EL CEMENTERIO DE LOS NÚMEROS OLVIDADOS

 

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(Para Margarita Sanz. Que desde hoy, ya no atiende llamadas.)

No se van a creer ustedes lo que a continuación les voy a decir; pero uno de los objetos, que desde siempre conservo en mi casa, y que más melancolía me causa, es mi antigua agenda telefónica. Porque, irremisiblemente y sin ella pretenderlo, por su propio contenido, me lleva a la zona más dolorosa de los recuerdos.

Ahora lo explico:

Desde hace algo así como catorce mil seiscientos días –que es lo que «grosso modo»  vienen a pesar cuarenta años– conservo una antigua guía telefónica de papel en mi poder. Una guía que reposa invariablemente en el brazo izquierdo del sofá de mi salón junto a mi sillón de cabecera. (El sofá, ha cambiado varias veces. El salón, un par de ellas. El sillón de cabecera, no! porque un sillón de cabecera –cómo el diamante de la canción– es para siempre.) así que, cada vez que hemos cambiado algo en el domicilio familiar, juro por lo más sagrado, que la agenda telefónica ha permanecido siempre en su lugar acostumbrado. De hecho, si alguna vez no estuviese en su sitio, estoy seguro de que por la noche, se oirían lamentos inconsolables y afligidos reclamando su lugar.

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En esta época plasticosa de nuevas tecnologías y materiales apáticos; de costumbres que –a diferencia de las de antaño– duran lo que esos peces de hielo del Sabina en un Gin–Tonic de amariconadas maneras. En estos tiempos infieles  y desagradecidos con los objetos que tanto nos ayudaron cuando nos prestaban servicio, ahora, una agenda de teléfonos de papel, forrada de buen cuero ya desteñido y cuarteado por el manejo –con su hilera de pestañitas alfabética en la vertical derecha– duerme el sueño del desuso abatida y desconsolada por la ingratitud del abandono y el olvido.

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Cada vez que, por la «H» o por la «B», abro mi agenda buscando el número telefónico del último técnico de lavadoras y frigoríficos que queda en activo, el número de Samoa para encargar unos Andresitos o algún otro que no esté almacenado en ese listado sin alma que es la memoria de un teléfono móvil, me entran las siete cosas. Porque la digital, sabiendo ella que cada par de años le pones los cuernos con otro terminal, se venga de ti, te deja sin los números más importantes y se ríe desde el fondo oscuro del último cajón de la cómoda donde está confinada. La de papel es fiel y leal. Tan sincera, que no se corta ni una cifra en recordarte según qué cosas.

Abrir la agenda manuscrita, y ojearla, entristece. Es darte un paseo por ese Cementerio de los números olvidados (que es el cómo el del Zafón pero cambiando de muertos) y volver a visualizar a los propietarios de estos que ya se fueron de tu vida y de la suya propia.

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Leo el 218500, e inmediatamente empiezo a oír a Harry Belafonte cantando, por navidad, Mary’s Boy Child en la Casita Rosa de Tía Pilar en Monte de Sancha. Leer 216669 es volver a estar sentado junto a Tío Matías y a Tía Lourdes leyendo viejos ejemplares del Reader’s Digest en aquellas entrañables noches de invierno de la Cañada de los Ingleses.

251344 era el de tía Celia y Tío Manlio Antonio, que es nombre muy del agrado de Santiago Posteguillo; el 763011 me devuelve el olor a leña mojada y humeante de la primera casa que alquilamos en las Alpujarras allá por los primeros años ochenta.

El 219399 me huele a café al mediodía en casa de Antonio Abril y Doña Matilde y el 287297 me recuerda a aquellos albañiles bastardos y maleducados que me hicieron imposible dos meses de reformas y que me hicieron profundamente  infeliz. De esos sí que me alegro el no haberlos tenido que llamar nunca más jamás.

El 216704 me lleva directamente a (mi) casa Centeno en la Plaza del Obispo; y el 306542 me trae el olor a harina de ese Camino de los Ingleses que conforma la zona de Eugenio Gross.

Uno que empieza por 29 y termina de la misma manera, ya es huésped fijo y de honor del Valle de la Desmemoria por los siglos de los siglos amén.

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El apartado de la «B» está lleno de referencias de bares y tugurios que ya han desaparecido y la «C» pasa de corrido por el Club de Botes, la Carnicería Villafuerte, el «Colema» justo al lado y por la Comisaría del Palo.  La «D» ampara al menos a seis dentistas y a los padres de Diego Guzmán. Y la «T» está invadida por Caballeros de la Orden del Negro Anaranjado.

En mi agenda conviven en una perfecta armonía mecánicos y fontaneros doctorados con médicos y profesores especializados. Los músicos se amontonan junto a perseguidos por la ley y contrabandistas;  y el Hospital Civil, se da la mano –como si tuviesen en común algo más que la inicial que los ordena– con la Heladería Lauri y la oficina de mi amigo «El Pelúo» en la Delegación de Hacienda.

En la «K» viven Keka, Keko, Koke y Kike. Más o menos lo que pasa en la «N» donde mantienen animadas conversaciones, Nena, Nene, Nina, Nini, Noni y Nano sin apenas liarse con los nombres. Tengo guardado el teléfono de Lito de cuando lo de Presenta junto al de Leo Abril cuando vivía en el Crowndale Court  de  Camden Town y nada (ni nadie) preveía que se iba a ir despidiéndose a la francesa.

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La «LL» llora porque así empieza su nombre y porque nadie habita su letra. Ni la «Q» ni la «W» ni casi la «Y» que se libra por los pelos gracias a una tal Yolanda que no tengo ni la más remota idea de quién pudiera ser.

Lo que quiero decir, es que repasar –aunque sea por encima– mi antigua agenda de papel, me convence de que ésta, posee un alma que el frío móvil no tiene. Un alma compuesta por los espíritus de los amigos que fueron o de esos familiares que ya no están conmigo porque tomaron las de Villadiego que es un pueblo que colinda con Villanueva de la Defunción. Porque eso, es ley vida, amigos míos. Porque eso, también, es ley de muerte.

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SE ME PERMITA (A MÍ TAMBIÉN) LA RAJADA.

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Muchos son los que rajan hasta la extenuación, de la masiva afluencia de público en determinadas fechas por el centro de la ciudad que habito; todos esos de los muchos, protestan airadamente por establecidas y tradicionales manifestaciones artísticas, religiosas o populares; abominan también del buen número de cruceristas que pasean –formando  aglomeraciones en las calles– pero produciendo pingües beneficios a comercios, monumentos y museos. Dándole vida a unas calles que antes, se comían el maleficio de la mierda y el abandono.

Absolutamente todos los que, airados, alzan su voz protestando sin descanso, por los acontecimientos ciudadanos que conllevan una evidente prosperidad y éxito, pero también, sus inherentes e inevitables molestias, me parecen tan snobs e irreflexivos cómo sectarios e intransigentes.

Unos reaccionarios que están convencidos de que su comportamiento, forma de pensar y actuar, sólo encaja en una minoritaria élite cultural al alcance unos pocos elegidos. Todos los demás, chusma. Muchos de estos regalados por la erudición y la inteligencia, por decisión propia, conforman una selección antinatural de doctos ilustrados que habitan un mundo de «vernisagges y happenings y otros actos de alto rango cultural» que el ciudadano de a pie (pobrecito él lo que se pierde) no es capaz de llegar a  comprender ni a discernir. No alcanza el probo  ignorante, a ver por dónde llegan los tiros de la excelencia y la sublimidad artística. Aunque, y eso es otra cosa, imploren su asistencia a los actos que ellos organizan.

¿Será porque la mayoría de esos actos son petulantes, complicados e incomprensibles?

¿Será porque esos actos son autoafirmaciones –en su propia languidez– de sus exclusivos mundos de Yupi?

Tengo que estar volviéndome muy viejo y mucho más cascarrabias; pero cada vez aguanto menos, y se me permita (a mí también) la rajada, a los modernos jactanciosos que se quejan de todo lo popular y multitudinario para acaparar los aplausos de sus manejados acólitos de turno.

Ecce dicit.

 

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UNA FALTA DE APRECIACIÓN

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UNA FALTA DE APRECIACIÓN.

