LA ANTIPATÍA

LA ANTIPATÍA

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La antipática –me refiero a la persona en general, pues no distingo géneros– es que no lo puede evitar el alma mía!

Lleva la animadversión y el desagrado implementado en el cromosoma LA4E (Labio Alzado for Everybody) y eso le obliga – a veces contra su voluntad– a ser desagradable, estúpida e irritable para con todo quisqui.

El antipático es fácilmente distinguible entre el resto de sus congéneres, pues su rostro está marcado por dos hendiduras a los lados del boquino que le procuran –esos profundos cañones de piel– una especie de coraza a la risa, un blindaje contra la amabilidad o, en el mejor de los casos, un particular paréntesis, preceptivo y regulado por su propio carácter seco, adusto y grosero.

Me acusará el lector de este blog de una muy mucha recurrencia en cuanto a despotricar de esta subespecie humana; ya lo he hecho en varias ocasiones con mis desvaríos sobre las impertinentes, las malapipas, y los siesomaníos. Pero son algo, estas singularidades, que me enervan y me sacan de quicio.

El ser antipático, demuestra falta de ingenio, de gracia y ocurrencia. Manifiesta, casi siempre, ignorancia, ineptitud y torpeza. Oculta la maldad, la vileza y la fealdad del alma tras el improperio y el denuesto. ¿No es más fácil decir algo amable –o por lo menos, algo que no sea insultante– a soltar por la boca algo pernicioso, insolente y vejatorio?

No aguanto a los antipáticos. Ni a sus miradas displicentes y desabridas. Me pueden. No los soporto! Prefiero tener a mi lado un vegano antitaurino, dándome por el culo con sus teorías aciagas y catastróficas de un mundo carente de bondad vegetal –y lleno de apocalípticas barbacoas sangrantes y cancerígenas– prefiero sufrir a un político en pre campaña electoral, o a un Policia Local tirando de bolígrafo con cara de suficiencia, antes que soportar la invectiva oral de semejantes individuos.

Quelesdén!! Quelesdén muchísimo, aunque no sea por el culo!!

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TRES

TRES

¡Qué extrañas criaturas son los hermanos!
Jane Austen.

-Dulce es la voz de una hermana en la temporada de la tristeza.
Benjamin Disraeli.

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Muchos son –a mi modo de ver– los arrestos que necesitan los actores para exponerse a las miradas de un público atento e interesado, aunque embutido también en el sentido crítico y escrupuloso (a veces cicatero en el juicio y poco generoso en el dictamen) que le proporciona el imprescindible detalle de haber pagado una entrada para asistir a una representación teatral.

Muchos son los arrestos que necesitan, los profesionales de la escena, para dedicarse hoy día a una profesión en la que sus honorarios representan un porcentaje de taquilla y al que, en muchos casos, sólo le conforman el reconocimiento y el calor de la concurrencia.

Cómo se da la circunstancia de que comparto sangre imaginaria con un actor de la talla de Luis Centeno – compadre, amigo fiel y perdurable– resulta que sé de lo que hablo; de una profesión dura y muchas veces desencantada por los resultados de público y por los escasos apoyos institucionales; por la inseguridad y la discontinuidad laboral. Una profesión que siempre lleva como impedimenta un enorme esfuerzo mental y físico para salir airoso de cada una de las aventuras emprendidas. Mil horas de preparación y ensayo. Tres y tres veces más de estudio y memorización. El jugárselo todo a una sola carta cada noche.

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Tres por dos seis son los ovarios –como pude comprobar el viernes– los que se necesitan para salir a escena y exponerse –con esa desnudez a la que obliga el personaje– delante de un público entregado y al que puedes tocar con la mano, para transmitirle un pasaje de disputas y desavenencias familiares, de reconciliación y solidaridad. De ternuras escondidas entre los pliegues del rencor y del resentimiento; de la aflicción y el desconsuelo.

Seis son los ovarios que le echan (a razón de dos, caben a dos) Elena de Cara, Anita Iglesias Cumpián, y Olga Salut para llevarnos a los asistentes a la reflexión sobre tu propia condición familiar; sobre tu propia situación como hermano y cómo hijo. Acerca de las familias que corren el enorme peligro de desmembrarse cuando falta el efecto (y el afecto) «adhesivo» y conciliador de los padres.

Seis son los ovarios que le echan (a razón de dos, caben a dos) Elena de Cara, Anita Iglesias Cumpián, y Olga Salut para llevarnos a los asistentes a la risa y a la alegría reparadora y reconfortante. Esa es la magia de esta obra: La capacidad de llevarte en un instante desde el dolor a la alegría; desde la desolación al júbilo y al contento.

