UN MILLÓN SETECIENTAS CINCUENTA MIL VISITAS

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UN MILLÓN SETECIENTAS

CINCUENTA MIL VISITAS.

 

A algunos les parecerán pocas; a otros les parecerán muchas. A mi me parecen una barbaridad. Pero no se confundan, no es el número redondo, mágico e impensable, lo que me parece una barbaridad; lo que me parece una barbaridad es lo que va de serie, lo que lleva adosado a sus espaldas esa cifra.

 Un millón setecientas cincuenta mil visitas, dan para mucho; dan para saberse leído por tantas personas como componen y le dan forma al número. Me hace suponer, fehacientemente, que ha habido un millón setecientas cincuenta mil pensamientos hacia algo que yo he creado; engendrado en mil horas de dedicación, de afán y entusiasmo. Y eso, no sólo me abruma felizmente; sino que además, un poco, asusta y sobresalta.

 Pero al margen de la responsabilidad no buscada que me acompaña desde la creación de este blog -ya saben eso de mostrarse a un mundo con opiniones y pensamientos privados (que dejan en ese momento de serlo) y que irremisiblemente se escaparán de tu control- este nuevo medio de correspondencia, de intercambio, de relación y -en muchísimos casos- de afecto, ha cambiado mi vida para bien. Para muy bien.

 Porque extrañamente (como suele suceder en estos circuitos) nunca se ha recibido -en este blog que ahora estáis leyendo- ningún mensaje insultante ni provocador. Nunca, como administrador de este sitio, he tenido que intervenir ni censurar ninguna comunicación proclive al enfrentamiento o a la hostilidad. Nunca, lo juro.

 Una de mis primeras intenciones fue el de proporcionar información de ciudades para viajeros, de apuntes de inglés y cualquiera de esas cosas que formaban parte de ese universo privado, y cerrado al mundo exterior, que era el disco duro de mi ordenador. Pero esa pretensión primera, fue superada ampliamente con colaboraciones de mis amigos que con sus sugerencias, sus aportaciones y sus generosas contribuciones artísticas, han dado a este blog una pátina de valor y consideración, un revestimiento ilustre y atrayente, que en tres vidas que viviera, nunca hubiera imaginado poder alcanzar.

 Pero sobre todo, de forma muy especial, el afecto que siempre, inesperadamente, recibo y me sorprende cuando salgo a la calle a algún evento y recibo el cariñoso grito de ¡Father! de mucha gente que se me escapa al reconocimiento o a la memoria.

 Por eso, en esta “celebración numeral” no voy a darle las gracias a mis amigos de toda la vida; o a los amigos escritores, pintores, poetas, fotógrafos… que me han regalado su arte muy generosamente. Esta vez voy a darles las gracias a esos amigos anónimos y desconocidos que desde los lugares más insospechados. (Hay visitas desde China a Alaska; desde Rusia hasta Nueva Zelanda. En lugares aislados de la selva amazónica o desde el mismo centro de los océanos donde no existe tierra conocida; quizás un barco) voy a darle las gracias, decía, a esos amigos que como puntitos rojos adornan ese mapa de visitas que -cuando lo consulto- me deja asombrado y estupefacto por la lejanía de los que entran; pero también, conmovido y emocionado, imaginando el hecho del hasta donde han llegado mis palabras.

 Y eso, ya te digo, me resulta tan asombroso como desconcertante. Así que vuelvo a daros las gracias. Un millón setecientas cincuenta mil veces las gracias. Que no son pocas. Que son, en realidad, una verdadera barbaridad.

Espero que, con el tiempo, pueda llegar a nueve millones de visitas; tantas como bicicletas hay en Beijing.

VUELVE LA NAVIDAD A CASA GORGONZOLA. 2013

VUELVE LA NAVIDAD

A CASA GORGONZOLA.

 2013

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LOS CUATRO, LOS CUATRO…

SIEMPRE LOS CUATRO

 Lo reconozco; soy muy tradicionalista, mucho. Pero no se confunda esa condición con la de ser conservador; háganme Uds. el favor.

 Digo tradicionalista, porque a pesar de que tengo la capacidad -de la cual me satisfago- de fusionar y hacer convivir costumbres nuevas con las adquiridas y asumidas en todo mi periplo vital, no sólo no reniego de estos hábitos, sino que además trato de imbuirlos y traspasarlos a mis hijos para que sigan dando la tabarra, con mis manía y mis querencias, a los que hayan de venir detrás de mí.

No se me confundan Uds. háganme el favor, y crean que les estoy hablando de clasicismo trasnochado o folklore casposo; de prácticas anticuadas o de pasado nostálgico. Estoy hablando de conservar las raíces, y los usos y los modos, en los que fui criado y educado y que -orgullosamente- aún trato de mantener.

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Adoro algunas prácticas que me resultan absolutamente gratificantes: La costumbre de mis cuñados de que me regalen un jamón ibérico en Navidades (habrá cosa más bonita?) o la de los otros, que desplazados a mi domicilio, me cocinan una inimitable orza de lomo en manteca para que nos acompañen y acaricien el paladar las frías tardes de Invierno (habrá otra cosa más bonita?) También me encanta esa tradición de asistir a la Fiesta de los Villancicos cada año a Casa de los Gaviño-Spinner, para que una vez acabando con las viandas y los licores, Margarita nos haga entrega a los Gorgonzola (en petit comité y ocultos de miradas envidiosas y suspicaces) de una caja llena de galletitas hechas por ella misma a la suiza manera; cómo no podía ser de otra forma.

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Me fascina que vengan Titi y Ana a visitarnos cargadas de ellas mismas, que ya es bastante. Porque bailaremos y reiremos hasta desfallecer. Desfallecer de puro contento, que es cómo a nosotros nos mola. Comprar dulce de los conventos con Maxi y Pepa; y que vengan Jóse y Silvia a abrirnos el jamón y a beberse mi reserva de Ron. Que venga. por fin, mi hermano Fernando y su manada, para hacerlo llorar; tanto de risa cómo de ternura y emoción. Cómo a él le gusta.