Era Edelmiro Rodríguez, un cretino amargado de la vida. Un tipo victima de su propia mala baba y también, de una indiscutible mala leche.  No era de extrañar. Trabajaba en un oficio mal retribuido que no le reportaba ninguna satisfacción personal; permanecía soltero, pues no había mujer que soportara su carácter siempre agrio y avinagrado; además, olía mal. Apenas tenía amigos, y los que tenía, procuraban darle el esquinazo cada vez que el estúpido y cargante Edelmiro, trataba de apuntarse a cualquiera de sus reuniones. Por no tener, no tenía ni tan siquiera grupo de Whatsapp, porque nadie lo aceptaba. Era, lo que se dice, un fracasado social.

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Todas estas circunstancias a la corta edad de treinta y cinco –no era aparentemente tonto y se daba cuenta–le hacían ser un sujeto infortunado y un desgraciado;  una persona absolutamente infeliz perennemente ofendida con todo aquel que tuviese la desdicha de pasar cerca de su vida.

Pero aconteció que la suerte (que es osada y a veces irresponsable) se fijó en él. Y le regaló –sin pensar a quien le hacía el obsequio– la oportunidad de que se le apareciera (fíjense en el adecuado juego de palabra) el famoso y ladino Genio de la Lámpara Maravillosa.

Se le apareció Genio, como es pertinente, envuelto en humo y, tras el protocolo habitual y que me ahorro, le concedió, por eso de la crisis, un solo deseo.

–Uno sólo, Edelmiro; que está la cosa muy mala.

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Edelmiro se lo pensó y repensó. No quería bienes materiales. ¿Para qué? si no tenía con quien disfrutarlos. ¿Dinero? pues más o menos; su triste y apocada vida le salía barata.  ¿Amor? ¡¡¡Anda y que se jodan!!! Así que pensó en que lo que más le satisfaría sería gastar una broma pesada para hacérselo pasar mal a aquellos que lo despreciaban que eran –él lo sabía– muchísimos. De esa manera, podría reírse de ellos a mandíbula batiente durante un rato. Puro placer en su desdicha.

Así que le dijo a Genio…

– ¡Vale! ¡Ya lo tengo!

– Dime amo, le contestó este.

– Quiero que mañana durante un par de horas (tampoco quería ser demasiado cruel) a eso de las ocho y media de la tarde, a todo el mundo le desaparezcan de su cuerpo cualquier  tipo de prótesis que lleven. Todo lo que no viniera de serie en el ser humano al nacer.

Pensaba hincharse de reír, sentado cómodamente en el Café Central –y mientras se tomaba un café con los preceptivos tres churritos– reírse de lo lindo viendo cómo la gente no daba crédito a lo que le estaba sucediendo.

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Genio puso cara rara. No podía negarse; su palabra era ley y le era imposible negar cualquier petición por extraña que fuera.

– Sea! Contestó; y contrariado, desapareció tremendamente preocupado.

Al día siguiente, Edelmiro se fue tranquilamente paseando por calle Larios con tiempo suficiente para coger una buena mesa y esperar a ver si Genio cumplía la palabra dada. Pidió –desabridamente, pues no podía evitar ser desagradable– un café mitad descafeinado con leche descremada y sacarina (no podía ser de otra manera) y los tres churritos de rigor. Un botellín de agua fría le serviría para justificar las dos horas que pensaba tirarse sentado y riendo en el Café Central.

Justo a las ocho de la tarde, estaba el impresentable ya sentado con unos paquetes de  pañuelos de papel para secarse las lágrimas de risa que, con toda seguridad, les serían necesarios.

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Café Central. Plaza de la Constitución. Málaga. 20:30 horas. En punto.

Las señoras mayores que estaban sentadas a su lado, empezaron a gritar alocadamente viendo cómo el chocolate ardiente que estaban tomando caía a chorreones desde sus bocas desdentadas. Las chicas treintañeras de dos mesas más allá, observaron con estupor cómo las tetas se descolgaban una cuarta –libres de las prótesis de silicona–sobre sus otra vez voluminosas barrigas que volvían a tener el tamaño de antes de la liposucción.

Edelmiro reía a carcajadas sin poder contener las lágrimas. Menos mal que había previsto  su abastecimiento de pañuelos. No podía contenerse… Los caballeros caían sin el apoyo de sus bastones y sillas de ruedas. Abuelas que también caían, al desaparecer las prótesis de caderas. Señores calvos despojados de sus peluquines, niñatos sin rastro de depilación y las orejas vencidas sin esos piercings dilatadores; las mujeres, desamparadas por el láser, lucían horrendos bigotones y piernas y axilas con abundante bello. El abandono de los tintes en el pelo, propiciaban un incontable número de canosos… Edelmiro no paraba de reír. Desaforadamente se tronchaba viendo el ridículo general .

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Poco antes de las 22:30, decidió retirarse y dirigirse a su casa antes de alguien cayese en la cuenta de sus risas y de su actitud despectiva. Ya estaba bien.

No se sabe si por la abundancia de lágrimas o por distracción, no se fijó en que algunas de las personas caídas ni se levantaban ni se movían.

Llegó a casa, se puso cómodo (hoy no tocaba ducha semanal) se preparó un bocadillo y un botellín de Mahou y se sentó en el sofá para ver la tele. Se lo había pasado muy bien. Se había divertido un huevo. Sintonizó un canal cualquiera y vio que había un avance de noticias. Sin prestarle atención cambió de cadena. Emitían otro informativo. Pulsó de nuevo el botón y más noticias. Ya esto le extraño. Pulsó la 1 y estaban informando de millones de extrañas muertes acontecidas esa misma tarde en todo el planeta; entre las 20:30 y las 22:30.

Millones de personas a las que se les habían parado sus marcapasos. Conductores de trenes, pilotos de aviones que dejaban sin control esos medios de transportes y provocaban  terribles accidentes… Peatones atropellados a causa de su sordera o caídos en medio de las calles al fallarles las piernas ortopédicas. Los  trasplantados  y los ancianos alojados en residencias  fallecidos se contabilizaban en cientos de miles. El caos era total. Nadie sabía que podría haber pasado.

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Aturdido y asustado, llamó a casa de sus padres temiéndose lo peor. Al teléfono, le comunicaron –iban a llamarlo en ese momento– que su madre había fallecido debido a un fallo cardíaco.

Loco de dolor, gritó a Genio desgañitándose reclamando su presencia para recriminarle su excesivo celo.

Al aparecérsele, le pregunto el porqué de la nefasta magnitud del deseo concedido.

– Me pediste que «A TODO EL MUNDO» le desaparecieran las prótesis e implantes de sus cuerpos. Todo lo que no viniese de serie en el ser humano al nacer, añadiste. Y yo, amo, yo nunca discuto un deseo. Si no… ¿Qué clase de genio sería?

– Lo siento mucho, Edelmiro, pero me temo, que has tenido una falta de apreciación.

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Todas las imágenes que ilustran esta entrada, son obras de Eric Lacombe.

***

INCONFESIONES

 

INCONFESIONES

«…se hallaba tendido en una chaisse–longue, y tenía en
su blanca mano una rosa sin perfume.»
O. Mirebau

 

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(© de la fotografía y posado: Maripili ¡Qué barbaridad!)

Conozco a Maripili ¡Qué barbaridad! desde los tiempos postreros del señor Don Eulalio Caballero de Verdaguer. Jefe de Protocolo que fue en, tiempos, de la Muy Noble Casa Castilolamancha. Líder y jerarca de aquel templo de la música y de la imagen que también lo fue La Cueva del Cerrado de Calderón donde tantas buenas producciones se fraguaron y tanto, tanto, sus amigos disfrutamos.

Siempre me gustó ese aspecto desenfadado y libérrimo que destilaba la moza en las fotos que yo veía de aquel domicilio que frecuentábamos a tiempo desfasado – cuando la salud del amigo común corría por los cauces debidos– pues los ambos dos, que somos ella y yo, nunca coincidimos en dicho templo en el mismo punto temporal. Lástima fuese.

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(© de la fotografía y posado: Maripili ¡Qué barbaridad!)

Sin embargo, y a las fotos me remito, me encantaba su estilo fresco y lozano. Me atraía mucho, ese su pelo que caía –como desmadejado– cubriéndole media cara; aportando a su semblante, ese aura de misterio y ocultación de actriz de los cincuenta que tanto gustaba a Caballero de Verdaguer.

Dispone Maripili ¡Qué barbaridad! de una risa contagiosa y descarada; produciendo en el que la mira, una mezcla de arrebato y de deseo difícil de evitar. Imposible de soslayar.

