UNA FALTA DE APRECIACIÓN

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UNA FALTA DE APRECIACIÓN.

Era Edelmiro Rodríguez, un cretino amargado de la vida. Un tipo victima de su propia mala baba y también, de una indiscutible mala leche.  No era de extrañar. Trabajaba en un oficio mal retribuido que no le reportaba ninguna satisfacción personal; permanecía soltero, pues no había mujer que soportara su carácter siempre agrio y avinagrado; además, olía mal. Apenas tenía amigos, y los que tenía, procuraban darle el esquinazo cada vez que el estúpido y cargante Edelmiro, trataba de apuntarse a cualquiera de sus reuniones. Por no tener, no tenía ni tan siquiera grupo de Whatsapp, porque nadie lo aceptaba. Era, lo que se dice, un fracasado social.

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Todas estas circunstancias a la corta edad de treinta y cinco –no era aparentemente tonto y se daba cuenta–le hacían ser un sujeto infortunado y un desgraciado;  una persona absolutamente infeliz perennemente ofendida con todo aquel que tuviese la desdicha de pasar cerca de su vida.

Pero aconteció que la suerte (que es osada y a veces irresponsable) se fijó en él. Y le regaló –sin pensar a quien le hacía el obsequio– la oportunidad de que se le apareciera (fíjense en el adecuado juego de palabra) el famoso y ladino Genio de la Lámpara Maravillosa.

Se le apareció Genio, como es pertinente, envuelto en humo y, tras el protocolo habitual y que me ahorro, le concedió, por eso de la crisis, un solo deseo.

–Uno sólo, Edelmiro; que está la cosa muy mala.

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Edelmiro se lo pensó y repensó. No quería bienes materiales. ¿Para qué? si no tenía con quien disfrutarlos. ¿Dinero? pues más o menos; su triste y apocada vida le salía barata.  ¿Amor? ¡¡¡Anda y que se jodan!!! Así que pensó en que lo que más le satisfaría sería gastar una broma pesada para hacérselo pasar mal a aquellos que lo despreciaban que eran –él lo sabía– muchísimos. De esa manera, podría reírse de ellos a mandíbula batiente durante un rato. Puro placer en su desdicha.

Así que le dijo a Genio…

– ¡Vale! ¡Ya lo tengo!

– Dime amo, le contestó este.

– Quiero que mañana durante un par de horas (tampoco quería ser demasiado cruel) a eso de las ocho y media de la tarde, a todo el mundo le desaparezcan de su cuerpo cualquier  tipo de prótesis que lleven. Todo lo que no viniera de serie en el ser humano al nacer.

Pensaba hincharse de reír, sentado cómodamente en el Café Central –y mientras se tomaba un café con los preceptivos tres churritos– reírse de lo lindo viendo cómo la gente no daba crédito a lo que le estaba sucediendo.

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Genio puso cara rara. No podía negarse; su palabra era ley y le era imposible negar cualquier petición por extraña que fuera.

– Sea! Contestó; y contrariado, desapareció tremendamente preocupado.

Al día siguiente, Edelmiro se fue tranquilamente paseando por calle Larios con tiempo suficiente para coger una buena mesa y esperar a ver si Genio cumplía la palabra dada. Pidió –desabridamente, pues no podía evitar ser desagradable– un café mitad descafeinado con leche descremada y sacarina (no podía ser de otra manera) y los tres churritos de rigor. Un botellín de agua fría le serviría para justificar las dos horas que pensaba tirarse sentado y riendo en el Café Central.

Justo a las ocho de la tarde, estaba el impresentable ya sentado con unos paquetes de  pañuelos de papel para secarse las lágrimas de risa que, con toda seguridad, les serían necesarios.

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Café Central. Plaza de la Constitución. Málaga. 20:30 horas. En punto.

Las señoras mayores que estaban sentadas a su lado, empezaron a gritar alocadamente viendo cómo el chocolate ardiente que estaban tomando caía a chorreones desde sus bocas desdentadas. Las chicas treintañeras de dos mesas más allá, observaron con estupor cómo las tetas se descolgaban una cuarta –libres de las prótesis de silicona–sobre sus otra vez voluminosas barrigas que volvían a tener el tamaño de antes de la liposucción.

Edelmiro reía a carcajadas sin poder contener las lágrimas. Menos mal que había previsto  su abastecimiento de pañuelos. No podía contenerse… Los caballeros caían sin el apoyo de sus bastones y sillas de ruedas. Abuelas que también caían, al desaparecer las prótesis de caderas. Señores calvos despojados de sus peluquines, niñatos sin rastro de depilación y las orejas vencidas sin esos piercings dilatadores; las mujeres, desamparadas por el láser, lucían horrendos bigotones y piernas y axilas con abundante bello. El abandono de los tintes en el pelo, propiciaban un incontable número de canosos… Edelmiro no paraba de reír. Desaforadamente se tronchaba viendo el ridículo general .