Me encantan también esas costumbres -que a fuerza de ejercer cómo tal, se transforman en tradiciones- como es la de mi querido amigo Fernando Damas que, cada vez que nos reunimos con la Logia del Negro Anaranjado, tiene a bien el obsequiarme con botella de ron de la más alta excelencia.

Me gusta esa nueva costumbre que tiene mi hija Cristina -desde que se emancipó- que es esa que nos traiga churros para desayunar cada domingo por la mañana. Para aliviar indeseadas, pero gloriosas, resacas sabatinas. Los cuatro otra vez juntos.

Me gusta adornar la casa por Navidad. Cada Puente de la Inmaculada y de La Constitución.Me gusta.

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Adoro que los Gorgonzola nos reunamos los cuatro -siempre los cuatro- y que Cris, nos haga más galletitas de mantequilla que dispondremos en bandejitas ad-hoc junto a otra bandeja de porcelana centenaria de mi abuela Matilde, sobre la que reposan algunas botellas de espirituosos que darán su vida en martirio por atender a mis invitados cómo ellos se merecen.

Me gusta preparar la fondue de queso que la familia nos zamparemos en el intervalo del almuerzo; mientras descansamos de instalar las luces de las ventanas que adornan e iluminan la calle desde nuestro salón. De colgar guirnaldas y flores de Pascueros. De llenar la casa de villancicos. Una música que cada año se debate en una lucha  feroz y sin cuartel entre Frank Sinatra y Manolo Escobar; según sea Father o Santa quien disponga el ambiente. Cris en mi bando; Cigalowsky en el bando contrario con su madre.

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Este año estoy contento, y mucho. Pues hemos decidido recuperar una tradición que teníamos ciertamente abandonada desde hace ya algunos bastantes años. Montar el Belén. Con permiso, claro está, de Paco Martínez Soria.

P1190337(Nótese algún intruso en el Belén; los encontráis?)

Desde que los tiernos infantes crecieron, se abandonó dicha costumbre que éste año, ya te digo, vamos a recuperar. Pero no sólo esa; sino también la de desplazarnos -tijera podadora en mano- a nuestro Monte de San Antón y traernos para casa un abundante acopio de ramas de algarrobo, de pinos y de lentiscos. Enormes manojos de tomillo y de romero; de naranjas cachorreñas y de piñas de abetos. Musgo verde y húmedo; piedras llenas de manchas blancas y amarillas de líquenes. Todo un botín botánico natural que compondrá un escenario, fresco y perfumado a campo, donde se situarán las figuras de barro que en su día el Father Gorgonzola compró – hace ya la friolera de medio siglo- en una ya irretornable Plaza de la Merced abarrotada de puestecillos de Navidad, Circa 1963. Todo un botín botánico natural, ya os digo, que coronará también los muebles que desde hace mucho más de un siglo, acompañan la vida de la familia Souvirón y que cada año, al realizar este rito, saben que han cumplido un año más de vida vivida. Yo me entiendo.

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Así que este año, la Casa Gorgonzola -cómo cada mes de Diciembre- otra vez se vuelve a vestir de luz y de Navidad. Y esperará, impaciente y nerviosa, a que los regalos vayan apareciendo -de manera encubierta, pausada y misteriosa- a los pies de nuestro Árbol. Para que el día de Reyes (Santa Claus Go Home!) comiéndonos unos trozos de roscón de la Confitería La Exquisita, (todo es tradición) los abramos en un mar de ilusión, de sorpresa y fascinación. De amor. Los cuatro, los cuatro; siempre los cuatro.

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 Porque ya es Navidad en Casa de los Gorgonzola. Ya es Navidad!

***

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JURGA MARTIN. SCULPTEURS

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JURGA MARTIN

SCULPTEURS

Sé positivamente que existe el amor platónico. No ese amor mal entendido -a la moderna manera- de significando la imposibilidad de alcanzarlo (que también) sino al más autentico de «la motivación o el impulso que lleva al conocimiento de la Forma de la Belleza, así como a la contemplación de la misma». (Esto último, como comprenderán Uds. fácilmente, lo he cortapegado de la Wikipedia; que uno es listillo, pero ni tanto y sí más calvo.)

Y digo eso, lo del amor platónico, porque me he quedado prendado inmediatamente de una jovencita lituana -escultora y diseñadora para más señas- que se llama Jurga Martin.

De ella y de su obra.

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De su obra porque detenta un dualismo asombroso; ya que lo mismo representa figuras  de una frescura, de una ingenuidad e inocencia patentes, así cómo otras, que se contraponen a éstas con su enorme tristeza, aflicción y melancolía. Y esa dicotomía, esos dos caminos dispares que toman los trabajos de Jurga Martin, seducen y desazonan a la vez.

De ella, de la artista, me he quedado prendado, y sigo, porque tiene un aspecto de  frescura vivaracha y jovial; la mirada directa  y un aire de belleza tranquila y pausada. El que tiene la persona que sabe lo que se hace; la persona que está segura de que hace lo que  le gusta, y que además, su trabajo, la divierte, la enriquece cómo artista, y la sustenta. Y levantarse cada día con esa sensación, debe de ser extraordinariamente gratificante.

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Tener esa capacidad que tiene Jurga Martin del saber apretar, retorcer y amasar adecuadamente un bloque de barro o de arcilla blanda -algunos transfigurados en bronce- para (con los toque justos que van desde el pellizco casi doloroso a la caricia) poder crear las figuras que ahora vais a contemplar, es una suerte y es un don que sólo algunos poseen; y el contemplar su obra, no deja de ser una gratísima experiencia. Un precioso viaje a un mundo lleno de personajes oníricos, irreales e imaginarios que te cautivan;  porque, si te acercas mucho, parecen estar susurrándote una invitación para que te unas a ellos.