TRES es un espectáculo escénico carente de aparatosidad, en el que una simple olla de conejo con tomate y una botella de coñac de color incierto suplen cualquier aparato ostentoso e innecesario . TRES. Muy recomendable; no se lo pierdan. Todos los jueves y viernes de febrero a las 20:00 en la Sala B del Teatro Cánovas en El Ejido.

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ELOGIO AL MIEDO

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ELOGIO AL MIEDO

Porque va de serie con eso del tener carnet de socio numerario de esta raza cuasi humana, penamos y padecemos –indeseadamente y a lo largo de nuestra existencia– un enorme e inabarcable repertorio de temores y desasosiegos. Miedos y sobresaltos que nos cohíben y coartan y que nos hacen más débiles y pusilánimes ante las eventualidades que acompañan a eso del respirar medianamente tranquilo que se llama vida.

Y eso, cómo se comprenderá, no está bien; porque a lo largo de esa vida, y en ocasiones puntuales…

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Tenemos miedo al desprecio y a la desconsideración; miedo a la apatía, a la displicencia y a la impertinente repulsa de los demás. Tenemos miedo de otras personas que –sin tan siquiera fijarse en nosotros– nos parecen amenazadores y desafiantes; miedo de nosotros mismos que –intransigentemente– nos subestimamos de forma inaceptable.

Miedo a que te descubran las flaquezas y fragilidades. Mucho, mucho, mucho miedo, al inexorable paso de los días. Miedo a una vejez obligadamente inactiva y a la decrepitud que ésta conlleva; miedo al desamor y al desengaño y, muchas veces también, ¡Pásmense Uds.! al amor y la ternura; al cariño y al afecto. Tenemos miedo – en ocasiones– a todo y de todo; siempre miedo. Miedo desaforado a padecer penas y aflicciones.

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Sufrimos el miedo a la pobreza, y el miedo a la pérdida irreparable; al extravío y a la desorientación. Miedo a lo nuevo y a lo desconocido. Miedo a la franqueza de la palabra amiga y miedo a la crítica; sea o no sea razonable. Miedo al despiste y a la confusión; al desmayo y al lapsus. A la enfermedad, al dolor y al sufrimiento. Miedo a decepcionar a los que creen en ti; a defraudar a los que te quieren. Miedo al fracaso. Aunque también sufrimos el miedo del éxito, no se vayan Uds. a creer; miren si no los últimos «Pastorasoler» y los «Joaquinsabinas» tan comentados estos días. Enfermamos por tener miedo al descontrol, al desorden y a la desorganización. Miedo a la soledad y a la ausencia; al abandono, al destierro y a la melancolía. A la nostalgia; a la añoranza, a la aflicción y a la amargura.

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Miedo a los optimistas ascensores que nos suben a los loores. Miedo a los miserables montacargas que nos bajan a los sótanos del desánimo y de la angustia. Miedo los conductos de ventilación de nuestra frágil memoria. Miedo a la entrega, a la devoción, a la piedad y al sentimiento de lástima. Sufrimos con ello. Miedo nos da el revés y miedo nos da la decepción. Tenemos miedo al sudor frío y al sudor húmedo y caliente. Miedo a padecer hambre; miedo a sufrir sed. Miedo.

Miedo al beso. Miedo al abrazo, miedo a la mirada y miedo al guiño; miedo al tacto. Miedo a la obligación y al compromiso. Miedo…miedo…miedo…Mucho miedo para tan corto plazo.

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¿Pero saben Uds. lo que pasa? Que cuando por fin, el miedo se va; nos abandona –que suele ser en la antesala del término de nuestra vida– porque ya nada nos importa lo suficiente, y nos encontramos –sorpresivamente– con el coraje, con el arresto y con la valentía que siempre nos faltó va y pasa que en ese momento, al no notarlo (el miedo) nos sentimos desamparados. Porque no nos sentimos protegidos –en ese último viaje– por el fiel compañero, por el compadre reparador y precavido que al final, resultó ser ese sentimiento de temor; y lo echamos de menos; y lo añoramos cuando nos adentramos en las infinitas y eternas sombras que nos empiezan a rodear.

Y es entonces –cuando no lo encontramos a nuestro lado– el momento en que nos damos cuenta de que el miedo –amigo obligado y forzoso– aunque mortal y perecedero, resultó ser un amigo; aliado incondicional que nos libró de batallas que podríamos haber perdido y que ahora, para siempre, nos ha dejado en la estacada.

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* (Las ilustraciones que adornan est entrada son de El Bosco, Giotto y Francken)

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EL NIÑO AQUEL QUE FUÍ ME LLEVA AHORA.

