¡ALGO PASA CON TÁPERGÜER!

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¡ALGO PASA CON TÁPERGÜER!

Corría el año de 1944, cuando el químico estadounidense Earl Silas Tupper inventa un demoníaco artilugio llamado Tupperware. Mueren en breve espacio de tiempo –inmerecida e injustamente– las denominaciones imperantes hasta aquel momento tales fueron: Tartera, fiambrera o portaviandas; a partir de aquel nefando año de 1944, ya te digo, todo el mundo llamaría a los recipientes de plástico –reyes del almacenamiento alimentario de los picnics camperos y de las jornadas playeras– con el indigno calificativo de Tápergüer y –para fastidiarla aún más– acortando ignominiosamente su nombre por el exiguo remoquete de Táper. Tócate los cataplines.

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También, y desde ese atribulado momento, la vida conyugal de los hombres de bien, se nos complicó de una forma inexplicable y terrible por mor del maldito contenedor de manduca.

Pero vamos a remontarnos al génesis de esta historia:

Acudimos hace unas noches a una cena invitados por nuestros amigos Kuky y Marori a su casa. Dos entrañables y viejos amigos que tuvieron a bien el sentarnos a su mesa acompañados del artista plástico Tato Zambrano y del eximio letrado Romero. Ambos dos, a su vez, muy bien escoltados por sus respectivas caimanas. Casualmente (o no!) nos sentamos juntos, los hombres en el ala izquierda de la mesa, mientras las mujeres, lo hacían –qué remedio les quedaba!– en el ala conservadora de dicha mesa. Preciosa y muy bien surtida, todo hay que decirlo.

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Entre los muchos chascarrillos y conversaciones varias, surgió entre los mozos el atribulado y penoso tema de los recipientes Tupperwares; de ahora en adelante Tápergüer o simplemente Táper. Los cuatro muchachos, continúo, señalamos prácticamente al unísono, lo inoperante y exasperante que resultaba el fastidioso recipiente en cuanto a un almacenamiento cómodo, fácil y manejable. Porque sobre todas las cosas, anhelábamos un almacenamiento que no causase –su inoperancia– episodios de ansiedad, congoja y abatimiento.

Verán Uds. llegamos a la conclusión los cuatro (con la boca pequeña y un tono de voz más que sometido) que las mujeres tienen una predisposición especial y una inclinación atávica y hereditaria (las madres son muy culpables de este vicio confesable) hacia eso del guardar porciones insignificantes de restos alimenticios en la nevera; amparados todos ellos (los alimentos) por el secretismo más absoluto y añadiéndoles una dificultad insoportable –en cuanto a la identificación– para las mentes simples y llanas de sus esposos que no ven más allá del cajón de los embutidos y de las cervezas.

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De modo y manera, decíamos –que por este cruel sistema de guarda y custodia culinaria– cuando un hombre abre una nevera después de una cena, se encuentra de sopetón con una especie de «highline manhattaniano» de plástico mate, perladillo de humedades, y coronado con multitud de tapaderas de colores que ríanse Uds. de los más afamados conjuntos arquitectónicos neoyorkinos a lo Mies Van Der Rohe o a la Roberto Foster manera.

Pero no íbamos a eso; íbamos al desconsuelo que nos produce a los machos alfa, esa inoperancia, esa incapacidad e ineptitud intrínseca que poseemos, en cuanto al coger un Táper del armario en el que están almacenados, sin causar una descontrolada catarata de tapaderas y un chorreo incontenible y desmandado de recipientes contenedores hacia el suelo para intentar sacar el que creemos más idóneo (nunca escogemos éste de entre los diez primeros) para guardar el obligado mínimo despojo sobrante de comida.

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Verán Uds. hay mil tipos y modelos de tapergüéres imposibles de entender: Tapergüéres herméticos o tapergüéres al vacío. Tapergüéres con compartimentos para verduritas cortadas en juliana menuda; tapergüéres cilíndricos y tapergüéres redondos. Troncocónicos y rectangulares los hay; isósceles invertidos, con forma de paralelepípedos y hexagonales. Los hay altos, bajos y pícnicos. Lo de pícnico no es que sean para los picnics; es que son anchos de cintura y estrechos de hombros. Los hay con apariencia de botellas, con biberón para los mamones; para huevos duros y para huevos pasados por agua. Tapergüéres con tapadera apitorrada y semitapadera en jarras. De rinconera haylos (metidos para adentro) y también de morterete (estos salidos hacia afuera) tal y como otras cosas que yo me sé y que no me atrevo a indicar no se me vaya a enfadar un cofrade que yo, también me sé.

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Los hay –en el más improbabilísimo de los casos– apilables. Y los hay con palitroque vertical y con unos huequecitos monísimos e insuficientes para poner distintos tipos de salsas que nunca, jamás de los jamases, elaborarán sus propietarios. Con molinete picador, colador para vegetales o con rallador para los quesos. Un mundo inaccesible e intratable.

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Todo esto lo sé, fehacientemente, porque mi hermana era distribuidora (hace mil años) de estas extraordinarias y engorrosas fiambreras que Alá maldiga y que –en reuniones financiadas por mi madre– intentaba vender a la familia primero; a las amigas después, y por fin, a las vecinas esas apenas conocía. Estas reuniones, resultaban lo menos provechoso en cuanto a ganancias; pues –en el improbable caso– de que el costoso ágape dispensado a la horda de gorronas hubiese sido asumido por mi hermana, esta, se hubiese arruinado indefectiblemente debido a la reducida comisión que se llevaba. Más aún, si tenemos en cuenta que dicha «ganancia» la invertía en su totalidad en adquirir más Tapergüéres para su colección privada. Una de las mejores de la antigua España y parte del Reino de Aragón, hoy llamado Catalunya. Aunque eso, lo de arruinarse, pasó cuando se hizo distribuidora de Avon por aplicar la misma estrategia comercial que con los plásticos.

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Volvamos a la realidad. A la mañana siguiente de la cena mencionada anteriormente y ya en nuestra casa, tras el almuerzo, hubo de guardarse un resto de judías verdes con patatas cocidas y huevos duros en la nevera. Me tocó a mí guardar dicho resto. Así que abrí el armario de los putos tapergüéres y cogí un cacharrito rectangular que me pareció el más idóneo ; se me cayeron otros tres. Elegí una tapadera que, por la forma, creí apropiada y esta vez fueron siete primas hermanas las que rodaron por el suelo. Las probé todas; una a una y nada de nada. Decidí pues, con la desesperación más absoluta, (17/10 de tensión arterial calculo yo a bote pronto) volcar las habichuelas en un plato hondo, y las tapé (mirusté que apropiado!) con otro plato igual de hondo boca abajo que es cómo se ha hecho toda la reputa vida antes del suplicio de los Tupperware (Marca Registrada).