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Jurga Sculpteurs.

Jurga Martin es una joven artista nacida en Utena (ciudad al noroeste de Lituania) en 1977, e instalada ahora en Rouen (Francia). Escultora y diseñadora, ésta joven que firma simplemente como «Jurga» ha obtenido el Gran Premio del Salón de Rouen en 2005.

 «Todos los trabajos de Jurga fascinan por su vitalidad, la increíble fidelidad de sus actitudes, expresiones, un gran sentido del humor, calidez y simplicidad. Son éstos los ecos evidentes de una exitosa escultura que es representacional y contemporánea al mismo tiempo.

 ¿Cómo no sucumbir a su fascinante calidez de terracota cuya áspera superficie despliega tanta humanidad? ¿Cómo resistir esa saga de personajes con tal fuerza evocativa, llenos de simplicidad, ternura, alegría o tristeza?

Esas expresiones, gestos y actitudes reflejan un profundo conocimiento del ser humano sea cual sea su edad o condición social. Y esto es lo que revela el talento y resalta una disciplina inmortal como la escultura.»

André Ruellan, crítico de arte.

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Dice Jurga…

«El diálogo con la escultura me obsesiona. Se trata de un diálogo que no necesariamente se expresa en palabras, sino a través de los ojos y las manos. Temo no tener éxito, que no se me recuerde. Así que miro a los ojos, las manos y escucho lo que dice la escultura. Si ella no habla, no está viva. Éste es mi trabajo: hacer que hable.

Me tomo la escultura como viene. A veces no hay nada interesante allí, esto me duele. A veces, el diálogo es muy fuerte y la escultura inmediatamente siente la fuerza. Es ésta pequeño ‘algo más’ lo que es esencial.»

Mirad esta selección que he realizado para elaborar una presentación en Power Point. Si os gusta el triple  de lo que a mí me ha gustado, estoy seguro de que no quedaréis, ni la mitad que yo de  fascinado.

Esta es:

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Que la disfrutéis!!!

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LA CASA DE LAS BUGANVILLAS

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LA CASA DE LAS BUGANVILLAS

“Esto es algo que escribí hace ya algún tiempo,

 y que no me resigno a no publicar;

porque soy de los que creen que nunca es demasiado tarde

 para ajustar cuentas con los amigos”.

La memoria a veces te regala malas pasadas. La memoria que es también bastarda y espuria cuando le sale de los entresijos, se torna -con su más implacable maldad- en infame y abyecta. Perversa. Porque, pasándose por su imaginario forro de los cojones su responsabilidad, descuida irresponsablemente su trabajo; un trabajo que para ella es tan simple y llano cómo recordar; y va, la ingrata, y te falla. A pesar tuyo, te falla. Y fallarle  a mi muy querido y más admirado amigo el Poeta Juan Miguel González (nótese que siempre me refiero a él como Poeta en mayúscula) es un fallo bochornosamente imperdonable e intolerable.

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Me llamó hace unos día (hace ya algún tiempo) comunicándome la presentación de su libro » La Casa de las buganvillas» en el Instituto Municipal del Libro.

La memoria que es ramera con la intención, no tuvo en cuenta que yo, no sólo debía de estar allí, sino que lo deseaba tremendamente. No sólo para abrazarlo otra vez, sino por oír en vivo y en directo -con su modulada voz, con su dominio de los tiempos y de la pausa, con la entonación debida- los versos que están alojados en el libro que iba a presentar.

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Pido perdón por no tener domeñada la memoria, y que ésta, me dejase en la cuneta del  desagradecimiento y la ingratitud. Porque él no se merece el olvido. Pido perdón por no tener domeñada la memoria y que no haya reaccionado hasta que esta misma mañana (la de ayer, la de hace algún tiempo) leí la crónica de dicho acto en el periódico Málaga Hoy.

Por eso, a modo de pobre compensación y resarcimiento, inserto la crónica citada escrita por Pablo Bujalance, demandándole encarecidamente al amigo -desde el aprecio que nos tenemos- su absolución e indulgencia.

 

Este es el artículo.

La esperanza era otra cosa

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El poeta Juan Miguel González presentó ayer en el Instituto Municipal del Libro ‘La casa de las buganvillas’ (Libros del Aire), un nuevo volumen que recoge algunos de sus primeros versos

Pablo Bujalance.  Málaga |

 

Acude Juan Miguel González a la conversación con su último libro, La casa de las buganvillas, que acaba de publicar el sello Libros del Aire y que ayer presentó en el Instituto Municipal del Libro con la introducción siempre eficaz y reveladora de Francisco Ruiz Noguera, bajo el brazo. Y tomadas ya las posiciones, templado el ánimo y fluido el verbo, González habla, como siempre, de lo que le da la gana: «Muchas veces, cuando me hacen una entrevista, pronuncio el nombre de Dios y sale todo el mundo espantado». Juan Miguel González, autor de libros de poesía como Cantata para órgano y saxo (Premio Giner de los Ríos), La palabra y la sombra, Las sombras celebradas y Arthur Ferisment sale a coger muchísimas y abundantes alúas (publicados todos ellos en 1997, salvo el último, que vio la luz en 2003), adoptó el cristianismo, esencialmente, desde una posición de rebeldía: ante una época, la suya, marcada a fuego por «el pensamiento débil, el epicureísmo barato, la traición de lo que llamaron poesía de la experiencia y la más simple reivindicación de los más inmediatos placeres», González encontró en los Evangelios, y especialmente en las Epístolas de San Juan y San Pablo, los argumentos más eficaces para hacer lo que había hecho siempre: decir un no rotundo a los órdenes establecidos. Esta orientación cristalizó de manera singular en su anterior libro, Visión de la piedad, que también publicó Libros del Aire el año pasado. Pero La casa de las buganvillas remite a una etapa anterior dentro de la fértil evolución de González, y a la vez da cuenta de la misma en más de tres décadas.