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EL NIÑO AQUEL QUE FUÍ ME LLEVA AHORA.

“Las niñas, que son hadas y princesas,
los niños que son magos,
las gotas, que son perlas, de la lluvia,
las llamas que son pájaros.”

Juan Miguel González.

Por eso de su aversión a las temperaturas gélidas, el Poeta Juan Miguel González, cuando sale, va siempre cubierto con un elegante sombrero. Tiene muchos. El ir siempre con la azotea techada, no sé si tendrá como fin el calentarse la cabeza o el impedir (yo creo que es eso) que se le escapen volando al exterior esas preciosas y recapacitadas piezas poéticas que él tiene a bien componer y –en casos muy puntuales– regalar.

Juan Miguel adorna su apariencia con un dandismo evidente. La última vez que estuve con él vestía un precioso sombrero, unos confortables pantalones y una chaqueta, ambos de punto, que le aportaban calidez y prestancia. Distinción y elegancia. También despedía un agradable olor; una mezcla –quise suponer y me lo invento– de lavanda inglesa y Vicks VapoRub. Una mixtura del centenario jabón Lifebuoy y hojas maceradas del falso árbol de la pimienta.

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Habíamos quedado en el sitio acostumbrado para intercambiar regalos. Él me había pedido –con esa humildad que le caracteriza y haciendo caso omiso a mi advertencia de que siempre le estoy dispuesto– una copia del álbum “Sigamos en las Nubes” del grupo Tabletom para regalárselo a unas amigas holandesas que querían oír alguno de sus poemas musicados por los hermano Ramírez… Yo, «motu proprio» le llevé también las letras impresas de sus poemas con la banda. Estas para él.

Por su parte, Juan Miguel, «Quid Pro Quo» me iba a entregar el original del romance “El Monte de las Tres Letras” del cual me hizo protagonista. Pero ya lo he dicho, y lo repito sin sonrojo, el Poeta es enormemente espléndido y regala lo más valioso de él; así que para dejarme desarmado, me llevó un poema dedicado. Un poema en el que habla de ese niño que todos llevamos dentro; a pesar de estar ya pagando con muchos años vividos, el tributo de la existencia.

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Afortunadamente, todavía mantengo ese niño dentro de mí. Algunos lo llamarán inmadurez y yo lo asumo encantado. Asumo esa inmadurez preciosa que me hace recordar los tiempos felices de mi niñez y de los que aún guardo retazos con esa costumbre que mantengo del comprarme figuritas de cómics y de tebeos; y libros de dibujos; y –lo último, y que estoy esperando– un precioso recortable de cartón del Edificio Chrysler de Nueva York. Mi favorito.

Que el Empire State vaya poniendo sus barbas a remojar.

Este es el poema que me ha regalado Juan Miguel González del Pino. Inconmensurable poeta; mejor persona y gran amigo.

 

(Todas las ilustraciones son de Carl Offterdinger y corresponden a portadas de publicaciones infantiles y juveniles)

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PALABREJAS

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«PALABREJAS»

«El que me baya quitáo la tobaya…
baya sío porque le baya hesho farta»

En mi familia, el adjetivo «palabrejas» se usaba para designar a determinadas personas que usaban términos incorrectos y equivocados en las conversaciones. Ese es un «palabrejas» decíamos cuando oíamos cualquier barbaridad.

Tres son los tipos de errores que solemos cometer en la representación del idioma: el error escrito (o lapsus calami) el error oral (lapsus linguae.) Y también está –no se crean que no he hecho los deberes– otro tipo de error que yo ignoraba: el lapsus mentis; (el olvido ocasional). Lapsus viene del latín y viene a significar «resbalón», aunque yo creo que es más apropiado expresarlo cómo «patinazo».

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Verán Uds. en mi rama familiar –puedo asegurarles, que era algo muy cruel para nosotros mismos– teníamos la costumbre de que si estábamos hablando con alguien, y ese alguien cometía un «patinazo», mi madre, que era un portento en detectarlos, doblaba los labios exageradamente para hacernos caer (a los que no lo hubiéramos hecho) en el tropiezo del interlocutor. El disimular la risa, era un verdadero acto de coraje y contención. Uno de los suplicio más placenteros que se puedan sufrir.