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Después recogí las tres fiambreras rebeldes y las siete indomables tapaderas (todo esto a espaldas de mi mujer) y las metí de cualquier manera en el armario que les servía de mausoleo. Al cerrar la puerta, con no poca dificultad y con su pertinente dosis de presión, creí ver unas sonrisas quedas pero fanfarronas desde el fondo del armario, como emplazándome de nuevo a la próxima batalla perdida contra mis nervios. Sabiéndose ganadoras de antemano, las hijas de la grandísima puta, como cada una de las mil veces anteriores. Como cada una de todas las veces anteriores.

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LOS TALIBANES ANIMALISTAS Y LOS COCHES DE CABALLOS

LOS TALIBANES ANIMALISTAS
Y LOS COCHES DE CABALLOS

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«Mucha gente piensa, o por lo menos siente, que el que no tiene sus hábitos y sus entusiasmos es un enemigo.»
Pío Baroja

«La libertad de expresión es decir lo que la gente no quiere oir.»
George Orwell

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¡Ojo al dato! Sé que me estoy jugando el cuero cabelludo y una parte muy principal de mis genitales por lo que ahora voy a exponer. Pero asumo la contingencia.

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Indicando primeramente, que siendo un absoluto amante de los animales y un más que firme defensor de su bienestar, sé positivamente que mis argumentos van a molestar a esa legión (muchos de ellos grandes amigos) de defensores de toda forma de vida (¿no están vivos los vegetales? me pregunto) y que también, a algunos, les van a salir golondrinos por una declaración tan descarnada y oprobiosa cómo la que ahora viene. Un parecer –el mío– contrario a la razón de tanto vegano, vegetariano y tránsfuga carnívoro. Así que, advierto otra vez, sepan que estoy resignado a la sarta de insultos y denuestos que me va a caer por mi posición anti talibanes animalistas:

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Confieso, sin ningún atisbo de vergüenza ni arrepentimiento, que me encanta una buena fuente de chuletitas de cordero muy «churruscaítas». O chuparle la cabeza a –al menos– una catorcena de gambas a la plancha y a sus primas cercanas las cigalas. Pierdo la cabeza, esta vez la mía, por un buen chuletón de buey –si es gallego mejor– acompañado de unas indispensables patatas bien fritas. (Tengamos en cuenta que las papas, son también hijas de Dios.) Y que los pinchitos, debidamente especiados, en dos pares de dos es como mejor se comen.

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Un buen bocadillo de jamón ibérico orillado de tocinito quita las penas más grandes. Y uno de mortadela Mina con mantequilla Zas hace que se me salten las lágrimas más escondidas en los recovecos de la memoria. También conozco a alguna que duerme conmigo, que no se considera ninguna maltratadora de animales después de jalarse un indeterminado número de alitas de pollo adobadas y fritas, y ahogadas –para más inri y sufrimiento– en una proporcionada cantidad de cerveza. Y ahora, ahora que estamos en Feria, una buena berza de madrugada con su correspondiente «pringá» y ya me callo, (que bueno un plato de callos!) le devuelve la vida hasta al mismísimo Antonio Orozco.

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Renegar de nuestra evolución propiciada por el consumo de proteínas animales. Renunciar a los métodos de subsistencia basados en la cría y la ingesta de productos de origen animal. Reprobar el consumo de carne en aras de erradicar un innecesario «maltrato» es cuando menos una tontería y un peligro para una adecuada y racional alimentación.

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Quiero pedirles, no obstante, la gracia de la tolerancia y la comprensión para aquellos amantes de los animales que –teniendo bichos domésticos en sus pisos de ciudad– los tienen sometidos a esa cadena perpetua, privativa de libertad, que supone el arresto domiciliario–cuando no a la emasculación indeseada a los inocentes gatitos– con el solo consuelo de media hora de libertad de bozal y correa y una dieta a base de insustancial pienso, aunque sea de la marca «Luego Existo».
Quede claro pues, que los omnívoros, no somos asesinos antropófagos por comernos a nuestros semejantes los irracionales. Ni tampoco, somos sádicos asesinos porque nos guste ver una corrida de toros.

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Los comentarios que se han oído acerca de la cogida del «asesino» Francisco Rivera Ordoñez, me parecen de una ignominia y bajeza difíciles de superar. Una asnada y una imbecilidad tan notoria cómo irreflexiva. Un desprecio, hacia nuestra historia y nuestra cultura mediterránea, por ciertos individuos que se echan las manos a la cabeza por un león en Zimbawe y dejan pasar el tren de su crítica por los miles de niños que mueren de hambre en ese mismo país.
A lo que vamos!

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El artículo de Juan Gaitán que ahora viene –y que era la primera y principal intención de este post– nada tiene que ver con lo antes dicho por este que suscribe; y, como es habitual en él, en Juan, es de una argumentación y razonamiento incontestable acerca de la polémica sobre la situación que sufren los jamelgos de los coches de caballos debidos a los calores que nos acontecen. Un, como siempre, espléndido e impecable artículo.

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Nota: Todas las imágenes que ilustran esta entrada son obras de Dimitri Tsykalov.

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Disfrutadlo. Este es:

COCHES DE CABALLOS

Hay pocas ciudades a las que no les siente bien el sonido de unos cascos de caballo al trote lento y el murmullo de las ruedas de una calesa o de un birlocho atravesando las calles. Quien ha podido ha tomado un simón en el Central Park de Nueva York, o se ha dejado conducir por las calles románticas de Praga por un cochero uniformado y muy serio que ejercía su oficio con la dignidad y la elegancia de un príncipe bohemio.

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Los coches de caballos son un anacronismo, una mota de pasado que se ha quedado estancada en la vida de algunas ciudades y forman parte de su aspecto, de esa fotografía que enseñan a los turistas para que los turistas hagan una fotografía.

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Y ahora aquí, en Málaga, por esta modernidad nuestra tan de urgencia y de limpio siempre, de pronto surgen los de «Ciudadanos», con toda su obligatoria carga de cambios a cuestas, y proponen trocar los coches de caballos por unos modelos «de época» y eléctricos, o sea, por réplicas más o menos conseguidas de coches de época, seamos exactos.

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Los coches de caballos, para mí, durante mucho tiempo, hasta que empecé a viajar y a perder el pelo de la dehesa, eran solo ese socorrido reportaje veraniego que casi todos los becarios que en el mundo han sido han escrito alguna vez, acaso pensando que era la primera, y también el objeto de una anécdota que se cuenta en las reuniones de periodistas sobre un colega que en sus buenos años, antes de que las adicciones le llevaran a deambular buscando el sablazo, acudía a las ruedas de prensa subido en uno y fumándose un puro.