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La casa de las buganvillas, es, en palabras de su autor, su «primer libro». Sus poemas fueron escritos, reescritos y vueltos a reescribir en tres periodos fundamentales: 1979, 1986 y 2000; y buena parte de los mismos pertenecen a la balbuciente pluma de los orígenes de su ejercicio poético. Preguntado si hoy se identifica en ellos, Juan Miguel González responde tajante: «No. El editor de Libros del Aire sabía de la existencia de estos poemas, yo se los envié y él decidió publicarlos. Pero todos ellos corresponden, en mayor o menor medida, a mi época nietzscheana. Y reside en ellos la juvenil alegría de mi infelicidad». El poeta se compara a sí mismo con el Saulo de Tarso que cae del caballo ante la revelación del Cristo vivo: «Estos poemas fueron escritos antes de mi caída del caballo». Y cita entre las luces que alumbraron su escritura a Nerval, Shakespeare y Camus, pero sobre todo a Nietzsche. «Por aquel entonces yo asumí la muerte de Dios y el amor fati que había predicado Nietzsche. Y me encontré sumido en un profundo desconsuelo. Si Dios había muerto, yo lo echaba de menos y no me cabía mucho más que esperar. Por eso, el primer título de este libro fue Los nombres de la desesperanza«.

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González señala como primer síntoma de su madurez poética la Balada para después de la siesta, que dedicó a su hija Clara, quien a su vez tenía cuatro años cuando el poeta parió estos versos: «La niña custodiada por los fresnos, / la vulnerada en el jardín de Schubert, / rayo de luna entre las frescas malvas, / Nuestra Señora de los madrigales». También es protagonista en el libro la mujer, «pero la mujer a la manera de La diosa blanca de Robert Graves, no la que se tumba en el diván del opiómano»: «Amaneces desnuda en los manteles / donde se derramaron las azumbres / y mancharon de amor hijas de Lesbos» (de La escanciadora). Predomina, sin embargo, una idea común en el libro: el desconsuelo de quien se sabe huérfano tras la muerte de Dios: «Resuella de una vez, / sácale los ojos a esa mala loba, / gallo de la veleta», de El ángel canalla. Y quien quiera volver a acusar a González de tradicionalista podrá despacharse a gusto: hay endecasílabos para hincharse. Pero en cada uno, una sombra.

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Al final, Dios no había muerto. Hasta Albert Camus se dio cuenta. La esperanza era otra cosa. Pero Juan Miguel González absuelve a Nietzsche, a su manera: «Su único error fue vincular a Cristo con el pensamiento débil». Sus letras para el próximo disco de Tabletom ya están listas: hablan de las tabernas de Málaga, esos santos lugares.

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BERNARDO ROQUERO

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BERNARDO ROQUERO

Yo, estoy absolutamente convencido de que existe -más allá de nuestro alcance y entendimiento- una oficina imposible e imaginaria que bien podría llamarse: Comisionado para el Reparto Equitativo de Cualidades y Habilidades Artísticas. Este Comisionado sería el designado por el Gran Destino para dotar a cada uno de los mortales con alguno de los dones nobles y puros: La capacidad para la pintura, la escultura, la arquitectura, la música, la danza, la escritura…

Pero los encargados del reparto, en el mencionado Comisionado -funcionarios acomodados son al fin y al cabo- por esa cualidad y característica de lo acomodaticio, no se ponen a dotar a los humanos de la forma a la que están obligados: de manera justa, proporcional y ecuánime. Y así de esa manera tan injusta para unos, tan generosa para con otros, dota a algunos individuos con una dosis enorme de cualidades artísticas. A otros nos relega al más infame de los olvidos y las carencias.

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Ese, el de los dotados con el talento y el genio, es el caso de mi amigo Bernardo Roquero. Bernardo, estudió en la Facultad de Sta. Isabel de Hungría (Sevilla) entre 1968 y 1973. Para licenciarse allí en Bellas Artes, especialidad Pintura, por la Universidad de Sevilla en 1973. Posteriormente fue Profesor de la Escuela de Artes Plásticas y Diseño de Málaga desde 1974 y llegando a ser Catedrático por oposición en 1977. Es Doctor en Bellas Artes por la Universidad de Granada y tiene obras en colecciones privadas de Málaga, Marbella, Sevilla, Córdoba, Almería, Madrid, Orense, Ibiza, Barcelona, Bilbao, Londres, Colonia (Alemania), y Galería Sternberg de Chicago (EEUU).

Y además, es mi amigo. Con dos cojones.

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Para rizar el rizo, es cuñado de uno de los mejores amigos que nunca tuve y podré tener. Mi «hermano» Antonio Abril; un excelso pintor, que tuvo la impertinencia de abandonarnos, por la puerta trasera, de manera súbita e inesperada.

Ahora (como si le faltase algo al muchacho) Bernardo se mete a bloguero y monta, no uno sino dos, y me dice:

«Álvaro, a partir del descubrimiento de tu blog me he enganchado. Era inevitable. Llevo una racha iniciando un ensayo de novato en esas lides. Un par de blogs, uno sobre mi desmadrada producción ( más informal), y otro quizás algo más técnico. Te mando los enlaces por sí quieres difundirlos desde el tuyo.»
http://bernardoroquero.blogspot.com.es
https://bernardoroquero.wordpress.com

Tal y cómo lo estáis leyendo.

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Que Bernardo Roquero me pida algo con esa humildad y modestia, es algo que no sólo me halaga, sino que desborda en cierto modo esa pretensión que tengo de incluir en mi blog a amigos artistas para que le den a éste una pátina de elegancia, de buen gusto y distinción. Así que, querido Bernardo, tus deseos, no sólo son órdenes para mí; sino un orgullo y una enorme satisfacción.

Cuando recibí este mensaje, no pude sino echar inmediatamente un vistazo curioso, intruso y fisgón a estos dos cuadernos de bitácora que había empezado a elaborar el amigo Roquero; cuñado, por parte de amigo mío, que es.

