DE NOMBRES Y APELLIDOS

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 DE NOMBRES Y APELLIDOS

 Ciertas nefastas e inoportunas combinaciones entre los nombres y los apellidos, pueden hacer infeliz y desgraciada la existencia de quienes, inopinadamente, las sufren. Si no desgraciada, que si! Por lo menos muy molesta.

 Viene esto porque el otro día -y viendo las noticias de RTVE: La 1- no daba crédito a lo que estaba viendo. La periodista de calle, narraba en directo una noticia -no recuerdo cual- y debajo, a titulo informativo, en un rótulo, el nombre de la periodista. Y el apellido: Bárbara Majá. Lo que yo te diga: Bárbara Majá.

 Vamos a ver…En que coño pensaban esos padres inhumanos para -apellidado el pater familias Majá- va y se les ocurre ponerle a su hija Bárbara. ¿Somos tontos o que? ¿Era hija no deseada? ¿Era fea de cojones? ¿Era morenita y grande tirando a marrón? ¿Olía a cañerías y cagajón?

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Me recuerda a un tweet que leí el otro día que me hizo mucha gracia:

 -¿Y qué, como le habéis puesto al niño?

-El engendro.

-¡Será Alejandro!

-¡¡Tu no lo has visto!!

 Pues eso, que hay que tener muy mala leche y muy poca consideración, para que tu hija, pase una niñez (sobretodo una adolescencia) y el resto de su vida, soportando hasta el limite de la depresión, chistes inoportunos de los graciosos de turno. Reconozco que yo no podría evitarlo, resultarían inevitables: ¿Cómo se llamaría Barbarita en Japón?  Soberana Cagada. En fins.

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Los nombres llamémosle “difíciles de asumir” son malos de llevar. Muy, muy, muy, malos de llevar. ¿A que chica llamada Penélope le gusta que la llamen por el familiar apelativo de Pene?

 No digamos ya cuando surge la combinación con el apellido. Imprevisible. Yo pienso que una pareja, antes de nada, deben de conocer sus apellidos; para una vez combinados, comprobar si resultan apropiados. Si no es así, deben de evitar que esa relación llegue a infeliz término, y por supuesto, desechar la extravagante idea de contraer matrimonio que conduzca al caos filial. A menos que deseen hacer terriblemente desgraciados a los vástagos (y vástagas) que nazcan de esa inoportuna unión.

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Pongamos ejemplos:

 En mis tiempos de colegial, había un alumno en el colegio apellidado Vallina Blanco. Como es natural, era denominado El Avecrem. No nos vamos a ir a los clásicos: Francisco Salido del Pozo, Jesús Coronado de Espina, Ana María Conejo Saborido, María José Condón Serrano o Javier Mier de Cilla, pero deben Uds. de reconocerme que un nombre inapropiado, puede causar mas de una desgracia a quien los detenta. Para toda la vida. Había un señor muy entrado en carnes en Málaga llamado José Gordo Obeso. ¿Predestinación?

 Antonio Cacho Pegote!! declamaba en voz alta el profesor pasando lista. A continuación un murmullo muy bajito, de cincuenta voces al unísono, contestaba ¡Agárramer sipote! Donde -en la frase- solo se podía entender meridiana y someramente la última palabra. El profesor -un cachondo- hacía la oreja gorda, pues esta situación le divertía un montón. Instituto de Martiricos; circa 1975.

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Mi propio apellido -bastante conocido en mi ciudad- ha pasado en estos últimos años, cuando solicito llamada telefónica, ha pasado digo de Souvirón a Subidón. Directamente. Sin ingesta previa de psicotrópico alguno. Así sucede…

 -Buenas tardes Señorita- es tan amable de pasarme con el Sr. Tal y Tal? Demando yo.

– ¿Desparte de quieenn? pregunta la irredenta y preparadísima secretaria de dirección de coqueta empresa familiar.

– De Álvaro Souvirón (su-vi-rón fonéticamente; es francés, como se adivina fácilmente)

-Papááá…dice la inefable secretaria (titulada CCC en curso de ofimática) en voz muy alta: Te llama el Arverto´s Subidón!!! ¿Que le digooo?

 ¡Un horror!

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Después están los equívocos. Había un señor tremendamente antipático que trabajaba en una importantísima constructora a nivel nacional. Delegación de Málaga. Me callo el nombre por prudencia.

Tenía una nota en mi mesa que ponía: “Llamar Sr. Elena de tal y  tal”. Así lo hice; llamé y pregunté por la Señorita Elena. El antipático me espetó un lacónico ¡Señor Elena! ¡¡Es Señorrr Elena!!!. Como quiera que nunca se llegó a nada con el Sr. Elena, cada vez que yo debía de llamarlo -mala leche por mi parte- siempre preguntaba por la Señorita Elena. La de la voz bronca. Keledén. Por borde.

Tambien había una chica de voz tranquila y sensual que trabajaba en un famosísima y distinguida compañía de seguros. Su nombre… Ana Aranda Virulés. De modo y manera que cuando yo me dirigía a ella no sabia si la estaba mencionando o recitando un mantra de yoga: Anaranda Anaranda Virulés. Y me daba la risa incontenible.

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Pues eso…que cuidadito con los nombres. Y los apellidos. Que los carga el diablo, que es un íolagranputa!.

…///…

TRASTEROS

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TRASTEROS

Los trasteros son los hermanastros atribulados y pobres de las habitaciones de una casa. Los desheredados por la mano de los dueños del domicilio que, desconsiderándolos, los condenan de por vida a la mas cruel oscuridad. A la falta más insoportable e inmisericorde de compañía. De sonidos.

 Los hay de todo tipo. Y casi siempre, suelen ser  reflejo de la personalidad de sus propietarios. Digo casi siempre.

 Conozco algunos trasteros de algunos otros convecinos. Los hay que son talleres de bricolage super límpidos y ordenados: Matrimonio de funcionarios sin hijos. Otros son cuasi exposición de trofeos ganados en competiciones deportivas; bicicletas de alta competición y muestrario de motos de montaña: Saga de bomberos. Hay otro, que sirve de ropero estacional y alacena de productos imperecederos; grandes botellas de aceite, conservas, y latas ordenadas por tamaño -todas con la etiqueta de frente- que le dan un aspecto de colmado de los antes. Solo le falta la bacalada y las ristras de ñoras colgadas de una de las numerosas tuberías que habitan los techos de más de alguno de esos trasteros. Lo olvidaba; la propietaria de este último trastero es trabajadora de Telefónica jubilada.

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Después está el mío.

 El mío; el nuestro, tiene como Jekyll y Hyde dos personalidades bien distintas que van alternándose como el tiempo.

 “Plicasión”:

Es Mr. Jekyll, cuando se encuentra limpio y ordenado; cuasi resplandeciente debido a las operaciones que mi Santa esposa exige, intransigentemente, de vez en cuando. Entiéndase ese vez en cuando, el momento en que el trastero pide auxilio con lamentos nocturnos debido a la acumulación de cosas que  -dejadas de cualquier manera por los vástagos, Cris y Cigalowsky- son bajados por orden del acomodaticio Father Gorgonzola, que se niega, normalmente a bajar al cementerio de los objetos olvidados. (El Sr. Hyde)

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Santa es generosísima con eso de arrojar lo que no es útil a la basura. Directamente; sin piedad.

 Father, por el contrario, tiene un apego enfermizo a las cosas que le conformaron su existencia. Porque las dota -en su ingenuidad- de vida propia nacida del recuerdo. Cosas que alguna vez, formaron parte de la decoración de su casa y que -según su irracional forma de pensar- cree injusto que sean condenadas al destierro y al ostracismo. Bien es cierto que cuando yo hago abstracción de ese sentimiento, y tiramos sin contemplaciones, el trastero queda mas guapo y ordenado que un San Luis.

 Guardo en mi trastero doce sillas de metal que complementan a las de nuestro domicilio cuando hacemos celebración multitudinaria. Guardo mi Vespa 200 porque aunque no la uso, me niego a regalarla. Es más, le sigo pagando el impuesto de  circulación que le da -creo yo- un atisbo de dignidad. Guardo útiles de barbacoas con un enorme curriculum encima. Juegos de maletas que fueron testigos de viajes inolvidables.

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 Los adornos de Navidad son los más afortunados, pues al menos, disfrutan de un mes de vacaciones pagadas durante las fiestas. Pues así lo tienen estipulado en el convenio de trabajo firmado con los propietarios de la casa y su sindicato.

 Otro destino, sin embargo, tiene mi inconmensurable colección de cintas de cassette. Estas (con su carátula uniforme  y su numeración  correlativa) agonizan  asfixiadas en cajones –una catacumba dentro de otra catacumba- esperando que la falta de aire oxide para siempre su corazón de hierro y níquel.

 Objetos de decoración de tiempos pasados; ya se sabe que un piso es un traje que con la edad, siempre se queda pequeño. Porque, como es natural, la nómina de objetos, los regalos -que son una especie de parque de sentimientos- abarrotan las casas haciendo imprescindible, cada cierto tiempo, un ejercicio de profilaxis para la vista. Mi mujer exige que la vista debe de hallar espacios en blanco donde descansarla. Yo acepto resignado; pues reconozco, con la boca chica, la lógica de la propuesta. Menos mi despacho. Mi despacho es altar inviolable y allí -donde se encuentra mi “Muro de los Afectos”–  no hay apenas sitio donde descansar la mirada. Porque a mi me da la real gana.

 Cada algunos meses, Santa me obliga a bajar a nuestro trastero con la orden estricta de dejar arriba el corazón y los sentimientos. Así que cuando realizamos este ejercicio de higiene y limpieza, yo ya me preparo para -con el corazón encogido por la incertidumbre- asumir que algún que otro recuerdo que me acompañó en mi vida, irá irremisiblemente al contenedor de basura.