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Pero ahora, a la vuelta del tiempo, después de haber editado un par de docenas o tres de reportajes y haberlos visto en tantas ciudades ensanchando el paisaje de su tipismo, de comprobar cómo conviven con su contemporaneidad desde su antigüedad, entiendo que sí, que es cierto, que son un anacronismo, pero las ciudades, todas, tienen sus anacronismos, sus casticismos más o menos admisibles, y también entiendo que los llamados «animalistas» crean que los animales sufren con ese trabajo, y puede que tal vez incluso sea verdad, pero no sé si han llegado a caer en la cuenta de que el día que los desenganchen del birlocho será para llevarlos directamente al matadero, porque a ver quién se hace cargo de la manutención y cuidados de un animal que no produce y no es una mascota ni puede meterse en un piso.

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A ninguna ciudad con un pasado que no quiera enterrar le estorban sus coches de caballos como no deberían estorbarles sus palomas o sus vilanos. Pero Málaga es a veces como un niño con un lego, siempre queriendo desmontarse a manotazos para construirse otra vez, y no siempre mejor.

Juan Gaitán 14.08.2015

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EL INSOMNIO DE UNA NOCHE DE VERANO

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EL INSOMNIO DE UNA NOCHE DE VERANO

«Con todo esto y a decir verdad, en nuestros días, calor y descanso no hacen buenas migas» (Variación conveniente sobre El Sueño de una noche de verano.
(William Shakespeare)

«Y Vulcano, Hefestos, Huehuetéotl y Agni –dioses de la caló– unieron sus fuerzas y desterraron a Kelvinator y a Toshiba a los ígneos mares de lava del Tártaro.» (Anónimo)

Todo empieza con un «clic»; así, de esa manera tan fácil cómo espeluznante. De forma inesperada. Un «clic» que provoca que tu ojo derecho se abra irremisible e incontrolablemente de par en par. Tu mente se va despertando poco a poco y tú ruegas al dios Morfeo que no te deje abandonado en los brazos de Vulcano. Pero el dios del sueño – que por cierto es Morfeo que Picio– no solo no te hace caso sino que, amparándose en que es él el que quiere descansar, te regala un segundo «clic» antes de irse; así pues, el segundo ojo –el izquierdo– se abre también irremisible e incontroladamente para – acompañando al primero– dejarte con una cara de perfecto gilipollas durante al menos cuatro espantosas e inacabables horas.

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En Hefestos, (que dirían los clásicos) acabas de entrar en ese indeseado estado insomne –insoportable, insufrible e irritante– que te regala la alta temperatura. Así que, ante la imposibilidad de conciliar el sueño, empieza uno (para recuperarlo) a aplicar ciertas estrategias de contraataque…

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La primera fase: La lectura; desde la hora prima (que casualmente también es la primera del día) hasta las dos de la madrugada (que es la segunda) uno termina con el premio Goncourt de la mano de Lamaitre y da buena cuenta de la Barcelona gótica del valenciano Llobregat; su testimonio sobre Vesalio y unas cuantas muertes hartamente truculentas. Pero leer –a la mala sombra de los 42 grados– es tremendamente cansado y fatigoso. Y entonces, ya un pelín desesperado, abandono la lectura y entro en…

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La segunda fase: El Facebook; se trata esta fase del leer los múltiples mensajes acumulados desde tu última visita; y eso, te lleva como otra hora. Ya nos hemos puesto al día y en las tres de la madrugada. Y en saliendo de la segunda, y cómo es preceptivo, reglamentario y regulado, viene…

La tercera fase: el Facebook; ¡Alto ahí! dirán Uds… Que esa es la segunda, Segismunda! Y sí. Y no. Porque la tercera es una prosecución de la segunda cómo también es preceptivo, reglamentario y regulado. No sé si me estoy liando. A ver, me explico: Cuando ya he terminado de leer todos los mensajes acumulados que he indicado antes, de mientras –que diría el gitano Antón– me han estado saliendo avisos de «nuevos mensajes» en la susodicha página. Y me doy cuenta –y eso me reconforta– que hay una fauna noctámbula y noctívaga que tiene el mismo problema que yo y que trata de alejar la vigilia obligada distrayendo la mente y alejándola de la pesadilla despierta del desespero.

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Y me sorprendo al comprobar que mi querida MCT tiene unos pies pequeñitos y bellísimos (ella lo sabe) y –que los alza para apoyarlos, buscando el fresco, en la pared– los retrata y los cuelga en la red para sufrimiento de unos; para deleite de otros. Ella se distrae. Nosotros también y nos alegra la mirada. Veo también que un desconocido (de este no pongo iniciales siquiera) se lamenta de la mala suerte al fallarle su intento de suicido. Tal y cómo te lo digo, Rodrigo. CAS aconseja al fallido suicida que no desespere y que confíe en Dios. Ese mismo Dios, que de manera poco generosa, le ha regalado las cuitas que le han llevado al intento. Mi amada CSP –ya pasadas las cuatro de la madrugada– cambia la foto de su perfil, y aunando tímidas desnudeces y frescura playera, te recuerda lo infeliz que puedes ser con su ausencia y que para nada, con esa pose natural y espontánea, alivia tu asfixiante calor.

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Taz Looney (de este si pongo su nombre, sin acritud) me sugiere me meta por salva sea la parte un cargamento de abanicos japoneses para refrescarme, y de camino, desearme un feliz ano nuevo. Además, un hijo de puta se carga a un león en Zimbabue y El Protegido de Pablo Aranda no para de visitar países. Y mientras tanto, algunos más, ya bastantes, –la nómina de insomnes crece imparablemente– dan al botón de «Me gusta» a mensajes antiguos míos. Más «Me gusta» a fotos, también antiguas, y eso me honra, porque denota que mi muro es navegable y apetecible para algunos y además, les refresca el momento del ardor guerrero.

Fauna infelizmente descansada; incapaz de conciliar el sueño. Sometida al calvario indeseado del bochorno y de la calorina. Adoradores obligados de la calidez y la calina. Desesperados habitantes del desconsuelo, de la angustia y de la impaciencia. Resignados y temerosos por la próxima noche canicular que se les avecina.

  • Todas las imágenes que ilustran esta entrada, son obra de Mihai Christe.