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Y se confirmaron mis más terribles sospechas en cuanto a la ineptitud de los que trabajan en el antes mencionado Comisionado para el Reparto Equitativo de Cualidades y Habilidades Artísticas. Comprobé que estos -haciendo dejación de la buena realización de su trabajo-habían dotado a Bernardo Roquero, con los dones de la pintura, de la escultura, y de esa visión especial y espacial, que a la mayor parte de los mortales se nos escapa, y que le permite crear figuras fantásticas a partir de cajas de cartones o cualquier otro material desechable. De pintar de manera magistral.

Me entrometí en sus blogs y me asombre de sus cuadros sobre temática taurina. Sobre sus acuarelas de la Finca de la Concepción, sobre ese amor declarado que le tiene al gótico. Sobre cómo crear ninots o júas – condenados irremisiblemente a perecer en la hoguera- a partir de eso, de cajas de cartones. Me asombré al conocer que con sólo una navaja bien afilada y unos tacos de madera, esculpía su propio juego de figuras para un ajedrez que le llevó dos años de ratos libres, que eran más bien pocos.

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Me pide difusión Bernardo Roquero de sus sitios en este blog.  Pues ya la tiene. Y además, porque así lo quiero, figurarán como enlaces interesantes en mi página de Inicio. Porque así lo quiero yo también, ya te digo.

Un placer amigo; un verdadero placer. Dale besos a Kika

Esta es una presentación que he elaborado con una pequeña selección de su obra. Aquí podéis verla y, si así lo queréis, podéis guardarla.

BERNARDO ROQUERO

Disfrutadla!!!

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EL BUSTO DE TABLETOM

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EL BUSTO DE TABLETOM

 No piense, el que lee esto, que aún abrumado por la fiesta de anoche, me equivoco en la denominación del busto que ayer se inauguró en una céntrica plaza de la capital malagueña. Si sé que el busto es la imagen de Rockberto; pero también sé, que esa escultura es la representación -justa y necesaria- de todo el grupo Tabletom.

 Vayamos primero a la fiesta:

P1190249 (Father Gorgonzola con el actor Juanma Lara)

 Anoche, viajé inopinadamente en el tiempo. Viajé al hoy cerrado a cal y canto Bar Alaska de mi juventud. Volví a comerme unos imaginarios platos de caracola cocida con sal, pimienta y limón; y mordí -hasta el dolor más punzante de mandíbulas- unas cuantas tiras de mojama de pintarroja asadas al carbón. Calamaritos y pimientos fritos. Me bebí -cómo en los buenos tiempos- un par de litronas de Cerveza Victoria de tres cuarto, tocada la cabeza con una larga melena que ya nunca volverá y embriagado por unos humos que ya hace mucho tiempo que no me acompañan con la carcajada y el mareo feliz. Me reencontré con amigos más que barrigudos y rollizos; más canos, mondos y lirondos. Cómo todos; pero también me dí cuenta de que el espíritu, el alma, la sustancia -esa que es siempre indomable, indisciplinada y rebelde- seguía intacta en la plaza que ahora preside con honores El Busto de Tabletom.

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Anoche, disfruté como antaño, de la compañía y del cariño; del abrazo y de la evocación optimista de amigos poetas y escritores; directores de teatro y actores. De músicos en activo y otros que permanecen, resignados, descansando en la poltrona de la excedencia obligada. Pintores y dibujantes y escultores. Editores y flamencólogos. Fotógrafos y Técnicos de sonido. Mil eruditos de lo más “leídos y escribidos” que estuvieron anoche arropando a un Rockberto, que por mucho que los dioses se empeñen en arrebatárnoslo de esta su tierra, todavía vive entre nosotros. Muchos artistas por metro cuadrado, muchos; todos poblaban esa plaza porque ninguno quería perderse la ocasión. Una ocasión irrepetible que volveremos a recordar cada vez que pasemos por ella, porque queremos poder decir: Yo, aquel día, estuve allí!

 P1190237(Father con Rockberto)

Y se estará más de uno preguntado…. Porque llamo al busto con el careto de Rockberto, Busto de Tabletom si éste sólo representa a la persona más querida y representativa del grupo? Si a quien representa es a Rockberto: personificación de la empatía con el público; de la simpatía hacia sus amigos. Del ingenio, la perspicacia y la chispa desbordante; el de la palabra siempre en su justo lugar y momento… el gran amigo y colega de toda una generación libre y libertaria de esta ciudad de Málaga…

 ¿Por qué llamo al busto, El Busto de Tabletom?  Porque me parece justo! Simple y llanamente porque me parece justo, honesto y equitativo.

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Ahora, ya no puedo criticar al Alcalde; pues concedió en su día calle en el Real al grupo: Calle Tabletom; y ahora, pone plaza a Rockberto y lo nombra Sereno de esta ( Sereno, que palabra más inapropiada para el Barbas, pordiós) lo hace encargado vigilante sempiterno en la susodicha; esa que se llama ahora de San Pedro de Alcántara, que siempre fue llamada Plaza del Alaska y que  posteriormente -al desaparecer dicha taberna- terminó con la escatológica denominación de Plaza de la Mierda.

 Podría, este que os escribe, reivindicar desde este ágora (es lo fácil) el nombre de Plaza de Rockberto. Pero -haciendo ejercicio de justicia, de objetividad y de conciencia- creo que este reconocimiento ciudadano debe de ser extendido a los Hermanos Ramírez y excelsa compañía.

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Desde aquí, reivindico -asumo que alguna crítica recibiré de los fundamentalistas de turno- el nuevo nombre de Plaza de Tabletom para la Plaza de San Pedro de Alcántara, perdón! Para la Plaza del Alaska, perdón! Para La Plaza de la Mierda, perdón!…

 Reivindico desde aquí, una Plaza de Tabletom siempre presidida, por el busto de su cantante y frontman más carismático: Rockberto. El más querido por su público: el más representativo que se pudiera tener. Pero afrontemos la realidad, Tabletom sigue y de eso nos tenemos que congratular y felicitar; Felicitarnos de que nos sigan deleitando en este presente y en el próximo futuro.