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(© de la fotografía y posado: Maripili ¡Qué barbaridad!)

Viste Maripili ¡Qué barbaridad!  un cuerpo concupiscente y lascivo. Una figura tan atrayente y libidinosa como erótica e impúdica… Así qué, sabiendo esto, tímidamente, sacando fuerzas de flaqueza –y venciendo mis temores al rechazo y a su arrebato–  le pedí con voz bajita y cómo no quiere la cosa, el que si se prestaría a ilustrar una nueva entrega de esta serie de poesía erótica que inserto en este blog y que ahora estáis leyendo.

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(© de la fotografía y posado: Maripili ¡Qué barbaridad!)

De manera inesperada (o no tanto, no se vayan a creer ustedes) Maripili ¡Qué barbaridad! se entusiasmó con la idea; y sorpresivamente, se prestó a ser la protagonista de esta performance virtual y dejar que pudierais imaginar –saliendo de su boca preñada de lujuria–  este poema  de Ana Rosetti.

Una perfecta combinación de la palabra y de la más deseable –y casi tangible– carnalidad que ahora, vais a poder disfrutar.

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Este es el poema de la Rosetti. A Maripili, ¡Qué barbaridad! … Ya lleváis un rato gozándola.

 

INCONFESIONES

Es tan adorable introducirme
en su lecho, y que mi mano viajera
descanse, entre sus piernas, descuidada,
y al desenvainar la columna tersa
–su cimera encarnada y jugosa
tendrá el sabor de las fresas, picante–
presenciar la inesperada expresión
de su anatomía que no sabe usar,
mostrarle el sonrosado engarce
al indeciso dedo, mientras en pérfidas
y precisas dosis se le administra audacia.
Es adorable pervertir
a un muchacho, extraerle del vientre
virginal esa rugiente ternura
tan parecida al estertor final
de un agonizante, que es imposible
no irlo matando mientras eyacula.

Autora del poema: Ana Rossetti

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(© de la fotografía y posado: Maripili ¡Qué barbaridad!)

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LA FAMILIA GORGONZOLA EN MARRAKECH. LA CRÓNICA (II)

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LA FAMILIA GORGONZOLA EN MARRAKECH.

LA CRÓNICA (II)

(EL SEGUNDO DÍA. 20 de Noviembre de 2016)

“Viajar es un ejercicio con consecuencias fatales para los prejuicios,
la intolerancia y la estrechez de mente”.

( Mark Twain)

«De piedra ha de ser la cama, de piedra la cabecera.»

                                                                                (Cuco Sánchez)

 

 A MODO DE OBSERVACIÓN PRELIMINAR:

Ríanse ustedes del exoesqueleto de Adamantium del alobado Lobezno. Descojónense también, si así lo desean, del durísimo Vibranium del escudo del Capitán América, tan remono y rubito él. Ni, por favor, lo comparen con una hipotética mezcla de Dibororrenio, Nanotubos de Carbón, Carburo de Silicio y Carbino que no tengo ni la más puñetera idea de lo que son pero que, al parecer, son materiales duros de cojones.

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Poniéndome drástico, y ya exagerando muchísimo, se me permita poner de ejemplo inexcusable la canción de la insufrible Rebeca, que es dura de pelar, para indicar que la superficie más consistente, pétrea y sólida que han podido experimentar  mis demasiadas carnes en esta ya larga vida, ha sido, y no exagero, el maldito colchón que nos tocó en suerte a Santa y a mí en nuestra cama durante nuestra estancia en Marrakech.

No doubt! Duro de pelar!

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Valgan como ejemplos ilustrativos –y ya termino con mi apreciación sobre el cruel jergón–  el indicar que cuando cambiábamos de postura por la noche, sonaban «crocs» y no me refiero a nuestras pantuflas de agujeros; y que, al levantarme, y ya termino de verdad, mi parecido con una alcayata era de lo más elocuente. Menos mal que una hábil mezcla de Paracetamol y Nolotil con el fastuoso desayuno del Riad Mimoune, me recomponía someramente el cuerpo y me animaba a tirarme otra vez a la calle a seguir viviendo la fascinación y la sorpresa que nos esperaba (ahora lo sé) en nuestro segundo día de estancia en Marrakech.

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¡LOS DESAYUNOS!

Nada prepara mejor el cuerpo humano, para la jornada que se viene encima, como un reparador y delicioso desayuno. Los desayunos marroquíes, son especialmente agradables y pantagruélicos. Gansos de verdad.

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Nos damos –una vez enderezada mas o menos la espalda de Father– ducha reanimadora y reconfortante. Así que bajamos hacia el patio interior para deleitarnos con las viandas que Wallid nos servía amabilísimamente cada mañana.

Una mesa  auxiliar dispuesta con tetera, cafetera, y lechera nos esperaba. Azucarillos (que tiempo sin verlos) y chocolate e infusiones. Ocupábamos –nosotros cinco solos en el precioso patio– una mesa en la nos esperan la mantequilla, la miel con limón y la mermelada. Ese pan delicioso  que sabe a gloria y quesitos de marca ilegible. Tortitas calientes y una especie de crêpes que nosotros rellenábamos con lo que nos apetecía. Zumos de naranja, yogurt casero,bizcocho y macedonias de frutas. Otros días también nos servían unos deliciosos huevos revueltos con verduritas. Ñam!

Quiero indicar, que al menos tres cafés con leche y un par de tés con hierbabuena me predisponían buenamente para la marcha que se avecinaba; aparte del abundante condumio que también nos proporcionaba unas tremendas dosis de energía y que nos reconciliaba con el universo y con el Dios verdadero que por aquellas tierra no sabíamos bien quién era el titular.  Un placer indescriptible, ese desayuno, que hacía  que yo llegara a olvidar, momentáneamente, la infame cama de tortura que, pacientemente, me esperaba arriba por la noche.

Bien, una vez saciados nos dispusimos para el plannig previsto para…

EL SEGUNDO DÍA.

Se trataba de realizar una ruta preparada que incluía dos de los sitios más distantes de nuestro centro de operaciones que no era sino la imprescindible Plaza Jamaa el Fna.

 

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Estos dos sitios de visita inexcusable eran El Jardín Majorelle  (Rue Yves Saint Laurent) propiedad del modisto francés que daba nombre a la calle y los Jardines de La Menara que proporcionan, estos últimos, la imagen más conocida de la ciudad. También teníamos previsto visitar ese día los Zocos, la Madrasa Alí Ben Youssef (Kaat Benahid) la Mezquita de la Koutoubia (sólo está permitida por fuera para los no musulmanes) el Barrio Judío de La Mellah,  y lo que se terciase pues, ya se sabe que los plannings están hechos para romperlos. Al final, pasamos de la Madrasa pues estaba en obras y el Barrio Judío lo dejamos para el día siguiente.

Salimos del Riad. Iniciamos curiosos un paseo agradable por la zona observando cómo la vida transcurre en una zona de Marrakech todavía alejada del invasor. Somos pocos los extranjeros que se manejan por ese barrio y caminamos entre gentes del lugar y negocios destinados al consumo de los propios vecinos. Llegamos a la ya familiar plaza central.  Vuelve la magia del sonido de los tambores de los músicos. Es curioso, pero ese tam-tam es el que nos guía y nos dirige cuando estamos perdidos por los imposibles recovecos del zoco.

LA BICHA

Yo le tenía dicho y advertido al ínclito Cigalowsky que no hiciera nada que el Father no quisiera que hiciese.  ¡Sé prudente! Le aconsejé.

La primera, en la frente. En cuanto me doy la vuelta, me veo al vástago de los Gorgonzola con una serpiente en el cuello y más feliz que una perdiz (a mi hijo me refiero). Una bicha que el oportunista maltratador de animales le había colocado al chavalote a modo de foulard viscoso y frío. Se va Father –en plan Indiana Jones– raudo y ligero para arreglar el asunto con el individuo y, no se sabe cómo, acaba él mismo con el reptil aprisionándole el cuello.

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El árabe, que Alá confunda, me puso la bicha encima; yo sin reaccionar. Me indica que le apriete la cabeza para evitar el mordisco. Yo, entre el acojono y el acojono –y con la mente en blanco– le trinco la cabeza al ofidio y le aprieto tanto, tanto que en la foto se aprecian mis dedos blancos (debido al apriete) y a la bicha mirándome con cara de estar cagándose en mi tó puta madre.