Establezcamos también una diferencia bien notable y necesaria: nuestra risa (o no risa) dependía de que, si el autor de la barbaridad dialéctica era una persona modesta y de pocos estudios que trataba de usar palabras que carecían del suficiente significado para ella, entonces, en ese caso, siempre era tratada con todo cariño, tolerancia y respeto. Pero, si por el contrario, era una persona suficientemente preparada la que – tratando de impresionar y sorprender, con un deje de pedantería– cometía el gazapo, entonces, el cachondeo estaba asegurado y esa palabra pasaba a usarse formando parte del argot particular de la familia con el consabido peligro de que la palabra se «normalizase» y corriésemos el riesgo de deslizarlas en las propias conversaciones involuntariamente. «Tito Pepe» al vino de Jerez por ejemplo, más de una vez lo hemos dicho para nuestro sonrojo y fatiguita.

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Voy a ponerles algunos ejemplos de palabrejas tan reales como la vida misma. Todas son aportadas por mi propia experiencia y por las de un montón de amigos que han tenido el detalle de ayudarme.

Ahí van:

Teníamos un portero en casa, que cada día saludaba a mi padre comentándole el tiempo.
– Buenos días, Don Fernando…
– Buenos día Felipe.
– Hoy parece que vamos a tener una buena «churrasca».
– Erm… Psí! Me temo que psí, Felipe.

Otro día un amigo familiar, estando con nosotros en la playa hablando de los tiburones, de los marrajos y de las tintoreras, éste, el amigo –tratando de entrar en la conversación con una aportación docta y entendida– exclamó, en voz más que alta, indicando la especie a la que pertenecían estos bichos: «los escuálidos!!!» y se quedó tan pancho. Debería de referirse a los que estaban muy delgados y enclenques.

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Después viene otro gran amigo; éste, era el rey de las palabrejas y de las frases malheridas: Era partidario siempre de seguir los «protocólogos». Cuando algo no podía ser, siempre echaba mano al «Eso es pedirle peras al horno» y muchas otras veces, se sentía «Contra la espalda y la pared». Una señora que venía a limpiarnos las oficinas nos comentaba que su hija recién casada había puesto una cocina con unos muebles de una «Fornica» linda. Y otra, un día, le comunicó a mi madre –con mi medio dólar de plata en la mano– que se había encontrado un «duro del Príncipe Kennyde».

La rama sanitaria es un verdadero e inextinguible filón: Que decir de las «tortículis» y del hueso «kuky». Un buen amigo responsable de una afamada y conocida Mutua Médica, me indica que muchas veces le preguntan ¿Cuanto «degrada» el seguro médico? Y unas amigas enfermeras, me hablan de las hernias «fiscales» de algunas pacientes a las que atienden. Los «análises» solicitados y la masiva ingesta de Aspirinas «flourescentes». Los «gitanales» en vez de los genitales; los «vestíbulos» en vez de los testículos y de, asombrense!! «tener hígado» y un poco de «diabetis».

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¿Y el «esparatrapo» y el «Espidifrén» y otras «medecinas»? Una sobrina, directora de una entidad bancaria, me cuenta que de vez en cuando, tiene que contener la risa porque se ve obligada a hacer «transfusiones» entre cuentas a petición de algún cliente con haberes pero poco ilustrado.

Hay gente que habla con mucho «Rintintín» que por cierto no es un perro y se queda en lo «anedóctico». Y alguna decoradora (sic) que yo me conozco, la caga con eso del «sinfonier» de marras y el uso inadecuado de la palabra dicotomía. No me puedo olvidar de las inefables «cocletas» y de sus inefables amigas las «armóndigas». Del sempiterno «Lejonario» ni de mi queridísima amiga que está harta de que la llamen «Grabiela».

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El año de las inundaciones de 1989 en Málaga –y para evitar una mayor catástrofe– me indica el amigo ecónomo, hubieron de abrirse las «compresas» del Pantano del Limonero para desalojar volumen debido a la «trompa» de agua. Un problema añadido para esas pobres mujeres de vida fácil que se buscaban la vida en las «redondas» de los «polígamos». Tan altas y «esterilizadas». Pero ya se sabe «No todo es lo que reluce». Ah, perdona, «No todo el oro es lo que reluce».

Hay que ver cómo ha subido el barril de «pretóleo», dicen las noticias; y comentaban otros dos, que ayer «juguemos» un partido y «empatéremos». En fin vamos a terminar esta interminable retahíla con otros dos clásicos las «mondarinas» y los «caramales» porque para entender todas estas palabras hay que tener, como los motores «Wobagen», mucha «comprensión» y no estar demasiado «arquerotipado».

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ISABELITA.

ISABELITA

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Hace un millón de años, trabajaba con mi padre –en un organismo oficial– una chica pizpireta y recortadita llamada Isabelita.

Isabelita era, ya os digo, una mocita alegre y jacarandosa; bajita de cuerpo y entradita en carnes que estaba siempre risueña y predispuesta a alegrar a sus compañeros de trabajo con su chispa y su gracejo. Un verdadero portento de conversación fecunda e inagotable.