 P1190298 (Father  con Rafa Insausti de Dry Martina)

Así que Sr. Alcalde de Málaga, Don PacodelaTorre, aplíquese la sugerencia; no es mala idea si quiere Ud. tener de su lado a una parte muy importante de población malagueña; un segmento de ciudadanos que somos los que conformamos la legión de admiradores y seguidores del grupo más emblemático, más querido y de mayor calidad  que ha dado esta ciudad. Y eso que, haberlos haylos muchos y muy buenos.

 Así lo pienso, y así lo he escrito. Y que el Sereno de la plaza me coja confesado.

 P1190271 ( Father con Santa y el actor Luis Centeno)

EL ARTE DE LA SEDUCCIÓN.

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OMAR ORTIZ

EL ARTE DE LA SEDUCCIÓN

 

«Déjame que te amague con mi frutal saliva.
Cólera silenciosa, gemido suplicante,
en tu falda entreabierta te abrasas y tiritas,
dejemos nuestros labios húmedos acecharse.»

Otra vez, es mi querida amiga Paloma Alonso, la que sin proponérselo, me regala un soplo inspirativo para realizar una nueva entrada en este blog.

 Iba a ser, el resultado, incluido en el apartado del “Rincón de la Lujuria” del mismo por la enorme carga de sensualidad, carnalidad y erotismo que despliegan estos trabajos. Pero recapacitando, pienso que mejor debería de estar situado en el más espacioso y luminoso habitáculo de la belleza de -si lo tuviese- este cuaderno de Bitácora.

 Me regala Paloma, inocentemente, un pasaje pagado de ida y vuelta al deleite de un voyerismo ingenuo y resignado; confesable y venial. Inocentemente. Cómo si esas condiciones pudiesen convivir, amigablemente, en el mismo arrabal del deseo y de la pasión. Me regala Paloma inocentemente, ya te digo, un cuadro de un artista mejicano llamado Omar Ortiz.

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Uno que es un curioso irredento, mira el cuadro, se prenda de la mujer -acaso se enamora perdidamente- y entra a fisgonear en el estudio virtual del artista, y entonces, irremediablemente, desposeído  de cualquier migaja de resistencia, no puede dejar de contemplar la  preciosa obra de este pintor; quedando atrapado en una sinfonía gestual de pies delicados; de manos frágiles y sensibles; cómo quebradizas de tan bellas y elegantes. En unos bodegones de cuerpos desnudos, esplendorosos, que suscitan retazos de lascivia comedida y apenas contenida.

 Cuerpos desmadejados en sofás y en divanes. Cuerpos que saben que el secreto está en el ocultar más que en el enseñar; lo implícito sobre lo explicito. Lo velado sobre lo patente.

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A éste que os escribe, le gustan mucho esos tintes de “a painting whithin a painting” de pinturas dentro de pinturas. De eso sabe mucho mi admirado Andrés Mérida, pues es algo que él hace muy recurrentemente en su obra y que yo, personalmente, he comprobado desde su puente de mando del Almirantazgo alguna que otra vez. Él sabrá comprenderme.

 Omar Ortiz, usa fondos de maestros como Picasso, Botticelli, Antonio López, Turner, o Miguel Ángel; fondos que complementan magistralmente -cómo no podía ser de otra manera- su obra.

 Esta es una brevísima semblanza copiada y pegada de su Web. Y después os pondré una presentación con una mínima selección de sus pinturas de desnudos femeninos. Una mínima selección; una muy pequeña selección, porque el resto… el resto, lo he decidido egoistamente, lo he guardado sólo para mí.

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OMAR ORTIZ.

 

“Desde que comencé a pintar siempre he tratado de representar las cosas lo más real que puedo, algunas veces lo logro y otras no pero lo que es un hecho es que para mí es muy difícil hacer lo contrario.

Disfruto mucho el reto de reproducir los tonos de la piel con luz natural y los matices que nos brinda, particularmente en ambientes muy iluminados. Me gusta mantener la simplicidad en las piezas ya que creo que los excesos nos vuelven más pobres que ricos.”

 

Nace en Guadalajara, Jalisco, México en 1977, donde aun reside. Despierta un gran interés por el dibujo y la ilustración desde temprana edad. Cursa la Licenciatura en Diseño para la Comunicación Gráfica, donde aprende a trabajar con diferentes técnicas como el dibujo, pastel, carboncillo, acuarela, acrílico, y la aerografía.

Al terminar sus estudios de Diseño Gráfico decide dedicarse al mundo de la pintura. En el año 2002 Cursa sus primeras clases de Oleo con la Pintora Carmen Alarcón a la cual considera su principal maestra de Artes Plásticas. Actualmente Pinta al Oleo por considerarla la técnica más noble.

Un Hiperrealismo – Minimalista donde predomina la figura humana, fondos llenos de textura y un juego mágico de telas, caracterizan su obra.

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Y esta, es la presentación. No os la perdáis. O mejor dicho, sí! perderosla, porque si no acabaréis enamorados de hermosos espejismos y quimeras inalcanzables.

OMAR ORTIZ

***
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UN PASEO CON LUIS CENTENO

C360_2013-11-22-19-56-54-882(Luis, Santa y Father en la exposición de Andrés Mérida. 22.11.13)

UN PASEO CON LUIS CENTENO

 

… No te preocupes, no me he ido.
Porque sigo cogido de la mano,
de quien me dio un enorme abrazo adolescente,
y prometió, eternamente, ser mi hermano.

A mi amigo Alvarito, a las 02.00 A.M.

         – 11 de Marzo de 2010-

 

Decir amigo es decir, Luis Centeno. Y decir Luis Centeno, es también nombrar a la persona que me usurpó -juiciosa y dichosamente en su día- el calificativo de «Mejor» para ya no abandonarlo nunca jamás de los jamases.