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Afortunadamente para ellos, suele ocurrir que cuando disponemos los objetos junto al contenedor, no tardan ni cinco minutos en aparecer los buitres carroñeros (furgoneta incluida) que en un pispás, se lo han llevado todo -cuando digo todo, digo todo- dejando a Father con la sensación de que ese maldito mercader de sentimientos se ha llevado algo de su vida. Aunque, por lo menos, queda el mustio consuelo de que a alguna otra casa irán a parar.

 Mi trastero: memoria no virtual de mi vida que, una vez al año -como mínimo- debo de formatear para que, con toda seguridad, vuelva a estar lleno transcurrido ese tiempo; lleno hasta arriba otra vez, de cachos de nuestra vida condenados al destierro.

…///…

MIGUEL ÁNGEL CUMPIÁN. COSAS QUE DECIR

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COSAS QUE DECIR

 

¿Te acuerdas las veces que te dije que no me lo dijeras?

 Y tu me lo dijiste.

¿Te acuerdas las veces que me dijiste que yo te lo dijera?

Y yo no te lo dije.

Ya no te acuerdas. Ni yo tampoco.

¿Sabes amor? … ¡Hay tantas cosas que decir!

¿Te acuerdas de aquello que tal vez no nos dijimos o dijimos tantas veces,?

¿Que era aquello que teníamos que decirnos y no nos dijimos?

Lo dijimos tantas veces, que de tanto decirlo, no sabemos si nos lo dijimos o no.

Ya no te acuerdas. Yo tampoco.

¿Sabes amor? … ¡Hay tantas cosas que decir!

El tiempo es un desierto donde no hay nada que decir

Por eso, nunca encontramos el oasis.

Estábamos al alcance de las manos.

Pero las palabras nos perdieron

¿Me lo dijiste tu? ¿O yo no te lo dije?

Ya no te acuerdas. Ni yo tampoco.

¿Sabes amor? … ¡Hay tantas cosas que decir!

GASTROPOÉTICA. RECETARIO TÍPICO MALAGUEÑO:PATATAS A LA IMPORTANCIA

PATATAS A LA IMPORTANCIA

GASTROPOÉTICA.

RECETARIO TÍPICO MALAGUEÑO:

PATATAS A LA IMPORTANCIA

 

Cada llamada telefónica que recibo de mi admirado y querido amigo el Poeta Juan Miguel  González, empieza de la siguiente  y susurrante manera: Álvarooo…Soy Juan Migueeel… Así, arrastrando las vocales últimas de los dos nombres propios; lo que le confiere un tono de cordialidad, una  calidez y una familiaridad especial, que a mí, probo e irredento bloguero, llena del orgullo y satisfacción que diría el Real suegro del inefable cuatrero Urdangarín.

 Y siempre  -y cuando digo siempre, es siempre- esa llamada lleva aparejada el obsequio por parte del insigne. Regocijo y complacencia sin limite que representan para este que os escribe.

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Nos tiramos un buen rato cada vez que nos llamamos. Yo, sorprendido y satisfecho por la atención y amistad inesperada que éste me dispensa hablando de mil y una cosas. Él, invariablemente, con referencias a autores -recitándome de memoria otras tantas mil y una citas- y proporcionándome clases magistrales de todo lo que refiere. Sobretodo del complicado mundo (para mí) de las métricas y reglas poéticas que conforman – con su aplicación- parte de la belleza de sus escritos. Pero, no vayáis a creer, que no todo es teoría, “munsho ciudiao” que el magín y el ingenio no vienen de serie. Tan solo los disponen unos pocos elegidos por el azar o la genética.

 

Estuvimos hablando de la inspiración, del estro, del numen, de la musa. Yo pienso que todo eso surge de una chispa primera. El diez por ciento. El otro noventa es trabajo y disciplina. Es oficio. Pero, Ay, queridos míos! Os lo aseguro, es la chispa primera que prende y se extiende, la verdaderamente importante.

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Juan Miguel, sólo se reúne someramente con Baco, una noche a la semana; y esa noche, a medida que transcurre, se transforma en madrugada a base de lances poéticos y palabras domesticadas que los demás disfrutamos posteriormente.

 Por esa amistad y confianza que los dos compartimos, me permití sugerirle dos chispas. Pues estas también se regalan. Le repetí que siguiera bajando al mundo de esos mortales que entendemos la poesía llana, simple y sencilla,  y sobretodo, cercana y familiar. Y, me atreví, imprudente e insensatamente, a regalarle dos chispas: Los personajes de los tebeos antiguos;  los productos de los antiguos carrillos de chucherías y similares.

 PALODUZ Y CAÑADÚ

Que el no instruido en materia poética, Juanmi -seguí diciéndole- se identifica con tus Tortas Ramos y tus Catetos en La Campana. Con los motocarros de la Plaza de la  Merced y con los carteles de Terry y de Norit. Con Percheles y con Chaparros. Con el Pasillo de Nateras y los “Lucky Triki” de calle Cotrina.

 

Así, de esa manera, le sugerí le diese vueltas al Loco Carioco y a Carpanta. A Gordito Relleno y a Don Pío. Y seguí refiriéndole a  La Familia Ulises. Y a Eustaquio Morcillón y Babalí; a Melitón Pérez, a las Hermanas Gilda y a Doña Urraca. Al Doctor Cataplasma y a la familia Trapisonda, ya sabéis: un grupito que es la monda. Al abuelo Cebolleta y a Don Berrinche. Capitán Trueno y Jabato; Roberto Alcazar y Pedrin. El Guerrero del Antifaz y El Coyote. Pumby, TBO, Tiovivo, DDT y Pulgarcito. Hazañas Bélicas. Al Corsario de Hierro y al Cachorro…Tantos y tantos, que muchos se me escaparon por el sumidero de la mala memoria.

todos tebeos

 Pero también, le hablé de chufas y altramuces, garbanzos y pipas de girasol; castañas pilongas y sobres sorpresa. Mistos cachondeo y chicles Bazooka; globos de colores y canicas de cristal y de barro; Pasta Sara y Pictolines. Pistolas de agua y trompos con su cuerda. Cigarrillo sueltos Bisonte, Tres Carabelas y Mencey Capote. Papel de fumar  Smoking, Bambú y Abadie. Canutos, chorlitos y su prima rica la Almencina.  El paloduz y la cañadú.

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Ahí queda eso, Maestro. Ahí queda eso!

 Ahora lo que viene:

 Una nueva receta gastropoética que será próximamente presentada en sociedad en -cómo es costumbre- la Cosmopolita (José Denis Belgrano,3) y que mi querido amigo, tiene a bien el adelantarme. Yo cuando llegue el momento del evento, lo publicaré debidamente.

 Esta vez degustaremos: Patatas a la Importancia. Así que, como es costumbre también,  paso a insertar el poema, para después, indicaros la receta original para fruición y deleite. Y ya por último, también, un consejo musical.

 Disfrutadlo todo y que os aproveche! Ricas, ricas, ricas.

El Poema:

PATATAS A LA IMPORTANCIA:

¿No es acaso petulancia,

aunque prestigio les sobre,

que siendo de origen pobre

gocen de tanta importancia?

Huelen y saben a infancia

de cretonas y boleros,

a tebeos y a braseros

y a barrio de casas matas,

estas míticas patatas,

señoras y caballeros.

 

Si Alvarito Souvirón

fue quien me dio la receta,

merece ración completa

amigo tan gigantón.

Aunque su buen corazón

dará parte a algún Cumpián,

aún más se prodigarán

su buen humor y constancia,

y aunque se quite importancia

patatas se la darán.

 

                                                               Juan Miguel González

                                                            Málaga mayo de 2013

Y ahora…

LA RECETA:

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La receta de las patatas a la importancia es un clásico en las elaboraciones que se enseñan en las Escuela de Hostelerías. Por un lado es una receta fácil de preparar, por otro lado aprendemos varias técnicas a la vez. Rebozado, fritura, cocción, etc. Lo importante de la receta, para mí, es la parte sentimental por un lado. Y por otro lado es una forma de comer patatas convirtiéndolas en plato principal en lugar de guarnición.

Los ingredientes para 4 personas son 800 gr de patata, huevos, harina, 1 cebolla pequeña, 2 dientes de ajo, 3 cucharadas de aceite de oliva, perejil, hebras de azafrán, agua o caldo y sal. Si se quiere se puede añadir un poco de vino blanco al gusto.

La preparación, como dije al principio, es sencilla. Pelar, lavar y cortar las patatas en rodajas de 1 cm. aproximadamente; sazonarlas. Poner harina en un plato, y batir los huevos en otro. Pasar las patatas por harina y a continuación por los huevos batidos. Freir en abundante aceite caliente.

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Hacer un majado con el ajo, el azafrán, perejil y sal. Calentar unas 3 cucharadas de aceite y rehogar la cebolla, pelada y picada, hasta que comience a dorarse. Agregar 1 cucharada de harina, dar unas vueltas rápidas y añadir el majado, sin dejar de mover. Colocar las patatas en una cazuela, regar con el preparado anterior y añadir 2 tazas de agua o caldo.

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Acercar al fuego y cuando comience a hervir, rectificar la sazón y cocer a fuego suave durante 20 minutos, moviendo con cuidado de vez en cuando. Las pincharemos para probar que estén tiernas, ese será el momento de apartarlas del fuego y llevarlas a la mesa. Seguro que nuestros comensales están hambrientos con los aromas que les llegan desde la cocina.

 En esta receta las patatas se han preparado rebozadas, incrementado de este modo el aporte de energía y grasa del plato. Por lo que se pueden acompañar de una ensalada sencilla, y así evitaremos demasiadas calorías en la comida.

 29 Ensalada de invierno

Para los que gustéis guardar estas recetas gastropoéticas, aquí teneis este documento en pdf, para o lo imprimáis o lo incluyáis  en carpeta adecuada.