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Poco antes de las 22:30, decidió retirarse y dirigirse a su casa antes de alguien cayese en la cuenta de sus risas y de su actitud despectiva. Ya estaba bien.

No se sabe si por la abundancia de lágrimas o por distracción, no se fijó en que algunas de las personas caídas ni se levantaban ni se movían.

Llegó a casa, se puso cómodo (hoy no tocaba ducha semanal) se preparó un bocadillo y un botellín de Mahou y se sentó en el sofá para ver la tele. Se lo había pasado muy bien. Se había divertido un huevo. Sintonizó un canal cualquiera y vio que había un avance de noticias. Sin prestarle atención cambió de cadena. Emitían otro informativo. Pulsó de nuevo el botón y más noticias. Ya esto le extraño. Pulsó la 1 y estaban informando de millones de extrañas muertes acontecidas esa misma tarde en todo el planeta; entre las 20:30 y las 22:30.

Millones de personas a las que se les habían parado sus marcapasos. Conductores de trenes, pilotos de aviones que dejaban sin control esos medios de transportes y provocaban  terribles accidentes… Peatones atropellados a causa de su sordera o caídos en medio de las calles al fallarles las piernas ortopédicas. Los  trasplantados  y los ancianos alojados en residencias  fallecidos se contabilizaban en cientos de miles. El caos era total. Nadie sabía que podría haber pasado.

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Aturdido y asustado, llamó a casa de sus padres temiéndose lo peor. Al teléfono, le comunicaron –iban a llamarlo en ese momento– que su madre había fallecido debido a un fallo cardíaco.

Loco de dolor, gritó a Genio desgañitándose reclamando su presencia para recriminarle su excesivo celo.

Al aparecérsele, le pregunto el porqué de la nefasta magnitud del deseo concedido.

– Me pediste que «A TODO EL MUNDO» le desaparecieran las prótesis e implantes de sus cuerpos. Todo lo que no viniese de serie en el ser humano al nacer, añadiste. Y yo, amo, yo nunca discuto un deseo. Si no… ¿Qué clase de genio sería?

– Lo siento mucho, Edelmiro, pero me temo, que has tenido una falta de apreciación.

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Todas las imágenes que ilustran esta entrada, son obras de Eric Lacombe.

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INCONFESIONES

 

INCONFESIONES

«…se hallaba tendido en una chaisse–longue, y tenía en
su blanca mano una rosa sin perfume.»
O. Mirebau

 

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(© de la fotografía y posado: Maripili ¡Qué barbaridad!)

Conozco a Maripili ¡Qué barbaridad! desde los tiempos postreros del señor Don Eulalio Caballero de Verdaguer. Jefe de Protocolo que fue en, tiempos, de la Muy Noble Casa Castilolamancha. Líder y jerarca de aquel templo de la música y de la imagen que también lo fue La Cueva del Cerrado de Calderón donde tantas buenas producciones se fraguaron y tanto, tanto, sus amigos disfrutamos.

Siempre me gustó ese aspecto desenfadado y libérrimo que destilaba la moza en las fotos que yo veía de aquel domicilio que frecuentábamos a tiempo desfasado – cuando la salud del amigo común corría por los cauces debidos– pues los ambos dos, que somos ella y yo, nunca coincidimos en dicho templo en el mismo punto temporal. Lástima fuese.

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(© de la fotografía y posado: Maripili ¡Qué barbaridad!)

Sin embargo, y a las fotos me remito, me encantaba su estilo fresco y lozano. Me atraía mucho, ese su pelo que caía –como desmadejado– cubriéndole media cara; aportando a su semblante, ese aura de misterio y ocultación de actriz de los cincuenta que tanto gustaba a Caballero de Verdaguer.

Dispone Maripili ¡Qué barbaridad! de una risa contagiosa y descarada; produciendo en el que la mira, una mezcla de arrebato y de deseo difícil de evitar. Imposible de soslayar.

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(© de la fotografía y posado: Maripili ¡Qué barbaridad!)

Viste Maripili ¡Qué barbaridad!  un cuerpo concupiscente y lascivo. Una figura tan atrayente y libidinosa como erótica e impúdica… Así qué, sabiendo esto, tímidamente, sacando fuerzas de flaqueza –y venciendo mis temores al rechazo y a su arrebato–  le pedí con voz bajita y cómo no quiere la cosa, el que si se prestaría a ilustrar una nueva entrega de esta serie de poesía erótica que inserto en este blog y que ahora estáis leyendo.