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EL CLUB DE LOS PURETAS TUERTOS

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EL CLUB DE LOS PROVECTOS TUERTOS

Vengo observando, desde hace ya algún tiempo, que una de las últimas fases por las que pasa el ser humano en eso que es la vida, es el despertar de las glándulas productoras de las hormonas del descaro, de la desfachatez y de la insolencia. Parece ser que el cuerpo, –rememorando las épocas primeras– saca a pasear por última vez la nula reflexión y la impertinencia. La descortesía, la osadía y la desvergüenza. Sin acritud, entiéndaseme. A ver. No se crean que exagero; me explico: Quien no ha sufrido en una cola del Carrefour una rapidísima pasada tipo Márquez-Lorenzo de una vieja que, amparada por la ley de la senectud, te pega codazo, refunfuña, te mira con desprecio, te regala una vaharada de olor inclasificable, y se te pone delante porque ella lo vale? 1202857212_850215_0000000000_sumario_normal Quien no ha sido interrogado hasta el tercer grado por la anciana de turno –mientras esperas en el ambulatorio médico– acerca de tus padecimientos y el consiguiente y eficaz remedio que tan bien le fue a su difunto marido fallecido recientemente por la misma dolencia? Quien no ha sufrido la indiscreción y la desconsideración del comentario grosero e inoportuno de la abuela del amigo que –nada más verte– te espeta lo gordo que estás, o lo calvo que te estás quedando? ¡¡Ay que ver, Manolito, con la mata de pelo que tenías; Ay, qué pena, Manolito; que gordo tás puesto!! y Don Manuel, director de entidad bancaria, se queda disimulando atribulado, contrito y cagándose en todas las muelas de la reputa vieja que Satanás queme en los infiernos por los siglos de los siglos. Amén! images_2042 Pues bien, lo que ahora viene, es real. Me pasó ayer en el Hospital Civil de Málaga; Sección Oftalmología; Primera planta ascensor. Resulta que Santa debía de operarse de cataratas en el ojo derecho, así que llegamos al centro hospitalario el día de la intervención. La presencia de mujeres provectas es alarmantemente profusa. El Father se va oliendo lo que, irremediablemente, tiene que llegar. Cuatro compungidos varones; dos jóvenes y otros dos de la misma quinta que las cotillas conforman el cegato grupo. Y Santa. Mi amada y paciente Santa. Y yo, que soy el narrador y que, nada más llegar, ya estoy deseando largarme de allí. hospital_civil_-_mlaga-640x640x80 El interrogatorio hacia mi mujer y hacia mí mismo es continuado y agotador por parte de dos señoras que, enfundadas –como todos– en camisones y pijamas anti libido, nos hacen un exhaustivo censo de enfermedades y padecimientos digno de la Agencia de Inteligencia Americana. CIA para los amigos. Yo las miro con cara de circunstancia y horror;  y con el innecesario argumento de que soy acompañante, que no paciente, y que por tanto estoy eximido de someterme al Poli Deluxe, trato de escabullirme y escurrir (infructuosamente) el bulto. Llaman a Santa la primera y yo aprovecho para ir a desayunar a la cafetería exterior que está pared con pared con el mortuorio. Una asquerosidad innecesaria a mi escrupulosa manera de ver. Entran los pacientes (los impacientes tambien) en el quirófano en ordenado desfile; y tal cómo entran, van saliendo. Mismo orden de entrada, mismo orden de salida a una sala de descanso (por los cohoness) donde habrán de reposar los pacientes intervenidos (los impacientes tambien) y con un sólo (por los cohoness) acompañante por paciente intervenido. cirugia-corbis456 Los ayes, las quejas y las solicitudes de un auxilio innecesario son continuos y constantes por parte de las viejas. Hablan a gritos a los maridos. Contestan llamadas de móviles de politonos que no les pegan nada. Las llamadas solicitando silencio de las estoicas y resignadas enfermeras igualmente continuas y constantes. Los familiares (de tres en tres) de las dos carcamales dando un porculo, más que notable, sobresaliente cum laude. No sé si gracias al destino o la inconmensurable generosidad y comprensión del equipo médico, somos los primeros en salir del hospital no sin antes haber sido citados para el día siguiente –a las nueve en punto de la mañana– en el servicio de Urgencias del citado centro para la primera revisión tras la intervención. cuidaint2 A la mañana siguiente, Father y Santa, a las nueve menos cuarto, entran en una atestada sala de espera donde se encuentran toooodas las viejas acompañadas por su vociferante y numeroso séquito familiar. Habrán acampado fuera toda la noche? se preguntan los Gorgonzola. El calor exasperante. 1154860 Los comentarios, cómo es habitual, insoportables. Salen los abanicos a relucir. Un sindiós. En esto que entra la enfermera y dice: – A ver! los que estén operados del ojo pueden pasar a la sala del pasillo de enfrente que ahora está vacía y más cerca de la consulta de oftalmología! Piensen en la Banda Sonora Original de Carros de Fuego. Imagínense la escena (para observarla en toda su magnitud, dimensión y trascendencia) a cámara muy lenta y prepárense para lo peor. La horda viejuna, cual si fuera impulsada por un invisible resorte, sacando fuerzas de flaquezas (se trata de una cola) salta de sus asientos, y cómo si les fuese la vida en ello, salen en tropel con los andadores pegándose achuchones y codazos (les suena?) para coger sitio en la sala nueva. Jaleada, cómo es natural, por la caterva familiar de cada uno. P4 Quedan los Gorgonzola absolutamente solos y abandonados en la sala primera. Al momento entra una pareja de ancianos con cara de derrotados en Waterloo al no haber sido capaces de tomar plaza; y al segundo momento una enfermera que pregunta a la casi vacía sala (no sé si gracias al destino o la inconmensurable generosidad y comprensión del equipo médico otra vez): ¿Santa de Gorgonzola? Y allá que vamos atravesando el pasillo –altivos, arrogantes y altaneros– camino de la consulta. Cuando pasamos por la atiborrada sala de espera, un silencio sepulcral se impone; y tal si fuesen, que lo son, El Club de los Puretas Tuertos, nos miran con el ojo sano, con una mezcla de desprecio, envidia y estupor. Mientras nosotros, miramos hacia adelante, orgullosos de nuestra suerte, mandándolas a todas «in mente» a tomar por el mismísimo culo. 10330470263_b8cdceee96_b*** elemento-decorativo-floral_23-2147486718

SÓLO UN MOMENTO. ON STAGE

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SÓLO UN MOMENTO. ON STAGE

Se suelen prodigar poco. Por eso, cuando deciden dar un concierto, este es recibido con albricias, regocijo y satisfacción por parte de sus seguidores que no somos pocos. Cada uno de los diez componentes del grupo «Sólo un Momento», cada uno digo, son artistas multidisciplinares y, además, con profesión propia; de modo y manera que no necesitan sus habilidades estéticas, teatrales y musicales para su «modus comendi». De ahí sus contadas apariciones encima de los escenarios y por ende el interés y la expectación que levantan entre el público aficionado a la música, al teatro, a la danza y a las letras (especialmente escogidas de entre los mejores poeta malagueños de hoy y de siempre) cuando, por fin, se deciden a regalarnos su show en directo.

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El sábado 20 de Junio a las 22:00 en la Sala La Cochera Cabaret -y organizado por la Sociedad del Blues de Málaga- tendremos una oportunidad especial y singular de poder disfrutar de un espectáculo único y diferente de lo que estamos acostumbrados a ver encima de un escenario. On Stage.
El excelso Poeta Juan Miguel González del Pino, escribió en su día, una semblanza del grupo después de su memorable actuación en el Teatro Echegaray de la ciudad de Málaga que ahora podéis leer a continuación. Para poneros en antecedentes de lo que se avecina el próximo sábado.
Totalmente recomendable.