GASTROPOÉTICA. PATATAS A LA IMPORTANCIA

Por fin,

EL CONSEJO MUSICAL:

…///…

EL BLUES SE MIDE EN LITOS

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(Dibujo de Antonio Abril.)

EL BLUES SE MIDE EN LITOS.

 La longitud se mide en Metros. La masa en Kilogramos y el tiempo en Segundos. El trabajo en Julios (aunque, desdichadamente, en este país, ya no hay escalas en las que aplicar dicha medida). La Intensidad Luminosa -como bien sabe mi querido amigo Tony Cumpián- se mide en Candelas. Pero y el Blues? Y más concretamente…Y el Blues en Málaga?…Cómo se mide el Blues en Málaga?. El Blues en Málaga se mide en Litos.

 Y hoy, al día de la fecha de 24 de Mayo de 2013,  Málaga carga, graciable y orgullosamente, 60 Litos sobre sus espaldas.

 Teniendo en cuenta la ley física que dice que El Lito, (Lt) es la intensidad de una corriente constante que manteniéndose y basado en la utilización de notas musicales  y de un patrón repetitivo que suele seguir una estructura de doce compases, dos escalas musicales pentatónicas paralelas, rectilíneas, de longitud infinita con sección circular  no despreciable y situados a una distancia equidistante de entre doce trastes de primera constitución Milasí, produciría una fuerza igual a 2·10-7 newton por metro cúbico de sonido placentero.

 O lo que es lo mismo: El Placer absoluto de poder oír, por siempre jamás,  a mi amigo José “Lito” Fernández en directo. Que hoy, y no le ha resultado tarea fácil, cumple Sesenta Años. Que no son pocos, pero tampoco muchos.

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(Dibujo de Antonio Abril.)

 Así que desde este rincón de la Red, y para que así conste, yo, particular, y muy interesadamente,  en el primer minuto del día de su cumpleaños, quiero felicitar a mi querido amigo. Deseando que cumpla muchos Litos más -tantos como pueda- y que si él, así lo hace y así se esfuerza, juro por mi honor, que no volveré a robarle la cerveza en el escenario -cuando tocando- no pueda el pobre defenderse de la afrenta e ignominia a la que lo someto con ese acto.

 De esta manera, querido amigo. Date por felicitado y abrazado. Y sigue ahí arriba, a mil escalas por encima de los mortales. Haciéndonos las noches más cálidas y acogedoras con tazas de blues caliente y guarnición de apasionados Crêpes Suzette.

 Arriba, a mil vatios de potencia y felicidad. A mil escalas,  ya lo sabes, por encima de los mortales que somos el resto.

 Felicidades amigo y maestro!!! Sé feliz.

…///…

PÁ TERMINAR DE ARREGLARLO. HISTORIAS DE LA PUTA MILI 2

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 “PÁ TERMINAR DE ARREGLARLO”.

HISTORIAS DE LA PUTA MILI 2.

«Dedicado a mi querido amigo

Jerónimo Mota.»

No puedo evitar caer en la tentación de contar algo que ayer, se me quedó en el tintero cuando narré una anécdota que me aconteció cuando yo cumplía el Servicio Militar en las dependencias del Cuartel de Intendencia de Segalerva en la ciudad de Málaga.

 Juro por mis muelas  -pues no quiero ponerme pesado-  que no pensaba escribir más sobre ese periodo castrense que ocupó mi vida; pero… es que está tan íntimamente ligado lo que ahora viene, con lo de ayer… pues comparte época, personajes y escenario, y sería una lástima el desperdiciar la oportunidad de guardar en esta memoria virtual -que al fin y al cabo es lo que es este blog- una situación que, gracias a la rememoración cercana, recuerdo hoy con absoluta nitidez.

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Allá vamos:

 Continuaba la rutina en los pabellones de Intendencia de Calle Peinado. El Cabo Primero Rafa -que ya me permitía el tuteo después del tormento bodeguero- seguía vomitando negro por las mañanas a consecuencia de sus impenitentes cogorzas nocturnas.

 Había cuatro equipos distintos en dicho cuartel. De abajo a arriba en el escalafón militar: un grupo de civiles que solo iban, o por la noche a la panadería para elaborar los chuscos (los panecillos para el ignorante que no haya realizado el Servicio Militar) para la tropa, o por el día, para manipular los enormes fardos de uniformes usados que entraban en aquellas naves procedentes de los soldados licenciados. Otro grupo lo constituíamos los soldados residentes en Málaga; otro, los de fuera de la provincia y destinados aquí;  y por fin, los Oficiales y Jefes que vivían en pabellones privados dentro del cuartel.

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El más famoso de entre los soldados era uno llamado Olmos que dispensaba y disfrutaba de un enorme e inconmensurable cipote; su miembro viril, era la atracción matutina de todos los habitantes del cuartel. Personal civil y pases pernoctas incluidos. El Cabo Primero Rafa, nos llamaba a todos en cuanto sonaba diana, y ordenaba -tal y como te lo digo- al tal Olmos aún en la cama, a que se mimase cariñosamente el artilugio para enderezarlo hasta lo imposible y más allá para que todos -entre risas- nos quedásemos con la boca cerrada (porsi) de admiración ante tal engendro de la naturaleza. Obviamente, los oficiales y jefes, estaban dispensados de dicha demostración de carnaza erecta. El Prolongo le llamábamos al Olmos. Cómo el afamado Salchichón de Málaga.

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El Comandante Don Felipe Rafael de Robles Echecopar y Pineda Consiglieri –como es natural- seguía al mando de tan gallarda y refinada guarnición. Auxiliado en el cargo por un Capitán llamado Cañas que era bastante altanero y antipático. Bastante antipático. Muy bastante antipático. Muy mucho. Más seco que su puta madre.

 Vivía el Capitán con su dulce esposa en el recinto; y alguna que otra vez, ésta, su esposa, nos distinguía a los soldados y cabos con arriesgadas y peligrosas misiones como la de comprar en el colmado de al lado del cuartel cuarto y mitad de garbanzos remojados y un trozo de hueso blanco y añejo para el puchero. ¡Y que te los den bien despachaos! Nos aconsejaba, por nuestra propia seguridad, tiernamente.

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La vida transcurría plácidamente en el cuartel teniendo en cuenta las circunstancias políticas del país. Recuérdese: Cebollazo y record en salto de altura por Carrero Blanco; Marcha Verde hacia Ceuta y Melilla por parte de la infame Morubia; y Franco, más mortadela que otra cosa. Así que, como se podía, al terminar los servicios, los destinados de otras provincias organizaban su vida en el cuartel; y fuera de éste, los que disponíamos de pase pernocta hacíamos la nuestra. Dicha rutina, sólo se alteraba para todos, cuando algún tren llegaba al puerto de la ciudad cargado de sacos de trigo, que nosotros debíamos de descargar y guardar en nuestro cuartel para la fabricación chusquera diaria y su posterior traslado en el camión que disponíamos y que conducía el soldado raso jienense Almirón.

 (Circulaba un chiste en el cuartel que decía: ¿A quien le gusta más mirarle la polla al Olmooss? Al mirón!!! Repetíamos todos con contundencia para enojo y encoñe del inefable conductor.)

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Llegó la Semana Santa.

 La Semana Grande en la que la ciudad se llena de miles de visitantes y autoridades, tanto civiles como militares. Nada atraía más al público que el poder ver desfilar a los ejércitos españoles bajo la cúpula vegetal que proporciona la Alameda Principal. Y atravesándola: La Legión (carnero uniformado incluido), La Infantería de Marina, La Guardia Civil de gala. Los Paracaidistas pegando cabriolas con los fusiles CETME  y una compañía al completo de Regulares con sus capas blancas y tocados con el clásico Fez. Para que nada faltase, el Real Cuerpo de Bomberos con el director  Paco Frutos -y su sempiterna nariz abultada, venosa y roja-  al frente y, terminando, la Banda de la Cruz Roja, con el ínclito Sargento Villegas tocando con maestría el Tambor cuando se lo permitían los Catetos en La Campana.

 30.Cabo Tambor. Manuel Perez 1982.1 copia

Como es preceptivo, al frente de cada uno de estos destacamentos, los Generales, Jefes y Oficiales en formación de presidencia disponiendo y mostrando orgullosamente toda clase de condecoraciones en sus pechos y portando bastón de metal plateado con la insignia del cuerpo al que representaban.

 El inciso acostumbrado # 1

 Por aquella época, disfrutaba yo de un enorme amistad con un reconocido fotógrafo llamado Jerónimo Mota. Una delicia su mujer Laura!!

 Jerónimo y yo éramos inseparables y menudas correrías nos pegábamos. Disponía éste de un magnifico equipo fotográfico absolutamente inusual para aquella época de Kodak Instámatics y máquinas chunguis por el estilo. Teníamos por costumbre -éramos golfos apandadores consumados, ya te digo- el colarnos en los eventos con sus cámaras colgadas al cuello; él cargado de carretes hasta lo imposible, y yo, con la cámara vacía de dicho adminículo que me impedía, consecuentemente, hacer fotos. Pero nada he dicho del flash. Porque contra toda lógica, disponía el que suscribe de un pedazo de flash eterno e incansable. Y no veas tú la consideración y el respeto que me proporcionaba entre el pueblo llano; ignorante éste de lo que me traía entre manos.

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Información de interés: “El Cuerpo de Intendencia del Ejército es Hermano Mayor Honorario de la Pontificia y Real Archicofradía del Dulce Nombre de Jesús Nazareno del Paso y María Santísima de la Esperanza desde el 21 de julio de 1943.”