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(© de la fotografía y posado: Maripili ¡Qué barbaridad!)

De manera inesperada (o no tanto, no se vayan a creer ustedes) Maripili ¡Qué barbaridad! se entusiasmó con la idea; y sorpresivamente, se prestó a ser la protagonista de esta performance virtual y dejar que pudierais imaginar –saliendo de su boca preñada de lujuria–  este poema  de Ana Rosetti.

Una perfecta combinación de la palabra y de la más deseable –y casi tangible– carnalidad que ahora, vais a poder disfrutar.

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Este es el poema de la Rosetti. A Maripili, ¡Qué barbaridad! … Ya lleváis un rato gozándola.

 

INCONFESIONES

Es tan adorable introducirme
en su lecho, y que mi mano viajera
descanse, entre sus piernas, descuidada,
y al desenvainar la columna tersa
–su cimera encarnada y jugosa
tendrá el sabor de las fresas, picante–
presenciar la inesperada expresión
de su anatomía que no sabe usar,
mostrarle el sonrosado engarce
al indeciso dedo, mientras en pérfidas
y precisas dosis se le administra audacia.
Es adorable pervertir
a un muchacho, extraerle del vientre
virginal esa rugiente ternura
tan parecida al estertor final
de un agonizante, que es imposible
no irlo matando mientras eyacula.

Autora del poema: Ana Rossetti

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(© de la fotografía y posado: Maripili ¡Qué barbaridad!)

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LA MEVA PRIMERA COMUNIÓ

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En el día de hoy –12 de Octubre de 2016 Fiesta de la Hispanidad–  y aprovechando que en el resto del país se celebra el ignominioso genocidio indígena,  se han reunido en el precioso Salón de Actos del Excelentísimo Ayuntamiento de Badalona, familiares y amigos de la encantadora niña Asumpta Aixó Comotepons hija de nuestros queridos amigos y correligionarios de la Esquerra Republicana Jaume Aixó Quetelocóms y su distinguida esposa Muntse Comotepons Porná para que esta (la niña) reciba el Pa amb Tomaquet de los Ángeles por la seva Primera Comunió Civil.

Prosternábase la adorable chiquilla ante un hermoso altar civil adornado con flores rojas y gualdas –tal si fuese perteneciente al Reino del Alto Aragón, la oíaporculo–  bajo la tutela de un enorme retrato del ínclito Oriol Junqueras que pareciera mirar a todos los asistentes a la vez sin doblar el cuello. Los hermanos de la educanda –el Gervasi y el Andreu– también vivieron intensos momentos de emoción y sentimiento sólo comparables a su reciente y exitosa Cerimònia del Descapull de la Polleta que les procuró un nuevo aspecto del miembro viril.

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La joven pollita, valga la repugnancia, vestía precioso vestido blanco de un tul ilusionante, tocado con barretina de encaje a juego y, en sustitución del rosario y el librito de nácar, portaba un Caganer de Artur Más y un espetec  muy  curado de la afamada Casa del Honorable Josep Tarradellas.  Las sublimes melodías del coro de las Germanetes Hospitalàries del Sagrat Cor de Jesús transportaban a los asistentes a las regiones más altas del paraíso independentista y hacían del acto, un gozo verdadero de consolidación y afianzamiento catalino.

La ceremonia laica (llamada así por la perra astronauta soviética) fue oficiada por la alcaldesa de la localidad Dolors Sabater Nascuda y oficiando de monago el diputado de Junts pel Sí Chakir el Homrani de profundas raíces catalanas.  Al final del acto, y al compás del Virolai, todos los asistentes abandonaron la sede municipal y se dirigieron a la Peña Culé de Sant Antoni Piruler para reunirse alrededor de un delicado ágape a base de productos típicos de la tierra. La niña Asumpta, se puso hasta el culo de comer  Faves ofegades, calçots  y Esqueixada y quedó levemente empachada.

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Firmaron  como testigos de la ceremonia civil: Gabriel Rufián Romero (Independent), Joan Tardà i Coma (Cap de llista ERC), Ester Capella Farré (Barcelona), Ana Surra Spadea (Independent), Joan Capdevila Esteve (Independent), Mirella Cortès Gès (Bages), Xavier Roger Anglada (JERC), Josep Manuel Bueno Martínez (Vallès Oriental), Andreu Francisco Roger (Maresme) i Paloma Tevar Poyato (Independent); i la del Senat, Santi Vidal Marsal (Penedès), Mireia Ingla Mas (Vallès Occidental), i Jordi Del Rio Herrera (Avancem).

( Que la independència els acompanyi)

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LO INJUSTO DE LA COSA

 

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LO INJUSTO DE LA COSA

Una amiga virtual, cuelga este mensaje en su muro:

«Cambia a su marido de 55 años por un argentino de 21. El plan PIBE.»