Aconteció que por aquellos tiempos –hablo ya de hace muchos años– la jovial e hiperactiva (antes se llamaba a eso “culillo de mal asiento”) Isabelita, realizó un curso de mecanografía rápida y a “mano completa” para prosperar en su trabajo subiendo de cargo y categoría. Así fue; Isabelita, con su titulito debajo del brazo, pasó a desempeñar en la oficina de aquel estamento oficial, el cargo de Administrativa Mecanógrafa.

Después de un par de años de darle a la tecla, en la acreditada Academia Almi, Isabelita estaba loca por demostrar a cada uno de sus compañeros su habilidad y rapidez; su perfecta e impecable ejecución en aquella negra Remington Standard Nº 12 de carro, papel de calco y campanita. Cada compañero que se le acercaba, caía en sus redes y se tenía que someter –más por complacencia y educación, que ganas– a la demostración “in situ” que manifestaría la perfección de Isabelita manejando la máquina escribidora.

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A todos y a cada uno. Menos al Jefe. Cada vez que mi padre pasaba por su lado –y advertido por los otros empleados– trataba de librarse de la tan temida exhibición.
Hasta que el destino –inevitable y cruel cómo es– le preparó una encerrona a mi pobre padre e Isabelita lo cogió de improviso de una manera ineludible e inexcusable.

  • Don Fernando! Don Fernando! Sabe Ud. que he hecho un curso de Administrativa Mecanógrafaaa?
  • Anda, que bien guapa! Estupendo, vaya!!. Buenoooo… Te dejo Isabelita que me tengo que ir a una reunión.
  • Don Fernando! Don Fernando! –insistió la novata mecanógrafa– espere Ud. que le voy a hacer una demostración!!! Dícteme Ud. algo muy rápido y largo! –le dijo–.
  • Isabelita, mujerrr que me tengo que irrrrr…
  • Don Fernandooo, por favoorrr…

Así que mi padre, un poco conmovido por la carita de pena que le ponía la muchachita, le dijo:

  • Vale. A ver, escríbeme tu nombre

Isabelita puso un folio en el carro de la Remington Standard Nº 12; rrrááss… rrrááss… rrrááss… bajó el papel. Desperezó el cuello. Cruzó los dedos de las manos y los estiró. También los brazos. Y en un santiamén, y con un rapidísimo tecleteo, ejecutó: tlac–tlac–tlac–tlac–tlac–tlac–tlac–tlac–tlac. Para, sin dejar de mirar a los ojos a mi padre, y con una pizca –todo hay que decirlo– de indisimulado orgullo, arrancó de un tirón el papel donde ponía, escrito en mayúsculas, su nombre: ISABELOTA.

Las carcajadas inevitables e incontenibles de mi padre se oyeron en todo el edificio; y, por supuesto, desde aquel día, la ínclita Administrativa Mecanógrafa, llevó el nombre de ISABELOTA hasta la tumba.

Aconteció en Málaga. Circa 1945

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MERODEADORES DE REDES SOCIALES

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MERODEADORES DE REDES SOCIALES

Se esconden tras los parapetos de la impunidad y del secretismo mas ineficaz. Ignorando, que eso del anonimato en las redes sociales, tiene las patas tan cortas cómo su propia generosidad en la respuesta. Hablo de los merodeadores de las redes sociales.

Suelen pasearse por ellas vestidos con un traje de silencio; de un indisimulado secretismo que les permite no involucrarse en nada. No existen para ellos ni el compromiso ni la obligación; ni la responsabilidad ni la necesaria implicación. Tampoco son generosos con su opinión personal. Muchas veces, las más, hacen caso omiso a las mínimas reglas de cortesía y sólo se limitan a escudriñar impertinentemente –desde el ángulo oscuro (como el arpa de Bécquer) en su aburrido salón– tomando buena nota de las conversaciones de los demás para así sacar, como mínimo, el beneficio de la información y el rédito del complaciente fisgoneo. Desde la pesquisa, el acecho y el bicheo.

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Actúan con total descargo de culpabilidad, deslizándose –con los ojos brillantes– por los muros de Facebook donde tienen, más o menos asegurado, el sigilo y la reserva; por los grupos de Whatsapp, ignorando –en muchos casos– que su presencia, ahora sí, siempre es detectada y advertida por el autor, dueño y señor del comentario.

El ego –cuando se alía con el compromiso– ciega la razón que aconseja borrar a esos desconocidos que jamás intervienen en tus chácharas; el salirte de aquellos grupos en los que tus comentarios son sistemáticamente no contestados por ese personal, que tu sabes desde la triquiñuela, han sido leídos por el mudo (o la muda) de turno.