Jueves Santo. Día mayor de la Semana Santa en la ciudad. Hoy acaban de salir los legionarios en la Cofradía de Mena. Nuestra plana mayor el Capitán Cañas y, sobretodo, nuestro comandante Don Felipe Rafael de Robles Echecopar y Pineda Consiglieri  marchan en marcial séquito cómo Presidencia delante del Trono de Nuestro Padre Jesús Nazareno del Paso. Trono consorte que era del de María Santísima de la Esperanza. Iban ellos muy ufanos -mi Capitán y mi Comandante- junto a los Generales de dicho cuerpo; todos elegantísimos, luciendo uniforme, multitud de medallas y fajines de Generalato. Portaban  bastones plateados con emblema superior del Arma dorado en oro alemán de quilatada indeterminada.

 presidencia

Mientras tanto, ignorante de esa situación, Jerónimo y yo campábamos a nuestro aire entre los desfiles procesionales sin ninguna cortapisa por las autoridades policiales ni cofrades; que ya se sabe lo que impone una cámara con un objetivo tan grande que casi podría emular al otro aparato del citado soldado Olmos. El bien llamado Prolongo.

 Yo, con esa ingenuidad y candor que ya comenté en la anterior entrega, iba disparando a troche y moche interminables ráfagas de disparos de flash (pero SIN película dentro de la cámara, recuérdese). A todo lo que se ponía a tiro. A diestro y siniestro. Si era soldado, más marcial se me  ponía el muchacho; si era militar de grado, más miraba al frente como si divisase un Destino en lo Universal allá en lontananza. Si era portador de trono, mas esforzado aparentaba, y si era nazareno, miraba fijamente a la cámara como intentando creerse que iba a ser reconocible,  tras la túnica y el capirote, por aquella mirada aguda mezcla de orgullo y devoción. El muy maharón.

 fotografiando

Flash! Flash! Flash! Flash!…. iba yo como loco. Flash! Flash! Flash! Flash!…. Flash! Flash! Flash! Flash!…. Continuaba incansable. Flash! Flash! Flash! Flash!…. seguía yo disparando a todo Dios (nunca mejor dicho en lo referente a los titulares de los tronos) con la inexplicable petulancia y arrogancia del que se sabe estar realizando una tarea que -indudablemente- pasaría la posteridad de los reportajes gráficos. (Recuéérdeseee…si llevara carrete fotográfico).

En esto, repentinamente, me encuentro frente a mí, a toda la comitiva que representaba la Presidencia del Arma de Intendencia con sus Generales al frente y entre ellos a mis bienamados Capitán Cañas  y mi Comandante… bueno, ya sabéis el nombre; muy ufanos ellos de, no solo estar en aquel grupo de mandos privilegiados, sino de además, tener al puto Shuuuviirrrón… plasmando el irrepetible momento hasta más allá de la epilepsia.

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A todo esto, yo en la inopia, sin tener en cuenta las consecuencias de mis actos y lo que se me avecinaba.

Tres días más tarde. (Three days later)

Estaba yo, deambulando inocentemente por el cuartel de calle Peinado dedicado a las labores propias de la soldadesca que eran casi ninguna. De pronto  -y ante mi más absoluta extrañeza- pasa junto a mi el Capitán Cañas, que tras saludarlo -y él corresponderme- se dirige a mi, y con un amago de sonrisa (es que no le salían al pobre) me comenta con caída de ojos: Buenosss díasss cabo… Que tal andamosss…?

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Yo flipo. En colores. Pero en colores!. Algo se masca aquí y yo nomenteráo!

Poco después mi Cabo Primero Rafa, se dirige a mí y me suelta:

         Shavá! Qua disal Comandanta que te pasa por su daspacha. (Recuérdese que era de la Córdoba profunda)

Yo empiezo a temblar. Cágome. Si el Jefe de una guarnición te llama a su despacho, pueden pasar dos cosas: o que sea para algo malo, o que sea para algo peor. Ocurrió esto último.

El inciso acostumbrado # 2

Debo de aclarar, para la puesta en situación, que el Comandante poseí una forma  inusual y muy particular de hablar. A ver como lo explico. Una suerte de voz y tembliqueo en ella, tal cual tenía un famoso locutor y presentador de programas cinematográficos -de por allá el pleistoceno de la Televisión Española- llamado Alfonso Sánchez. Para quien no lo conozca o recuerde, indicaré que éste hablaba tal si fuese un pavo. Y que era adorado por los imitadores de la época.

 alfonso sánchez

Pues sí. Así hablaba el Excelentísimo Sr. Don Felipe Rafael de Robles Echecopar y Pineda Consiglieri: Cómo un pavo. Un puto pavo; lo que yo te diga.

Nuestro comandante Don Felipe Rafael de Robles Echecopar y Pineda Consiglieri, no sé si lo he dicho, se encontraba sentado detrás de su escritorio  bajo un enorme cuadro de Franco enmarcado en un grueso marco dorado absolutamente “Recocó”. Y un cuasi gigantesco crucifijo sobre la mesa.

Entre contrito y acojonado, pegué taconazo y saludé de la forma acostumbrada.

-Sussordenesss Micomandanter! Crucé los dedos sin que se diese cuenta.

– Glogloglogloglodejcansa shuuuviirrooóóóón! Yo ya empezaba a temerme lo peor de lo peor.

Oye! Hombre! El gloglogloglogloootro día me hiciste una fotos junto al General Pérez gloglogloglogloEnciso y ViiiianagloglogloglogloCárdenas, te acuerglogloglogloglodas?

Yo- que no dejaba de temblar- le conteste con un marcial pero bajito: ¡ Psssip micomandanter!

-Puesglogloglogloglomencantaría tener una de tus mejores fotos para enmarcarla y ponerlgloglogloglogloaquí encima de mi escritorio! Un vahído me dio y por poco caigo al suelo en redondo. ¡Psssip micomandanter! … volví a repetir y salí del despacho tratando por todos los medios de no hiperventilar.

Al salir el Capitán Cañas me miraba con cara de complicidad y sonrisa malévola como diciéndome…Yo también quiero una, HAS OIDO!!! Y ya si que tuve que sentarme en el banco de piedra, que tantas guardias beodas había contemplado desde lo más alto de la montaña de la historia cuartelera, y respirar con la cabeza metida dentro de una bolsa de plástico del Pryca.

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Llamé en cuanto pude a mi amigo Jerónimo, mientras imploraba al Altísimo -y le juraba- que si me libraba de esa, vestiría hábitos por el resto de mi vida.

Jerónimo!!Jerónimo!!Jerónimo!!Jerónimo!!.. Que la he cagao, Jerónimo!! Que la he cagao!!! Jerónimopordiosss!!!

Niñoniñoniñoniño… Por Diosss -otra vez- que la he cagao!!! Aaayyyymaremíaaa!!!

Jerónimo trató de calmarme. Se fue rápidamente a su laboratorio y empezó a mirar atentamente cualquier negativo en la que pudiese estar -casualmente, claro- el comandante de mis desvelos.

Por fin, hallamos una. Malliísimaaa. Muuuuyyyy lejanaaaaa…. Un horror!!! El Comandante apenas sí se distinguía en aquella lejanía que proporcionaba casi toda la doble hilera de penitentes de la sección del Cristo Jesús Nazareno del Paso.

Y con ella se puso mi amigo manos a la obra: empezó a revelar con sumo cuidado la imagen. Recortó y recortó hasta que consiguió dejar al comandante casi de protagonista central de la imagen. Eso si, de un borroso que tiraba de espaldas. Un ruido, que le llaman ahora los técnicos en fotografía, que atronaba. Pero la sacó y me dio.

Aquello no había por donde cogerlo. De ninguna de las maneras!

borroso

La foto resultaba tener un efecto cómico. Blanco y negro. Un maremágnum de puntos borrosos entre los cuales apenas se distinguía una forma gris y desvaída (mi comandante con gorra de plato) y una raya vertical apenas brillante a su lado (el Bastón de mando). Una verdadera mierda de foto, para que decir otra cosa.

Así, que con esa enjundia y esa poca vergüenza que Dios nuestro Señor me ha otorgado, me fui a una tienda de material de fotografía, le compré un precioso marco plateado y dispuse la foto en este tras un cristal opaco que incrementaba lo difuso e irreconocible de la figura.

Trás tres o cuatro días de haberme solicitado la foto -y yo, de haberle dado mil excusas- llamé a su puerta una mañana. Le entregué un precioso paquete y al abrirlo, emitió una suerte de gemido parecido a un  apenado glogló; o un apagado quejido.

Otros tres días más tarde, estalló lo más virulento de la Marcha Verde y quitaron todos los destinos. A mi me hicieron Cabo de lanzagranadas y me dispusieron en un camión para trasladarme a Ceuta. Vamosquenosvamos pá la guerra!!!

Después del episodio de la puta foto, estaba convencido de que nada peor podría sucederme. Creo que era el único que iba cantando en aquel incómodo camión con destino incierto. Camino de la muerte más tranquilizadora y confortable.

See you never Capitan Cañas. See you never!!!! Ojúmaremía!

Sucedió en Málaga. Circa 1975.

malaga

Nota: Las fotos insertadas en esta entrada, y referidas al cuartel de Segalerva, son de  la época de ruina sufrida por los años de abandono. Los enormes silos -que ahora se ven vacios- estaban llenos a rebosar, y la arboleda y los patios  (llenos de matojos) antes estaban limpios y en perfecto estado de revista. Como no podía ser de otra manera.

 

AQUELLOS MARAVILLOSOS AÑOS EN LOS QUE SERVÍ A MI PATRIA

 soldados

AQUELLOS MARAVILLOSOS AÑOS

EN LOS QUE SERVÍ A MI PATRIA

 

(HISTORIAS DE LA PUTA MILI)

“Ardor guerrero vibra en nuestras voces
y de amor patrio henchido el corazón
entonemos el Himno Sacrosanto
del deber, de la Patria y del Honor
¡Honor!”

(Himno de Infantería)

Un hombre no es hombre completo hasta que no ha contado mil veces y hasta la saciedad la verdadera e incontestable historia de su Mili. Como quiera que ya me pilla muy lejos para contársela, otra vez, a los amigos  -suelen preguntarme si serví en  el Escuadrón de Catapultas Y Escorpiones del asedio a Numancia, los muy íodelagranputas- aprovecho estos nuevos medios para contar una anécdota que, por poco -y para el que no la sepa- casi  me costó el paredón de fusilamiento.