Me parece tan gracioso, que no sólo le indico que «me gusta» sino que le doy al botón de «compartir». Y lo comparto. No poblemo. Pero no puedo evitar caer en la reflexión de que si el texto hubiese sido…

«Cambia a su mujer de 55 años por una argentina de 21. El plan PIBA.»…

… la reacción de algunas amigas y conocidas hubiese sido tan iracunda como injusta. Tan irreflexiva cómo leonina. !Eso es machismo! me hubiesen espetado y regañado con esa autoridad que les da el simple hecho de ser mujer. Y me hubiesen regalado una cruel reprimenda (y su correspondiente retahíla de justificaciones), o lo que es peor, hubiesen tratado de darme una gratuita lección pública de urbanidad y comportamiento «entregéneros» con la intención de avergonzarme ante el personal.

Verán Ustedes: No se si se habrán dado cuenta algunos lectores fieles de mi muro que cada vez me prodigo menos por estos lares. Y cada vez me prodigo menos, porque cada vez me atrevo menos a dar una opinión fresca, directa y descarada; a manifestar algún pensamiento –sea jocoso o no– sin el temor a que alguna susceptible y puntillosa amiga se sienta enormemente insultada y vilipendiada  por un comentario mío contrario (según ella) a la respetabilidad femenina. Tócate los eggs! (or nipples!)

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Porque ahora, va y resulta, que después de toda una vida de amistad y respeto hacia las mujeres; de relaciones cordiales y muestras de cortesía perenne; de cariño fraternal, consideración y deferencia, va alguna que otra, va y resulta ahora, que si hago algún chiste subido de tono, alguna ocurrencia o broma que no le siente bien, soy un asqueroso machista.  Soy un varón prepotente, que desprecia al sexo opuesto, desde mi alcor altanero, arrogante y soberbio de macho Alfa dominante por los mismísimos cojones.

Y saben lo que las digo (el laísmo es adrede) ¡¡Que un órgano viril cómo un recipiente para realizar guisos al fuego!! Lo que viene a ser una polla como una olla. O un coño como un madroño; para que alguna se tranquilice y se le baje la glucosa.
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Nada me parece más despreciable (el Quid Pro Quo, ya sabéis) que una suavona (ahora me doy cuenta) que toda la vida se ha dejado lisonjear; que nunca ha renegado del mimo y del homenaje, ahora, estas alturas, ahora, cualquier tono involuntario y sin maldad pretendida, le produzca repulsa. Para –mirándote con cara de asco y desprecio– te mande a la mazmorra del desdén y de la desconsideración por tu injusto desaire al género femenino.

A ver… Tengo, como cualquier hijo de vecino, madre a la que amé y respeté durante sus ochenta y cinco años de vida. La mujer que comparte su vida conmigo (ya van para treinta y ocho años los que llevamos juntos) podrá quejarse de muchísimas cosas mías, pero nunca, nunca, de faltarle al respeto o de prepotencia sexista. Hasta ahí podríamos llegar.

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Mi hija, mis sobrinas (tengo muchas) sobrinas nietas, amigas… todas esas féminas que me rodean, pueden avalar mi justa y ecuánime repartición de derechos entre hombres y mujeres. Como no podía ser de otra manera; lógica y claramente. Así que no me malentienda, ni tergiverse mis palabras, individua alguna.

Nada me parece más interesante que una mujer con sentido del humor. Nada más sensual que cualquier amiga de las que tengo con la cabeza lo suficientemente bien amueblada para que entienda lo que deba de entender y que no rechace ser tratada con la deferencia de la cortesía y la condescendencia si así lo pretendo. Así que, de ahora en adelante, la mujer (o el hombre) que se sientan insultados por mis «métodos y comentarios machistas y despreciativos» (cosa que NUNCA JAMÁS he hecho), que tengan la gentileza de bloquearme. Porque si no, lo haré yo y esa carga que me habré quitado de encima para siempre.

Otro día hablaré de los que me consideran un asesino de animales porque no condeno las corridas de toros en plazas. Que también tiene su aquel.

 

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TIENE MARÍA…

 

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© Fotografía y posado: María Aguilar Montoya

TIENE MARIA…

Tiene María, cómo invitado permanente y duradero, el mar alojado en sus ojos. Lo sé, porque observándola atentamente –y dependiendo de la hora que sea del día– son azules índigo por la mañana temprano cuando el sol es aún tímido y vergonzoso. Al mediodía –y a causa de ese Terral sofocante que enfría el agua hasta impedir el baño– los ojos de María, se tornan verdes aceitunados o esmeraldas según le dé el capricho al cielo.