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Le doy 20 Dhs. al sujeto por el magnífico rato que me ha hecho pasar y nos largamos cantando bajito.

Horas más tarde, volvimos a pasar por el mismo lugar y pude ver a la pobre culebra descansando, en un rincón a la sombra, con una bolsa de hielo en la cabeza. Al reconocerme me miró con sus ojos afilados y me lanzó débilmente un escupitajo de veneno que, afortunadamente, se le quedó colgando a modo de babazo, de su hinchado labio inferior y no llegó a alcanzarme.

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Pero… sigamos con el paseo.

Aún con el tembleque en el cuerpo, nos dirigimos paseando hasta la Plaza de la Especias con ánimo de establecer una  estrategia apropiada para los desplazamiento más alejados; estos son, ya lo he indicado antes, los Jardines Majorelle y La Menara. Estudiábamos el tomar un Grand Taxi para desplazarnos cuando de pronto, parada en la plaza, nos damos cuenta de que había una calesa tirada por dos caballos.  Nos miramos. Nos guiñamos, y allá que se fue Cris para ejercer el noble arte del regateo.

Después de arduos parloteos; muchos acuerdos y bastante más desacuerdos, convenimos con el conductor pagarle en vez de 600 Dhs. 250 Dhs. (25€) que incluía el que nos trasladara primero al alejado Majorelle, nos esperara – mucho más de una hora a que saliéramos– para trasladarnos después a La Menara, volviera a esperar, y su posterior vuelta al lugar de inicio del paseo. En total más de tres horas de servicio público. «La prisa mata» le decíamos cuando se quejaba.

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Los caballos, me miran con la una mirada preñada de «inquina equina» intuyendo lo que se les venía encima. Nunca mejor dicho. Nos subimos cuatro detrás y Cigalowsky en el pescante. Me temo lo peor. No soportaría verlo con un caballo al cuello.

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LOS JARDINES MAJORELLE

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Estos jardines, diseñados por el francés Majorelle y adquiridos por Yves Saint Laurent en 1980, son una verdadera preciosidad. La entrada cuesta 7 Euros por cabeza y merecen –por su belleza– absolutamente la pena el visitarlos.

Multitud de cactus; bosques de bambúes; estanques llenos de enormes peces de colores; rincones llenos de encanto y el azul «Chefchaouen» predominando allá donde reposase la mirada. La casa  Art–Decó que habitó en su día el modisto, una estupenda cafetería al aire libre, tienda (carísima) y una exposición de fotografías en la que se enseñaban los principios de ese lugar.

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Hicimos mil fotos y después de un buen rato de preciosos paseos, salimos en busca de nuestra calesa que, diligentemente nos esperaba fuera. Los caballos vuelven a mirarme con cara de odio. Definitivamente, no es para mí, el día del amor animal.

LOS JARDINES DE LA MENARA

Esta vez es Juanma el que se sube, diligentemente, al pescante. Precioso paseo y llegamos a los exteriores del enorme estanque. Camellos y ponies descansan por los alrededores. También me miran de soslayo; debe de haberse corrido la voz. Entramos en la explanada que da paso al estanque y allí, en un kiosquillo, nos tomamos –una vez más– un delicioso zumo de naranja y unas patatillas en una mesa debajo de un olivo centenario que el morillo que lleva el negocio nos apaña en cuestión de segundos. ¡¡¡Siéntate aquí, Alibába!!!

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No tuvimos suerte ese día. Una neblina inoportuna nos privó de la vista más magnífica de los Jardines de la Menara; aquella donde se divisa la construcción (donde, parece ser, iban los sultanes a darse el revolcón con sus odaliscas ) siempre escoltada por la impresionante cordillera del Atlas, que por cierto, ya estaba nevada según pudimos apreciar desde el avión a la llegada, y desde la misma ciudad al día siguiente. La entrada a estos jardines es gratuita. Cuando salimos, compramos en un puestecillo rodante palomitas de máiz. Nada que ver con lo que hay por estos lares, lo juro.

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Vuelta a la calesa. El teniente de caballería Juanma N’Chego toma las riendas del transporte y nos lleva magistralmente durante un trayecto mientras los animales, no sé si debido al esfuerzo o en tributo a nuestra gloriosa presencia, van soltando por el culo una larga andanada de ñoquis (Cigalowsky dixit) llenando una especie de Dodotis gigantes que llevan adosados bajo el sieso.

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Por fin, llegamos a la Plaza de las Especias. Los animales me despiden con una mezcla de displicencia  y alivio y decidimos, con muy buen tino, perdernos otra vez por el zoco dirigiéndonos hacia la Jamaa el Fna con idea de comer en un sitio que yo había elegido con un mirador impresionante sobre la plaza: El restaurante Chez Chegrouni; un lugar con una comida típica marroquí muy rica y con un precio muy ajustado. Pero antes, deberes conyugales, deberíamos de plegarnos al deseo de nuestra Santa y pasarnos por el Café Árabe (184 Rue Mouassine) para bebernos unas cervezas…

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Cris, sigue cumpliendo eficazmente con su cometido. Vuelvo a decir que gracias a su impagable dedicación, nos hace el viaje mucho más cómodo y agradable. Muy tranquilo.  Estoy pensando seriamente el llevarla a todos mis futuros viajes (o que ellos, nos lleven a nosotros).

Bien…estábamos con el Café Árabe…

El sitio, de lujo para aquellos lares, es un precioso restaurante que –¡¡cómo no!!– dispone de una terraza con preciosas vistas a la ciudad, en la que el amable camarero nos busca un sitio cómodo y confortable. Los precios, acordes con el local, sólo se lo pueden permitir los lugareños de un cierto poder adquisitivo y los turistas, que acostumbrados a los precios de sus respectivos países, no notan tanto la diferencia. 40 Dhs. la cerveza más económica que está bien rica. Father se toma un par de batidos reservándose para la noche.

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No vamos a comer hacia Chez Chegrouni; subimos a la terraza y una vez sentados cómodamente en primera fila, nos comimos un cous–cous de pollo y otro de ternera. Un buen número de pinchitos con arroz, un tajin de keftas y sopa harira. Todo eso acompañado con abundante pan (¡¡Que me gusta!!) aceitunas, patatas fritas, y tomate triturado con aceite y sal. Agua, té y dulces. 38 €. Mucho más copiosa que la noche anterior en los puestos y más barata.

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Las vistas, ya os digo, extraordinarias. Allí sentados –oyendo al Almuecín orar justo enfrente nuestra y otros tres, en la lejanía, contestándole– nos sentimos invadidos de una paz y un bienestar impensable en cualquier ciudad europea. Es un verdadero gozo. Esperamos a que la noche cayese sobre la Koutoubia y la plaza se iluminase con miles de puntos de luz que le conferían su aspecto mágico e intemporal característico. Vuelvo a indicar que es una imagen imborrable que siempre nos acompañará y que me gustaría compartir algún día  con algunos de los que estáis leyendo esto ahora.

«¡¡MUCHO CÚSCUS, ALIBÁBA!!»

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Volvemos al zoco, pues Father le había echado el ojo a unos magníficos cinturones de buen cuero que respondían a sus deseos en cuanto a calidad y tamaño. Es allí donde se fragua la mítica frase que definiría nuestro viaje. Entramos como quien  no quiere comprar nada. Pregunto; el viejo moro malandrín, sólo hacía probarme cinturones que yo sabía de antemano que me estaban estrechos. No sé con qué aviesas intenciones, me levantaba la chamarreta, me abrazaba, una y otra vez. Pasaba el cinto por mi cintura, me estrechaba entre sus brazos, y al comprobar que era chico, me decía tocándome la barriga… «¡¡Mucho cúscus, Alibába!!» y se iba a por otro sin hacerle el menor caso a mis indicaciones. Así, unas cuantas veces, hasta que yo le dije: «¡¡Antonio!!  ¡¡Éstos!!Dos cinturones magníficos me llevé por fin. De un magnífico y recio cuero fabricados por él mismo en aquel taller y probados con fuego delante mía para demostrar su autenticidad. Al final, los dos cinturones, unos cuantos magreos al progenitor de los Gorgonzola, y una frase para la historia, 15 €. Una ganga. «¡¡Mucho Cúscus Alibába!!» Ainsss…Creo que me he enamorado…

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Compramos especias  y nos vamos. Al pasar por el sitio del tipo de las serpientes, le arrojé –en un acto de compasión y justicia– un par de Nolotiles a la bicha que aún se encontraba habitando el país de la migraña. Me hizo un burla despectiva con la lengua y con los ojos enrojecidos me mandó a toma «¡Mucho Cúscus!». Decidimos volvernos ya para el hogar (donde me esperaba el maldito colchón) tras tomarnos otros riquísimos zumos de aguacate y granada con naranja en la plaza.