 Serví a mi Patria en el glorioso año de 1974. Un mozalbete bisoño e inexperto de apenas 18 años que se fue  -absolutamente obligado por su progenitor- como voluntario al ejercito de Tierra, también llamado Infantería. Una putada, fíjese Ud., como otra cualquiera.

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No sé si el lector se habrá dado cuenta de la fecha que he citado 1974. Repito…1974.

 1974; me pillaron pues….las reminiscencias del atentado al Almirante Carrero blanco  -algunos meses antes de mi reclutamiento-. También la Marcha Verde -desde Noviembre del 75 hasta Febrero del 76-,  y por fin, entre medias de la excursión magrebí, la Muerte de Franco!!! Que tiene cojones la cosa. Servir en tiempos revueltos que se llama.

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Así que puedo decir y digo, que la época que eligió mi padre para obligarme a ir “de voluntario” no fue precisamente la más propicia para las tranquilidades tanto de él cómo  la mía propia. Coincidí, mire Ud. por donde en aquellos tiempos, con mi admirado escritor Antonio Muñoz Molina (leeros su libro Ardor Guerrero y os pondréis al día) y con mi otro admirado: el insigne guitarrista de blues Lito Fernández con el que aún conservo gran amistad. Al escritor, ni le conocí, como se comprenderá fácilmente.

 Mi paso por la Mili fue cuando menos extraño. Veréis: al margen de la inoportunidad del momento -ya he indicado antes las circunstancias- accedí al ejercito con una ristra de enchufes y tandas de buena suerte que aún ahora me alucina. A pesar de los pesares.

Además lo dije ayer mismo, y la repito, refiriéndome a que solo se recuerda lo bueno de las malos tiempos, con una frase de John J. Healey:

  “A medida que uno se hace viejo —salvo en el caso de que se hayan vivido unas circunstancias verdaderamente horribles—, tiende a idealizar el pasado”.

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Grosso Modo. Pero de lo que verdaderamente se trata aquí, es de narrar una anécdota que me aconteció durante mi Servicio Militar merecedora, sin ninguna duda, de ser invitado al paredón de fusilamiento. Aunque, afortunadamente, sólo se quedó en una inolvidable, insufrible y larguísima resaca.

 Cuento los enchufes: Recién muerto Carrero -yo ya había sido aceptado en el Glorioso Ejercito Español con el sucinto grado de recluta asqueroso y mindundi; fui destinado al Centro de Instrucción de Reclutas Campamento Álvarez de Sotomayor. Viator en Almería para entendernos. Primer caso de suerte: Justo unos meses antes había sido destinado como General Gobernador de la Plaza de Almería el General González Alba. Gran amigo de la familia y su hijo -Polo- íntimo de mis hermanos mayores. Hoy, gran amigo mío.

 Nada que añadir a que en cuanto Polo, vino a visitarme unas cuantas veces al campamento (aparcando su coche chillando ruedas frente a la onceava Compañía) y que alguna vez fui a comer a su casa en el Gobierno Militar, mi Mili en Almería transcurrió como se suele decir en el argot militar: cómo una puta seda. O algo así.

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Pasaron los tres meses de reclutamiento preceptivo; y, posteriormente, fui destinado al Regimiento de Infantería  Aragón 17  (tambien llamado Campamento  Benítez) -junto a mi  amigo Lito- aquí en Málaga. Segundo caso de suerte: Resultó que el Coronel del Regimiento: Don José Antonio Caffarena Aceña -gran amigo de mi padre- tuvo a bien el destinarme al Cuartel de Intendencia (en calle Peinado) que fue donde sucedió la anécdota que ahora , más adelante, voy a contar.

 A los pocos meses de estar en Intendencia, más a gusto que un guarro en una charca, se les ocurre a los moros -aprovechando que Franco la espichaba en el hospital y estaba cuasi mortadela- iniciar la denominada Marcha Verde con la aviesa intención de invadir Ceuta y Melilla y quedársela con ellos para siempre por la puta cara. Cierto es que la Legión española esperaba loca por jincarles el diente a la chusma marroquí y darle zurrapa con manteca colorá por la parte del pescuezo. Pero no los dejaron y se libraron de la tunda.

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Debido a esa inesperada circunstancia, quitan todos los destinos y me vuelven a mandar otra vez al Campamento Benítez, donde sin permiso alguno, una noche me hacen subir a un camión militar con la graduación de Cabo de lanzagranadas -juro por mi honor castrense que jamás en mi vida había visto un artefacto llamado así- y me dispongo a salir para Ceuta con la orden de suplir a los Lejías que se van de barbacoa a freír al Moro y lo que haga falta. Viva la Muerte!!!. Yo mientras me preguntaba cual era la boca y cual el culo del maldito lanzagranadas. Tú verás la que voy a liar! Pensaba absolutamente desolado.

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Ya en el puerto de Málaga dan la contraorden  -Dios existe- y nos vuelven a enviar al Campamento Benítez. Ya allí, y por diversos conductos acabé, tercer caso de buena suerte, de cartero de tropa y acabé la puta mili con algo más que la mayoría para contar a los nietos. Bastante más diría yo.

Ahora la anécdota:

Primeros meses del año 1975. Franco aún no estaba mortadela del todo. Aún permanecía en estado de shockpped. Acababa yo de llegar (enchufado, claro) a las dependencias del Cuartel de Intendencia en la Calle Peinado (Segalerva) de la Capital. El Comandante en Jefe, cuarto caso de buena suerte, compañero de mi padre (mi padre también era comandante de Infantería) se llamaba, y juro por mi honor que no miento ni una «mititilla» así: Don Felipe Rafael de Robles Echecopar y Pineda Consiglieri. Con dos cojones. Felipe le llamaba mi padre, como es natural.

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Por el mero hecho de que mi progenitor fuese amigo -y compañero de academia y carrera militar- de Don Felipe Rafael de Robles Echecopar y Pineda Consiglieri, por ese mero hecho sin importancia, digo, el Cabo Primero Rafa, me tenía una ojeriza, animadversión y  manía de muerte. Todo el mundo (que éramos 12) le llamaban Rafa. A mí, sin embargo, no me permitía otro tratamiento que el oficial; debía de llamarlo: Mi Primero.

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En la intimidad y sin que el innombrable mamón se enterase, entraba yo todos los días en las dependencias del cuartel al grito de “Salvo Intendencia por Mí Primero y pormís compañeros” Y eso, porque le llegó a sus oídos, como le tocaba muy mucho los cohoness a mi Primero Rafa. Muy mucho. Pero que quieres que te diga, yo era -poco mas o menos- que intocable. Que le den!

 Tenía el Cabo Primero Rafa, querencia desmesurada hacia la ingesta de alcoholes de baja y alta graduación, lo que se dice un “esponja”;  de hecho, cada tarde cuando se liberaba del servicio, solía salir con algún incauto subalterno de provincias y destinado en nuestro cuartel, para dedicarse al noble arte del lingotazo sin fin. Hasta alcanzar –en la mayoría de los casos- el éxtasis de la melopea. Altamente especializado en vomitar de inmediato sin tan siquiera meterse los preceptivos dos dedos en la garganta. Un puto borracho que se llama.

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Debo de reconocerme, en aquella época, una cierta connotación ingenua y candorosa; así que  maquiné una inútil intriga para camelarme al mentecato majadero sin tener en cuenta que  -y eso que estaba en el ejercito y haber recibido clases tácticas- nunca ha de llevarse uno al enemigo a su campo con la aviesa intención de derrotarlo. Porque siempre peleará con ventaja. Como fue el caso.

 Y esto fue lo que le propuse: Salir una tarde para -tomando unas copas y así ganarmelo- hacernos recorrido por las tabernas de Málaga (un Vía Crucis que se llamaba) y el que menos aguantase, pagaría las consumiciones. Así lo acordamos. Todo fuera por conseguir el tuteo de aquel hijo de la grandísima puta. Él, perro viejo en el arte del libar; yo, un mahara con ínfulas de tuteo. Todo fuera por ganarme las bajas esferas, porque a las altas, ya las tenía en el bote.

 Y llegó el día de autos. Coincidimos en que el día más propicio sería el que yo tenía Guardia de Cuartel. Si! Ese día sería el idóneo. Perfecto!

Antes de continuar – y para poner en situación al lector- voy a relatar muy someramente en lo que consistía la Guardia de Cuartel en Intendencia: Básicamente teníamos que permanecer jugando al plato o a las Siete y Media y tomando calibritos de Ginebra Larios hasta que llegase nuestro Comandante. Nuestro ínclito Comandante Don Felipe Rafael de Robles Echecopar y Pineda Consiglieri, ya sabéis. Solía llegar a altas horas de la noche -cuando no de madrugada- y para confirmar que estábamos en nuestro sitio de guardia, el muy ladino, solo echaba, callada y quedamente, algunas ráfagas de luz larga de su Morris Authi 1100 sobre el portón del Cuartel, para que nosotros, atentos  y ojo avizor como gavilanes, viésemos los destellos a través de las rendijas inferiores del portón y acudiéramos raudos y veloces a darle paso, para que así nuestro jefe militar, no tuviese ni que bajarse del coche.

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 Entraba, una vez franqueado el paso, con su coche e íbamos hasta los enormes silos de Intendencia con un mosquetón inservible al hombro, y realizando marcial taconazo, saludábamos militarmente a nuestro comandante Don Felipe Rafael de Robles Echecopar y Pineda Consiglieri. Por si no lo he dicho. Comandante Jefe de la guarnición del Cuartel de Intendencia.Vulgo: Segalerva. Justo a lado donde jugaba el mítico equipo de futbol Mortadelo C.F.