Merodeadores de redes sociales que saben tanto o más que tú de tu propia vida; sin tan siquiera tener la necesidad de comunicarse ni de cruzar una sola palabra contigo.

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EL MONTE DE LAS TRES LETRAS

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EL MONTE DE LAS TRES LETRAS

«Ganas dan de correr y abrazarte, de llenar de castañas y almencinas tus enormes zapatones de tela peatonal, de auparme hasta tu frente y ungirla de sonetos bien mojados en vino de los Montes.»

Juan Miguel González

Cuando a la temprana edad de ocho años me mudé de la céntrica Plaza de los Mártires, para vivir en una descampada Barcenillas despojada de bloques, lo único que me consoló fue que estaba destinado a vivir en una zona de «entremontes». Una zona despoblada, en aquellos tiempos, situada entre el Monte de Gibralfaro al sureste y el Monte Victoria al noroeste. No se me tenga muy en cuenta mi capacidad orientativa que no es muy mucho de fiar.

Debido a esa apacible y bucólica situación cuasi rústica, el terreno me obligó gratamente a vivir en un ambiente saludable y enormemente divertido. Un terreno proclive a gozar de aventuras y juegos, que de ninguna manera, podría haber vivido de haber seguido residiendo en el centro de la ciudad. Otro tanto me pasaba cuando, en mis largas temporadas en La Cañada de los Ingleses, podía zascandilear libremente por el monte entre algarrobos y Llagas de Cristo. Esta circunstancia, hizo de mi un experto en subir y bajar entornos sombríos por pinares inacabables o por zonas absolutamente soleadas, y que me procuraban vistas únicas de la ciudad, cuando –cómo solíamos hacer de chavales– subíamos a las cimas de los citados Montes de Gibralfaro y Victoria. Este último también conocido como Monte de la Tres Letras.

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Viviendo en Los Pinos (Barcenillas) no eran pocas las veces que atravesando el Reino de Conde Ureña, llegábamos hasta el Mirador que se encontraba en todo lo alto y en el comienzo del camino de tierra que llevaba al Seminario. Una vez allí, la pandilla, las más veces, hacíamos largas marchas de montañismo para alcanzar la cima del Monte de las Tres Letras. Una vez allí, en unas inclinadas y enormes lajas de piedra (La Barca grande y la Barca chica) nos tendíamos a todo lo largo y pasábamos horas contemplando cómo la ciudad – aparentemente quieta– respiraba a nuestros pies y jugábamos a situar edificios y monumentos.

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El Poeta Juan Miguel González, me llamó hace unos días para agradecerme (no hay de qué) el tratamiento que le había dado en este blog a su inspirada felicitación navideña.

Como suele pasar, la conversación con mi amigo se prolongó más de lo que permiten los horarios laborales, debido a su amenísimo e interesante palique. Salió a colación mi absoluta admiración y pasión hacia su producción costumbrista y localista. Ya se lo he dicho muchas veces, que cualquier referencia versificada sobre la Málaga que ocupó nuestra niñez, y sus bellísimos alegatos sobre negocios, paisajes o personas desaparecidas, conforman uno de las temas preferidos por este que ahora os escribe.

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Juan Miguel González tuvo a bien (Qué honor!) el proponerme ser el personaje, el actor principal, de un romance que escribiría sobre algún lugar preferido de mi niñez. Para hacerme un regalo imborrable para mi ego (no puedo negar mi parcela de vanidad) y para afinzar mi devoción inquebrantable hacia su obra. Hacia su persona. Me preguntó qué lugar estaba grabado de manera indeleble en mi memoria para situar el romance. Entre otros muchos sitios, le indiqué el Monte de las Tres Letras, y eso es lo que ahora viene. Un texto poético de una espléndida hermosura que desde ahora, formará parte del lugar más entrañable y principal de mi Muro de los Afectos.

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Para adornar esta entrada de una manera perfecta, qué mejor que hacerlo con los dibujos de otra persona –que al igual que yo– subió y disfrutó ese monte en su niñez: mi querido amigo el arquitecto Luis Ruiz Padrón. Luis, con esa generosidad inacabable que dispone hacia mí, ha tenido la deferencia de remitirme una serie de dibujos que –junto a la palabra de Juan Miguel– conforman una de las entradas más placenteras que yo haya escrito últimamente.

Este es el texto de Juan Miguel González. Estos son los dibujos de Luis Ruiz Padrón; disfrutadlos. Son una verdadera muestra de delicadeza y de elegancia. Una demostración de cariño, aprecio y amistad tan agradecido cómo inmerecido.