Llegada la tarde, no puede evitarlo y el gris ceniciento invade sus pupilas; hasta que al atardecer, su mirada se viste de un dorado resplandeciente y fulgurante y las aberturas de sus ojos derraman ríos de lava y lanzan partículas  piroclásticas de deseo, apetito y pasión, a aquellos incautos que están a tiro de esa mirada tan lasciva cómo inconsciente. Tan sensual como instintiva.

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© Fotografía y posado: María Aguilar Montoya

Tiene María la espuma del mar viviendo en su cuerpo. Fresca, apetitosa, deliciosa. Una espuma que apagaría la sed, si se tuviese la fortuna de que te permitiera beberla a tragos quedos y espaciados. Tiene María, continúo, un cuerpo que yo supongo moldeable porque eso, sin tocarlo, se nota. Dúctil y elástico; proclive a la caricia, al abrazo y al beso. Un cuerpo arrebolado por un sinfín de vistazos incontrolables de aquellos que pululan por los alrededores de su presencia física.

Tiene María, sigo diciendo, el color en su piel de la arena fina y húmeda de Cádiz. El sabor salino y fresco del agua atlántica en sus labios; el rosa mojado de esa lengua ansiada, anhelada y codiciada. Se sospecha que tiene María esa lengua viva y traviesa por la que perderías todos tus cartuchos de convicción sólo por invitarla a bailar en tu boca.

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© Fotografía y posado: María Aguilar Montoya

María (gracias preciosa!) ha sido tan gentil y benévola de remitirme esta serie de fotos para ilustrar este poema erótico de Juan Ramón Jiménez (habitual que es de esta sección) y que ahora os invito a leer:

 

LAS ROSAS PALPITABAN ENCIMA DE TUS SENOS

Las rosas palpitaban encima de tus senos
duros. Como una flora de las blancas batistas
que tus brazos rosaban cálidamente llenos,
los encajes tentaban con carnes entrevistas

¡Qué cándida lujuria en tus bucles con lazos
rojos! ¡Oh, tus mejillas, mates como jazmines,
bajo la llama negra de los hondos ojazos
sobre la pasión cálida de las rosas carmines!

Ibas hacia la vida con todo tu tesoro
intacto… Me mandaste tus pájaros de amores…
¡y te besé, temblando, tu alegría de oro
con un miedo doliente de poner tristes tus flores!

Autor del poema: Juan Ramón Jiménez

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© Fotografía y posado: María Aguilar Montoya

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CUANDO DESPUÉS DE AMARNOS

CUANDO DESPUÉS DE AMARNOS

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© de la fotografía y posado Chesha

Solemos hablar, mi querida amiga y yo, por estos laberintos controlados del ciberespacio.

Siempre, como es natural, dentro de la corrección y de la compostura debida. Tantos años de cariño, y de respeto hacia ella, me permitieron la osadía de la difícil pregunta: ¿Desearías amada prima, formar parte de la nómina de amigas que han posado para el Club de la Poesía Erótica de este blog?

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© de la fotografía y posado Chesha

Yo, ya sabía que su contestación iba a ser afirmativa, como así fue; porque son muchos los años queriéndonos y demostrándonos ese cariño que nos acompaña desde los tiempos más impetuosos y más adolescentes. Desde siempre, Chesha  me ha amparado con su simpatía fresca y natural; fascinado con una forma de ser que enamora. Pero si a eso le añadimos un cuerpo escultural y una voluptuosidad que lleva de serie, mi querida Chesha  tiene merecido, indiscutiblemente, su inclusión en el apartado lascivo de este blog.

Aunque, expresándolo mejor, éste blog tiene el inmenso honor y privilegio de que Chesha nos preste su imagen para adornar esta entrada que ahora viene.

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© de la fotografía y posado Chesha

Este es el poema, que por cierto, es de Juan Ramón Jiménez:

CUANDO DESPUÉS DE AMARNOS

Cuando, después de amarnos, te coges el cabello
desordenado, ¡cómo son de hermosos tus brazos!
cual en un libro abierto, surge la letra negra
de tus axilas, fina, dulce sobre lo blanco.

Y en el gesto violento, se te abren los pechos,
y los pezones, tantas veces acariciados,
parecen, desde lejos, más oscuros, más grandes…
el sexo se te esconde, más pequeño y más blando…

¡Oh, qué desdoblamiento de cosas!
Luego, el traje
lo torna todo al paisaje cotidiano,
como una madriguera en donde se ocultaran,
lo mismo que culebras, pechos, muslos y brazos.