 Debo también aclarar que solía, nuestro Comandante en Jefe, llegar alegre de copichuelas que se llama y ciertamente zascandil y movedizo.

 Volvamos al día de autos:

 Ese día era el perfecto –pensábamos atolondradamente- pues al estar de guardia, estaba convencido yo -de una forma  irritantemente ingenua- que estaríamos acabados en media horilla. El tiempo justo de llevarme al Huerto de Baco al insufrible Cabo Primero Rafa. Borracho profesional donde los hubiese. Aunque no supiese yo hasta cuanto de profesional era el maldito libador.

 Así que salimos del Cuartel (yo provisto de cierta cantidad de dinero, pues pensaba pagar de todas formas, dado que el tuteo y la confianza salen caras) y enfilamos hacia el centro de la ciudad. Abandonamos la guardia!!!

 Mi intención era la de llevarle al Circulo de la Perdición situado el pleno Pasaje de Chinitas; y, una vez allí -y haciendo uso de mi estrategia táctica y de mi innata habilidad- emborrachar al Cabo Primero Rafa llevándolo de la mano por los Catetos de La Campana. Los Húngaros Locos de Casa Romero, Florestéles de Casa Flores, Cócteles de champán de Quitapenas, y si aún me aguantaba el tipo el incauto, rematarlo con un Pajarete en Casa Guardia.

 Casa Flores

Salimos decía. Nada mas iniciar el camino en calle Ollerias, ya entramos en dos o tres tabernas que nos encontramos y que yo no tenía previstas ni por asomo. Tengo que recordar que Málaga era la de la tres Librerías y tres mil Tabernas? Pues pasamos de largo las tres librerías.

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Seguimos hacia calle Granada donde nos metimos en la Bodega el Pimpi y seguimos con los Biberones en Casa Luna. Bajamos hasta la Campana de calle Granada. López Hermanos después y nos encaminamos hacia el ágora de los vinos dulces de Málaga situada –tal y como ya he comentado- en el Pasaje de Chinitas… … …

… … … Desperté de pronto sin saber donde estaba. Todo me daba vueltas.

El Cabo Primero Rafa se había abierto por patas creyéndome muerto. Al abrir los ojos contemplé asustado a tres o cuatro personas que me miraban desde arriba. Yo estaba tendido en un césped justo enfrente del moro Judi; el de los pinchitos del Kiosco  de la Marina. Me levanté como pude. Dando traspiés, pues un insufrible mareo me dominaba la cabeza. Andando, como pude, me encaminé hacia el Postigo de los Abades, cogí –también como pude- el autobús de Capuchinos y por fin, a durísimas penas, llegué al jodido Cuartel de Intendencia. Como pude, ya te digo. Ya era de noche. Muy de noche.

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Y allí estaba -fresco como una lechuga, comparado conmigo- el íolagranputa Cabo Primero Rafa. Suspiró de alivio al ver que no tendría que justificar ni mi ausencia ni mi deserción o fallecimiento (téngase en cuenta en cuenta que yo era, al fin y al cabo, hijo de Comandante y éste, mi padre, íntimo del jefe de la guarnición) y dirigiéndoseme en plan fraternal, me dijo.  El hijo de la grandísima!

-Bienesho  Shavá!!!

-Incorpárata a la guardia  y demuejtra que erejún hombra! (era de la Córdoba profunda))

-Notorvíe er masquetón!!! Shavá!

El hombra de dieciocho años se cuadró, y pegando un taconazo -que casi le cuesta el equilibrio- le contestó: Sussórrdeness mi Rafa! Y ahí es donde empecé  -y él me lo permitió en adelante-  el tuteo al Cabo Primero Rafa. Rafa de mis entretelas que había abandonado miserable y cobardemente al compañero caído en acto de combate.

 Pero no acaba ahí la cosa. No señor. Aun quedaba por llegar Don Felipe Rafael de Robles Echecopar y Pineda Consiglieri al Cuartel. Nuestro Comandante en Jefe.

 Yo atendía la guardia tal y como se esperaba. Tirado en un banco de piedra forrado de mosaicos árabes y al relente -pegando ronquidos como un búfalo- y con el mosquetón tirado en el suelo al alcance del enemigo y de los meados de los gatos del Capitán Cañas.

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Unas ráfagas luminosas se cuelan por las rendijas inferiores del portón. Otra vez. Otra vez. Otra vez! Tres bocinazos del Morris Authi 1100 de mi Comandante ni me estremecieron. Bajóse este, y tras dar tres enormes aldabonazos sobre la madera, me desperté asustadísimo por el retumbe.

 Abrí a duras penas el portón. Mientras el coche pasaba, corrí a coger el mosquetón, que previamente había sido atropellado por el coche del Comandante y, cogiéndolo por la punta, comencé a correr detrás del vehículo para saludar marcialmente, tal y como correspondía al protocolo militar, a mi Comandante

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Pegué taconazo y exclamé voz en grito.

-Zinnovedarennnlaguardia mi Cooomdanterr!!! Plasss!!! (taconazo y mosquetón al hombro.)

 El Comandante se bajo del coche, y dando tres traspiés, me dijo, Ejcansa muchacho. Hip! Ejcansa Cabo. Shuuuviirooón…!

 Y allá que se fue bailando bajito hacia sus aposentos y yo detrás dando tumbos intentado abrir los ojos hasta el infinito para tratar de distinguir la figura que, delante de mi, no paraba de moverse y canturrear himnos patrios.

Esto sucedió realmente en Málaga. Circa 1975.

 …///…

CON AMOR DESDE EL LADO OSCURO DE LA LUNA

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Con amor,

desde el lado oscuro

 de la luna

En España han desaparecido muchas cosas bonitas en los últimos años

 y la Costa del Sol está irreconocible por las barbaries urbanísticas.

Pero, como decía Gerald Brenan,  sigue siendo

“Una nación de 35 millones de reyes”

John J. Healey

Sé que soy muy recurrente con el pasado. Y eso, se puede confundir a veces con nostalgia. No es que crea que la nostalgia sea mala; en dosis razonables, no lo es. Es más creo que es buena para el espíritu y para la mente. Para que sirva  -la pequeña dosis- de patrón comparativo con lo que nos acontece en la actualidad. Aunque, debo de darle la razón a John J. Healey en el articulo que me recomienda -y leo con interés- mi Maestro y amigo Rafael de la Fuente (“El pino caído ya no está en Málaga”)  que dice:

 “A medida que uno se hace viejo —salvo en el caso de que se hayan vivido unas circunstancias verdaderamente horribles—, tiende a idealizar el pasado”.

 

Tiendo yo -haciendo a lo mejor, un exagerado uso de esa dosis de nostalgia- a quejarme en exceso de la actual Costa del Sol.  Quizás porque añoro aquella  Costa que  viví de niño. Esta que ahora veo -a través del prisma del tiempo transcurrido entre aquella lejana niñez y esta edad adulta que me observo- que no es que los tiempos hayan cambiado mucho, que sí;  sino porque  los intereses envilecidos de algunos especuladores -de dentro y fuera de nuestras fronteras- han desposeído a esta tierra de unas raíces y principios que ya  -muy a pesar nuestro- serán irrecuperables. No voy a hablar otra vez de mis meriendas en el Hotel Artola o Los Monteros. No lo voy a hacer tampoco de los encantadores Hoteles San Antonio y Amaragua de la Carihuela. Tampoco -no temáis-  de aquellos Álamos y del Restaurante Frutos. Ya lo he hecho en este  blog alguna que otra vez,  y las viejas heridas, no hay porqué  abrirlas continuamente. Porque se infectan.

 Castillo de Santa Clara

 Pero si tengo que decir, que la hostelería en este momento de crisis y otras circunstancias inevitables, los empresarios, los dueños de hoteles, están cambiando -seguro que por necesidad y mera subsistencia- la calidad y el buen servicio para, en una no me atrevería decir incruenta guerra de precios, bajarlos de una forma casi suicida a sus proveedores;  aún a costa de ofrecer una servicios mermados y nada cualificados a sus clientes. Y ya no digo más que me alargo y no soy yo el que debe de hablar en este artículo. Pero sé de lo que hablo y algún día lo haré.

A través del periodista Domi del Postigo, me llega nuevo y soberbio artículo del Maestro de Maestros, y querido amigo, Rafael de la Fuente. Y no puedo contener la tentación de publicarlo en este blog, donde el admirado amigo dispone de suite propia con vistas y desayuno continental incluido desde hace ya mucho tiempo. Más que nada, por lo que le reporta  a éste sitio de categoría y distinción. De estilo y diferenciación.

 Este es el artículo. Leedlo que no tiene desperdicio. Es buenísimo. Te asoma a la historia primera de un Torremolinos todavía no oculto entre mamotretos urbanísticos, aunque debo de conceder, que últimamente, está mucho mas bonito y cuidado que hace unos cuantos años. Todo hay que decirlo.

 El Artículo:

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Con amor, desde el lado oscuro de la luna

                                                                                                Rafael de la Fuente

 

 

“The wonderful thing about Spain is that it is so Spanish”

(Lo maravilloso de España es que sea tan española).

Esta declaración de amor se publicó en los años treinta en un artículo (Spain again) en Vogue, la legendaria revista británica. Se la debemos a Harold Waldo Yoxall, un ilustre escritor y enólogo inglés. Obviamente era un observador original e inteligente, fascinado por España, «ese extraño y bello país», a la que consideraba infinitamente más interesante que los otros países europeos.

Terminé la lectura de las últimas líneas del reciente artículo de John J. Healey (El País, 11 de mayo) con auténtico pesar. Me pareció demasiado corto. «El pino caído ya no está en Málaga» no solo era un ensayo prodigioso, perfecto, sobre muchas cosas que nuestros amigos de otros países siguen llevando en el corazón. Es ese texto una luminosa elegía ofrecida por el autor a la España que conoció. Escrita con amor y respeto y –¿por qué no?– con algún que otro brote de irritación, templado por el afecto y la complicidad. Creo que ese artículo no ha dejado a ninguno de sus lectores españoles indiferente. Y ha sido bueno que así sea.