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Paseábamos mirándolo todo con atención en dirección al Riad; nos comimos en el camino, en una confitería con un aspecto tirando a cutre, unas maravillosas milhojas de crema con un hojaldre exquisito y  unos crujientes dulces de  pasta brick rellenos de plátano con almendras que nos inundaba el paladar de perfume (se me perdone la mariconada). Eso del comer dulces imprablemente, es lo que tiene el viajar con el sahib N’Chego.

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Por fin, subimos para acabar el día –con un mar de risas y unas chicas cántabras que también estaban alojadas allí– a la preciosa azotea del Riad dando buena cuenta del ron y de los productos típicos de la tierra, para después, irnos a descansar y prepararnos para la siguiente jornada.

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No se lo creerán ustedes, pero el terrible cansancio pudo más que mi reticencia hacia el puto colchón y me quedé absolutamente frito en cuanto me acosté. El cansancio, o lo que fuese, es lo que tiene. Soñé con las películas Anaconda y Cabriola…

***

To be continued…

LA FAMILIA GORGONZOLA EN MARRAKECH. LA CRÓNICA (I)

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LA FAMILIA GORGONZOLA EN MARRAKECH. LA CRÓNICA (I)

(PRIMER DÍA. 19 de Noviembre de 2016)

***

«Sólo se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible para los ojos».

(Antoine de Saint Exupéry)

«¡¡MuchoKúskus, Alibába!!»

(Anónimo)

 

Sabían en sus infinitas sabidurías, el Dios Padre de los cristianos y su coleguita Alá  de los musulmanes, que ya era el momento preciso para que la Familia Gorgonzola volviese a realizar un viaje –todos juntos en plena armonía y fraternidad– para visitar de nuevo el territorio infiel del Reino de Marruecos.

Era ya la hora oportuna, digo, pues habían sido –estos últimos tiempos– nada generosos en lo referido al pisar aeropuertos y tierras extranjeras. También se presagiaba esta salida, inolvidable por lo ilusionante que resulta siempre un viaje familiar y por la perentoria necesidad del quitar las telarañas y los pliegues que se producen –en la mente y en el ánimo– por la carencia de aires renovados y de experiencias enriquecedoras en otros ambientes distintos al usual. El cambio que le llaman.

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Antes de nada, aclarar que la Familia Gorgonzola (estos son: Father, Santa, Cris y el inefable Cigalowsky) este año había sido incrementada con un nuevo miembro tal cual es el mozo de espadas de Cris al que citaremos –como es costumbre en la saga– por su apelativo quesero: Juanma N’Chego.  En adelante Juanma para abreviar. Cinturón negro primer Dan de Kick Boxing que es, con lo que supone de tranquilizadora dicha circunstancia para el resto del grupo en determinados ámbitos aventurados de algunos países.

LA GÉNESIS DEL PERIPLO Y SUS PREPAROS.

Todo empezó un día del pasado mes de junio –cinco meses antes del inicio de la expedición– cuando comiendo en casa, Cris nos dice que van a comprar –ella y Juanma– billetes de avión a Marrakech para el lejano noviembre al precio de 20 € ida y vuelta desde Sevilla. Si! han leído bien. 10€ la ida. 10€ la vuelta. Cómo fácil es de suponer, el resto de la familia de inmediato mordemos la nuca de la pareja y nos apuntamos sin pensarlo, y sin casi consultarles la compañía, a dicho viaje. De inmediato, lo que yo te diga. Una vez aceptados en la gira (que remedio!) empezamos a preparar el tema organizativo.

Cris –con una profesionalidad digna de mención y encomio– se ocupa eficazmente de todo lo relacionado con el tour: vuelos, transfer, información relativa a estos, documentación necesaria y búsqueda de alojamiento. Además, por eso de dominar lengua extranjeras, es inmediatamente designada Guía, Directora de Regateo y Jefa de Salida del Viaje y desarrolla sus responsabilidades con un dechado de paciencia y resignación sin límite. Enormemente efectiva. Father –más adelante, pues se hace rogar– más acostumbrado a las labores de sillón y apalanque, elabora el planning de visitas y los posibles lugares de compras y condumio. Juanma es «un polvorilla». Inquieto y siempre asertivo. Colabora con su enorme positividad y entrega. Siempre voluntarioso y predispuesto a lograr que el viaje sea (tal y como resultó) un éxito en cuanto a convivencia, tolerancia y entendimiento. Santa realiza funciones de Madre Supervisora de la Camada, catering patrio, consejera y controladora de gastos del Father Gorgonzola. y Cigalowsky que queréis que os diga… Realizador de videos, locución de medios y catering local. Cuidador siempre atento a los tropiezos de sus progenitores que, todo hay que decirlo, algunos hubo.

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Quede aclarado desde un principio, que todos queríamos vivir un viaje a un Marrakech verdadero y genuino. Nada de hoteles europeizados; nada de comidas en sitios de grandes cadenas o, ni tan siquiera, en sitios acomodados y/o utilizados para y por el turisteo. Queríamos realizar un viaje a un Marruecos auténtico (dentro de lo que cabe en una ciudad tan visitada como es Marrakech) y  a ser posible, vivir lo más alejado del ambiente occidental.

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Así pues, reservamos el alojamiento en un Riad en la misma Medina y decidimos comer allá donde la mayoría de los comensales fuesen autóctonos y nativos marroquíes haciendo caso omiso de detalles higiénicos que de ningún modo toleraríamos en nuestro país. Viajar a Marruecos, para alojarte en la parte moderna (que sólo conocimos en los trayectos del aeropuerto) en un hotel de alguna conocida cadena hotelera, y comer –por miedo a lo desconocido– en cualquier establecimiento de comida rápida tipo Burger, pizza o pollo frito, nos parecía una pérdida absoluta e irreparable de lo más puro, genuino y original de un país tan ensoñador y diferente como es Marruecos. Tan sólo nos permitiríamos, por precaución sanitaria, beber agua embotellada y solicitar vasos de plástico desechando los de uso común que estaban dispuestos en las mesas de determinados sitios. Daba un poco de asquibiri.

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Con esas premisas, nos dispusimos a organizarlo todo. Gracias a nuestra experiencia en organizar periplos y, sobretodo, a las experiencias y opiniones colgadas por viajeros anteriores en la red (mención especial a Tripadvisor y a Los Viajeros) pudimos recopilar una serie de datos que dio como resultado un estupendo planning que, el último día, al final de este relato, colgaré en PDF para el que quiera usarlo como información para futuros viajes. Visitas, lugares para comer y algunos datos más de interés general.

Para los Gorgonzola, no era esta la primera visita al país vecino del sur. Ya antes habíamos estado en muchas ocasiones por sus tierras del norte: Tánger, Tetuán, Asilah, Chefchaouen… Pero para Santa y para mí, era la primera vez que viajábamos al sur del sur; y puedo aseguraros, que la experiencia ha sido tan preciosa como reparadora. Insospechadamente encantadora y fascinante. El ambiente de la ciudad de Marrakech, ha sido de una completa tranquilidad y seguridad en cuanto a posibles temores. El atosigamiento de vendedores, guías, y captadores de puestos de comidas, se da por supuesto y asumido. El regateo –que a muchos occidentales nos avergüenza y cansa– es lo más natural (y necesario) para ellos. Por el contrario, la amabilidad en cuanto a proporcionar información, la dispensa de cortesía y la propensión a la conversación es norma habitual en aquellas tierras. Además… Cris venía con nosotros.

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«La prisa mata» dicen ellos. A nosotros. A nosotros nos mata que hemos perdido –en el camino del ficticio progreso consumista– el placer de tomarnos esta vida con las necesarias dosis de tranquilidad, calma y sosiego. Adornando inutilmente nuestras vidas con paranoias y obligaciones; con objetos tan superfluos cómo inservibles. Olvidándonos a veces de contemplar la vida desde la atalaya de la calma y la serenidad.