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LA REBELIÓN DEL BUEN GUSTO

El hombre al que quebranta una tos muy antigua, lamenta no haber podido asistir al concierto de “SÓLO UN MOMENTO”, en el Teatro Echegaray. Aunque quién sabe si envió su ectoplasma dado la inusitada ocasión de semejante privilegio estético. Este hombre fue informado al día siguiente de la actuación de dicho grupo, por un sensible y culto espectador, José Antonio Quesada que, con ánimo sereno y penetrante, no escatimó, sorprendido, sinceros elogios a la excelente actuación y puesta en escena de tan singular y ecléctica banda.
Ya era hora de que alguien se levantara contra la larga tiranía de la mediocridad que tanto padecemos. ¡Enhorabuena y ánimo!. Frente a la cochambre hegemónica de coleguillas subvencionados, ¡la insurrección de la delicadeza¡; contra la plaga de advenedizos trileros, ¡la noble apuesta por la belleza!; frente a tanta voraz ramplonería monotemática, ¡la rebelión del buen gusto!

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Hace casi media eternidad que conozco a Auxi Toro y a Ami Cumpián. Ambas damas postulan no la utópica y sangrienta revolución permanente trotskista, si no la creación amorosa y diaria que aconsejaba Juan Ramón Jiménez. Auxi viene de los goliardos, de Jorge Manrique, de Quevedo, de Goya, de todos los romanticismos, de Valle-Inclán, de Artaud, del surrealismo, de Ionesco, de Gutiérrez Solana, de la copla española, de Gómez de la Serna, del fado lisboeta y de Emilio el moro. Posee un corazón tierno y vehemente, atemperado por esa dulce melancolía tan propia de los espíritus íntegros y delicados que nunca olvidan que “el niño es el padre del hombre”.

Ami, a quien conozco menos, es más evanescente, con ese laconismo un poco inglés del Grupo Bloomsbury. Esbelta y sensitiva, distante y serena, siempre me ha parecido un trasunto de los artistas prerrafaelistas, con algo de la exquisitez decadente de los hermanos Rossetti, Dante Gabriel y Cristina. Para esta distinguida dama, la filosofía del arte por el arte sigue siendo tan necesaria y cotidiana como el canto del petirrojo.

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Del resto de los componentes del grupo ya iré avanzando mis daguerrotipos líricos conforme vaya adquiriendo mejor conocimiento de ellos.

El hombre al que la lluvia lo devuelve a la infancia, da gracias a la caudalosa amistad de Álvaro Souvirón, que una vez más ha hecho acopio y labor de la mejor escuela de cronistas. Espléndido su blog; contagiosas sus palabras entusiastas; evocadoras las bellas imágenes de tan inolvidable efemérides.

Gracias a todos por creer en la libertad, la justicia y la belleza, ideal impulsor de toda verdadera aventura del espíritu. Gracias por haber entreabierto la puerta para poder vislumbrar al unicornio, aunque haya sido SÓLO UN MOMENTO.

Juan Miguel González del Pino

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LA NOCHE DE BODAS DE OLIVIA

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Este es un relato antiguo (Uno de mis favoritos) que me ha apetecido volver a colgar con otro formato.

Prólogo:

Olivia fue mi queridísima perra. Una Fox-Terrier atípica.

Atípica por dos razones esencialmente:

La primera, porque fue una perra que, aun siendo tal y como os digo, de la fuerte de carácter raza de los Fox Terrier, jamás dio un bocado a nadie, fue cariñosa con todo el mundo y fue también un poco perra de todos los vecinos por su bondad; a pesar de la lógica reticencia de algunos de ellos conocedores de la fama de irascibles que tiene la susodicha raza.

La segunda razón es que gran parte de su vida, desde cachorro, se crió con el otro componente de la familia: nuestro gato persa Gutiérrez. Está amistad atípica, forjó un carácter afable en los dos. De tal manera que cuando nuestros amigos llegaban de visita a casa, no solo Olivia corría a recibirlos a saltos, sino que Gutiérrez también, este sin saltos.

Es por eso que, dada la amabilidad de nuestra perra, no creo tuviera inconveniente alguno en que se haga público lo acaecido en:

LA NOCHE DE BODAS DE OLIVIA
(Y CHAPI)

Aquí la podéis leer:

La Noche de Bodas de Olivia[1]

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¡PONGA UN GORDO EN SU VIDA!

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¡PONGA UN GORDO EN SU VIDA!

«Dedicado a mi amigo Antoñete,
porque él sabe bien de lo que hablo»

Tiene el hombre entrado en carnes –según ilustres prohombres (obesos)– muchísima más capacidad, potencial y destreza para hacer feliz a una mujer, que uno canijo, enteco y entreverado de abdominales. Yo –que estoy completamente de acuerdo con ese inteligente y justificado argumento– se lo comento tal cual a mi mujer y a mi hija y estas –incomprensible e irracionalmente– me miran con cara de «Te quieres í pereíl». Muy desagradecidas a la par que desagradables que son, debo de reconocerlo.
Pero yo les insisto… Somos menos proclives a las infidelidades (porque tampoco se nos ponen demasiado a tiro las mozas, reconozcámoslo; aunque la que lo hace, cae invariablemente.) Somos más simpáticos y divertidos; bastantes menos endiosados que esos tabletones andantes; carne de gimnasio barato que son. Somos hogareños y familiares; y además –cómo la catalítica Butha Term– calentamos pero no quemamos en las frías noches de invierno. Nadie como nosotros, templamos entre nuestros muslos los ateridos pies de nuestras propias. Nadie soporta tan estoica y resignadamente el suplicio de esos insensibles y frígidos pinreles antárticos; de ahí lo de Frigo–Pie.

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Hace años el ilustrado y erudito Antonio Garrido Moraga, hizo una impresionante soflama sobre el nazareno gordo. Reivindicando su contundente figura y su importante papel en el aspecto visual de las procesiones malagueñas. Ahora, es el escritor y articulista Juan Manuel de Prada el que hace la defensa a ultranza del hombre fornido, robusto y corpulento en detrimento del lechuguino currutaco, nervudo y correoso que marca paquete por la total ausencia de chicha.
Este es el artículo integro, que incluyo para que sirva de información y divulgación a las pavas que se dejan deslumbrar por los insensatos niñatos faltos –ya te digo– de la más elemental chicha; de la mínima. imprescindible e irreemplazable limoná.

Aquí lo tenéis

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Apología del gordo
Juan Manuel de Prada

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Basta observar la obsesión que hombres y mujeres muestran por mantener la línea para confirmar que la tan cacareada ‘igualdad de sexos’, lejos de ‘liberar’ a la mujer, ha igualado a hombres y mujeres en la servidumbre y el gregarismo, en la majadería y el sometimiento lacayuno a cánones estéticos grotescos y obsesiones salutíferas idiotizantes.