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EL MONTE DE LAS TRES LETRAS

Para Álvaro Souvirón

En lo alto se subía
del Monte de las Tres Letras,
Alvarito Souvirón,
con unos cuantos chaveas.

Deshojaban margaritas,
masticaban vinagretas,
cogerían almencinas
y partirían las almendras.

Caballitos del diablo
volando sobre la alberca,
y cigarrones saltando
y algún lagarto en las peñas,
iban mirando asombrados,
en su escaladora gesta,
por el agreste condado
matinal de Conde Ureña.

A contemplar se sentaban,
felices en una piedra:
la Catedral, el Castillo,
el Seminario, las huertas,
las hileras de eucaliptos,
el Camino de las Pencas,
el Puerto y el Melillero
y el mar de la Malagueta.

En su pecho de gigante,
emocionado conserva
el niño aquel que subía
al Monte de las Tres Letras,
para abrazar con los ojos
y en el alma retenerlas
la luz, la mar y los cielos
de aquella Málaga nuestra.

Juan Miguel González
Málaga. Enero 2015

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ANEXO DE ÚLTIMA HORA

Mi estimado amigo Manolo Alonso Aragón –hermano de mi íntimo amigo (Q.E.P.D.) José María Alonso– tiene a bien el proporcionarme una información que él, cómo testigo directo (era vecino en aquellos días de Conde Ureña) vivió y presenció el bautizo del Monte Victoria cómo Monte de las Tres Letras.

Esta es la información que me proporciona:

Testigo del bautizo del monte.

Hasta finales de los 50 desconocíamos el nombre original del monte. La chiquillería de la zona le llamábamos el monte de las almencinas, el de las chorraeras o simplemente el monte. Pero una buena mañana de aquellas fechas, vimos asombrados las siglas PCE (Partido Comunista de España) pintadas con cal en las grandes rocas que culminan su cima en su cara más occidental y visible desde buena parte de Málaga.

La reacción de las autoridades del régimen no se hace esperar. Apenas 48 horas después, veo desfilar por la puerta de mi casa, decenas de presos políticos; en fila de a uno a ambos lados de la calle y flanqueados por numerosos guardias civiles fuertemente armados. Todos llevaban la misma indumentaria, un mono gris plomizo y transportaban cubos, cañas, brochas, cal, cuerdas, escaleras de mano etc.
En pocas horas aquellas tres letras del monte fueron sustituidas por las de JAC (Juventud de Acción Católica) Cada dos años aproximadamente, las letras eran repintadas con la misma mano de obra.

Con el paso de los años, contemplé varias veces, cada vez con más indignación, la silenciosa y humillante procesión. Esas siglas permanecieron durante el franquismo, la transición y los primeros años de la democracia. Yo era apenas un crío, pero aquel recuerdo quedó grabado en mi mente a hierro; me acuerdo, como si fuese ayer, con todo lujo de detalles.

ALONSO05campo(Jose María Alonso en lo alto del Monte de las Tres Letras)

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TATO ZAMBRANO ¡SE ACABÓ LA FIESTA!

TATO ZAMBRANO

Mi querido y viejo amigo –lo conozco desde hace ya más de 35 años– Tato Zambrano, me pidió hace unos días que escribiera unas letras para reseñar su nueva exposición “Se acabó la Fiesta” (del 30 de Enero al 20 de Febrero) que exhibirá –con una muestra de su última producción de figuras modeladas– en el Soho de Málaga. Concretamente en la Galería de Arte El Estudio de Ignacio de Río” sita en calle San Lorenzo, 29 de esta ciudad. De lunes a viernes de 10:00 a 13:30 y de 17:00 a 20:00 h. Los sábados con cita previa.

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Uno que es esclavo de los deseos de las buenas amistades, no pudo negarse y esto que ahora viene es el texto que le escribí y que figurará, en dicha exposición, como información y testimonio. Las fotos que aparecen en esta entrada –y que sirven de aperitivo– de algunas de las obras de Tato, han sido realizadas por los eminentes fotógrafos Ignacio del Río (las “claras”) y por Carlos Canal (las “oscuras”)

No os la perdáis. Os puedo asegurar que no os dejará indiferentes.

 

¡SE ACABÓ LA FIESTA!

_MG_6007web(Foto de Ignacio del Río)

El artista José Luis «Tato» Zambrano (San Sebastián, 1958), me propone describir la idea de una parte de su última producción escultórica que expone en “El Estudio de Ignacio del Río” del 30 de Enero al 20 de Febrero de este año que corre.