Autor del poema: Juan Ramón Jiménez

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© de la fotografía y posado Chesha

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EL JARDÍN DE TUS DELICIAS

EL JARDÍN DE TUS DELICIAS

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© Fotografía y posado EmeTé

Tres cosas tiene EmeTé verdaderamente notables (entre otras muchas) que la caracterizan y determinan como la mujer exquisita que es: Un precioso lunar bajo el labio, estratégicamente situado, que se le supone envanecido y ufano por eso de que su dueña y señora lo pueda lamer sin demasiada dificultad ni reparo.

Un ombligo, círculo perfecto y atrayente, que habita a una cuarta equidistante de tres conmutadores del deleite. Y unos pies pequeños e insuficientes para soportar tanta listeza y perspicacia. Tanto atractivo y encanto (cuando quiere). Tanta belleza y exquisitez (cuando no se los tocan) Tanta capacidad de seducción y embrujo (porque no puede evitarlo). Tanto talento y entendimiento (porque se lo ha currao).

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© Fotografía y posado EmeTé

Una mujer difícilmente olvidable que ahora, generosamente y por segunda vez, engalana esta entrada de poesía erótica con la impagable merced de su presencia.

Este es el poema:

EL JARDÍN DE TUS DELICIAS

Flores, pedazos de tu cuerpo;
me reclamo su savia.
Aprieto entre mis labios
la lacerante verga del gladiolo.
Cosería limones a tu torso,
sus durísimas puntas en mis dedos
como altos pezones de muchacha.
Ya conoce mi lengua las más suaves estrías de tu oreja
y es una caracola.
Ella sabe a tu leche adolescente,
y huele a tus muslos.
En mis muslos contengo los pétalos mojados
de las flores. Son flores pedazos de tu cuerpo.

Autora del poema: Ana Rossetti

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© Fotografía y posado EmeTé

EL SEÑOR EUTANASIO Y DOÑA MENCHU.

EL SEÑOR EUTANASIO Y DOÑA MENCHU.

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El señor Eutanasio Pérez del Meñique y Ruiz Fernández era un hombre bastante alto y muy estilizado. Portaba éste además, de esa buena facha y elegancia que se les suponían a los hombres de bien por aquella segunda mitad del pasado siglo XX que Dios guarde en su gloria, y que no la suelte.

Tenía Eutanasio Pérez del Meñique y Ruiz Fernández aspecto de ser hombre de derechas de toda la vida. Esto es: vestía siempre impecablemente con traje de chaqueta gris marengo; pantalón de raya inmutable que cortaba como filo de navaja, y chaleco de la misma tela con bolsillito relojero y cadena. Siempre el mismo atuendo. Siempre. A modo de uniforme distintivo.

En el pantalón, debiera de cargar el paquete –como era aconsejable por la ley de la gravedad– hacia la izquierda; pues todo el mundo sabe que el cojón izquierdo se desmaya un poco más que el derecho y provoca –con ese desplome– la dirección única y obligatoria al que cuelga en medio; no obstante –y debido a los tiempos infaustos que le tocó vivir a nuestro amigo– cargaba hacia la derecha por prudencia y cautela política;  aunque también, todo hay que reconocerlo, porque era zocato.

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Calzaba el amigo Eutanasio, finos zapatos italianos de imitación, de un brillo refulgente y coscurante. Y peinaba sus teñidas canas laterales –su testa estaba ya tapizada de desnudo cuero cabelludo– con una plasta abundantísima de pedazos de plásticos copolímerizados, hojas de aluminio y  dióxido de titanio, que era lo que comúnmente se conocía como «Brillantina». Palmolive (si se me permite la matización pedante) que era marca muy apreciada por los señores de elegancia avalada y demostrable.

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Para completar el equipamiento, portaba larguísima y cuidada uña en el dedo chico de la mano –a modo de blasón de su propio apellido–  que le daba un cierto deje ordinario y chocarrero. Por donde quiera que pasase, desprendía Eutanasio Pérez del Meñique y Ruiz Fernández –como no podía ser de otra manera– un suave olor a colonia «Maja de Myrurgia» que provocaba el vahído en las señoras y  la desconfianza en los señores, por su exagerado acicalamiento, que le adjudicaban una injusta fama de barbilindo y maricón. Nada más lejos de la realidad; a Eutanasio, les gustaba más un chocho que una Súper Whopper Doble Cheeseburguer Bacon BBQ (con aros de cebolla y su patata frita) a Francisco Rivera Pantoja vulgo «Paquirrín».

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Llevaba casado durante más de cincuenta años con la adorable Menchu –ésta, mucho más rechoncha y ancha de caderas (tirando irremediablemente para pícnica) que su Eutanasio– y ambos disfrutaban de un bien merecido retiro que les procuraba la paga de jubilación de él como cobrador de autobús, que fue en tiempos, de la línea Conde Ureña–Estación.