Mens stulta in corpore sano, parece ser el lema epiceno o bisex de esta época calamitosa, en la que las mujeres, lejos de renegar de las dietas y de las fajas estranguladoras de sus mollas, se han apuntado también a esa modalidad quirúrgica de la faja llamada liposucción; y en la que los hombres, que antaño paseaban tan pimpantes sus orondas barrigas, se extenúan en esos manicomios con olor a sobaquina llamados gimnasios, para reducir su perímetro abdominal (a la vez que le ponen los cuernos a su mujer con una monitora machuna e inflada de anabolizantes). Ser gordo, en fin, se ha convertido en un acto de distinción y aristocracia.

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Decía Charles Laughton que los tiranos más crueles son infaliblemente flacos; y Balzac señalaba que, cuanto más delgado es el escritor, más propende a la envidia, el resentimiento, la infecundidad y el barullo sintáctico. Tal vez ambos (puesto que eran gordos apoteósicos) barriesen para casa, pero es una evidencia que todos los mandamases de la Unión Europea, esos tiranos disfrazados de eficientes burócratas, son flacos como anchoas; y también que los escritores más revirados y consumidos por los celos se preocupan mucho de mantener la línea.

A los gordos, en cambio, nos asiste la virtud de la apacibilidad; y tenemos un aplomo, una forma de llenar el traje y de repantigarnos en el sofá que transmite confianza, empaque, sosiego y majestuosidad. No negaré que haya gordos histéricos y culebrillas, acomplejados y cagapoquitos; pero estos gordos indignos no son sino flacos que viven prisioneros dentro del cuerpo del gordo, flacos disfrazados de gordo a los que conviene encerrar de inmediato en un manicomio con olor a sobaquina, para que se froten la cebolleta con una monitora machuna e inflada de anabolizantes, mientras recuperan su verdadero ser.

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Dios pudo haber creado al hombre como un manojo de huesos tapizados de piel; pero quiso que la gordura protegiese nuestros huesos, los acolchase, los abrigase cariñosamente, dotándolos al mismo tiempo de estabilidad, pues sabía que los huesos son la parte más delicada de nuestra anatomía, y la más necesitada de una mullida amortiguación. Pero las grasas abundantes no sólo sirven como almohadas de los huesos, sino que son un reclamo irresistible para el amor. Está demostrado que los hombres gordos somos los amantes más abnegados, pues nuestro abrazo siempre resulta más tierno y arrebatado (¡y también más arrebatador, porque arrebata el aliento!), e infinitamente más cálido (cosa que se agradece mucho en las noches más crudas del invierno). La mujer necesita sentirse acunada y arrullada por el hombre de sus sueños; y no hay mejor hombre de los sueños que un gordo sin complejos, en el que la mujer puede envolverse como en un edredón nórdico, y arrellanarse sobre él como se arrellanaría sobre un confortable diván con cojines, y navegar dentro de él como si lo hiciese por el estómago de una plácida ballena.

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Nadie como el gordo inspira estos sentimientos en la mujer, que además desconfía (¡y con razón!) del hombre que tiene menos centímetros de cintura que ella, obsesionado por mostrar dotes de acróbata o contorsionista. Frente a este tipo de hombre tarambana o espíritu de la golosina se alza el gordo sin complejos, que pone toda su carne en el asador y se centra en lo que hay que centrarse, con insistencia y consistencia. Por último, aunque se diga que el hombre gordo es una carga excesiva para el presupuesto doméstico por gastar mucho en comida, lo cierto es que sale mucho más caro el hombre obsesionado por guardar la línea, con sus suscripciones al gimnasio, sus ridículas ropas deportivas (¡esas zapatillas fluorescentes!), sus complejos vitamínicos y sus remedios contra la jaqueca. No hay hombre más amante, fiel y agradecido que el gordo; y esto la mujer que lo probó lo sabe.

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Yo doy todos los días gracias a Dios por hacerme y mantenerme gordo y por permitirme disfrutar de delicias que están vedadas a los flacos. Y cada vez que un flaco me mira con tirria, recuerdo aquella anécdota de Bernard Shaw y Chesterton. «Si yo estuviera tan gordo como usted –bromeó Shaw–, me ahorcaría»; a lo que Chesterton repuso, beatífico: «Tranquilo, si algún día decido ahorcarme, lo usaré a usted como soga». Dicho lo cual, siguió siendo su amigo, porque los gordos somos un cacho de pan.

***

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Todas las imágenes que ilustran esta estrada, son obras del artista colombiano Fernando Boter.

EL EMINENTE Y EXCLUSIVO CENTRO DE ESTUDIOS DEL TALENTO.

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EL EMINENTE Y EXCLUSIVO
CENTRO DE ESTUDIOS DEL TALENTO.

«Tiene verde la mirada
y el aire de pizpireta
Lolita de nueva hornada
bien puestas el par de piernas»

(Camarera de mi ron; Vladikov Nabomir)

 

El a priori:

En el año 1986, un grupo de intelectuales de la ciudad de Málaga fundaron el Centro de Estudios del Talento. Una congregación que estaba y está integrada por insignes prohombres con una particularidad común: una innata predisposición y vocación hacia la cultura y el conocimiento. Hacia la ilustración y el discernimiento. La sede estaba en la Calle Lágrima Virgen número 19. No me negarán que ya el nombre de la calle promete y cumple.

Su Presidente, el notable escritor, profesor y poeta Francisco Javier López Navidad. El Secretario, el sinólogo y erudito Javier Cabeza y Sanz. Cómo Tesorero «Eméritus di antimanno» el insigne poeta Juan Miguel González del Pino; formando también parte del grupo, como vocales, el pintor Antonio Ayuso y el dibujante Ángel Idígoras.

292027_2190294730220_1610333047_n(Ángel Idígoras por Ángel Idígoras)

Cito a estos ilustres primero, porque –concedida la gracia de mi pertenencia a dicho grupo– auspiciado por Francisco Javier, protegido por Juan Miguel, apadrinado por Idígoras y Ayuso, y certificado por Javier Cabeza, paso a engrosar, y valgo yo mucho para eso del engrosar, las filas de tan excelsa camarilla.

Forman parte también de dicha partida, los siguientes:

Antonio Cabello Arce, corrector y crítico literario, Gavilán y Chaves, filósofos. La escritora Carmen Rigalt; Julio Quesada Martín que es catedrático de Metafísica de la Universidad Autónoma de Madrid; Guillermo Aguilera, los filósofos Carlos Conchillo, Juan Gavilán y Francisco Chaves; el pintor Rafael Alvarado, los editores Francisco Cumpián (también poeta e impresor) y José Antonio Quesada. El escritor Cristóbal G. Montilla y Laureano Quesada; Antonio López Navidad, figura de la medicina, Vallejo «El Ínclito», los también poetas Francisco Bravo y Eduardo Martín Calvo. Antonio Arjona, escultor, José Manuel Domínguez, concertista de guitarra y Juan Alberto Gómez, cantante.