Inmediatamente, acepto sin tener en cuenta lo que de responsabilidad, carga y compromiso supone; no sólo por lo que implica de examen y exposición pública de tus palabras, sino porque el mostrar la impresión subjetiva y el propio parecer a la opinión pública sobre lo que se presenta en esta muestra taumatúrgica –con la debida significación y transcendencia – es verdaderamente difícil de asumir.

_MG_5935(Foto de Ignacio del Río)
José Luis “Tato” Zambrano –aparte de amigo de los buenos– es un artista multidisciplinar, polifacético y heterogéneo, un artista que deja en una primera intención los pinceles para centrarse en otra de esas materias que domina magistralmente: El modelado; para después – agradecidos estamos– retomar los pinceles y el horno proporcionando un color excitante y vivificador a los personajes que dan forma a su obra, con su carga implícita de teatralidad –a la idea más o menos dramática–con la que los implica.

24(Foto de Carlos Canal)

Tato Zambrano, recrea –con una mirada grotesca y extravagante, muchas veces desilusionante y ácida y a lomos del desengaño y del más indisimulado cabreo– una sociedad egocéntrica y codiciosa que está abocada a contemplar la desaparición de sus valores; sus virtudes y sus réditos vitales, que como colectividad justa y equitativa, nos correspondería vivir y disfrutar a estas alturas de lo hemos dado en llamar vida. Una vida que ahora está despojando de nuestros anaqueles, las prebendas y las canonjías que, engañosa e ilusoriamente, nos habíamos colocado como acompañantes fijas. Putas finas intangibles de Escort Service que ahora con las penurias y las carencias actuales, no tienen el menor reparo en dejarnos solos y abandonados, en la estacada, con la sola compañía de la desatención y el desánimo.

_MG_5950(Foto de Ignacio del Río)

Porque lo que ha pasado en “Se acabó la Fiesta” es que la existencia, y sus adláteres las consecuencias, –que van de la mano con esa cruel e irreductible intolerancia que proporciona lo inevitable– nos apean de la ficción de un mundo que creíamos gozoso y satisfecho dejándonos completamente en pelotas delante de la realidad y de lo imponderable.

¡¡¡Se acabó la Fiesta!!! Tan de pronto; se acabó la Fiesta tan de repente; tan de sorpresa se acabó, que a muchos pilla desprevenidos y deja sentados en el sofá tocándose la entrepierna como único consuelo. Desnudos de amigos de barras y de jaranas, con la sola compañía de sus propios fantasmas en forma de ratas o mascotas que los contemplan, evitando decirles con la mirada esa infame y cruel sentencia del «Ya te lo dije».

Málaga, Enero de 2015
Álvaro Souvirón.

25(Foto de Carlos Canal)

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LO ÚLTIMO PARA TABLETOM

Juan leyendo

LO ÚLTIMO PARA TABLETOM

Otra vez mi querido amigo, el Poeta Juan Miguel Gónzalez –con su enorme derroche de dadivosidad y esplendidez hacia mí– me escribe para regalarme una nueva obra poética.

Una nueva obra poética que él , sabiendo lo que a mi me gustan las primicias; sabiendo él, lo que a mi me gustan las letras que él confecciona –desde la ilustrada parcela de su maestría – para el grupo Tabletom, tiene la gentileza y la atención de remitirme. Un último poema que tendrá cómo destino –junto a los otros– la inevitable reclusión a cadena perpetua en el próximo trabajo discográfico del grupo Tabletom. Un trabajo éste (el poema) también digo, que me toca muy cercano y familiar; pues reconozco en las letras al amigo guitarrista en su casa haciendo bailar en los trastes, la danza armoniosa y melódica de los dedos, el equilibrio y el orden medido de la escala y  lo imposible del arpegio.

Creo que mi amigo Perico Ramírez, alma mater del grupo Tabletom, también se verá retratado en este trabajo. Si no, juzguen Uds. Mismos.

Cómo siempre…Un placer.

 trio_ramirez_04(Variación sobre una foto original de José M. Cortés)

LEYENDA O FAMA

Mejor un poco de olvido
que mucha y tediosa fama;
leyenda mejor que gloria
rumores antes que palmas.

***
Se sienta a tocar de noche
junto a la abierta ventana,
por si vuelve, con la lluvia,
el niño aquel de su infancia.

***
Velar es su viejo oficio,
esperar que en su guitarra
palpite el dolor del mundo,
susurre el dolor del alma.

***
Mejor que pocos lo sepan;
mejor que no lo distraigan
las falsas voces del día,
la triste luz de la fama.

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Juan Miguel González
Diciembre 2014

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