Vamos con el relato…

 EL PRIMER DÍA

Juanma y Cris nos recogen a Santa, Cigalowsky y a Father en casa a eso de las once de la mañana. Nosotros estábamos ya dispuestos –pertrechados con una impedimenta de bocatas, snacks y latas– para en coche, desplazarnos hasta Sevilla donde tomaríamos el vuelo directo hacia Marrakech. Salimos. Paramos en Marchena para tomarnos un tentempié (sobretodo para que Santa pudiese fumar) y llegamos a Sevilla para terminar de alimentarnos sentados en un bordillo de la carretera (a la rumana manera) a base de bocadillos de chorizo cular ibérico y lacón asado y ahumado con sus cervecitas y refrescos previendo la escasez de gorrino que se nos venía encima. Patatas fritas y «mondarinas» que si nó no sería «rumana manera» homologada. Mea la muchachada en gasolinera próxima y Cigalowsky tras un arbusto. Padre y madre, mucho mas comedidos, esperan a realizar sus necesidades en el aeropuerto sevillano.

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Llegamos al Aeropuerto de Sevilla. Un poco-bastante cutre, todo hay que decirlo, si lo comparamos con los de Málaga y/o el de Marrakech. El coche nos los recogen en «Salidas» la compañía de Parking que lo tendrá guardado durante nuestra ausencia (19 € los tres días con lavado incluido) y nos dirigimos al Checking.

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Compramos en el Duty Free Shop una botella de un litro de Ron Barceló para la prevención de infecciones estomacales;  un cartón de Chesterfield y una preciosa botellita de un té asqueroso de medio litro cuyo envase sería utilizado más tarde (ese era su verdadera finalidad)  para llevar el ron por la ciudad o por el mismo Riad para evitar suspicacias locales.

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El vuelo transcurre tranquilo y rápido (algo más de una hora de estrechez)

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y llegamos a nuestro destino. Ya estaba anocheciendo.

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La primera impresión es fantástica. El aeropuerto es moderno y bonito. Bien cuidado. El paso por aduana no representa problema alguno. Se soporta estoicamente la casi media hora de cola para el sellado de pasaporte, pero es que el flujo de viajeros es incesante.

Un consejo: en el avión a la ida, y en el aeropuerto de Marrakech a la vuelta, deberéis de rellenar un impreso como éste y que os aconsejo hacerlo tranquilamente para no tener problemas con los funcionarios.

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Los exteriores del aeropuerto son preciosos. Una vez fuera contactamos con nuestro conductor del transfer (ida y vuelta 10€ por cabeza que al final, por deferencia de la compañía, se quedaron en 6€) que nos trasladará en un enorme cuatro x cuatro  hasta la Medina y hasta la puerta de nuestro Riad. Esta es la compañía que en todo momento nos dispensó un trato tan cortés cómo práctico:

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Primer contratiempo: El chófer, puesto al habla (desde el mismo aeropuerto) con el encargado del Riad Todra –que era con el que teníamos concertada la estancia en la ciudad– nos comunica que se han olvidado de nuestras reservas y que no disponemos de habitaciones. ¡¡¡Tócate los cojones!!!  En un primer momento pensamos en la picaresca del conductor y que este nos quiere redirigir a un Riad de su confianza. ¡¡¡Craso error!! Era cierto que no disponíamos de reservas. Así que le dijimos que nos llevara al Riad primero para hablar (y comprobar in situ la situación de nuestras reservas) y en ese caso presentar nuestras quejas al encargado de dicho Riad..

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No obstante, cuando llegamos al Riad que había sufrido el olvido, su encargado, rapidamente nos comunicó que nos había encontrado otro alojamiento que, a la postre, resultó ser mucho mejor que el reservado. Aceptamos momentáneamente con la condición impuesta por Cris de ver antes las habitaciones y condiciones general del nuevo alojamiento. Riad Sidi Mamounie se llamaba el nuevo. Un sitio a diez minutos de la Plaza Jamaa el Fna, con un encargado Wallid, tremendamente amable y servicial. Nos aplican el mismo precio (El Riad Todra pagaría la diferencia) y las mismas condiciones en cuanto a alojamiento y desayunos. Muy recomendable.

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Vemos las habitaciones: Estupendas. Una azotea con vistas a la Koutubia impagables. Patio cubierto para desayunar precioso… En fin el alojamiento muy, muy bien, en todos los aspectos. A los pocos minutos de estar en nuestras habitaciones, ya lo considerábamos nuestra casa.20161119_191506

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Tal y como teníamos previsto, salimos inmediatamente después de soltar (literalmente) las maletas y nos dirigimos a la Plaza Jamaa el Fna para llenar nuestros ojos de luces; nuestras narices de aromas, nuestros oídos de sonidos y nuestras cabezas de inolvidables sensaciones que ya se quedarían a vivir para siempre en nuestra memoria. Una ciudad impresionante y extraordinaria.

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Cambiamos dinero en el Hotel  Alí muy frecuentado por extranjeros y del todo fiable. Justo a la entrada de la Plaza Jamaa el Fna. Lo recomiendo también. 50 Euros= 527 Dirhams.

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Nos adentramos en una cómoda multitud. Y se preguntarán ustedes ¿Qué es una cómoda multitud? Pues es una masa ingente de personas que ocupan un lugar por donde es posible caminar sin tropezar ni sentir sensación alguna de agobio u opresión. Así es y así lo cuento. Otra cosa son los captadores de restaurantes, pero todo eso se arreglaba con un amable Lá shokran habibi (no, gracias amigo!) y seguías tu camino.

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Decidimos cenar en uno de los puestos de la plaza. Carne. Pensamos ir al número 31 que es el recomendado para este tipo de comida (el de los pescados es el 14) no sin antes parar para tomarnos en otros puestos unos cuencos de deliciosos caracoles (a 1€ el tazón) o unos indescriptibles zumos de granada y naranja también a 1€ c/u . Repetimos caracoles y zumos todos los días restantes. El puesto 31 estaba hasta la bandera de ciudadanos marrakechíes; así que nos fuimos hacia otro en el que pensábamos que nos habían timado por el precio cobrado: 480 Dírhams o lo que es lo mismo: 48 euros mal contaos. Pero después, recapacitando… En total nos comimos entre cinco personas: 30 pinchitos (eso sí los 18 de cordero muy chiquititos) una ración de keftas con huevo y dos raciones (también pequeñitas) de salchichas; dos CocaColas dobles (que son caras) y una botella de agua mineral de litro y medio. Ellos, por su parte, nos pusieron un pan riquísimo, salsas picantes, patatas fritas y un picadillo de tomate, pimiento y cebolla…  Así que, después de pensarlo más reposadamente, llegamos a la conclusión de que no nos salió tan caro. Aunque después, comimos mucho más barato e incluso mejor…

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El cansancio ya iba haciendo mella después de tantísimo ajetreo. Decidimos pasear un poco por el zoco para ver y sentir el ambiente…

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Nos vamos hacia el Riad con ánimo de tomarnos unos rones en la terraza y fumar algunos cigarritos típicos del país (a donde fueres, haz lo que vieres) con unas preciosas vistas de la Koutoubia. Un perfecto final para un perfecto primer día.

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Mil risas y mil proyectos para los siguientes días. El viaje acababa de empezar y ya, por lo vivido ese primer día, merecía la pena el haber apostado por una ciudad tan mágica, asombrosa y fascinante como nos estaba resultando Marrakech. Una ciudad de la que he vuelto absolutamente prendado.

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To be continued…

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***

 

 

 

 

MANOLO SALINAS (tres poemas)

 

MANOLO SALINAS (tres poemas)

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Suele decirse, erróneamente, que el hombre (entiéndase lo de hombre como todos los seres racionales pertenecientes al género humano, no me jodan las feminazis) que el hombre, decía, cuando llega a la edad de jubilación  –y después de unos meses de adaptación a la nueva situación– suele entrar en una fase de desorientación y desasosiego –habituado como estaba a la rigidez de los horarios laborales– por no saber cómo gestionar tanto tiempo libre que le ha llegado de repente y de sopetón.

Yo, siempre he pensado que esas sensaciones de agobio y desazón del emérito, no son sino la resultante de una pobreza de espíritu y una falta de adaptación a esa nueva disposición a la cual, se le podría y se le puede, sacar un ventajoso y provechoso rédito en cuanto a bienestar físico y desarrollo personal. Es tiempo –el de la jubilación– momento de dedicarlo, con más ímpetu que nunca, a las aficiones y a las inquietudes culturales. Ni lo duden.