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Mientras lo leía, me vino a la memoria el texto de otro escritor, también norteamericano, James Michener, en Iberia. En aquel libro maravilloso, publicado por Random House el 6 de mayo de 1968, hay una introducción a la realidad de España entendida como una poderosa experiencia vital para los lectores norteamericanos. Que queda prendida en la misma red de finas mallas que acoge el artículo admirable de John Healey. Especialmente cuando en las primeras páginas de Iberia nos relata Michener su llegada a bordo de un viejo carguero escocés a un lugar del litoral cercano a Burriana, en tierras de Castellón. Allí fondearon para recoger un cargamento de naranjas destinado a las fábricas de mermelada de Dundee. Supongo que sería en la playa de El Arenal. Es un inicio homérico para un libro obsesionado por España. Y sin duda un buen comienzo aquel friso en el que los bueyes pugnan con las olas para acercar aquellas frutas doradas al mugriento carguero, guiados por unos hombres curtidos por la mar y el sol, mitad faunos, mitad centauros.

 Carguero

John Healey se imaginaba que el pino tumbado por los vientos de su artículo le daba la bienvenida desde las montañas cercanas cada vez que su avión aterrizaba en el aeropuerto de Málaga. Para Michener, aquellos hombres de Burriana también lanzaban un mensaje, mientras llevaban las naranjas de sus campos a aquella embarcación. Como los que hacen una ofrenda sagrada en el altar de viejos dioses medio olvidados. La ausencia de un puerto les obligaba a utilizar sistemas que aprendieron hace muchos siglos de los romanos, sus antiguos amos. Los que llegaron desde su otra península a la no siempre dócil colonia, la correosa Iberia. Con el nuevo idioma de los conquistadores latinos, el que fue pariendo con el paso del tiempo las palabras con las que estoy escribiendo.

No muy lejos del pino caído de John Healey hay un lugar donde se encontraron huellas de un asentamiento de los tiempos de los romanos, además de otras cosas. Era evidente la presencia de algo mágico en aquel promontorio marino de la costa malagueña, al que llamaban los cartógrafos decimonónicos la Punta de la Torre de los Molinos. Separaba aquella elevación rocosa las dos playas de Torremolinos. La del Bajondillo y la de La Carihuela. Para mejor defensa de la estratégica bahía de Málaga, la Corona otorgó escritura el 18 de mayo de 1763 autorizando allí la construcción de un castillo con batería de costa. Serviría la fortaleza para proteger las marinas de levante y poniente contra el ataque de naves enemigas. Se dispuso que el fuerte tendría seis cañones de 24 libras, con cuarteles para caballería e infantería, viviendas, capilla y almacenes. Era un edificio singularmente atractivo, en el que su función militar aparecía bastante desdibujada.

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La fortaleza fue abandonada cuando el progreso de la ciencia militar la hizo irrelevante. En 1898 la compró –con la finca aledaña de Santa Clara, propiedad de doña Luisa Darrién–un militar retirado inglés. El comandante George Langworthy, de los Dragoon Guards de la caballería colonial británica en la India del British Raj. El comandante Langworthy era un «gentleman» bondadoso y de profundas convicciones religiosas. Era obvio que tenía un excelente buen gusto, además de modales impecables. Y por encima de todo deseaba complacer a su bella y joven esposa, Annie Margaret.

 Ambos se sentían muy felices en España. Y por supuesto estaban convencidos de que su Santa Clara (así se llamaba la finca) se podría convertir en una de las residencias más bellas y acogedoras del Mediterráneo. Por supuesto, Torremolinos y Andalucía eran más exóticos que el sur de Francia o las costas de Italia. Y además todo era allí más barato. Los nativos eran algo ruidosos, pero muy amables, honestos y siempre parecían estar de buen humor. A los Langworthy les fascinaba que la gente más humilde de aquellos parajes tuviera un sentido tan elegante de su propia dignidad. Y además aprendían rápidamente.

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Crearon los Langworthy un hermoso jardín subtropical, muy mediterráneo, alrededor de su nueva residencia. Fue aquella casa un elegante ejemplo de buena arquitectura colonial inglesa. De amplias verandas y espaciosas y frescas habitaciones, muy apropiada para climas cálidos y preparada para protegerles a ellos y a sus invitados de la presencia de curiosos o visitantes inoportunos.

El recinto de la vieja fortaleza se dejó respetuosamente como una reliquia pintoresca, sin ningún uso concreto. En las dependencias que rodeaban el patio de armas se guardaban todo tipo de cachivaches. Además allí tenían sus aposentos los perros, los caballos y los dos automóviles de la casa. Con muy buen criterio, mandó George Langworthy que se construyeran caminos ajardinados para bajar cómodamente hasta ambas playas o incluso hasta el final del acantilado, donde rompía el oleaje. Un día decidieron Annie Margaret y George Langworthy levantar también unos pequeños pabellones o templetes roqueros en ese camino que bajaba al mar. Recintos para la lectura solitaria o para otear el horizonte, donde los anfitriones podían también tomar el té o el aperitivo con sus invitados. Y donde el buen gusto de los Langworthy parecía haber querido incluir la bahía malagueña, cercada por interminables cadenas de montañas, de tonalidades cambiantes, dominadas por las nieves eternas de la Sierra Nevada granadina.

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Como no podía ser menos con unos anfitriones en estado de gracia, se esperaba de los amigos venidos desde la lejana Inglaterra que se quedaran varias semanas en aquel paraíso. Donde además la presencia tranquilizadora de Gibraltar les servía como el lugar donde podrían obtener cómodamente todo lo que la civilización ofrecía a los súbditos acaudalados de Su Majestad Británica. Además la cercanía de un enclave del Imperio bien podría representar una garantía de seguridad en el poco probable caso de disturbios y revueltas de los nativos.

En 1909 el matrimonio Langworthy estuvo en Egipto, en el otro extremo del Mediterráneo. Fue un viaje maravilloso. A finales de junio de 1912 se terminaron las obras de la última ampliación de la casa principal. Los albañiles y carpinteros locales habían hecho un excelente trabajo. Igual que los fontaneros y otros oficios menores. Los Langworthy expresaron su satisfacción con especial generosidad. La vida discurría para los dichosos residentes de Santa Clara como una sucesión de armoniosos y plácidos ritos. Que podían ser también una elegante representación teatral en un decorado siempre perfecto. Sin sobresaltos ni sorpresas.

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Pero un día para el comandante George Langworthy el cristal que protegía aquel paraíso saltó en mil pedazos, roto para siempre. El 28 de enero de 1913 falleció Annie Margaret, víctima de una neumonía. Dispuso el viudo que su esposa fuese enterrada junto a la entrada de la capilla de San Jorge en el Cementerio Inglés de Málaga. Y reservó junto a ella el espacio para el día en que le llegara a él la muerte, esa vieja e imprevisible amiga. En la lápida podemos leer: «In loving memory of Annie Margaret. The dearly loved wife of Major George Langworthy of Santa Clara, Torremolinos» (En el recuerdo lleno de amor de Annie Margaret. La muy amada esposa del comandante George Langworthy de Santa Clara, Torremolinos).

Nada fue lo mismo después de la muerte de ella. El comandante cayó en una profunda depresión. Hasta cierto punto fue un descanso en medio del dolor cuando en plena Primera Guerra Mundial las autoridades militares británicas le aceptaron como oficial voluntario. Fue destinado al frente occidental. En las trincheras encontró consuelo en sus inquietudes religiosas, cada vez más intensas. Con el tiempo se convirtió en una especie de misionero. Con el apasionado objetivo de llevar a los nativos las enseñanzas de la evangelista norteamericana Mary Baker Eddy.

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Después del cataclismo de la bolsa de Wall Street y la Gran Depresión que siguió, las cosas no iban muy bien para las finanzas del ascético y desconsolado comandante Langworthy. Sus amigos le aconsejaron a principios de 1930 que convirtiera su casa y la fortaleza en un hotel. Así fue. Encontró un eficaz director de hotel norteamericano, Mark Hawker. Lo llamaron el Hotel Santa Clara. Pero los lugareños siempre se referían a él como El Castillo del Inglés. Así nació el que podría ser hoy uno de los hoteles más irresistibles del Mediterráneo.

 Entre sus primeros huéspedes estuvieron Salvador Dalí, Gala y Luis Cernuda, además de lo más florido de la nobleza británica. Gracias a aquel espartano y curioso hotel, donde la mayoría de las habitaciones no tenían cuarto de baño privado, y su emplazamiento bellísimo, el nombre de Torremolinos empezó a sonar en los salones más distinguidos de Europa. Se contaban anécdotas maravillosas de los miembros de la nobleza esperando en el patio de armas de la antigua fortaleza su turno para usar las cabinas de ducha comunes. Eso sí. Estrictamente separadas las de las señoras y los caballeros, aunque fuesen parejas unidas en sólida coyunda por la bendición del Arzobispo de Canterbury, Primado de la Iglesia de Inglaterra.

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Fue aquello el comienzo del lanzamiento turístico de las costas del sur de España, flamante fenómeno limitado hasta entonces a las grandes ciudades históricas de Andalucía. Nuestra guerra civil y después la Segunda Guerra Mundial impusieron un paréntesis de diez años. En 1957 fui admitido en el Santa Clara como recepcionista, botones y bodeguero. Tenía 16 años. Fui muy, muy afortunado. No solo por encontrar en aquel hotel mágico una biblioteca deslumbrante, en la que el nuevo director, Fred Saunders, nos permitía al personal entrar en horas determinadas. Además, para colmo de las perfecciones, la alemana Frau Wilma, la jefa de cocina, practicaba una generosa cocina muy sabrosa, tanto para los clientes como para los empleados. Algo de agradecer en aquellos años durísimos. Era evidente que el hotel provocaba potentes pasiones. Lo comprendí cuando vi en los ojos de una jovencísima y aparentemente frágil Brigitte Bardot la tristeza y la desilusión por no poder obtener alojamiento en aquel hotel tan peculiar del que tanto le habían hablado. Lo que lamentaré hasta el final de mis días. Pero obtener una habitación en el Santa Clara, donde las listas de espera eran interminables, no era entonces empresa fácil.