A pesar de los años cumplidos, conservaba el macho alfa  –todo hay que decirlo– el magnífico porte que dispuso toda su vida; pues era, como decía Menchu, «guarro de mala casta» y nunca engordó un gramo más de lo apropiado por su fina estampa y gentil figura. Todo lo contrario que la nefanda esposa que cuando tenía que pesarse – siempre por prescripción médica– debía de hacerlo en las básculas dispuestas en el Mercado de Abastos de su barrio de nacimiento en Carranque.

Podemos entonces colegir –debido a esa flacura y a esa moderación en el comer de Eutanasio– que su salud era por lo general, buena y conveniente; tan sólo y por ponerle algún «pero» empañada ésta por una cierta disfunción eréctil debida a su provecta edad y por un lacerante dolor en las nucas (sic) producido por tantos años de levantarse en el autobús para gritar «Amoavé! una mihilla palante que hay sitio de zobra, Señores!!!»

Nada graves estas dolencias, por otro lado,  si tenemos en cuenta que Eutanasio tenía prescrita por su médica de familia –con receta sin fecha– una caja «ad aeternum» de Viagra® y también –y gracias a la iguala sanitaria que mantenía con la Aseguradora MariAdeslas– tres días a la semana de masajes rehabilitadores (y sus pertinentes sesiones de calor) en un muy conocido Centro de Fisioterapia de la ciudad de Málaga que es donde residian.

 

EL CASO

Aconteció que un día entre semana, y bien de mañana, se le puso en el mondoño a la inefable Menchu el que su hombre le diese vidilla a salva sea la parte pues esta le picaba cosa mala. Empezó la Menchu a insinuarse con los arrumacos acostumbrados; es decir, a gruñir como una lechoncita; a acariciar con sus pies las escuchimizadas y peludas pantorrillas de Eutanasio y a emitir quedos gemiditos para provocar la llamada de la selva en su escuálido galán.

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Éste, sin pensárselo dos veces, abrió raudo el cajón de la mesita de noche –el que daba a la pared– y sacando de debajo de los pañuelos y corbandas la poción mágica azul, se tragó una pastilla sin agua trincando al poco rato, un  pétreo empalme de cuarta y media que ya para sí lo quisiera el electricista jefe de la Ciudad del Vaticano. Se me perdone el «mísil».

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Cuando el matrimonio quedó ahíto (García Reneses) –Eutanasio, hay que reconocerlo, se portó como un verdadero toro– se quedaron apaciblemente dormidos al menos durante treinta y cinco minutos. Treinta y cinco minutos plácidos (y flácidos) que fueron exactamente  los que Eutanasio tardó en recordar que esa mañana tenía ineludible cita de control médico en el centro de rehabilitación y su posterior masaje, ya se sabe, en las nucas (sic).

Se vistieron rápido; él cogió el sombrero de estilo «Tirulé» tan en boga este verano y, para allá que se fueron ambos deprisa y corriendo pues la cita, yo lo he dicho, era forzosa e inapelable.

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Inusualmente, ese día, había poca gente en la Clínica. Llegaron y los recibió el médico de inmediato.  Éste, lo reconoció «Hola Eutanasio!» y a renglón seguido, lo sentaron con las lámparas de calor en el cuello para pasar –también inusualmente rápido– a la sesión de masaje rehabilitador.

DOÑATELA

Doñatela era una muy bien dotada jovencita fisioterapeuta becaria que, llegada desde Italia, hacía prácticas en el Centro debido a un concierto entre clínicas de ambos países. Era morena. Una preciosa morena mezcla de esas mozas pintadas por el insigne pintor malagueño Félix Revello de Toro y del inmortal cordobés Julio Romero de Torres– primo hermano, que era, de un afamado dentista malagueño– y del que se decía (del cordobés, no del dentista) que pintó a la mujer morena con los ojos de misterio. Precisamente, como la preciosa Doñatela.

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Doñatela, era guapísima. Tez suave y de piel tersa. Voz melodiosa y unos labios gruesos y carnosos. Pelo moreno y rizado, una sonrisa blanca y comedida; con una mirada inocente y franca que escondía –precisamente por su falta de maldad– algunos atisbos de lujuria y lascivia que aún estaban por aflorar. Podría salir perfectamente desfilando y acompañando, a alguna Virgen, vestida de mantilla si ella así lo desease.

Pues bien… Entre Toriles y Mantilla, la erección es bien sencilla.