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Conozco a muchísimas personas que ahora, cuando les ha llegado la hora del retiro laboral, demuestran un empeño notable en ejercer sus habilidades (que antes desempeñaban robando tiempo al tiempo)  y distraerse meridianamente. Ya sea asistiendo a exposiciones, organizando quedadas para degustar ensaladilla rusa, paseando por ese Desolation row (Viva el Nobel a Dylan!) que es el Paseo Marítimo de Málaga y sus aledaños deportivos a hora temprana o dedicándose estos, a que su tiempo no sea un simple pasar sino una forma de retomar o empezar propósitos que nunca llegaron a su destino por mor o la excusa de la falta de éste.

MANOLO SALINAS:

Suelo encontrarme «vezencuando» cuando realizo mis paseos (no en la hora provecta) por dicho Paseo marítimo, con el escritor y poeta Manuel Salinas. Siempre voy acompañado por el amigo común Lucas. A Manolo le ha llegado esa hora de colgar el hábito de la enseñanza; pero este doctor en filología, profesor  y catedrático de literatura, como era de esperar, dedica su bien merecido tiempo libre (siempre lo hizo, es verdad) a seguir implicándose en el mundo de la literatura en general, de la poesía en particular, dirigiendo  la colección de poesía “Puerta del Mar” de la Diputación de Málaga, entre otras actividades culturales. Entre otras muchas actividades culturales.

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Le pedí a Manolo, mi buen amigo, tres nuevos poemas suyos para realizar una nueva entrada en este blog. Él, tan amable como siempre no tardó en remitírmelos y ahora yo, los inserto en este post para vuestro gozo y disfrute.

UNA MUY SOMERA NOTA BIOBIBLIOGRAFICA

MANUEL SALINAS (Granada).ESPAÑA.

Licenciado en Filología. Doctor en Filología Románica. Ha trabajo como Catedrático de Lengua y Literatura españolas, publicando los libros de poemas: “Edelvira”, (1975), “Los espejos fingidos” (1985), “Esplendor de la tristeza“ (1984), Zulo de noviembre” (1988), «El mar en los hangares» (2004).

La revista ABRIL de Luxemburgo recogió parte de su libro “Viviré del aire», que fue publicado posteriormente en Estados Unidos íntegramente (2013), donde fue galardonado como mejor libro en lengua no inglesa, libro que publicaría en España la editorial Vitruvio, de Madrid , en el 2014.

Actualmente escribe un libro que se titula: «Y portuguesa el alma», del que ha editado una parte “la Casa Gerard Brenan” de Málaga (2015).

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Estos son los que ahora vienen; y al final, un enlace a uno de sus poemas recitados por el poeta y amigo en un video.

Las imágenes que ilustran los tres poemas, son obras de Encarni Díaz «Ginger»

Disfrutadlos!

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1

 

LOCUS AMOENUS

 

La mayor aventura

sucede dentro; abre los ojos dentro: la vida,

su claridad inaceptable, una luz resuelta

en aromas dentro, sólo un sol, un sol

de una patria remota, derramado y nuevo,

todo es nuevo: la esperanza, la alegría, la verdad

o la mentira que llevaba dentro. No hay

otra isla perdida sino la infancia. Venga la primavera,

venga la palabra a encender el maravilloso

desorden de las cosas, su murmullo animal y caliente

de selvas y desiertos; de rutas de la seda y fuentes

del Nilo; de estuarios del Amazonas y deltas

del Meckong. Dentro es más alta la noche,

los ojos, la luz. Dentro.

 

2

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SUITE SIN NOMBRE

 

Lleva el agua en sus brazos

lo tuyo y lo mío,

junquillos de enero y marzo.

 

En sus brazos el aire lleva

lo mío y lo tuyo,

rosas blancas de almendra.

 

Piedad hallan, mañanica clara,

agua que prende la herida,

salvias granadas.

 

Genistas, cidonias:

un aroma de estío,

carne que encuentra su carne,

lo tuyo como lo mío.

 

El invierno trae, el invierno lleva

falsas flores. Y queman.

 

3

 

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PIEDRA VIVA

Para Antonio Carvajal.

Es la inocencia la única verdad, asombro

que da sentido al mundo, milagro

del dolor que rinde su fruto azul, guirnalda

donde el aire florece. Y la rosa,

siempre rosa, y la hormiga, hormiga siempre.

 

Es entrega la inocencia, tapia del paraíso,

agua desgajada de la más alta luz; la belleza

duele en pleno gozo, en pleno

canto, sin pauta, aguda y grave

herida, siempre herida, rosa, rosa siempre.

 

Es lugar sagrado la inocencia, audaz ruiseñor

que entre dragones amarillos, apaga el miedo,

libre de perderse, de ser hallado, libre; cielo,

hondo cielo, cielo siempre. La belleza

es verdad sólo si duele.

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Si queréis oír al poeta, pinchad sobre su fotografía.

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EUDAIMONIA. GINGER EN MÁLAGA

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EUDAIMONIA. GINGER EN MÁLAGA

Todo el que sea asiduo a este blog sabrá de mi absoluta querencia hacia la pintura surrealista; ya que desde hace años, vengo haciendo reiteradas entregas de trabajos de pintores  –muchos de ellos antes eran desconocidos para mí– que me causaron una espléndida e indeleble impresión.

Por este sitio, han pasado Michael Cheval, René Magritte o Rob Gonsalves. Yacek Yerka o Salvador Dalí. Sin olvidar a Escher, Fred Calleri, Roberto Bernardi, Pawell Kuczynsk y otros muchos, que ahora, habitan –cosas de la edad– en mi desmemoria.

Así que, tras leer esta nómina de artistas –insisto en que me dejo a muchos atrás– se dará cuenta el lector que siento esa especial predilección por este estilo pictórico que decía antes. En escultura no quiero dejar atrás a la malagueña Mavi Herrero.

Pues bien: Recientemente he descubierto a otra chica malagueña, cuyas obras me parecen interesantísimas: Encarni Díaz «Ginger».

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Esta artista –también es tatuadora– pinta con una capacidad desmesuradamente buena. Fascinada por las piernas y las manos cómo la protagonista de la novela del premio Nadal 2016, o como el pintor realista mexicano  Omar Ortiz que, por cierto, también ha aparecido en este blog.

Os comunico, satisfecho y radiante, que Ginger expone en Málaga. Y lo hará en un lugar mágico como es el Ateneo de Málaga sito  en Calle Compañía (casi Plaza de la Constitución) número 2 y que se inaugurará, dicha exposición, el próximo sábado 5 de Noviembre desde la 19:00 hasta las 22:00 y que allí permanecerá hasta el día 29 Dios mediante que se decía antes. Dicha exposición se encuadra dentro del Festival Moments, cuya web podéis consultar aquí:

http://www.momentsfestival.org/

Les recomiendo encarecidamente su asistencia; yo no me la voy a perder. Esto que viene ahora es un texto explicativo de la artista malagueña que viene en la página de la exposición y después, insertaré una serie de imágenes para que podáis ver una muestra de su magnífico y admirable trabajo.

Voy a repetirlo para que no quede duda: de su magnífico y admirable trabajo.

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DETALLE:

Encarni Díaz “Ginger” es una artista autodidacta malagueña enamorada de lo singular y misterioso. Su obra explora sentimientos y emociones representados principalmente por figuras femeninas sin identificación facial, amuletos, referencias simbólicas y animales no humanos que cohabitan en un mundo imaginario y enigmático más propio de los sueños que de la realidad que conocemos.

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Estos personajes recrean situaciones, miedos, deseos y esperanzas tan sólo descifrables por una visión imaginativa capaz de captar el mensaje escondido bajo la superficie, todo ello envuelto en un universo de magia y secretismo que permite que sus sentimientos afloren a la superficie tímidamente, sin exponerlos en su totalidad. De manera intencionada, Ginger invita a los espectadores a identificarse con sus cuadros, a verse reflejados de alguna manera en su mundo fascinante, a descubrir las preguntas lanzadas al aire y a encontrar sus propias respuestas. Su trabajo se ha expuesto internacionalmente en diversas galerías de la escena pop surrealista y «Eudaimonia» es su primera muestra en solitario en Málaga.

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Y ESTAS, SON LAS IMÁGENES PROMETIDAS:


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LUIS CENTENO. AMIGO DEL ALMA

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LUIS CENTENO. AMIGO DEL ALMA

 Te veré, amigo mío, en este día;
y te daré mi mirada y mi sonrisa.

