto la demanda de inscripción, como la proliferación de Escuelas de gastronomía, se han disparado; han crecido tanto, que el mercado no puede asumir tantísimo profesional de gorro alto, sartén y delantal.

Así que, hagamos cuentas:

Pongamos (siempre cifras imaginarias) que hay cuatro Escuelas de Gastronomía en la provincia de Málaga.

Pongamos 18 meses de estudios. Pongamos una media de 200 alumnos por escuela y curso…esto nos da una cifra si no calculo mal- de 800 cocineros o profesionales en esto del condumio, en un año y medio.

Si reducimos estos 800 profesionales a grupos de dos, que tienen la pretensión  -en el mejor de los casos- de asociarse y montar un negocio gastronómico, sale a razón de 400 nuevos proyectos de comederos de élite en la provincia de Málaga. Esto a su vez, supone una media de 22 nuevas taperías y restaurantes al mes. Más de 5 negocios de restauración a la semana. Cada año y medio.

Inasumible por una población, que en el mejor de los casos, hoy, esta descapitalizada y abrumada por la oferta.

Así que para paliar la escasez – cada vez más acuciante- de clientes y atraerlos, se inventan las jornadas de fines de semana. Las Jornadas potajeras. O de cuchara, que queda como mucho más fisno.

Como si la gente de a pie, no estuviesemos hasta los mismísimos de comer platos de cuchara toda la semana.

De esta manera, las puertas de las aspirantes a taperías con proyección, se llenan de trípodes anunciadores (una humillación para ellas, todo hay que decirlo) donde se  ofrecen… Este viernes…..Potaje de vigilia con bacalao. El sábado….Arroz  de Calasparra caldoso de mariscos y setas (no ponen bogavante porque espanta al consumidor medio)  Las lentejas de la Abuela Casilda… El Potaje de habas y chícharos de mi Tía Remedios.

Las Fabes con almejas….Los Garbanzos con espinacas….La Olla Gitana…La Berza de mi madre… Garbanzos con Bacalao… Fabada Asturiana… Un sinfín de platos de cuchara de toda la vida.

Que para ofrecer eso, digo yo, no se para que se han comprado una vajilla completa de trozos de pizarra negra para servir los guisos. Porque en esos platos, no es posible  hundir ni un puñetero barquito de pan. Los sopones de toda la vida. Ni en los potajes, ni en las tapas.

Porque ya me dirá Ud. si no es el perfecto fin de fiesta para  un plato de callos o de unas almejas salteadas a la marinera (Ya sean los callos de bacalao o las almejas de Carril) el acabar el guiso, matando tu último cucurrón de pan -por asfixia y en su propia agonía- en medio de un archipiélago de resignados migones ensopaos.

En fins… Que no hay tanta boca pa tantas tostas de cebolla caramelizada, naranja amarga y Micuídefuá.

Ya sé que esto, está contado de un modo entre lo grotesco y lo caricaturesco; bastante exageradamente, lo sé. Pero no es sino el principio de una reivindicación que hago al bar medio cutre y especializado de toda la vida.

Por encima de la falta de esa especialización de la modernas taperías –aunque parezca lo contrario, muchas de ellas ponen el mismo perro con distinto collar- , y antes, mucho antes de los tiempos del Micuídefuá.

Y yo me pregunto –tal y como se preguntaba Rockberto- Si ya no te acuerdas…de cuando comías pescaíto frito con pan?

Antes -y todavía ahora, en algunos sitios- si querías tomarte una tajá de bacalao frito (y frío por lo de la hora tardía) tenías que irte al Bar Málaga de Calle Santa María. Las gambas a la plancha eran patrimonio de cualquiera de los bares de Calle Comisario; esa calle que entre la Alameda Principal y Martínez, perfumaba con olor a sal tostada y humo de mar un kilómetro cuadrado a su redonda.

Los Biberones de vino de Montilla (siempre cobrados en reales) de Casa Luna en calle Granada;  y esa espeluznante  -y sugerente- combinación que suponía un cocktail rosado de champagne (con guinda roja náufraga) y pulpo frito en el Quitapenas del Pasaje de Chinitas. La ensaladilla del Bárcenas en Uncibay. Los caracoles de las Tinajas.

Los callos de Casa Carlos junto al Hotel Miramar. O la mojama asada de la Campana de la Malagueta. El Caldillo de pintarroja del Anchoíta y las tapas de caracola y adobo del Alaska en la futura Plazuela de Tabletom.

Los bartolitos y las ligeras del Orellana, Los pinchitos de vísceras de Casa Sami en el Muro de San Julián. Los de Judi en el Kiosco de la Marina. Las puntillitas en los Michirones de Calle Madre de Dios o el mero frito en su justo punto de Los Culitos allá por los bajos de la Cruz Verde. Las gambitas fritas del Mesón Pepe de la Plaza de la Merced… Carabineros de El Pimpi Florida y el Jamón del otro Pimpi legendario de la Calle Granada, 62… La Valdepeñense… Casa Hijos de Matías.

Porque remedando al Poeta amigo, la Tapa se eterniza en las tabernas.

Ahora, tó es mu fisno, amigos míos. Tó es mu fisno. Pero tó es lo mismo.

Porque la esencia del tapeo malagueño, se está perdiendo entre la deconstrucción de la tortilla papas de toda la vida y los trozos de Kobe asado sobre cama de guisado de Raf y su emulsión de albahaca; que no es otra cosa que el magro con tomate de toda la vida. En los pueblos de Dios, claro! En los pueblos de Dios.

Me ha dado mucha sed esto de escribir…así que me voy  tomar un gin tónic de Gin Mare y  tónica Fever Tree con una rodaja de pepino holandés, hierbabuena fresca cristalizada y tres semillas de nosequé para acabar de perfumarlo. Hasta saturar el olfato y que parezca que te estás tomando un trago de Álvarez Gómez.

Bueno, sabes? mejor me tomo un Cateto en la Campana y un par de conchas finas, muy pronto por la mañana. No sea que me vean y me vayan a tomar por tonto. Porque hay tantos tontos de Gin Tónic, como Tontos de Micuídefuá. Por mis cojones que los hay! A cientos. Con su reducción de Pedro Ximénez, como es natural!

Aquí tenéis el video de Youtube que habla de eso: De la Muerte del Bar Español y la Invasión del Plato Cuadrado.

Que lo disfrutéis!

Y de regalo:

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