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George Langworthy falleció el 30 de abril de 1946 con 83 años de edad. El pueblo se echó a la calle para llorar su pérdida. Le nombraron por aclamación popular Hijo Predilecto de Torremolinos. Fue un buen hombre que se sintió en España mejor que en su propia casa. En cuanto a nosotros, una vez más el pueblo supo ver más lejos que sus propias y a veces inquietantes élites rectoras. En el Cementerio Inglés de Málaga reposan los restos mortales del comandante George Langworthy, junto a su esposa, Annie Margaret. En la lápida podemos leer: «RIP. Su servidumbre no lo olvida». En realidad sus empleados españoles fueron al final de su vida su única y muy querida familia.

Se lamentaba John Healey en su artículo de que durante los últimos 43 años había visto desaparecer demasiadas cosa bonitas que nunca volverán. «El pino caído ya no está. Málaga y la Costa del Sol, arruinadas por la codicia y los proyectos urbanísticos alimentados de esteroides, están irreconocibles. Pero hay otras cosas que sobreviven y me hacen volver». Es verdad y además tiene razón. Hay otras cosas que sobreviven y que nos harán volver. A unos y a otros. Pero el viejo Hotel Santa Clara, el Castillo del Inglés, ya no existe. Tampoco existen los caminos roqueros que llevaban a los Langworthy y a sus invitados hasta el mar.

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Ni aquel jardín encantado. Y han desaparecido los vestigios de aquel asentamiento romano. Todo fue laminado y barrido de la faz de la tierra. Como decía Paul Theroux, con más brutalidad y violencia que en una guerra. Y en su lugar la barbarie y la codicia levantaron, como en tantos otros lugares de la geografía española, un monumento atroz en honor de aquel siniestro triunfo. Muchos españoles que todavía no han nacido nunca nos lo perdonarán.

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Y nos acusarán un día –con razón– de haber perdido al mismo tiempo la decencia y la razón.

Mientras escribía sobre estos paraísos perdidos descubrí que mi impresora se estaba quedando sin tinta. En la calle, un joven buscaba en un contenedor de basuras domésticas. Nos miramos. Recordé las palabras de George Langworthy. Había tanta dignidad, tanto espíritu que no se rendía en aquel joven, que le saludé con respeto y gratitud. No todo estaba perdido. No todo es basura. Y por supuesto ellos vencerán.

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STELLA MARIS

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STELLA MARIS

 

La boca de Stella se adivina tan fresca y lozana, que su sola conversación te consuela, con su aliento, de los calores más inclementes y despiadados que ya se aproximan.

 No debe de haber resuello mas refrescante en todo ese territorio que abarca desde lo más arriba del Hemisferio Norte, hasta la punta mas abajo del abajo Hemisferio Sur. Lindando éste, con esa Ushuaia que ella tan bien conoce y añora. Su aliento, te confirmo, podría tener el aroma de un gigantesco gin tonic preparado con hierbabuena y limón; enfriado con cachos de hielo arrancados sin misericordia al glaciar Vinciguerra de la Isla Grande en la Tierra del Fuego.

 De esa manera, cuando te habla, ya te digo, expele -sin quererlo ni buscarlo- involuntariamente, vaharadas de menta fresca, albahaca y Pictolín.

 Stella es una muy buena amiga. También lo está; muy buena, digo. Estas cosas, no son por que ella se lo crea -que debiera- sino porque sus amigos y sus amigas (fíjate que extraño) estamos hartos de pensarlo y de decírselo; que es muy buena; que tiene un gran concepto de la amistad, de la generosidad y de la entrega desinteresada; que ella, aparentemente, no se lo cree. Y digo aparentemente, porque cada uno sabe indudablemente, como es cada uno; y Dios en la casa de todos. Que cojones!

 A Stella, solo le han faltado en esta vida -que a veces es hermana pérfida y malvada- veintialgunos Abriles más que llevarse a la boca. Veintialgunos Abriles más que, añadidos a su agenda, la hubiesen liberado del enorme dolor de haber perdido un amor imposible y utópico. Aún a sabiendas -pues no es celosa, ni falta que le hace- que lo que ella añora -el amor del amigo- también estaba demandado y requerido por todos sus adictos. Y comparte, menos mal con ellos, el dolor de la ausencia.

 Stella dispone de un cuerpo de doce trastes esculpido a base de genética y escalas pentatónicas. Blues del sentimiento y la pasión. Capaz (será por convivencia y connivencia con su JoseLito) de cantar como pocas arrastrando el alma a la par que la voz. De tocar la guitarra como casi ninguna que, acomodadas, ni lo intentan. Y es por eso, por lo inusual que parece -que quieres que te diga- por lo que me encanta esta niña..

 Stella detenta la boca más fresca que se pueda disponer entre los dos hemisferios. El de arriba y el de abajo. Y cuando habla, expele sin quererlo ni buscarlo -involuntariamente- vaharadas de menta fresca, albahaca y Pictolín.

…///…

 

GUÍA DE JUEGOS TRADICIONALES

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GUIA DE JUEGOS

TRADICIONALES  INFANTILES

“Al pasar la barca
me dijo el barquero,
las niñas bonitas
no pagan dinero.
Yo no soy bonita
ni lo quiero ser,
tome Ud. el dinero
y me embarcaré.”

 

Mi querido amigo el Profesor universitario Dr. Arcas de los Reyes -para mí y los nuestros, Antoñete- siempre tiene a bien el remitirme cosas que él sabe fehacientemente que me gustarán y, por consiguiente, dispondrán de espacio propio en este blog.

 Esta vez me regala un viaje hacia atrás en el tiempo.

 Un entrañable viaje a través de los recuerdos; a aquellos tiempos en los que vanidosamente, adornábamos con heridas y postillas nuestras rodillas y manos a modo de trofeos. Como orgullosas heridas de guerra. Tiempos de calle y arañazos; de peleas a puñetazos pero también de amistad inquebrantable; sin competencia cruel por la posesión del todavía inexistente artilugio digital. Juegos al aire libre. Tiempos, sigo diciendo, en los que sin ningún control de teléfono móvil ni nada por el estilo (porque no existían) por parte de nuestras madres, transcurrían en las calles jugando hasta más allá de los horarios impuestos, permitidos y estipulados por el cabeza de familia. A los juegos de siempre. A los clásicos juegos heredados por el uso y las costumbres.

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El libro que mi amigo el Profesor me envía -gracias amigo; espero verte en la próxima reunión de la logia del negro anaranjado -es una recopilación editada por el Ayuntamiento de Madrid, llamada: “Guía de Juegos Tradicionales Madrileños”. Pero, no se preocupe el lector; todos estos juegos que se indican, son extrapolables a cada una de las ciudades o pueblos de la España del antes de la demencia.

El Burro, las Canicas, las Chapas, la Comba, el Escondite Inglés, la Gallinita Ciega…todos están aquí. La Goma, el Látigo, el Pañuelo, el Pasi Misí, -y también, claro está, el Pasi Misá- el Trompo y las Prendas. Los Recortables y el Veo-Veo… y muchos, muchos, muchos más. Todos ellos están.

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Recordad que es un pasaje al pasado de cada uno de nosotros; a esa infancia feliz donde los irresolubles problemas podían ser el buscar una tiza para pintar el Guiso en el suelo, o el maldecir al mierda de Juan Antonio (¡Cuantos Juan Antonios había antes!) porque había roto tu trompo de un picotazo con el suyo debidamente tuneado con clavo asesino. El muy maricón ioputa! A tu madre vas a ir!

Se complementa la estupenda y entrañable información, con más datos que indican -en cada uno de los juegos reseñados -el número de participantes, donde se jugaba, cuando se jugaba, los objetos que se utilizaban. Si había canción que acompañara al juego (dispone de un anexo al final con letras de canciones) y por fin –como es natural- las reglas.

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Para complementarlas más aún, incluye unos apartados en cada uno de ellos, de variantes, anécdotas y algún testimonio.

 No hay nada más triste actualmente que el silencio que percibo cada día de Reyes en los preciosos jardines de mi comunidad; en contraposición con la algarabía que se percibía hace ya algunos años a base de bicicletas, patines y gritos de gozo mostrando los juguetes de cada uno a los otros. Hoy en día solo notas las enormes cajas de cartón que -arrumbadas en los contenedores de cartón- dan asilo a una maquinita «insonrrible« siempre insatisfecha y un mando a distancia que solo produce -a falta de postillas en las rodillas y de arañazos en las manos- lesiones irreversibles en los dedos pulgares y episodios epilépticos con caída de babas incluida.

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Los Juegos de nuestra vida. Aquella vida que trascurría en la puta calle, cuando movíamos el culo para divertirnos. Cuando nos caíamos de boca jugando al látigo y nuestros padres no demandaban al Ayuntamiento por el estado de la calzada; más que nada porque nosotros no moríamos en el intento y lo seguíamos jugando al día siguiente más contentos que unas Pascuas. Aquellos tiempos de Pasemisípasemisá, por la Puerta de Alcalá, los de adelante corren mucho, los de atrás se quedarán. Los de hoy se quedarán -añado yo- como amorfos tontopollas, sentaditos en el sofá. Que además rima.

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Este es el documento en cuestión, bajároslo si queréis desde aquí. Es precioso.

 Guia de Juegos Tradicionales

Que los disfrutéis!!!

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