Personalidades de la Manualidad, tales como Manuel «El Viruta», el Sr. don Antonio De la Cuesta, y don Manuel Pérez, ingeniero de átomos y voltios. Alexandru Afrasinei, traductor de Juan Miguel González al rumano, Viola de la OCM. Y ahora –y con la dignidad de recién llegado– el bloguero y cronista virtual Álvaro Souvirón.

el-maestro-y-pintor-antonio-ayuso-2012(El pintor Antonio Ayuso)

El a posteriori de lo a priori:

(Del Cuaderno de Bitácora de Father Gorgonzola.)

Como acostumbra Juan Miguel González, me esperaba amarrado al duro banco acompañado de Paco Navidad, Antonio Ayuso y Javier Cabeza. Debo indicar – no sin un cierto rubor– que el acomodo en mi coche de tan señalado grupo no podría calificarse como una digna demostración y/o exhibición de agilidad, elasticidad y ligereza.

Saltar el tabique infranqueable –ríete del Muro de Berlín– que representa la separación de la trasera de mi coche (circunstancia que podría haberse evitado mi amigo el sinólogo si hubiese entrado por la puerta correcta) procurarse el adecuado acomodo el pintor y el poeta, y la infructuosa y estéril intentona de mi querido amigo el escritor para ponerse el cinturón de seguridad usando para ello la correa de mi bolso-bandolera, presagiaba una tarde aciaga en cuanto a capacidades físicas y cinemáticas. Pero ya saben Uds. cómo son los pensadores.

1229983_10201402218450733_877894438_n(Juan Miguel González por Ángel Idígoras)

Los conduje, no sin cierto nerviosismo, hasta el lugar de la cita donde nos tendríamos que encontrar con Ángel Idígoras. Una vez allí, la camarera, una simpatiquísima y pizpireta chica de intensa mirada y torneadas piernas, nos hizo sentirnos tan atribulados cómo felices y contentos. Un encanto de chiquilla, que nos llevó a más de uno durante un momento, a pasear de nuevo por los jardines medio olvidados de la carnalidad y la concupiscencia.

Podría contar muchas más cosas de esa fantástica velada, pero sólo indicaré que Ángel Idígoras me regaló el original de mi caricatura. Antonio Ayuso la promesa de proporcionarme material para una entrada monográfica en este blog, y Juan Miguel González me hizo entrega de un divertidísimo romance que a modo de colofón inserto al final para vuestro deleite y satisfacción.

caricatura Idígoras original reducido(Álvaro Souvirón por Ángel Idígoras)

Una noche memorable que deberemos, sin duda alguna, repetir. Aunque sólo sea para ver cómo Idígoras aprovecha la reunión para, delante de nuestras narices, realizar la última viñeta que debería de salir publicada en la prensa el día siguiente. Para hablar de Tintín y de comics y tebeos con Javier Cabeza; para oír la palabra didáctica, apocada y respetuosa de Antonio Ayuso; para poder aprender algo nuevo, como cada una de las veces que nos vemos, de mi querido amigo Juan Miguel González. Para poder volver a tocar la guitarra con Ángel esta vez en mi casa; para intentar empaparme –aunque sea sólo un poco– del inagotable ingenio y cacumen de Francisco Javier López Navidad.

11016772_938618862839662_315274109_n(Francisco Javier López Navidad por Ángel Idígoras)

***

Este es el romance-pasodoble al «Chupaodios» de Juan Miguel González; disfrutadlo:

ROMANCE DEL «CHUPAODIOS»
(PASODOBLE)

Bajo las verdes moreras
se aliviaba el «Chupaodios»,
un ojo puesto en el Marca,
y en la Derbi el otro ojo.

Sin importarle un ardite,
retador daba y jocoso
larga coba a los canutos,
buena cuenta del tintorro.

Oculto en las cañaveras,
imaginaba, rijoso,
grandes urbes de ortopedias
y el orbe lleno de cojos.

Tan feliz se las tenía,
que se arrancó a lo Poropo,
con estos trenos de horca
y estos ayes covadongos.

¡Vivan las sillas de ruedas,
y las roturas de codos;
los barrenos a la plancha
y las tapas de microbios!

Alertados por el cante
y los crecientes oprobios,
aludidos guardacoches
majaron al «Chupaodios».

***

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D’ARTA (GNAN)

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D’ARTA (GNAN)

Comparto a menudo con mi amigo D´Arta (gnan) mesa, mantel y cuchillo. Lo de mesa y mantel, pase; eso lo puedo soportar estoicamente porque es un meridiano placer eso del comer en buena compaña y tal; y porque ahí –sobre todo a la hora del café, de la copa y del puro– le puedo y le gano.

En esas ocasiones gastronómicas, D´Arta (gnan) siempre se pone a mi lado –cual pajarillo aterido de frío– buscando el calor de la molla y de la chicha; y siempre nos procuramos -el uno al otro- el otro calor intangible pero igualmente agradecido de la conversación amena y agradable. De los chascarrillos y de las anécdotas, que haberlas haylas y muchas.

Pero en lo de compartir cuchillo, y sigo, en lo de compartir cuchillo miren Uds. eso ya es otra cosa; D´Arta (gnan) –por eso le llamamos así– disfruta en su casa de la vista y la posesión de unas vitrinas repletas de primeros premios ganados en diferentes torneos de esgrima. Tanto nacionales como internacionales. Así que Uds. comprenderán que jugar con armas blancas o de cualquier otro tono (aunque sea un cuchillo de pescado) con este amigo, cómo que está de más para mí. Eso sí! Me encantaría pasear en la noche oscura por cualquier barrio de mala fama para (1) -ante el ataque del navajero de turno en la zona- ver a este hombre ponerse ágilmente delante de mí para (2) dando un rápido culebreo, largarse corriendo y dejarme sólo e indefenso para (3), mientras el caco me desvalija, él ponerse a salvo con la impagable ilusión de poder contarle a la mañana siguiente a todos nuestros colegas comunes, la putada que me hizo y las risas que me pegué. Cómo lo oyes, charlesboyes.

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Bueno, es una broma. Él nunca lo haría, (¿?) pero sirva el ejemplo para indicar que es un hombre con un inagotable y especialísimo sentido del humor. Un hombre perspicaz y agudo (como no podía ser de otra forma); sagaz e ingenioso. Aparte de eso, que no es poco, D´Arta (gnan), también es generoso; muy generoso. Porque cuando nos reunimos de vez en cuando la Logia del Negro Anaranjado, tiene el detalle (él no quiere que yo le diga costumbre por lo que conlleva la palabreja de obligación) tiene el detalle digo, de traerse una botella Ron de edad medianamente provecta y –con la excusa de que es para mi Santa– regalármela.