Decir Luis Centeno, es elaborar un coctel de sentimientos y sentires encontrados. Un combinado (inapropiado a veces) que a los verdaderos poetas -esos equivocados que se regodean en lo inexplicable- se creen que para crear belleza hay que estar aderezado con unas cuanta gotas de tormento, angostura y Martini seco.

Decir Luis Centeno es decir distracción y jaraneo; fiesta interminable  y divertimento.

 Decir Luis Centeno, es decir también, conversación pausada y reflexiva. Confidencia que se queda  -arropada y resguardada- en el cobertizo del cariño y la amistad inveterada. Desahogo, bálsamo y alivio.  Declaración no anhelada, muchas veces, de desamor y desconsuelo. Cómo son estos poetas de sufridos!

Luis Centeno, es alegría y distracción.  Alborozo y entusiasmo. Luis Centeno es gloria bendita para el ánimo. De los demás. De los demás. Muchas veces, pienso que debiera de ponerse frente a un espejo, para que -aplicándose su propio parche y medicina-  esa alegría que despliega con los otros, le rebotase a él mismo en un buen guantazo de puro e inevitable reflejo.

Decir Luis Centeno es decir poesía y sentimiento descarnado; y pesarosa; abatida y consternada, porque cagondiós y en tóloquesemenea, que qué poco humor y que pocas risas  (Ay! Mamaluisa!) se aplica -otra vez a veces-  a él mismo. Parece amigo que hoy, estás un poco más viejo y que ya no te miras al espejo, por no notar tus arrugas. Supongo.

Este Viernes 22 del mes de Noviembre del Trece, Volvimos a disfrutar de la mutua compañía; y con Santa y con dos amigas que se presentaron de improviso, volvimos a pisar sus dominios del distrito -para con la excusa de hacerme entrega de un regalo- volver a pasear por ese centro de la ciudad en el que hace demasiado tiempo ya, capeábamos los amores adolescentes, entre Campanas y Quitapenas; Casas Guardias y Floresteles.  Entre recitales de música en los institutos y duetos de guitarra irrepetibles en la playa. ¿Irrepetibles he dicho?

Decir Luis Centeno, es decir amigo. Inevitable amigo, cómo a él le gusta decir. Cómo a mí me gusta escuchar. La otra noche -esa que venía de otra no muy lejana en su casa, esa en la que andábamos  asesinando a un excelso Ron Diplomático de bastantes años- accedió  a proporcionarme un poema que reflejara lo que ahora le atenaza el cuello. Y el corazón. Y ese alma que soporta y sobrelleva de poeta atormentado por el destierro.

Y Luis, que es -aunque no lo parezca-persona puntual y de palabra, me regaló esto que ahora viene, y que cómo siempre, destila sentimiento y emotividad. Delicadeza y ternura. Y como no! una tristeza infinita que sería insoportable si no estuviese impregnada de un cariño y de un amor de los más confesables. Una tristeza infinita, preñada de esperanza hacia aquella que él y yo sabemos, y que nos está esperando allí en la distancia, sabiendo que aquí estamos los dos. Que aquí estamos los dos.

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0-Bis Día 5.

Martes, 19/11/13

Aunque el día tuviera cien horas

y un año durara cien años,

no me apaño.

Me falta tiempo para estar contigo.

En principio, te lo digo como amigo,

pero no te extrañe,

que en mi mente indecorosa,

esté pensando en ti por otra cosa

que no haga falta luces ni testigos.

Perdóname preciosa si te digo,

que mis noches se me han vuelto más eternas

cuando duermo dulcemente entre tus piernas

olvidándome del frío con tu abrigo.

Ya no puedo querer otros abrazos

¡Cómo olvidar tu beso tierno y claro!

que quieres que te diga, veo muy raro,

querer adormecerme en otros brazos.

.

.

.

.

***

EL LADO ZURDO DE LA CAMA

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EL LADO ZURDO DE LA CAMA.

 Hoy, me he levantado por el lado más izquierdo de la cama. Como siempre, es cierto; pero hoy, ha sido más zurdo que nunca. Mucho más.

 Tengo la costumbre -muy mala malísima, dice mi mujer- de consultar mi móvil nada más sonar ese estridente e inoportuno mal nacido -congregante del Santo Oficio- que es el temido despertador. Puede ser que eso sea psicodependencia o como se llame dicha malacostumbre; pero a mi, lo que me digan, me rebota -esa posible adicción- donde rebotan la pelotas de buenas familias, es decir, en el frontón. Que es tanto como decir el perineo, no precisamente aragonés.

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 Muchas son ya las veces que he dado las gracias al destino por haberme permitido el subirme a este carro de la informática que tantas satisfacciones me proporciona. Pues -también lo he dicho reiteradamente- muchos son los familiares y amigos, de los alrededores de mi edad, que no han aprovechado este fantástico medio de “transporte” que nos proporciona Internet y al que yo, afortunadamente ya te digo, he tenido la fortuna de tomarlo.

 Decía, que mi Santa me regaña por bichear el móvil  nada más oír el depresivo recordador de obligaciones; pero puedo jurar ante lo más sagrado -mi colección de Tintín con lomos de tela y mi irreverente Kindle y su Kandle- que si todas las mañanas, ese bicheo smartphoniano, me procurara el placer que me ha procurado hoy, juro, repito y tripito, que esperaré ilusionado a que cada mañana, el maldito timbre del diablo -que Alá maldiga sin huríes- me irrite el tímpano y me sodomice el ánimo.

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Porque esta mañana -me he levantado, más que nunca, por el lado izquierdo de la cama- y lo primero que he leído ha sido un enorme y precioso poema de mi amigo Álex Vicios Caros, justamente apodado el Zurdo, porque en ese lado de su pecho, está ubicado el almacén de las palabras que su mente teje de manera sin igual.