Se tendió Eutanasio en la camilla. Doñatela se lavó las manos mientras mascaba un aromático chicle de menta y, poniéndose detrás de nuestro hombre, sin ningún ánimo erótico, empezó con las manos fresquitas y suaves a acariciarle la nuca para arriba y para abajo. Para arriba y para abajo. Para arriba y para abajo. La sustancia azul ingerida, que todavía corría por las venas de Eutanasio, empezó a despertarse y su bragueta comenzó a moverse involuntariamente hacia la izquierda (ya se sabe la teoría del cojón desigual) y a la derecha.  A la izquierda y a la derecha. A la izquierda y a la derecha. Sin control. Tal si bailase la Yenka, que polla!!

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Tomó en sus manos la fisioterapeuta –ajena a la envarada cuarta y media de verga– un buen pegote de gel frío y empezó a masajear firmemente el cuello, las clavículas, el escaleno y los hombros del sufrido penitente mientras le soltaba en su cara, frescas y espontáneas vaharadas de menta, que no hacían sino empeorar muchísimo la situación. Para arriba y para abajo. Para arriba y para abajo. Para arriba y para abajo.

Eutanasio, no sabía dónde meterse (ni dónde meterla). Su enorme y descontrolado miembro, que se exhibía inhiesto orgulloso, endiosado, y arrogante… Bailaba ahora, el Bimbó y, por consiguiente, en todo el gimnasio, estaba causando sensación. Menchu, al observar la vergonzante escena, se levantó horrorizada de un brinco; trincó el sombrero «Tirulé» del perchero y poniéndoselo encima de su miembro, le conminó a levantarse de inmediato y salir huyendo  –para no volver jamás de los jamases– al Centro de Rehabilitación y Fisioterapia.

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Mientras atravesaban abochornados la sala principal del local, Menchu no paraba de propinarle sonoros y dolorosísimos cogotazos a su marido mientras este se protegía la cabeza con ambos brazos.

El sombrero «Tirulé» asombrosa y milagrosamente, permanecía sujeto –como por arte de magia– en la entrepierna del avergonzado Eutanasio. Eso sí, a cuarta y media de distancia del ombligo, que es distancia muy apropiada para que le asomase el cojón izquierdo colgando sobre el vacío.

En Málaga. Circa 2016

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TUS PIES

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© Fotografía y posado EmeTé

Con las dosis justas de reserva y de reticencia; con las gotas precisas -y razonables- de suspicacia y de recelo, ELLA, mi querida (y admirada) EmeTé, presta (ante mi insistencia) sus pies para adornar esta entrada que contiene un precioso y sugerente poema de Pablo Neruda. No ha sido fácil, ya os lo digo; no ha sido nada fácil. Pero era o ELLA o ninguna otra.

A veces, la porfía y la terquedad, tienen su recompensa. Gracias, amiga mía!

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© Fotografía y posado EmeTé

***

TUS PIES

Cuando no puedo mirar tu cara

miro tus pies.

Tus pies de hueso arqueado,

tus pequeños pies duros.

Yo sé que te sostienen,

y que tu dulce peso

sobre ellos se levanta.

Tu cintura y tus pechos,

la duplicada púrpura de tus pezones,

la caja de tus ojos que recién han volado,

tu ancha boca de fruta,

tu cabellera roja,

pequeña torre mía.

Pero no amo tus pies

sino porque anduvieron

sobre la tierra y sobre

el viento y sobre el agua,

hasta que me encontraron.

(Los versos del Capitán)

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LA BAILARINA DE LOS PIES DESNUDOS

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(© Autora y posado de la fotografía Isabel Fillola)

Tiene la delicadeza y el gesto mi amiga, la artista plástica Isabel Fillola, de remitirme fotos realizadas por y sobre ella para ilustrar un precioso poema erótico del poeta nicaragüense Rubén Darío.

Es costumbre de esta serie sobre poesía sensual, que las imágenes sean protagonizadas por amigas mías. Isabel, por méritos obvios, repite y es algo que le agradezco enormemente. Es un placer aunar, en un mismo apartado, la  belleza corporal de la Fillola y la belleza verbal de Rubén Darío. No es fácil, pero cuando se consigue, el resultado es tan hermoso como lo podréis comprobar ahora mismo.

LA BAILARINA DE LOS PIES DESNUDOS

Iba, en un paso rítmico y felino
a avances dulces, ágiles o rudos,
con algo de animal y de divino
la bailarina de los pies desnudos.

Su falda era la falda de las rosas,
en sus pechos había dos escudos…
Constelada de casos y de cosas…
La bailarina de los pies desnudos.

Bajaban mil deleites de los senos
hacia la perla hundida del ombligo,
e iniciaban propósitos obscenos
azúcares de fresa y miel de higo.

A un lado de la silla gestatoria
estaban mis bufones y mis mudos…
¡Y era toda Selene y Anactoria
la bailarina de los pies desnudos!

Autor del poema: Rubén Darío

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(© Autora y posado de la fotografía Isabel Fillola)

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