Yo me siento, absolutamente ufano y feliz de poder asestar semejante sablazo a tan egregio y fino esgrimista. Aunque esa chalauríta de que no es para mí, no me gusta absolutamente nada; porque mi Santa hace suyo el comentario y me esconde la botella para que yo no me la beba del tirón con mis secuaces habituales y me la guarda para las ocasiones especiales que son cuando a ella le da la gana.

D´Arta (gnan) es una persona culta y letrada; de hecho le tengo nombrado mi esporádico corrector in absentia, porque me hace puntuales correcciones desde Madrid. En su día, le proporcioné mis relatos de humor (que aún guardo en la faltriquera de la futura publicación) para que me los corrigiera gramaticalmente –que no ortográficamente como insiste el muy ladino para cabrearme– y así, diligente y rápidamente lo hizo. D´Arta (gnan) es buen amigo; su alter ego Juan Fernando Damas Flores, también. Pero él, el espadachín Darta, lo es muchísimo más!

***

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PALABREJAS

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«PALABREJAS»

«El que me baya quitáo la tobaya…
baya sío porque le baya hesho farta»

En mi familia, el adjetivo «palabrejas» se usaba para designar a determinadas personas que usaban términos incorrectos y equivocados en las conversaciones. Ese es un «palabrejas» decíamos cuando oíamos cualquier barbaridad.

Tres son los tipos de errores que solemos cometer en la representación del idioma: el error escrito (o lapsus calami) el error oral (lapsus linguae.) Y también está –no se crean que no he hecho los deberes– otro tipo de error que yo ignoraba: el lapsus mentis; (el olvido ocasional). Lapsus viene del latín y viene a significar «resbalón», aunque yo creo que es más apropiado expresarlo cómo «patinazo».

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Verán Uds. en mi rama familiar –puedo asegurarles, que era algo muy cruel para nosotros mismos– teníamos la costumbre de que si estábamos hablando con alguien, y ese alguien cometía un «patinazo», mi madre, que era un portento en detectarlos, doblaba los labios exageradamente para hacernos caer (a los que no lo hubiéramos hecho) en el tropiezo del interlocutor. El disimular la risa, era un verdadero acto de coraje y contención. Uno de los suplicio más placenteros que se puedan sufrir.

Establezcamos también una diferencia bien notable y necesaria: nuestra risa (o no risa) dependía de que, si el autor de la barbaridad dialéctica era una persona modesta y de pocos estudios que trataba de usar palabras que carecían del suficiente significado para ella, entonces, en ese caso, siempre era tratada con todo cariño, tolerancia y respeto. Pero, si por el contrario, era una persona suficientemente preparada la que – tratando de impresionar y sorprender, con un deje de pedantería– cometía el gazapo, entonces, el cachondeo estaba asegurado y esa palabra pasaba a usarse formando parte del argot particular de la familia con el consabido peligro de que la palabra se «normalizase» y corriésemos el riesgo de deslizarlas en las propias conversaciones involuntariamente. «Tito Pepe» al vino de Jerez por ejemplo, más de una vez lo hemos dicho para nuestro sonrojo y fatiguita.

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Voy a ponerles algunos ejemplos de palabrejas tan reales como la vida misma. Todas son aportadas por mi propia experiencia y por las de un montón de amigos que han tenido el detalle de ayudarme.

Ahí van:

Teníamos un portero en casa, que cada día saludaba a mi padre comentándole el tiempo.
– Buenos días, Don Fernando…
– Buenos día Felipe.
– Hoy parece que vamos a tener una buena «churrasca».
– Erm… Psí! Me temo que psí, Felipe.

Otro día un amigo familiar, estando con nosotros en la playa hablando de los tiburones, de los marrajos y de las tintoreras, éste, el amigo –tratando de entrar en la conversación con una aportación docta y entendida– exclamó, en voz más que alta, indicando la especie a la que pertenecían estos bichos: «los escuálidos!!!» y se quedó tan pancho. Debería de referirse a los que estaban muy delgados y enclenques.

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Después viene otro gran amigo; éste, era el rey de las palabrejas y de las frases malheridas: Era partidario siempre de seguir los «protocólogos». Cuando algo no podía ser, siempre echaba mano al «Eso es pedirle peras al horno» y muchas otras veces, se sentía «Contra la espalda y la pared». Una señora que venía a limpiarnos las oficinas nos comentaba que su hija recién casada había puesto una cocina con unos muebles de una «Fornica» linda. Y otra, un día, le comunicó a mi madre –con mi medio dólar de plata en la mano– que se había encontrado un «duro del Príncipe Kennyde».

La rama sanitaria es un verdadero e inextinguible filón: Que decir de las «tortículis» y del hueso «kuky». Un buen amigo responsable de una afamada y conocida Mutua Médica, me indica que muchas veces le preguntan ¿Cuanto «degrada» el seguro médico? Y unas amigas enfermeras, me hablan de las hernias «fiscales» de algunas pacientes a las que atienden. Los «análises» solicitados y la masiva ingesta de Aspirinas «flourescentes». Los «gitanales» en vez de los genitales; los «vestíbulos» en vez de los testículos y de, asombrense!! «tener hígado» y un poco de «diabetis».

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¿Y el «esparatrapo» y el «Espidifrén» y otras «medecinas»? Una sobrina, directora de una entidad bancaria, me cuenta que de vez en cuando, tiene que contener la risa porque se ve obligada a hacer «transfusiones» entre cuentas a petición de algún cliente con haberes pero poco ilustrado.

Hay gente que habla con mucho «Rintintín» que por cierto no es un perro y se queda en lo «anedóctico». Y alguna decoradora (sic) que yo me conozco, la caga con eso del «sinfonier» de marras y el uso inadecuado de la palabra dicotomía. No me puedo olvidar de las inefables «cocletas» y de sus inefables amigas las «armóndigas». Del sempiterno «Lejonario» ni de mi queridísima amiga que está harta de que la llamen «Grabiela».

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El año de las inundaciones de 1989 en Málaga –y para evitar una mayor catástrofe– me indica el amigo ecónomo, hubieron de abrirse las «compresas» del Pantano del Limonero para desalojar volumen debido a la «trompa» de agua. Un problema añadido para esas pobres mujeres de vida fácil que se buscaban la vida en las «redondas» de los «polígamos». Tan altas y «esterilizadas». Pero ya se sabe «No todo es lo que reluce». Ah, perdona, «No todo el oro es lo que reluce».

Hay que ver cómo ha subido el barril de «pretóleo», dicen las noticias; y comentaban otros dos, que ayer «juguemos» un partido y «empatéremos». En fin vamos a terminar esta interminable retahíla con otros dos clásicos las «mondarinas» y los «caramales» porque para entender todas estas palabras hay que tener, como los motores «Wobagen», mucha «comprensión» y no estar demasiado «arquerotipado».

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