 Así que, sin demora y dilación, pongo aquí las palabras -enhebradas en quien sabe qué tardía madrugada- para que con su presencia, y si él me lo permite, dar  lustre una vez más a este sitio; que cada vez es más suyo; que cada vez es menos mío.

 Este es el poema; disfrutad como monos liberados de sus jaulas. Disfrutad. Disfrutad como vírgenes vencidas por el deseo; como  anacoretas sin televisión pero con mando a distancia; como puta sin rastrojos; cómo aquel que vive sin patria, entre Santurce  y Valdemoro. Porque esto que ahora viene, es una verdadera… -y se me perdone la afectación-  es una preciosa maravilla.

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Al catecismo pagano del carmín
me aficioné a toda reelectura
consagrando en el altar de tu cintura
los besos de Judas que te di.

En el oscuro rito de tu pelo
enredado y anclado en tu mirada
saboreando el dulce caramelo
aunque me cueste un cielo tu almohada

Emparedado entre los muslos del pecado
oídos sordos a toda diligencia
que imponga mesura a esta demencia
excomunión que a pulso me he ganado

………………………………………ZURDO

 

 Jóle ahí! Con dos cohoness!

***

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VENTANAS EN LA NOCHE

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VENTANAS EN LA NOCHE

Nada hay que me guste más en el mundo que observar una ventana mientras paseo por la noche. Iluminada y tamizada por ese filtro ineficaz de las cortinas; asaltando impunemente -con mi intromisión- la intimidad de los moradores de las casas. Porque, al que sabe mirarlas con los ojos debidos y apropiados, discretos y moderados, las ventanas en la noche, le dicen muchas cosas.

No se equivoquen Uds. y piensen que le hablo de ventanas indiscretas; de ventanas fisgonas e impertinentes. De la búsqueda insana y morbosa del cotilleo o -de ninguna de las maneras- de situaciónes carnales comprometidas para con sus dueños. No se equivoquen Uds. Me gustan las ventanas iluminadas, por la noche sí, mientras paseo. Pero si están desprovistas de personas, mejor que mejor, aunque tampoco, necesariamente.

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Me gusta mirar ventanas, abiertas a la mirada, por la noche. Ventanas que se traslucen, se clarean y adivinan; porque son un paso franco a la fantasía y a la presunción. A la imaginación y al ensueño. Hablo de ventanas que son portales y accesos a mundos particulares, que impensada y distraídamente, dejan escapar algunos atisbos de la forma de vida, de usos y de costumbres de los que viven al otro lado del cristal doble que aísla, no del frío, sino del exterior. Que es peor y es distinto.

A mi encantan esas ventanas del Soho Neoyorkino que se abren -imprudente y desenfadadamente- hacia afuera. Decía Edward Rutherfurd, que nada había más injusto y descorazonador que esa fina y delgada distancia que proporciona un cristal. Ese que -por fuera perlado por las gotas heladas de la lluvia- separaba empañado, el cálido y acogedor ambiente del apartamento del Upper West Side, del frio desolador y desesperanzado del que se acurrucaba en un banco junto al Strawberry Fields en un Central Park insoportablemente gélido y otoñal. Dos mundos separados por 6 milímetros de transparencia blindada.

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 Mas o menos. Creo. No sé si decía eso, o fue eso, lo que yo entendí.

Difieren en mucho esas ventanas del Soho, de Brooklyn o las del Greenwich Village, con las ventanas que se manejan en esta mi ciudad de Málaga. Ventanas de Manhattan versus Ventanas de La Caleta. Porque allí, en los Niuyores, las ventanas abiertas a las miradas, son escaparates suavizados por visillos y mostrados al exterior sin ningún temor. Cómo si esos escaparates -tal si fuesen de Saks, Lord and Taylor o Macy’s, complementaran la casa hacia el exterior. La calle, a su vez, hacia dentro de la propia casa.

Allí, se abren las cortinas despreocupadamente enseñando orgullosamente sus lámparas encendidas; sus sillones de lectura. No sé porque (bueno, sí lo sé), pero hay muchos rincones de lecturas que están en esas especies de cierros acristalados que están junto a esas escaleras de diez o doce escalones que dan entrada a las casas de vecinos. Desprendiendo un olor -sí, estoy diciendo un olor- de calidez y acogimiento, de hogar y recogimiento que se vuelven envidiables para el ojo entrometido que está, asomado desde afuera, esperando una imposible invitación para entrar.

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Sin embargo, en Málaga, en España, no hay ese sentimiento exhibicionista del hogar. Decía un amigo que en España, los ricos viven escondidos. No sólo los ricos, todos vivimos escondidos, de espaldas a los demás; temerosos de que alguien nos pueda arrebatar -aunque sea con la mirada- la inmensa inutilidad de objetos acumulados durante toda una vida y que tenemos ocultos en nuestras casas; solo a disposición nuestra y de algunos pocos amigos. Cosas y casas. Así son las cosas; así son las casas.

Y no duden, de que si por estos lares, -en el mejor de los casos, de las cosas y de las casas- los salones, los rincones de lectura, los mismos habitantes, salen a la calle -a través de sus ventanas, metafóricamente hablando- amparados por esa luz de tono caliente que poseen, lo hacen entre barrotes de hierro forjado y cortinas vigilantes que ejercen de frontera; de límite y aduana.

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A mí, cuando me doy esos paseos con mi amigo el andariego, me gusta mirar hacia arriba -y digo hacia arriba, porque nadie abre las cortinas de su miedo más abajo del tercero- para ver -a través de las ventanas en la noche- como esas lámparas iluminan paredes, cuadros y bibliotecas, para imaginar el cómodo sillón (una biblioteca siempre estará huérfana sin un sillón de la marca «favorito») para robarle, a esos vecinos, un poco de su intimidad; colarme de improviso, natural y sencillamente, en sus casas; para así, ponerme a cubierto del frío viento de poniente -que con su hálito de humedad- nos anuncia este otoño, la lluvia que ha de llegar.

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