 (Luis Centeno)

Ayer, mi amigo más querido, Luis Centeno, cumplió la provecta de sesenta años. Puedo afirmar, lleno de alegría y de contento, que llevamos lado a lado un setenta y pico por ciento de nuestras existencias. Acompañándole fiel y lealmente. Él a mí.

Por la mañana recibí una llamada de otro propio, el Afilado hermano, indicándome la intención de celebrar una cena sorpresa para festejar tan redonda cifra y para proponerme –como asistente especial no consanguíneo junto al Marmolejo Cristóbal– el unirme a dicho evento.

Inmediatamente, cómo es de suponer, acepté la invitación del puntiagudo amigo. Un privilegio que supuso para mí y para mi santa esposa. El honor de pertenecer como miembro de número y reconocido en la familia Centeno, no es el producto baladí de un momento o de una situación puntual. Es el resultado de más de cuarenta años de cariño, respeto, deferencia y consideración mutua. Eso del setenta y pico por ciento que indicaba al principio de este escrito.

Y fuimos, y nos reunimos. Toda la familia más cercana. Los hijos del que cumplía, los hermanos, sus respectivos caimanes y caimanas y, además, Nini, Cristóbal y yo, ya os digo, como invitados de excepción.

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Hoy, antes de escribir estas letras, he hablado por teléfono con Maribel (una de las oficiales) y me han llegado al corazón estas palabras «Sí, Alvarito. Anoche lo pasamos genial. No podía ser menos si estábamos con Luis, sus hijos, sus hermanos y sus dos amigos del alma. A Luis, tú ya lo sabes, lo quiere mucha gente; tiene multitud de amigos incondicionales, pero Cristóbal y tú, sois sus amigos del alma».

Amigos del alma. Suena bien, sí señor. Amigos del alma.

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Yo creo que no es sólo la fidelidad demostrada por ambos durante estas décadas. No es sólo el cariño exacerbado que nos profesamos ni la multitud de momentos que hemos disfrutado juntos. Las mil y una situaciones inolvidables que llevamos en nuestra faltriquera de las experiencias. Es toda una vida juntos. Luis para mí simboliza la perfecta descripción de la amistad. Esa cualidad –a la amistad me refiero– que se ejerce y se hace fuerte cada año que pasa a base de instantes almacenados en el corazón y la memoria y que nunca se ve afectada por la lejanía ni por la ausencia. Tampoco –es sano que las haya– por el conjunto de nuestras discrepancias. Luis y yo siempre hemos compartido nuestro favor a eso de «El aval de la confianza». Ese que te anima a ser amigo de quien lo es nuestro por separado, y eso, nos ha llevado a componer una caterva común de amigos difícilmente igualable.  Una queridísima banda muy difícilmente repetible.

Luis alcanzó ayer la provecta de los sesenta. Y yo, seguiré perpetuamente a su lado. Fiel y lealmente. Al menos –si es que la vida nos lo permite– otros treinta y tantos que ya será una buena fecha para transformarse en humo. Hasta entonces, quiero seguir frecuentando con él esos cutres bares de aluminio, que tanto nos gustan, para seguir envolviendo (siempre) con risas y recuerdos, nuestras palabras sin sentido.

Te quiero, amigo mío, te quiero. Tú lo sabes.

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AMORES IMPOSIBLES. SUSI MÁRQUEZ.

AMORES IMPOSIBLES.

SUSI MÁRQUEZ

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A veces, suelo enamorarme –platónica e imposiblemente que ya sé que es lo mismo– al  primer vistazo. No lo puedo remediar, no señor. Después, por suerte, se me pasa.

Casi siempre lo hago de mujeres con capacidades artísticas y literarias. Tan imposibles cómo inalcanzables. De chicas –ese es mi pesar– que nunca podrían esta al tiro de mi honda afectiva. Mujeres que ni en mis mejores sueños se fijarían en mí porque ya han encontrado otros brazos que las acurrucan y acarician;  otros afortunados que les suplican el amor con los ojos y el deseo. Así pues, ellas, ni tan siquiera, en el caso de cruzarse conmigo me regalarían una mirada de aprobación, atención  o condescendencia.

En fin.

Menos mal que, tal y como llega el barrunto, se va y voy y me tranquilizo. Pero no se crean ustedes que no lo paso mal durante esos escasos cinco minutos que me dura el enamoramiento y el entusiasmo. Esa decepción por la pasión absurda e imposible que dura, afortunadamente, el tiempo máximo recomendado por la Organización Mundial de la Salud Mental que lo cifra en esos cinco minutos, ya les digo.

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Tampoco vayan a pensar que me pasa pocas veces (Inciso: no se preocupe mi mujer; porque de ella, sí que estoy enamorado hasta las trancas; absoluta, veraz y eternamente) pero ya les digo que con determinadas mujeres no lo puedo evitar, me atraen aquellas que combinan una  esfera de creatividad, inventiva e imaginación, con ese aura lascivo y voluptuoso que el destino regala sólo a pocas afortunadas.

Cómo suele pasar con los amores platónicos, la posibilidad de rosca a comer es exigua y apretada. Del todo imposible. Y yo, como es natural, no sólo no me como una rosca, sino que tampoco me llegaría a comerme un comino si –en el más improbable de los casos– tuviese la remota oportunidad de aceptación y encuentro. Por fidelidad a la propia;  por miedo al desaire o al desengaño, y –por qué no decirlo– porque no se me ha presentado la oportunidad con ninguna de ellas.

Ya me pasó esto del enamoramiento súbito y momentáneo con la ilustradora Sara Herranz. Con las actrices Dora Gálvez o Dafne Fernández. La guitarrista  Ana Popovic. Con la bailarina Anita Iglesias Cumpián, con la escultora Jurga Martin o con la dibujante Apollonia Saintclair. Aunque a esta última, nadie le haya visto jamás el careto. Todas ellas, todas, son muy capacitadas en sus diversas disciplinas. Todas ella destacan por su indudable filón artístico y por su innegable belleza y atractivo (la de Apollonia, me la imagino).

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Pues bien, mi amigo, el excelso fotógrafo Ignacio del Río, me invita a la inauguración de una exposición, que tendrá lugar el próximo viernes día 30 de este mes que corre, en su Estudio– Galería sito en la calle San Lorenzo, 29 de esta capital. Misma calle donde vivieron sus años jóvenes mi padre, tíos y abuelos, y que mostrará trabajos de la artista Susi Márquez.

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Con Susi, me ha pasado eso de la fascinación a primera vista. Porque es evidente. Y porque después del enamoramiento momentáneo e irreflexivo, compruebo, fisgando por la Red, que sus pinturas me hipnotizan; así que –no puede ser de otra manera– me intervienen los temidos cinco minutos del enamoramiento incontrolable, irreprimible y fugaz que antes les comentaba, y que todavía –mientras escribo estas palabras– me dura.

Otro en fin.

Los trabajos en acuarelas y acrílicos de Susi Márquez, son tremendamente explícitos. Conteniendo unos tonos eróticos, carnales y sicalípticos muy intensos y enérgicos. Con un inapelable impacto visual. Me encantan!

Esta es la semblanza que aparece en la presentación de dicha exposición y más abajo, inserto una muestra del trabajo de la artista. Os recomiendo encarecidamente visitéis la galería. No os arrepentiréis.

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«Es bien sabido que la imagen, o la temática si se quiere, dentro del mundo del arte es pura anécdota, porque en este mundo lo que se pretende es trasmitir un estado de ánimo, una visión de la vida que en el caso de Susi Márquez se podría resumir en la energía, la que ella desprende.
En su obra el color adquiere un valor autónomo, no naturalístico, mientras el espacio se convierte en una especie de vacío que aumenta la tensión entre el personaje y su probable destino. Actúa en sus obras utilizando un trazo claro, rápido y duro, mientras trasmite un deseo de rebeldía y provocación que alguien podría interpretar como un escape existencialista o un rechazo profundo a los arquetipos sociales que coartan la libertad, incluso en sus aspectos más íntimos».

Extracto del texto de Manuel González para la exposición
de Susi Márquez “ A LO DIVINO” en El Estudio de Ignacio del Río

Y aquí está la galería:

croquis-2-optAhora… Las imágenes prometidas:

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Todas las obras que aparecen en este artículo, son obras de la artista Susi Márquez.

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